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16:42h. lunes, 12 de abril de 2021

Un acuerdo insuficiente, sin eurobonos y cargado de condicionalidades ANTICAPITALISTAS 

 

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Un acuerdo insuficiente, sin eurobonos y cargado de condicionalidades ANTICAPITALISTAS 

Desde Anticapitalistas consideramos que este acuerdo no solo no está a la altura de las necesidades reales de una economía europea golpeada por la pandemia, sino que además sienta las bases para los futuros recortes de derechos y contrarreformas que pagarán las clases populares.

Tras una de las cumbres del Consejo Europeo más intensas en la historia reciente de la Unión Europea, el acuerdo alcanzado sobre la bocina en torno al Fondo de Reconstrucción parece contentar a casi todas las partes. Europeístas, mediterráneos, frugales o Visegrado, todos venden en casa el pacto como un éxito para sus intereses. Además de sospechoso e incoherente con las posiciones de partida, este triunfalismo retórico oculta que el acuerdo queda, en cuantitativa y cualitativamente, muy lejos de las necesidades reales e incluso de las expectativas iniciales.

Basta recordar que los cálculos oficiales más conservadores cifraban en 1,5 billones de euros la cuantía mínima para empezar a abordar el relanzamiento de una economía europea afectada seriamente por las consecuencias de la pandemia. Los 390.000 millones de transferencias directas y 360.000 millones en préstamos quedan muy lejos de lo solicitado por los países del Sur y, sobre todo, de las necesidades de reconstrucción.

Además, el acuerdo global reduce del presupuesto general partidas sensibles que benefician principalmente a los países más afectados por la pandemia. Existe un riesgo muy real de que los nuevos fondos terminen sirviendo para tapar los agujeros de los recortes complementarios. Rellenar un fondo de reconstrucción con tijeretazos de otros fondos con vocación redistributiva no parece muy propio de un acuerdo histórico.

Pero más allá de la insuficiencia de las cantidades, la naturaleza del acuerdo profundiza en la lógica neoliberal que ha ahogado a las clases populares durante la última década. No hay eurobonos ni emisiones de deuda conjunta reales, con el consiguiente riesgo de acumulación de intereses y deuda que termine traduciéndose en recortes para poder refinanciarla. Y las transferencias, supuesto gran éxito del acuerdo, deben acomodarse al corsé del Semestre Europeo, apéndice de un Pacto de Estabilidad y Crecimiento que se mantiene intacto. Por si fuera poco, los controles presupuestarios no solo no se suavizan con respecto a los Memorándums de hace diez años, sino que ahora serán los propios Estados Miembro, antes incluso de una posible intervención de la Troika, quienes se controlarán entre sí y contarán con capacidad de veto parcial si consideran que otro país está usando los fondos para partidas que no le convenzan o no estén desarrollando las reformas estructurales pactadas. Recordemos que para Países Bajos esas reformas son entre otras cosas la privatización del servicio público de pensiones.

En definitiva, el acuerdo supone para países como el Estado español un exiguo balón de oxígeno cargado de intereses y condiciones camufladas, insuficiente para hacer frente al necesario cambio de modelo productivo hoy más urgente si cabe. Los hombres de negro de ayer se visten hoy de gris oscuro para esperar que los países del Sur resuelvan un dilema fatal: dejar hundirse su economía asumiendo los insuficientes recursos y exigentes condiciones, o acometer gastos y ver regresar a la Troika, el MEDE y sus Memorándums de Entendimiento. Recortes para hoy o recortes para mañana que se traducirán en privatizaciones del sistema de pensiones y servicios públicos ya maltrechos y en nuevas reformas laborales aún más lesivas para las clases trabajadoras.

De nuevo vemos cómo se usa el fantasma de 2010 o las posiciones de los mal llamados países “frugales” o del grupo de Visegrado para justificar e incluso alabar un acuerdo “histórico” como solución “menos mala”. Cierto que la UE de hoy no es la de hace una década. Entre otras cosas porque ya no puede permitirse más fracturas internas ni esclerosis institucionales. La sombra del Brexit es larga, pero sobre todo la amenaza de la pérdida creciente de peso como actor global en un tablero mundial cada día más competitivo y agresivo. Por eso las élites europeas se esfuerzan estos días en esconder tras propaganda y bonitas palabras un acuerdo que no altera los cimientos de las políticas de la UE, pero cuyo relato parece contentar a multitud de actores políticos necesitados de justificar un consenso controvertido. Pero la Europa de hoy tampoco es la de 2010: tras una década de planes de austeridad, la deuda pública es mayor, la precariedad y desigualdades están disparadas, mientras que los servicios públicos y la caja de la Seguridad Social están esquilmados. Un acuerdo realmente histórico debería haber empezado deshaciendo el camino de la austeridad e invirtiendo masivamente en sanidad pública y en un cambio de modelo productivo centrado en la defensa del trabajo y del medioambiente.

Hoy es aún más urgente en el Estado español y en toda Europa articular una respuesta popular, amplia, internacional y desde abajo contra los recortes y reformas estructurales que vendrán. Frente a la UE realmente existente y el falso dilema entre neoliberalismo europeísta y nacionalismo reaccionario, toca darle la vuelta a Europa.

ANTICAPITALISTAS

 

 

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