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05:12h. miércoles, 19 de enero de 2022

Sardina del Norte, la costa canaria y las papas arrugadas - por Nicolás Guerra Aguiar

 

 nicolás guerra aguiar pequeña  Hay tiempos en que a los canarios nos da por mirar hacia dentro, lo cual no solo es conveniente: resulta también imprescindible. Enfrentarnos a especiales situaciones y graves problemas relacionados con nuestra tierra permite redescubrir que ya nos estamos cargando la otra mitad no arrasada de la costa.

Sardina del Norte, la costa canaria y las papas arrugadas - por Nicolás Guerra Aguiar *

 

sardina del norte

   Hay tiempos en que a los canarios nos da por mirar hacia dentro, lo cual no solo es conveniente: resulta también imprescindible. Enfrentarnos a especiales situaciones y graves problemas relacionados con nuestra tierra permite redescubrir que ya nos estamos cargando la otra mitad no arrasada de la costa.

    Destruimos naturaleza canaria con playas artificiales, urbanizaciones… desde cincuenta años atrás, tal como las industrias creadas por el hombre contaminan atmósfera, mares y ríos desde 1780. Lanzan al aire dióxido de carbono, mercurio, plomo… sin olvidar fumigaciones, envenenamiento de nacientes, suelos y subsuelos. Porque el calentamiento atmosférico se inicia en el Ártico a partir de 1830, cincuenta años después. (El tiempo cálido en invierno y el frío primaveral destruyeron la mitad de la última cosecha vinícola herrera.)

   De Sardina del Norte puedo hablar. La mamé desde mis inicios en la vida e ininterrumpidamente durante muchos años. Tantos, que llegué a conocer –sin la maestría de José Padrón Rosas, todo sea dicho- cuevas para pulpiar, fondos con lapas negras, criaderos de erizos de color con sublimes huevas anaranjadas, marcas para fondear el “Baby” cuando íbamos a calamariar y echábamos potala y poteras. Supe sobre mareas si buscábamos roncadores cerca del Prisma, simbólico monolito de un viejo muelle, serena y geométrica mole víctima de la insensibilidad humana: cangrejos encarnados y grises impregnaban el medio de cromatismos, relajantes desplazamientos… (Quizás en compensación sabios ingenieros destrozaron además el “Muelle del Estado” con inmensos bloques de cemento -geométricamente cubistas, eso sí- para evitar ataques y desembarcos, no fueran a bajar revoluciones.) 

   También es cierto que, posteriormente, maduraciones físicas, búsquedas de nuevos espacios, obligaciones profesionales y cambio de residencia dejaron de lado –aunque grabadas a fuego en la mente- ensoñaciones y acaso limitadoras sentimentalidades sardineras. Pero siempre vuelvo, claro: Sardina había sido muy importante para mi concienciación social, descubrimiento de hambres ajenas, mundos escondidos y narraciones de almas en pena contadas por Nieves o la mujer del guardamuelles, envuelta esta en el negrísimo humo de su mínima cachimba. Conocí también creencias en un Satanás suelto el 29 de septiembre, baño imposible tal día pues sus malignas garras nos sumergirían en las oscuridades…

   Desde hace años Sardina está masificada y, en momentos, dejada de la mano de Dios, afirman algunos. Para otros, acaso ganó en modernidad y puesta al día. La belleza de sus fondos y la ausencia de peligros atrajeron a submarinistas con iniciales regocijos de nativos, pues Sardina se ponía de moda. Hoy, con razón, algunos (Canarias7, 25 de agosto) elevan a los cielos lamentos y protestas por la masiva invasión de furgones (con botellas de oxígeno, equipos…), pues no respetan derechos colectivos. Así, desde las primeras horas ocupan aparcamientos con muy holgados espacios entre uno y otro: tres furgones invaden seis huecos. De esta manera, cuando los coleguillas lleguen habrá sito para sus coches. 

   Dos playas del suroeste grancanario –Medio Almud y Los Frailes- pueden verse transformadas si se conceden las autorizaciones a dos sociedades (de tal barbarie la acción ciudadana salvó Veneguera). Según los ecologistas de Turcón, los planes empresariales “no responden a los fines que la Ley de Costas persigue, sino a intereses especulativos […] y por provocar a su vez unos impactos negativos en el medio natural y social". Los estudios presentados por las empresas nada dicen sobre previstas incidencias ambientales, impactos ecológicos…

   Las viviendas más cercanas a la marea –playa de Tauro- se inundaron a principios de agosto en coincidencia con obras realizadas para intentar convertir una playa de callaos (no “callados”) en otra de arena sajaragüi. Ocurrió lo predecible: con la eliminación de la defensa que las piedras realizaban, las aguas llegaron hasta donde la fuerza natural las llevó. Así, el interior de viviendas sufrió el impacto de la acción humana, desastrosa y absolutamente antinatural... Es, lo expuesto, un claro ejemplo de cómo se atenta contra la Naturaleza cuando disparatados proyectos se hacen al margen de elementalidades cuya presencia se remonta a millones de años…

   ¿Qué sucede? Pues, como dijo un personaje lorquiano, “Aquí pasó lo de siempre”. En las Islas se subordinan el medio y el patrimonio natural a los intereses económicos de empresas acaso protegidas o, al menos, tratadas con especiales mimos. Las dunas de Maspalomas desaparecerán dentro de cien años, sobre todo por la acción del hombre al cortar corrientes marinas con escolleras, líneas de atraque y abrigos para yates…

   Por otra parte, Canarias eleva a milagro sobrenatural la captación de millones de turistas, casi todos traídos por empresas radicadas en suelos extranjeros. Llegan, las más de las veces, con todo pagado. O lo que es lo mismo: Canarias recibe la destructiva carga de catorce millones de chonis… en un mínimo territorio no apto para tal impacto. Algunos empresarios reclaman más hoteles, más camas, más pistas de aeropuertos, más zonas de golf… ¡Qué disparate! ¿Somos, acaso, la costa de Marruecos? 

   Y también con la mar canaria y su veril - parece chocante- emparentan las papas arrugadas con mojo, las mismas que hoy -¡abrumador impacto!- son consideradas como la maravilla gastronómica, por delante incluso del jamón ibérico o el pulpo a la gallega. Su historia es elemental: al principio se usaron las chinijitas, inservibles para otros menesteres. En vez de tirarlas –fueron tiempos de hambruna- se sancochaban con agua de mar (escaseaba la dulce en muchas casas): de ahí la arrugada cáscara. Después, el casero mojo mataba sinsabores, amargores. Sin embargo, hoy no se ven en restaurantes o bares canarios: con cinco de las actuales llenan un plato, pero ni se arrugan tan siquiera.Y el mojo sabe a vinagre, incluso lo sirven harinado.  (Con todos mis respetos, me quedo con el jamón ibérico salmantino o el serrano granaíno. Y me pletorizan los pulpos a la canaria de Juan Ramírez, aldeano él… No son entullo, lo juro.)

   Mientras, me entra un desarretado temblique ante la nueva Ley del Suelo... ¡Que Dios nos coja confesados! ¡Échale mojo…!

* En La casa de mi tía por gentileza de Nicolás Guerra Aguiar

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