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03:36h. martes, 20 de octubre de 2020

La pelea del siglo Richard Heinberg en REBELIÓN (2012) Una predicción de hace ocho años

 

FRASE HEINBERG

Dice Federico Aguilera Klink: Hace años discutía este texto con mis estudiantes... ahora me parece que hay que retomarlo y empezar a tomar medidas pensando en una economía al servicio de las personas... Y es que Richard Heinberg en REBELIÓN, en 2012, dibujaba una serie de escenarios posibles, tras la crisis de aquellos años. Los gobiernos felones arrodillados ante el neoliberalismo, tiraron por la cruel senda que les marcaba el neoliberalismo, la austeridad. Ahora, en 2020, las mismas malas prácticas neoliberales y la respuesta de la Pacha Mama han cortado las líneas productivas intensivas y están provocando una catástrofe económica y social que obligará a los estados a adoptar los escenarios C y D planteados: por Heinberg Provisión centralizada de los productos básicos y Provisión local de las necesidades básicas, que, dada la lejanía en el tiempo con la publicación original, me permito reproducir íntegros. Claro que la estupidez codiciosa neoliberal se resistirá y pretenderá repetir los errores, véase la postura de la Europa del Norte. Aunque no les va a quedar más remedio, se opondrán. De tal manera, parece que la pelea que Heinberg predecía en 2012 se producirá en 2020 y, sí, todo indica que será la pelea del siglo. Ojalá sea una pelea liberadora. Y vean también, ahora que sobra el tiempo, lo que escribía Heinberg en 2017 Nuestra única esperanza es un cambio sistémico conducido por un despertar moral - por Richard Heinberg (traducido y comentado por Alejandro Floría)

 

C. Provisión centralizada de los productos básicos. En este escenario los países proporcionan directamente trabajo y productos básicos al público general mientras se simplifican, reducen o eliminan deliberadamente elementos de la sociedad como el sector financiero y los gastos militares y se imponen impuestos a los individuos ricos, a los bancos y a las empresas.

En muchos casos, la provisión centralizada de las necesidades básicas es relativamente barata y eficiente. Por ejemplo, desde el principio de la actual crisis financiera el gobierno de los EUU ha ido creando trabajos principalmente mediante la canalización de recortes de impuestos y gastos en estímulos al sector privado, pero esto ha resultado ser una forma extremadamente costosa e ineficiente de proporcionar dichos trabajos, muchos de los cuales hubieran podido ser creados (por gasto en dólares) mediante la contratación directa del gobierno2. De manera similar, la nueva política federal de los EEUU (aún debe ser puesta en marcha) que aumenta el acceso público a la atención sanitaria exigiendo que la gente compre un seguro médico privado es más costosa que simplemente proporcionar un programa de seguro sanitario universal público. Si la experiencia británica durante e inmediatamente después de la 2ª Guerra Mundial sirve de guía, se podría asegurar un mejor acceso a alimentos de alta calidad con un programa de racionamiento dirigido por el gobierno que mediante una completa privatización del sistema alimentario. Y se podría defender que los bancos públicos proporcionan un servicio público más fiable que el de los bancos privados, que canalizan enormes cantidades de rentas a banqueros e inversores. Si todo esto suena como un argumento a favor del socialismo utópico, sigan leyendo: no lo es. Pero de hecho hay beneficios reales en la provisión por parte del gobierno de las necesidades, y sería una tontería ignorarlo.

Una línea paralela de razonamiento es esta: inmediatamente después de desastres naturales y enormes accidentes industriales, la población afectada normalmente acude al estado en busca de ayuda. A medida que el clima mundial cambia caóticamente, y a medida que la búsqueda de energía fósil de un grado cada vez menor fuerce a las empresas a perforar más profundamente y en áreas más sensibles, sin duda asistiremos a un empeoramiento de las crisis climáticas, de la degradación y contaminación medioambiental y a accidentes industriales tales como derramamiento de petróleo. Inevitablemente, más y más familias y comunidades dependerán de la ayuda proporcionada por el estado para aliviar el desastre.3

A mucha gente le tentaría ver la expansión de los servicios estatales con alarma, ante la inflación de poderes de un gobierno central ya hinchado. Hay motivos para este miedo, dependiendo de la estrategia que se siga. Pero es importante recordar que la economía en su conjunto en este escenario, se estaría contrayendo -y lo continuaría haciéndolo- debido a los límites en los recursos. Piénsese en una provisión estatal de los servicios no como socialismo utópico (independientemente de que se vea esto como algo positivo o negativo), sino como una reorganización estratégica de la sociedad en búsqueda de mayor eficiencia en tiempos de escasez. Quizá la mejor analogía sería el racionamiento en tiempos de guerra -una práctica en la que los gobiernos tienen un papel mayor en la gestión de la distribución para liberar recursos en la lucha contra un enemigo común-.

¿Cómo pagar tal expansión de los servicios en un momento de sobreendeudamiento y escasez de crédito? La industria financiera se podría reducir imponiendo impuestos sobre las transacciones financieras y la renta. Yendo más allá, el gobierno nacional podría crear su propia financiación directamente, sin tener que pedir prestado a los bancos. Se podría pensar que si el gobierno puede crear tanto dinero como quiera, podría acabar completamente con la escasez. Pero al final no es solo el dinero lo que hace girar el mundo. Con la escasez de energía y recursos, la economía continuaría reduciéndose no importa cuánto dinero imprimiese el gobierno; la sobreimpresión simplemente daría como resultado la hiperinflación. Sin embargo, hasta cierto punto, las ganancias en eficiencia y la distribución equitativa podrían reducir la miseria humana aunque el pastel económico continuase reduciéndose.

Algunos países ya han empezado a hacer cambios políticos de acuerdo con la línea sugerida en este escenario: Ecuador, por ejemplo, ha aumentado el empleo público directo, reforzado las provisiones de seguridad social para todos los trabajadores, diversificado su economía para reducir su dependencia de las exportaciones de petróleo, y aumentado las operaciones bancarias públicas.4

En algunos grandes países industrializados, como los EEUU, los intereses arraigados (principalmente las industrias de los combustibles fósiles, las financieras y las armamentísticas) trabajarían para impedir un movimiento en esta dirección -como ya están haciendo-. Sin embargo, el hecho de que la economía se siga contrayendo a pesar de los denodados esfuerzos por parte del gobierno podrían llevar a mucha gente a pensar que la contracción se produce por culpa del gobierno, y por tanto la oposición popular al gobierno (al menos en algunos sectores) podría aumentar. Esto podría motivar al gobierno a aplastar tal disensión para mantener la estabilidad (esto, por supuesto, es lo que los grupos antigubernamentales de extrema derecha más temen). Un país que siguiese atascado en la opción C durante décadas probablemente se acabaría pareciendo a la Unión Soviética o a Cuba. También podría recurrir a esfuerzos extremos para avivar el sentimiento patriótico como una forma de justificar la represión de los disidentes.
En cualquier caso, es difícil decir durante cuánto tiempo se podría mantener esta estrategia frente a una oferta energética menguante. En última instancia, la capacidad de las autoridades centrales para hacer funcionar y reparar la infraestructura necesaria para continuar manteniendo a la ciudadanía en general podría erosionarse hasta el punto de que no fuese posible conservar el centro. En esta etapa, la Estrategia C se desvanecería y aparecería la Estrategia D.
D. Provisión local de las necesidades básicas. Supongamos que a medida que la economía se contrae los gobiernos nacionales no consiguen mantener el ritmo para cubrir las necesidades básicas de la existencia de sus ciudadanos. O (como acabamos de mostrar) supongamos que estos esfuerzos menguan con el tiempo debido a la incapacidad de mantener una infraestructura a escala nacional. En este escenario final, la provisión de las necesidades básicas es organizada por gobiernos locales, movimiento sociales ad hoc, y organizaciones no gubernamentales. Esto podría incluir a pequeñas empresas, iglesias y cultos, bandas callejeras con una misión ampliada, y empresas cooperativas formales o informales de todo tipo.

Ante la ausencia de redes mundiales de tranporte, redes eléctricas y otras infraestructuras que conservan unidos a los países modernos, cualquiera que sea el nivel de mantenimiento que se pudiese originar localmente proporcionaría una mera sombra del estándar de vida del que actualmente disfrutan las clases medias estadounidenses y europeas. Solo un ejemplo: probablemente nunca veremos reunirse a familias en los sótanos de una iglesia para fabricar ordenadores portátiles o teléfonos móviles desde cero. La actual provisión de alimentos y bienes manufacturados sencillos es una posibilidad razonable, dado un esfuerzo cooperativo, inteligente. Pero en general, sin embargo, durante las próximas décadas una economía verdaderamente local será principalmente una economía de salvamiento (como describió John Michael Greer en The Ecotechnic Future p. 70 y sig.).

Si los gobiernos centrales intentan mantener su complejidad a costa de los locales, es probable que se produzca un conflicto entre las comunidades y los renqueantes centros de poder nacional o mundial. Las comunidades pueden empezar a retirar apoyos a las autoridades centrales -y no solo a las gubernamentales, sino también a las financieras y empresariales-.

En las últimas décadas, a las comunidades les ha parecido que les interesaba ofrecer recortes de impuestos a empresas nacionales o globales y dar otros subsidios para localizar fábricas y centros comerciales. Los análisis posteriores mostraron que en muchos casos era un mal acuerdo: los recortes habían sido insuficientes para compensar los nuevos costes de infraestructuras (carreteras, alcantarillado, agua); mientras la mayor parte de la riqueza generada por las fábricas y los megacentros comerciales tendía a marcharse a los lejanos cuarteles generales de empresas y a los inversores de Wall Street (véase Michael Shuman, la Small-Mart Revolution). Cada vez más, las comunidades reconocen a las grandes empresas de cadenas de venta al por menor (así como a los grandes bancos) como parásitos que desvian el capital local y buscan en cambio formas de mantener a las pequeñas empresas locales.

Los gobiernos locales y de condado están empezando a adoptar una actitud similar hacia los gobiernos federal y estatal. Antes las entidades gubernamentales más grandes proporcionaban subsidios para proyectos de infraestructura local y programas antipobreza. A medida que se secan los flujos de financiamiento para estos proyectos y programas, los gobiernos locales se encuentran progresivamente en competencia con sus hermanos mayores hambrientos de liquidez.

Si las comunidades son golpeadas por la disminución de los ingresos fiscales, la competencia con los gobiernos mayores y las prácticas depredadoras de las megacorporaciones y los bancos, las organizaciones no gubernamentales -que mantienen decenas de miles de proyectos locales de arte, educación y caridad- se enfrentan quizá a desafíos aún mayores. El actual modelo filantrópico descansa enteramente en el supuesto del crecimiento económico: las subvenciones proceden de los retornos de inversión. A medida que el crecimiento se ralentice y cambie de sentido, el mundo de las organizaciones no gubernamentales temblará y se desmoronará, y las bajas incluirán a miles de agencias de ayuda, organizaciones medioambientales dedicadas a la protección de hábitats regionales, orquestas sinfónicas, conjuntos de danza, museos, galerías de arte, etc., etc.

Si el gobierno nacional pierde agarre, a los gobiernos locales se les aprieta simultáneamente por arriba y por abajo, y las organizaciones no gubernamentales se quedan sin financiación, ¿de dónde vendrán los medios para mantener a la ciudadanía local? Las empresas locales y las cooperativas (entre las que se encuentran bancos cooperativos, también conocidos como uniones crediticias) podrían soportar parte de la carga si son capaces de seguir siendo rentables y evitan caer víctimas de los grandes bancos y las megacorporaciones antes de que estas últimas se hundan.
La siguiente línea de apoyo vendría de los esfuerzos voluntarios de gente deseosa de trabajar duro por el bien común. Cualquier pueblo y ciudad está lleno de iglesias y organizaciones de asistencia. Muchas de estas estarían bien situadas para ayudar a educar y organizar a la población general para facilitar la supervivencia y la recuperación -especialmente algunas de las llegadas más recientemente, como las Iniciativas de Transición, que ya tienen la preparación ante el colapso como su raison d’être-. En el mejor de los casos, los esfuerzos voluntarios se pondrían en marcha mucho antes de que golpee la crisis, organizando mercados campesinos, programas para compartir coche, monedas locales y campañas de «compra de productos locales». Hay un cuerpo creciente de literatura dirigida a ayudar a este esfuerzo precrisis. La última entrada interesante en este campo es Local Dollars, Local Sense: How to Shift Your Money from Wall Street to Main Street and Achieve Real Prosperity, de Michael Shuman.

La fuente final de apoyo consistiría en familias y vecinos unidos para hacer lo que sea necesario para sobrevivir -cultivar huertos, criar pollos, reutilizar, reparar, defender, compartir y, si todo esto falla, aprender a vivir sin ello-. La gente se mudaría a casas compartidas para recortar gastos. Se buscarían unos a otros para mantener la seguridad. Estas prácticas extremadamente locales a veces lucharían contra la corriente de las regulaciones locales y nacionales. En estos casos, aunque no puedan ayudar materialmente, los gobiernos locales podrían echar una mano simplemente apartándose -por ejemplo, cambiando las ordenanzas de zonificación para permitir nuevos usos del espacio-. (Véase, por ejemplo, este útil artículo sobre cómo los condados pueden usar bancos de tierra y el derecho de expropiación para apoderarse de propiedades inmobiliarias no utilizadas y permitir su uso comunitario-.5) Una vez implementado esto, los comités vecinales podrían identificar las casas y los espacios comerciales vacantes para convertirlos en huertos comunitarios y centros de reunión. A cambio, a medida que los barrios formen una red con otros barrios, un tejido social más fuerte podría reforzar el gobierno local.

Como se discute más arriba, los movimientos para apoyar la localización -por muy benignos que sean sus motivos- pueden ser percibidos como una amenaza por parte de las autoridades locales. Esto es lo que muy probablemente ocurrirá cuando el movimiento Occupy organice la resistencia popular a las élites de poder tradicionales.

Donde los gobiernos nacionales vean como una amenaza las demandas de los ciudadanos locales de más autonomía, la respuesta podría incluir la vigilancia, la denegación del derecho de reunión, la infiltración en organizaciones de protesta, la militarización de la policía, el desarrollo de un conjunto creciente de armas no letales para su uso contra quienes protesten, la adopción de leyes que deroguen los derechos a juicio y audiencia probatoria, la tortura y el desplegamiento de escuadrones de la muerte. Chris Hedges, en un artículo reciente6, citaba de forma reveladora una carta de la activista canadiense Leah Henderson a sus compañeros disidentes antes de ser enviada a prisión: «Mis capacidades y mi experiencia -como facilitadora, formadora y profesional legal y como alguien que une diferentes comunidades y movimientos- fueron el objetivo en este caso, en el que el estado intentaba describirme como una «lavacerebros» y un cerebro del caos, la violencia y la destrucción… Está claro que las capacidades que nos hacen fuertes, las alternativas que reducen nuestra dependencia de sus sistemas [enfásis añadido] y prefiguran un nuevo mundo, son las cosas de las que verdaderamente tienen más miedo».
En resumen, el camino al localismo puede que no sea tan fácil y alegre como algunos de sus proponentes retratan. Estará lleno de duro trabajo, obstáculos, conflictos y lucha -así como de camaradería, comunidad y comunitarismo-. Su ventaja definitiva: la tendencia principal del siglo actual (discutida más arriba) parece llevar finalmente en esta dirección. Si todo lo demás falla, la matriz local de vecinos, familia y amigos nos ofrecerá nuestro último refugio.

Todo el largo e importante teto de Heinberg en REBELIÓN (20212)

https://rebelion.org/la-pelea-del-siglo/

richard heinberg reseña

rebelión

Nuestra única esperanza es un cambio sistémico conducido por un despertar moral - por Richard Heinberg (traducido y comentado por Alejandro Floría)

MANCHETA 13