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07:08h. Miércoles, 27 de mayo de 2020

Medicina, salud y sociedad, André Gorz, 1974 (Extractos II, por Federico Aguilera Klink)

 

FRASE GORZ 2

Segunda entrega de los extractos que Federico Aguilera Klink se ha tomado el trabajo de hacer del valiosísimo capítulo Medicina, salud y sociedad, de la obra Ecología y política de André Gorz. Sigue Gorz desgranando verdades que parecen, ya lo dije cuando comenté la primera entrega, obvias, pero que pocos parecen percatarse y desde luego, nadie da muestrasd e que le importe.  Esa paradoja de que la sociedad presencia impertérrita -con algunas heroicas y encomiables excepciones- la muerte continua y en enormes cantidades de personas por causas evitables, hambre, enfermedades causadas por la desigualdad social o por la contaminación o por ambas cosas, mientras se estremece y se dedican cuantiosos recursos a salvar o rescatar a una o pocas personas en un caso de accidente. Esa absurdidad de que se dedique dinero -nunca suficiente, pero mucho- a la cura de enfermedades y muy poco a la prevención. Porque, nunca me cansaré yo, Chema Tante de repetirlo, vivimos en una sociedad loca, en sistema incoherente. Desatinado, salvo cuando calibramos que todo, en realidad, obedece a una motivación crematística. La prevención no ofrece rentabilidad financiera, sino social; la curación, en cambio es un negocio fabuloso. Igual que las causas de que la gente se muera, sin necesidad ninguna. Hoy, en mayo de 2020, vemos que es necesario invertir montañas de miles de millones de euros, dólares yenes, yuanes, libras para rescatar a la Humanidad del maldito virus, cuando, con muchísimo menos dinero, se hubiera podido prevenir esta plaga bíblica. Claro, es que entonces, muchos negocios se irían por el sumidero. Los beneficios de unos pocos acaparadores los pagamos con dolor, sufrimientos, molestias y muertes, el resto de la Humanidad.

 

Medicina, salud y sociedad (Extractos II)

André Gorz

 

Escrito en 1974 y publicado como capítulo III del libro (recopilatorio) Ecología y política, Ed. Viejo Topo, 1980.

(Versión electrónica:

https://archivo.argentina.indymedia.org/uploads/2009/07/medicina__salud_y_sociedad__andre_gorz_.pdf

 

Salud y Sociedad

La medicina se ha mostrado inadaptada a los fines que pretende perseguir. Su expansión ya no produce ventajas y acaba por causar más trastornos de los que soluciona. ¿Cómo se explica esta situación? Esencialmente por el hecho de que el modo de vida y el medio se hacen cada vez más patógenos. Las enfermedades degenerativas, así como las enfermedades infecciosas de las que han tomado el relevo, son fundamentalmente enfermedades de civilización y habría que designarlas y reagruparlas, dice Winkelstein, según su causa: enfermedades de la opulencia (debidas a la sobrealimentación, la vida sedentaria, el tabaco, etc.); enfermedades de la velocidad; enfermedades del confort (debidas a la falta de ejercicio y de alimentos naturales); enfermedades de la contaminación, etc. El cáncer de colon y de recto, que por su parte es el segundo por orden de frecuencia entre los hombres, está diez veces más extendido en los países industrializados que en los países rurales de África. Este cáncer parece estar favorecido por un régimen alimenticio que en razón de su pobreza en residuos (es decir en fibras indigestas), modera notablemente el tránsito intestinal.

El doctor Higginson, de la Agencia Internacional para la investigación contra el cáncer, estima que el 80 % de los cánceres son debidos al medio y al modo de vida de las sociedades industriales. El cáncer de estómago, por ejemplo, parece estar relacionado con la contaminación del aire por el humo del carbón. El cáncer de las vías respiratorias y de los pulmones parece estar relacionado con la inhalación del humo del tabaco. Según el cancerólogo y epidemiólogo británico R. Doll, “numerosos indicios hacen creer que la mayor parte de los cánceres son debidos al medio de vida: especialmente el hecho de que la incidencia del cáncer varía fuertemente según los países y que esta variación se confirma en grupos que emigran de un país a otro. De donde se deduce que la mayor parte de los cánceres pueden, en principio, ser evitados”.

Estadísticas británicas y americanas revelan, por su parte, que los índices de mortalidad por cáncer de pulmón y bronquitis crónica son dos veces más elevados en las ciudades que en el campo. Lare y Saskin calculan que un descenso del 50 % de la contaminación atmosférica, reduciría la mortalidad por cáncer de pulmón en un 25 %, por bronquitis en un 50 %, por enfermedades cardiovasculares en un 20 %, etc. Según Eli Ginzberg “un régimen alimenticio diversificado y rico en residuos contribuiría más al estado de salud de la población que cualquier nueva expansión de la actividad médica”.

Sin embargo estas verdades permanecen ignoradas o inoperantes. Todo sucede como si la medicina, los médicos, los políticos de la salud, y el público prefiriesen los cuidados a los enfermos antes que la prevención de las enfermedades. La salud de las personas sanas parece desprovista de valor hasta el punto de que se la estropea estúpidamente y de forma casi institucional por los industriales, las administraciones y los mismos individuos. Por el contrario, “la vida no tiene precio” cuando se trata de “salvar” una pequeña minoría de enfermos o de “reparar” los trastornos con el instrumental pesado y extremadamente costoso, de la medicina de vanguardia.

Entonces, no hay por que sorprenderse si el costo de la medicina crece vertiginosamente (en particular el de la asistencia hospitalaria), mientras que su rendimiento disminuye. Y de que otra forma podría ser, si la medicina desprecia las acciones más eficaces (que son las preventivas), para invertir en hazañas técnicas de dudosa eficacia y de un costo tan elevado que jamás la mayoría de la gente podrá beneficiarse de ellas.

Ahora bien, la verdadera prevención no le interesa a nadie. Como muy bien ha demostrado Jean-Pierre Dupuy es mucho más rentable instalar una nueva unidad hospitalaria hipermoderna que reducir a la mitad el número de enfermos. A excepción de los cálculos estadísticos, nadie conoce a las personas a las que la acción preventiva impide caer enfermos: son “personas estadísticas”. Desconocidas por todos, e incluso por ellas mismas, no muestran ninguna gratitud por la protección de la que se han beneficiado. ¿Quién diría por tanto: “votaré por el diputado tal, porque gracias a él, no he estado este año enfermo? En cambio, el enfermo que se traslada al hospital es una persona con nombre y apellidos, que con toda su familia, escuchará al diputado cuando declare: “He hecho construir un nuevo hospital. Votadme”.

Sin embargo las enfermedades que se intentan curar en lugar de prevenirlas, no sólo son rentables políticamente: hacen funcionar a algunas de las industrias más rentables, crean empleos y por tanto “riqueza”: el crecimiento concomitante del número de enfermos y de industrias de la salud aparece en las cuentas nacionales como un “enriquecimiento”, mientras que la desaparición de estas industrias por falta de enfermos se traduciría en un descenso del producto nacional y sería un duro golpe para el capitalismo. En resumen, la enfermedad es rentable, y la salud no.

Esta es la razón por la que la medicina se continúa desarrollando en contra del sentido común y de la equidad: de la misma forma que se concede más importancia a los resultados del Concorde que a las condiciones de transporte cotidiano de millones de ciudadanos, se presta más interés a los aventureros exploradores de la medicina de vanguardia que a preservar la salud de la población. El resultado es que el desarrollo de las técnicas médicas (así como en los transportes) crea más penurias, desigualdades y frustraciones que necesidades satisface, manteniendo la peor de las ilusiones, a saber: que la medicina pronto podrá curar todas las enfermedades y que por tanto no es urgente prevenirlas.

Como muy bien escribe John Cassel: “Nunca se han prevenido las enfermedades detectando a los individuos enfermos sino actuando, a nivel de la colectividad, sobre el medio y los factores sociales y psicosociales que aumentan la vulnerabilidad ante la enfermedad y debilitan la resistencia de los individuos ante las agresiones externas. La salud es esencialmente un equilibrio entre los agentes patógenos y sus portadores. Depende de la capacidad del individuo para mantener una relación relativamente estable con su entorno... Todo estriba en saber cómo esta capacidad puede ser socialmente mantenida”. Morbilidad creciente, indiferencia ante la auténtica prevención, superconsumo espectacular de asistencias y medicamentos que no restablecen la salud: ¿cómo es posible que médicos y medicina se acomoden a esta absurda situación? Acusarles es demasiado fácil. Sus concepciones del enfermo, de la enfermedad, de la función médica están aún profundamente marcadas por las concepciones burguesas de los siglos XVIII y XIX: el cuerpo es concebido como una máquina cuyos engranajes se estropean, y el médico como un ingeniero que los vuelve a poner en su lugar por medio de intervenciones quirúrgicas, químicas o eléctricas.

Y además, a diferencia de la medicina antigua, la medicina burguesa no conoce más que al individuo, y no al conjunto de individuos. Esto procede, por supuesto, de la relación de clientela del médico con “sus” pacientes. Estos, son individuos privados que exigen que se les mejores, se les cure y se les aconseje enseguida, tal como son, en un mundo como este. El médico, es su oficio, se adapta a esta exigencia. Nadie le exige ver más allá de los casos individuales, las causas sociales, económicas, y ecológicas de la enfermedad. La medicina se convierte así en una “ciencia” extraña que estudia minuciosamente estructuras parciales sin tomar en consideración la estructura global con la que se relacionan.

Únicamente algunos pioneros, misioneros, y cabezas locas, se interesan por la epidemiología, la biología de las poblaciones, la antropología y las enfermedades laborales. Estos auténticos investigadores y teóricos, que salvan el honor del cuerpo médico, no tienen apenas influencia sobre el ejercicio y la función de la medicina: la salud de las poblaciones no es objeto de ninguna exigencia solvente, nadie paga a los médicos para que se ocupen de ella, y por otra parte, nada en su formación ni en su posición social, les prepara para aconsejar a la gente sobre la mejor forma de sanear sus costumbres y su medio de vida.

Por tanto, ejercen su profesión en los estrechos límites del sistema social, con una sumisión a las normas que no deja de ser sorprendente: ¿cómo es posible, se pregunta Powles, que no hayan podido prever que la inhalación de gas y de vapores químicos, de humos (del tabaco, de metales fundidos, de aceite caliente, del carbón), de polvos (de amianto, de algodón, de granito) era extremadamente perjudicial para la salud? ¿Cómo han podido no rebelarse, en las ciudades industriales y mineras, contra unas condiciones de vida y de trabajo cuyos efectos nocivos estaban diariamente ante sus ojos? ¿Acaso no se niegan a llamar “enfermedades” a procesos degenerativos irreversibles (arteriosclerosis, hipertensión, artrosis, etc.), por la exclusiva razón de que aceptan como “normal” un modo de vida que favorece estas afecciones? En resumen, ¿cómo pueden aceptar el cuidar solamente a escala individual los trastornos que este tipo de civilización y de sociedad causa al nivel de colectividades y poblaciones enteras?

Primera entrega de los extractos:

http://www.lacasademitia.es/articulo/economia/medicina-salud-sociedad-andre-gorz-1974-extractos-i-federico-aguilera-klink/20200513220641099997.html

* La casa de mi tía agradece el esfuerzo de Federico Aguilera Klink

ANDRÉ GORZ RESEÑA

MANCHETA 21