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lunes, 04 de julio de 2022 00:00h.

Algo apesta a ma(n)tas - por Nicolás Guerra Aguiar

"Dentro de la riqueza de nuestra lengua destacan los sinónimos, aunque bien es cierto que cada voz tiene su propio matiz, a veces casi imperceptible. 

nicolasguerraaguiar@gmail.com

Dentro de la riqueza de nuestra lengua destacan los sinónimos, aunque bien es cierto que cada voz tiene su propio matiz, a veces casi imperceptible. Así, por ejemplo, miedo (‘perturbación angustiosa’), terror (‘miedo muy intenso’), pánico (‘miedo extremado colectivo y contagioso’), no son más que tres fases en gradación ascendente para referirnos a todos aquellos hechos que nos inquietan, turban o agitan, individual o colectivamente.

Lo mismo pasa con las voces usadas para indicar que algo huele mal, ya se trate de un animal (una rata descompuesta), una acción humana transitoria (en la guagua, una ristra de sonoras flatulencias cargadísimas de anhídrido carbónico, del más barato) o permanente (aquel señor de la guagua no se baja, pues le llega la diarrea). E incluso en sentido figurado: comportamientos, acciones, enriquecimientos desde la política, por ejemplo.

En este caso concreto, vaya por delante la presunción de inocencia de todo político acusado, aunque aquí volvemos a encontrarnos con la riqueza léxica referida a inocencia (‘exención de culpa’) a través de vocablos con la misma o parecida significación como, por ejemplo, candor, candidez, pureza, ingenuidad. Y lo he comprobado: no son términos añadidos ayer a nuestro Diccionario, desde cuando algunos cándidos, puros e ingenuos políticos se dieron cuenta de que podrían negociarse determinadas concesiones urbanísticas, hoteleras, deportivas, místicas, de obras públicas…

Porque dentro de esa actuación sin malicia que es la de toda persona cándida (y nuestros políticos supuestamente enriquecidos de manera ilegal suman, además, las condiciones de ingenuos, puros, candorosos) hay siempre, o casi siempre, algún abusador que se ha aprovechado de su bondad y ausencia de malicia, otros elementos que los definen y a veces benefician casi sin darse cuenta. Porque, de verdad, no son conscientes de que está feo lo que hipotéticamente hicieron, lo cual los convierte en semiingenuos, casi infantiles, angelitos de Dios.

Pero las cosas son así y en esto de la supuesta corrupción (uso de organismos públicos para obtener beneficios), para no ser menos, hay también una ristra de voces que participan de igual o parecidos significados. Así, junto a corruptela, que usaba con tanta frecuencia el Profesor, aparecen soborno, cohecho, unto, malversación, prevaricación, dádiva e, incluso, construcciones como gestión corrupta, enriquecimiento ilegal, fraude a la Administración, tráfico de influencias, contrato amañado, retribuciones ocultas, ajustes sastreriles, organizaciones nóo gubernamentales… pero siempre, insisto, como hipótesis hasta que la fiscalía demuestre lo contrario a las ingenuidades que haylas, sin duda, y creo en ellas, más en estos días posteriores a los Reyes… Magos.

Pero a mí me preocupan algunas frases del señor Rajoy, hoy presidente absoluto del Gobierno con el máximo apoyo de la población votante –y algo de D´Ont- y candidato a tal cargo en 2004. Aquel año, casi con ingenuidad, lanzó a los aires una frase que hoy me pone los pelos de punta (situación que aprovecho para intentar domeñar los rizados rizos de mi testa coronada de los mismos, pero ni por esas), me deja una cierta sensación de inseguridad y preocupación, toda vez que resulta duro, fuerte y demasiado contundente aquello de «¡Vamos a intentar hacer en España lo que Jaume [Matas] y todos vosotros hicisteis en Balears!» (noviembre 2004. XI Congreso Regional del PP en Baleares). (¡Pues anda que acertó, es la candidez!)

Y si bien es cierto que no tiene ninguna obligación de desmentir sus palabras, matizarlas, corregirlas o retractarse de ellas –siempre por delante la presunción de inocencia del señor Matas-, no puede negarse que si el ex presidente balear es condenado (tiene varios juicios pendientes), el señor Rajoy está obligado a pedir disculpas a la población. Porque año arriba o año abajo, es hipotéticamente creíble que el señor Matas ya tenía sus apañillos económicos, sus veleidades mercantiles. Y por eso, porque era feliz y político, rostro, faz, careto, semblante, cara… expandían ingenuidades, candores, purezas.

Sin embargo, algo debió temer nuestro hombre sospechoso en cuanto a pestes, tufos, pestilencias, hedores, efluvios y vahos se refiere porque nada más comprar –o adquirir, quizás atrapar- el palacete en Mallorca, lo primero que hizo fue comprar un cepillo para el retrete, excusado o evacuatorio por el que pagó trescientos y tantos euros. Y no era de oro, no, que ese ya lo habían adquirido en Canarias, para Ciudad Jardín. Se trataba de uno a propulsión, capaz de absorber pronunciadas fetideces a la primera nada más darle a la palanquita, pues el apestoso hedor chuleaba de que nunca lo olfatearían, qué ingenuidades. Y fue cierto durante un tiempo: no lo olieron ni tan siquiera los rajoyanos sabuesos que rastrearon en las supuestas corruptelas psocialistas.

Pero como los impactos olfativos eran tan fuertes la cosa atufó, jiedó y apestó, y hete aquí que el señor Matas va a perder su palacete, aquel por el cual pagó 950.000 euros y, una vez puestas cortinas, alfombras y tres boberías más, Hacienda tasó en 2.5 millones de euros. ¿Que por qué tal diferencia de 1.550.000 euros? Cuestión de tufos, sin duda. Aquel cepillito tan coqueto no fue suficiente para exterminar pestilencias, jediondeces y hedores; por tanto, tuvo que comprar más, muchos más, centenas de ellos más. Y como ya no quedaban en el mercado debido a su gran demanda, los precios se disparataron y, claro, pasó lo que pasó.