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17:13h. domingo, 25 de octubre de 2020

"Máxima seguridad", la cambiante acepción de los términos, de acuerdo con el tiempo y la circunstancia, según Ángel Víctor Torres, presidente y Julio Pérez, consejero para todo, del Gobierno de Canarias - por Chema Tante

 

FRASE TANTE MÁXIMA

"Máxima seguridad", la cambiante acepción de los términos, de acuerdo con el tiempo y la circunstancia, según Ángel Víctor Torres, presidente y Julio Pérez, consejero para todo, del Gobierno de Canarias - por Chema Tante

Para mis admirados amigos de ese Norte de Gran Canaria, Erasmo Quintana y Nicolás Guerra Aguiar

Tengo a gala procurar en La casa de mi tía la cercanía a la escritura con propiedad, esa disciplina a que se someten, por ejemplo, Erasmo Quintana y Nicolás Guerra Aguiar; ese ejercicio de utilizar las palabras de la manera más próxima a su cabal significado. Eso que llama con tino Gerardo Rodríguez -otro que tal- "pulcritud de estilo".

Es que, como reza el certero viejo castellano dicho "lo cortés no quita lo valiente" Es más, cuando se utilizan las palabras como son, en su genuino significado, a quien lo hace le acompañan la verdad y el entendimiento. Porque, al contrario de lo que tantas veces decíamos en Canarias, antes de que la transculturización godizante nos arrebatara nuestra habla: "no hay palabras mal entendidas, sino mal dichas". La compresión queda agredida por la tergiversación.

Sin embargo, todas estas consideraciones, que implican el respeto a la lengua que uno utiliza y a las personas que intentan comprender lo que se dice o escribe, parece que no sirven para nada, cuando se entra en el cenagoso terreno de la política actual. La desagradable experiencia demuestra que la doblez en la exposición de un criterio, la acomodación del discurso a la conveniencia en cada circunstancia, son características imprescindibles para el ejercicio de lo que debería ser noble práctica del servicio público. Luce que quien tenga aspiraciones de poder, debe anteponer a la ética y la veracidad, la apariencia, el quedar bien, aunque ello implique la mendacidad, expresa o implícita.

Véase como, de acuerdo con aquello de que "en la fracción de un segundo, cambia la opinión del mundo", el concepto de "máxima seguridad", ha ido evolucionando, en la boca de estos arquetipos de la hipocresía política que ostentan la presidencia de Canarias, la de derecho, Ángel Víctor Torres y la factual, por delegación de quienes en verdad mandan, Julio Pérez. Una falsía que, otra vez, resulta requisito necesario para llegar a esos altares, porque quienes han ocupado antes las que debieran ser dignas posiciones, disputan  a estos de ahora el liderazgo del uso y abuso de la lengua de serpiente. Como nos acordamos del Krahe ¿no?.

"Máxima", en la acepción que se quiere adjudicar en este caso, significa "Límite superior o extremo a que puede llegar algo". O dicho en cristiano, el "no va más" de lo que sea. Y "seguridad" es "Cualidad de libre o exento de riesgo". Más claro no se puede poner.

No parece que se puedan abrigar dudas al respecto. Cuando Ángel Víctor Torres dice (cita textual) que "la movilidad de las personas, se debe hacer con la máxima seguridad sanitaria”, debería entenderse eso, que la gente podrá moverse sin riesgo ninguno. "Máxima seguridad sanitaria". "Vade retro, coronavirus, no pasarás". No otra cosa puede significar "Máxima seguridad". No es "un poco" de seguridad, o seguridad, "de aquella manera" o "ya veremos". No. "Máxima seguridad" significa, ausencia de riesgo. Y punto. 

Sin embargo, aquella característica política a que aludía antes, la "flexibilidad del argumento" le permite a Ángel Víctor Torres intentar ir adecuando la realidad a sus propios interese. O a los intereses de quienes sostienen económicamente su carrera en política, que para eso tienen destacado ahí a su perpetuo secretario Julio Pérez. De esta suerte, lo de "máxima seguridad", resulta elástico y llega a  ceder con el tiempo. Lo de "máxima seguridad" se queda en "que no te pase nada, hermano" o "mira a ver si escapas" o, si eres creyente: "que Dios le coja confesado, cristiano".

Hubo un tiempo -y eso no ha cambiado, en absoluto- en que la "máxima seguridad sanitaria" para Canarias, lo que nos ha permitido escapar de lo más duro de la pandemia, fue el cierre de nuestros puertos y aeropuertos. La puesta a cero de la actividad turística. Se trancó el paso a la importación de virus y la pandemia remitió. Vale decir, entonces, que, hasta que se descubra una vacuna asequible y se aplique universalmente, la única "máxima seguridad" que vale, depende de mantener baja la barrera.  Cerrada. A cal y canto. Sin fisuras. Y el sentido común tan poco usado por quien gobierna, aconseja aprovechar la oportunidad del paro de la economía, "a la fuerza ahorcan" y las perras que se obtengan y todo el esfuerzo posible, para impulsar nuevas actividades productivas en Canarias. Soberanías alimentaria y energética, desalación y liberación del monocultivo. Con lo sencillo que es, y tan difícil que lo entiendan.

Pero, quién paga, manda, y hay que poner en marcha la maligna explotación de un turismo perjudicial para el Planeta, ruinoso para la población canaria, lleno de peligros para la salud y para la propia economía. No hay capacidad intelectual - haberla sí la hay, pero no le dejan lugar en la política- para dedicar los recursos y los esfuerzos a esas otras iniciativas productivas, nuevas o tradicionales abandonadas.

Por tanto, el gobierno cree que eso de "máxima seguridad sanitaria" debe adaptarse a lo que interesa al amo, aunque la realidad no haya cambiado. Y, del cierre de fronteras, pasamos, primero,a la apertura del turismo declarando que se exigiría "la aplicación a todas las personas de pruebas PCR, si no es en origen, en destino, cueste lo que cueste". En su locura desquiciada, llegaron a manifestar tan triunfal como mendazmente "que se había desarrollado en Canarias una aplicación que permitirá que la persona lleve el resultado de la PCR en su móvil". No importaba que la aplicación -de la que nunca se ha vuelto a saber- era en verdad un remedo de aquello de que si -y cuando- se sabía que una persona portaba el virus, podía detectarse a las prójimas y los prójimos con que hubiera estado en contacto. Puro desvarío tecnócrata. No importaba -y eso que lo sabían, porque se lo dijimos en perfecto y estilísticamente apropiado español- que las PCR no suponen ni de lejos "máxima seguridad" por la sencilla razón de que desde que se le hurgan las narices a la persona interfecta hasta que se conocen los resultados, el virus tiene mil y una oportunidades de colarse en el organismo respectivo. Como no importaba tampoco, y se les dijo, que, a pesar de que los resultados de la prueba pudieran conocerse a las pocas horas de la toma de muestras, los dispositivos de proceso tenían, como todo en este mundo, una capacidad limitada. Y que, si se someten cientos de muestras a la vez, la mayoría de ellas tendrá que ponerse en cola. De manera que, hasta que se obtenga el resultado de la última de los cientos de muestras, el rebaño de turistas debe ser retenido. Una maravilla. Les dice usted a las o los turistas que se metan por donde puedan en el aeropuerto varias horas o días, hasta que la máquina escupa el veredicto. Y, cuando aparezcan, que ineluctablemente aparecerán, personas portadoras del miasma, habrá que reducir a todo ese rebaño, a cuarentena. A todo, porque habrán estado en contacto, llorando sobre los recíprocos hombros las desgracias y compartiendo fraternalmente el virus. El caos. Eso proponían el ínclito presidente de Canarias y su acólito, de hecho, vigilante empresarial, Julio Pérez. Tanto es así, que se estuvieron peleando a ver quien pagaba la cuenta de la historia inverosímil de los supuestamente milagrosos PCR.

Cuando ya se convencieron -no por su propio cacumen, sino porque se lo explicaron, despacito, para que lo entendieran- de que eso de la aplicación de la PCR a todo quisque, más que imposible, era una estupidez, propia de la baja altura de su perspicacia, entonces sacaron del zurrón de las invenciones otra patujada: Aquello que el maestro Padylla define como "método PPG, pito, pito gorgorito". Ángel Víctor lo llamaba "pruebas aleatorias", y demostró con ello ignorar el significado y la etimología del tecnicismo. Porque, el tolete no sabe que con la aleatoriedad,  se sometía la seguridad sanitaria- oigan, la salud de ustedes y mía- al azar. Sí, sí. Al albur de una muestra confiable, estadísticamente, pero letal en la práctica.  Que aquí,lo del pollo y el medio pollo no es cosa de chufla, sino de muerte o de pasarlas canutas, que esa es otra. Pero no importa, porque lo que sí debe estar seguro es el beneficio empresarial, dinero, dinero, dinero. Ya te pondremos un  respirador, oh choni que te trabes en los ganchitos del virus. Y si palmas, declararemos duelos y plañiremos. Pero la pasta cobiellar es sagrada. Eso no es negociable, que el tiempo pasa volando y ,ahí más allá. hay que empezar a pagar las campañas electorales.

Alguien debió, de nuevo, hacer caer en la cuenta a esta insalla irresponsable de la perversidad de lo "aleatorio". Entonces, el comisario Julio Pérez, consejero para lo que haga falta, se salió con otro término, utilizándolo, además, con la misma perfidia habitual. Dijo, el muy desfachatado, que "nunca hemos querido hacer PCR indiscriminados", cuando pocos días antes dijo que eso, eso precisamente, era lo que pretendían.

FRASE TANTE TORRES PÉREZ

Y, rueda rodando, que diría Guido Quarzo, hemos llegado a la situación de estos días. La de estos días, pero no la última de esta serie diabólica de mentiras interesadas. Ahora, según el ministro Illa -mal limpiadito profesional, vencido también por la fuerza de las perras por lo que se ve y lo que se imagina-  la "máxima seguridad" se consigue con tres resortes. A saber: la prueba documental, la toma de temperatura y la observación. Concédame Achamán la paciencia necesaria. ¿Qué es prueba documental? ¿de qué sirve, en un trance de epidemia en que el virus corre alegremente y puede contagiar en cuestión de segundos? ¿se mete al o a la sujeto en una pecera, desde que se le extiende la mentada "prueba documental"?: por que si no ¿quién entonces garantiza que no se le ha colado mientras tanto por las narices el volandero virus?. Toma de temperatura. Se ha dicho que, por una parte, la temperatura puede significar muchas cosas, que se tiene una gripe simple, que se han tomado unas copas, cuestión frecuente entre la choniada que traen a Canarias, o que se ha gozado de escarceos de la carne, también asunto corriente en vacaciones, en pareja en colectivo orgiástico (antes decíamos "mènage a trois", porque más era una quimera) o en solitario, y cosas así. Se ha dudado también de la fiabilidad de esos artilugios de toma de temperatura sin contacto. Y, sobre todo, se sabe a ciencia cierta que la gente infectada asintomática, con una temperatura normal, porta y puede estar repartiendo por doquier el virus de marras. Y, como guinda del canelo pastel, lo de la "observación". Illa, Illa, Illa, con lo buen ministro que eras, te has pasado meses diciendo que el virus es invisible, que una persona puede infectar sin que se le pueda ver nada. ¿Que demonios van a observar? Esto de Illa ha llegado al colmo. Ay, ay, ay, que el poder, cuando no corrompe, abatata.

De manera que la conclusión es otra vez tristemente, la misma. Nuestra seguridad sanitaria, nuestra salud, nuestra vida, nuestro futuro económico, están en manos de mentecatos, de auténticos irresponsables mentirosos. Que también pueden calificarse como papas fritas. Todo sea por escribir con propiedad. .

* Lo escribe y lo sostendrá, mientras no caiga presa del virus que esta insalla nos va a traer de nuevo, Chema Tante

CHEMA TANTE

 

 

mancheta 23