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05:26h. Miércoles, 22 de Agosto de 2018

 Ariadna Díaz Sosa, ejemplo para el triunfo - por Nicolás Guerra Aguiar

 

FRASE AGUIAR

 Ariadna Díaz Sosa, ejemplo para el triunfo - por Nicolás Guerra Aguiar

ARIADNA Y JUAN FÉLIXEl triunfo de un exalumno se vuelve siempre complaciente para quienes participaron en su formación desde las aulas. Más aún si a los nueve años de su primer encuentro el docente (y tutor) recibe por correo electrónico el siguiente texto: “Buenos días, Juan Félix. ¿Cómo van esas vacaciones? Estoy muy contenta porque he terminado mi carrera, y ya puedo decir que soy MAESTRA. Es un placer para mí poder contárselo a usted, un profesor que tanto me apoyó y ayudó. Finalmente he obtenido en mi trabajo de fin de grado un sobresaliente, 9’2. Muchas gracias por todo, un agradable saludo”.

Para el profesor -sé de lo que hablo- viene a ser algo así como la sublimación personal ante un trabajo bien hecho y, sobre todo, reconocido por los discentes. A fin de cuentas recuerdos imperecederos o cementerios de memorias vienen a significar el impacto personal de quienes, respectivamente, ven al alumno como ilusión, esperanza y trabajo o, al contrario, aquel es solo un número más.

ARIADNA DÍAZ SOSAY esta consideración –“un número despersonalizado”- no es mía sino de Ariadna Díaz Sosa, joven sardinera de mi pueblo, Gáldar, a quien algunos profesionales le recomendaron que abandonara la Enseñanza Secundaria Obligatoria -previa al Bachillerato- y se matriculara en Diversificación, “un medio solo para sacar el Graduado Escolar”, matiza. Porque la idea negativa sobre la “Díver” se había generalizado entre los alumnos y, por tanto, ella lo tenía claro: “Era algo para tontos”.

 

JUAN FELIXCuando el profesor Juan Félix Díaz Quintana -entrañable paisano cebollero y colega- me envió el texto arriba reproducido lo llamé para felicitarlo, pues años atrás también tuve sus ritmos cardíacos: había experimentado la misma emoción varias veces (“Fue Vd. quien me dio la bienvenida a la comunidad de los hombres libres, ampulosa expresión que espero no difumine la verdad de hierro que entraña. Desde que asistí a sus clases de COU me hizo comprender que la literatura, el arte en general, están vivitos y coleando”. Desde un periódico digital también me enviaron un artículo dedicado: “Para don Nicolás Guerra Aguiar, estas palabras que sé que no espera, con un profundo y sentido agradecimiento, siempre, de un exalumno”).

Y desde tal llamada, estimado lector, consideré la necesidad de conectar con Ariadna del Sol ya no solo por el reconocimiento a un profesor (Juan Félix la había convencido de su capacidad como obrera de los estudios) sino, y sobre todo, por lo que ella acaba de lograr: el título universitario. Ariadna, pues, valía para la obtención del elemental Graduado Escolar y, además, para emprender estudios superiores.

Aquella joven llegó con miedo al instituto: procedía del colegio de Sardina, donde pasó varios años. Ahora ya alcanzaba casi trece. Pero diversas circunstancias bloquearon su aprendizaje: gente nueva proveniente de otros barrios, absolutamente desconocida; la precoz “edad de la bobería”; iniciales miradas; continuados paseos por la plaza de Gáldar… Total: debe repetir segundo. Y como nadie espera ningún milagro, le llega la recomendación: “Deberías matricularte en Diversificación”.

Sigue las indicaciones del Sistema. Desde el primer trimestre se convenció de su capacidad para aprobar. Por tanto, “decidí darlo todo. Además, había coincidido con la época de la crisis económica. Y me planteé que si para gente titulada era difícil conseguir un trabajo, ¿adónde podría ir yo con el Graduado Escolar? El curso era muy fácil. Yo memorizaba bien. Y cuando algunos profesores empezaron a reconocerme mis habilidades, más me motivé para sacar las mejores notas. Don Juan Félix me serenaba, pues yo era muy impulsiva”.

En las clases de Literatura (3º) le cogió gusto a la lectura. Y al terminar Diversificación ni se lo pensó: “Si fui capaz de sacar el Graduado Escolar con muy buenas notas, ¿por qué no voy a sacar el Bachillerato de letras?”. Acertó: “Me fue superbién, como si nada”. Había aprendido a estudiar y, a la vez, experimentaba la sensación de la madurez. Y con ella, la seguridad en sí misma. (Cogí al vuelo un lapsus para decirle que no se hiciera mayor antes de tiempo: “¡Aproveche intensamente la juventud!”, le sonreí. Ella rió con serenidad, sabedora de su lucidez: “Me queda muchísimo mundo por conocer y mucho por saber!”.)  

Descubrió, a la par, que la estabilidad familiar se recuperaba: ella ya no era la gandula y desinteresada alumna repetidora y torpe. Muy al contrario: “Noté cómo mi familia se enorgullecía de mí. Y eso me dio más fuerzas para pensar en qué haría una vez acabara en el instituto. Lo tuve claro: quería ser maestra en Educación Primaria. Me siento tremendamente orgullosa de haber conseguido el grado a mis veintitrés años.  Pero sola jamás lo hubiera logrado”.

Ariadna, ya a las puertas de la Universidad, sabía del sacrificio económico de sus padres. Y como además reclamaba absoluta independencia personal, buscó un trabajo: cuatro horas diarias. Así, de la tienda en que trabajaba a la Facultad siempre a la carrera, teme perder alguna clase. Trabajo y estudio; estudio y trabajo hasta las fechas de exámenes, absolutamente entregada a los libros.

Me mira fijamente: “Aquí, desde luego, no me voy a quedar”.  Ariadna necesita salir del pueblo, de la Isla, de su país: “Canarias ofrece muy pocas oportunidades a sus jóvenes universitarios”. Sabe –y la electriza- que el mundo es ancho e inmensamente atractivo. Para empezar a conocerlo ya eligió pon dónde empezar: Irlanda. Irá como au pair (empleada en una casa para cuidar niños, por ejemplo), pues necesita dominar el inglés para su siguiente paso si la cosa va bien: estudiar Arte Dramático en alguna universidad inglesa. Y a más años vista, su deseo es hacer un máster para perfeccionar los estudios universitarios.

Ariadna mira fijamente, insisto. Y con su mirada patentiza la seguridad que tiene en sí misma. No fantasea, no sueña: sabe a ciencia cierta que logrará hacer rutas, senderos y caminos marcados por ella. Si fue capaz de dramatizar públicamente la “Elegía” (a Ramón Sijé) de Hernández, nada le resultará imposible. Tiene todo el derecho al triunfo.  Y mi admiración.

* La casa de mi tía agradece la gentileza de Nicolás Guerra Aguiar; y se une a la felicitación a Ariadna y al justificado júbilo del profesor Díaz Quintana

 

NICOLÁS GUERRA AGUIAR RESEÑA

 

 

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