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19:55h. Miércoles, 18 de septiembre de 2019

La elección de Trump: un nuevo “populismo autoritario” en EEUU - Anticapitalistas

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El triunfo electoral de un magnate autoritario aupado por una campaña sexista y racista es un desastre sin paliativos. Tiempo habrá para medir la traducción y el impacto real de muchas de las promesas electorales de Trump, pero sería un error dejar que el fetiche del personaje y los impresionismos en caliente cortocircuiten los necesarios análisis sobre las causas, las consecuencias y las lecciones de estos resultados electorales.

 

La elección de Trump: un nuevo “populismo autoritario” en EEUU

El triunfo electoral de un magnate autoritario aupado por una campaña sexista y racista es un desastre sin paliativos. Tiempo habrá para medir la traducción y el impacto real de muchas de las promesas electorales de Trump, pero sería un error dejar que el fetiche del personaje y los impresionismos en caliente cortocircuiten los necesarios análisis sobre las causas, las consecuencias y las lecciones de estos resultados electorales.Trump no solo ha obtenido menos votos populares (votos emitidos) que Clinton, sino también menos que los candidatos republicanos (Romney y McCain) que se enfrentaron a Obama en las dos últimas elecciones. Y, sin embargo, ha conseguido más votos electorales que su adversaria, gracias a su victoria en Estados clave y, sobre todo, al hundimiento del Partido Demócrata, que en ocho años ha perdido el 14% de su electorado (10 millones de votos). Las políticas antisociales de la administración Obama y las similitudes crecientes entre los dos grandes partidos en las cuestiones clave han contribuido a aumentar el desencanto de buena parte de la clase trabajadora blanca, las mujeres o las minorías étnicas en el que durante décadas fue su referente electoral. La elección de Hillary Clinton en lugar de Bernie Sanders profundizó ese proceso: una candidata mimetizada con los intereses del mismo establishment político y empresarial que cada vez genera más rechazos entre la población.

Trump, lamentablemente, ha conseguido capitalizar esa revuelta anti-establishment compaginando sus proclamas machistas y xenófobas con un discurso proteccionista y nacional-popular lo suficientemente difuso como para lograr federar a muchos descontentos con unas élites a las que Clinton representaba mejor que nadie. Ahora bien, que Trump no fuese la apuesta de las élites, además de decir bastante sobre la descomposición social y deriva ideológica del Partido Demócrata, no significa que les repela. Valga como muestra que Wall Street cerró en positivo el mismo día que se conocían los resultados. El mercado sabe que en la Casa Blanca seguirá sentándose uno de los suyos.

La victoria de Trump refuerza una hipótesis creciente a ambos lados del Atlántico norte: el Gran Centro formado por los partidos del consenso neoliberal no para de resquebrajarse cultural y políticamente. A los estragos de la crisis social y económica se suma una crisis de legitimidad y representatividad que deja un vacío abierto y en disputa. Pretender formar mayorías electorales ocupando ese centro en descomposición es una estrategia tan estéril como suicida. Pero la asimetría sigue siendo evidente: quienes más y mejor están capitalizando ese malestar de las y los perdedores de la globalización capitalista son las fuerzas reaccionarias y xenófobas que claman por repliegues indentitarios, autoritarios y excluyentes. Mientras su ascenso se siga respondiendo desde el menosprecio a las clases populares que encuentran en estas opciones un nicho de protesta, en ausencia de otras alternativas, y con una apuesta por reforzar unas políticas que no suponen una alternativa real al neoliberalismo, el resultado será más gasolina al fuego.

En este sentido, las protestas que ya han empezado a desarrollarse en algunas ciudades de EEUU marcan el camino de lo que debería ser la oposición real a Trump, conectando con la ola que arranca en el movimiento Occupy Wall Street y que continuó en la campaña de apoyo a la candidatura de Sanders. La reconstrucción de una izquierda en EEUU independiente del Partido Demócrata sigue siendo una necesidad imprescindible. Un movimiento capaz de aglutinar a los distintos sujetos que sufren la explotación y la dominación de las élites en EEUU y convertirse en el verdadero adversario de la nueva Administración Trump. Un movimiento que, a su vez, también sea capaz de reconstruir el movimiento sindical en EEUU.

En EE UU y en Europa las y los anticapitalistas tenemos un reto: romper la tramposa dicotomía que solo ofrece más globalización financiera neoliberal o, en su lugar, nacional-populismo xenófobo y autoritario. Necesitamos levantar una alternativa de masas, popular y democrática, tan alejada de los partidos, políticas e instituciones del Gran Centro neoliberal como de los valores y propuestas que ofrecen a cambio los Trump, Le Pen y Farage de turno. El 15M fue, cierto, una vacuna. Pero contagiarse de lo que entonces se impugnaba puede generar un antídoto y romper el cortafuego. Una alternativa democrática y de conquista de derechos para las clases populares se construye hoy alejándose de los partidos que representan el (des)orden global así como de la nueva derecha en ascenso. Tomemos nota.

 

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* Con la colaboración de Domingo Méndez