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02:28h. Sábado, 03 de Diciembre de 2016

Bajada o copete (para no hacer el título tan largo): Sesión plenaria y cierre del Congreso del Frente Amplio - por Emilio Cafassi

 

CONGRESO RODNEY ARISMENDI

emilio cafassi¿Qué esperar del Congreso Rodney Arismendi?: Emancipación Permanente

 

Bajada o copete (para no hacer el título tan largo): Sesión plenaria y cierre del Congreso del Frente Amplio

Título: ¿Qué esperar del Congreso Rodney Arismendi?: Emancipación Permanente - por Emilio Cafassi, profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, cafassi@sociales.uba.ar

El Frente Amplio uruguayo (FA) vive hoy su climax encendido por la pasión de los debates y la fascinación por las decisiones colectivas. Escogerá entre el impulso a una sustantiva reforma constitucional, su postergación o un simple retoque. Aprovechará también para rememorar y actualizar sus principios. La variedad temática, conceptual y de problemas que aborda el congreso no reconoce límites ni se circunscribe exclusivamente al Uruguay. Lo que está en debate es nada menos que el modelo de sociedad a la que se aspira y por la que se lucha, se trabaja y se le otorga -inclusive- sentido a la vida.

La ampliación paulatina del significado de igualdad respecto a los documentos fundacionales que fue precisándose en los sucesivos programas frentistas a la salida de la dictadura, y las prácticas militantes consecuentes con ellos, resultaron un factor de fortalecimiento del FA, pero no sólo como acumulación electoral sino como invitación a la inclusión orgánica y al involucramiento. Logró concitar la atención y en muchos casos incorporar a una creciente proporción de mutilados de derechos, como esa mitad de la población sometida al dominio patriarcal, a los jóvenes privados de desarrollo educativo y perspectivas de realización subjetiva más allá de una diáspora forzada, a los trabajadores en vías de racialización sometidos a virtual servidumbre y pauperización, a los trabajadores rurales que marcan tarjeta en el reloj solar, al vecino que espera por décadas saneamiento o asfalto, entre tantos otros. El sujeto histórico, sociológicamente heterogéneo, que posibilitó el inicio del -aún tibio- cambio actual desde el acceso al gobierno, no sólo debe conservarse sino recuperarse en su involucramiento y estímulo al planteamiento de nuevas y renovadas demandas.

Aggiornándose en materia de agenda de derechos surgida de actores sociales postergados, el FA logró hospitalidad política para organizar la conquista de los derechos relegados. Concibió una ciudadanía no sólo acreedora de derechos y libertades, sino participante activa de los posibles logros. Pero esto fue posible además por el dinamismo y empuje de los movimientos sociales y de la sociedad civil que rompieron caparazones dogmáticas y exigieron representación política. El FA supo ejercerla y hoy se plantea continuar con ella, no sin debilidades crecientes, ya que el motor de la transformación pierde toda su potencia cuando se agota el combustible del protagonismo social.

Con poco éxito, el documento sobre valores y principios que fue sometido a discusión ayer en las comisiones y será enmendado en sesión plenaria hoy por la miríada de delegados congresales (estimada en mil trescientos) intenta reforzar los cimientos sobre los que se erige la obra reformista. La tarea de rescatarlo no sólo de sus lugares comunes y vaguedades, sino también de su agonía metafórica y su austeridad utopista será ardua y compleja. Porque las cuestiones de principios no se agotan en la agenda de derechos. Hay aspectos a contemplar con escrupulosidad como la integración regional en el actual escenario derruido, la solidaridad internacional con los pueblos sojuzgados que recupera el carácter antiimperialista fundador del FA, el infeliz matrimonio entre desarrollo y cuidado ambiental, la recurrente amenaza de la demoledora mano invisible del mercado o la lacerante vigencia de la impunidad para los criminales del Estado terrorista. Como propone con acierto y precisión el documento suscripto por el PVP, el Partido Comunista y varios grupos más, hay muchos párrafos tanto a enmendar cuanto a suprimir, probablemente por la suma cero que el propósito de un consenso absoluto suele producir.

Al igual que el domingo pasado cuando realicé un forzamiento alegórico del concepto de revolución política de Trotsky para sugerir una superación radical de la democracia liberal-fiduciaria, traeré a colación el de revolución permanente que expresó Marx en 1850 y recogió también Trotsky en 1929. Lo retomo aunque ceñido al concepto de emancipación social, que en modo alguno concibo exclusivamente como superación de la propiedad privada de los medios de producción o a variables económicas, sino a una progresiva conquista de condiciones materiales y concretas de vida que además de proporciones de riqueza incluyan las más diversas libertades y derechos, las capacidades de goces, la liberación de prejuicios e ignorancias y todas aquellas opresiones reconocidas que faciliten pasos concretos de desalienación humana. La concibo en verdad, como liberación de cualquier tipo de subordinación o dependencia que es dable obtener mediante paulatinas conquistas.

Pero traigo a colación esta metáfora teórica precisamente porque me interesa poner en discusión el sujeto social de esta emancipación, concebida con la intención de superar desde la amplitud el carácter maniqueo que ha tenido en buena parte de las izquierdas. También auscultar su aceptabilidad tanto para concepciones políticas reformistas, cuanto revolucionarias. Le atribuyo más relevancia al carácter permanente y sucesivo de los logros que al carácter acotado o parcial de ellos. Justamente Trotsky rescataba la noción de revolución permanente en el balance de Marx de las revoluciones de 1848 y la asociaba a la incapacidad de las burguesías de los países subdesarrollados de lograr una transformación democrático-burguesa de sus sociedades, otorgándole esa tarea al proletariado. Hipotetizo que ese rol hoy recae sobre la ciudadanía informada, activa y movilizada, mucho antes que sobre sus representaciones fiduciarias, aún las progresistas, una vez apoltronadas en el poder.

Aunque para ello hacen falta nuevos modelos de organización política de la ciudadanía, apenas tangencialmente explorados en algunas experiencias históricas, que efectivicen la participación de los afectados del modo más directo posible en las decisiones que los incumben. Es decir, una nueva constitución que no podrá garantizarla con simples maquillajes o tinturas retóricas. Tendrá que disputarse en una convención constituyente electa a tal fin. No deja de importarme la inclusión de los derechos sociales y económicos, pero ¿cuántas constituciones formulan esos derechos, incumpliéndolos luego ejerciendo la administración del capitalismo como el derecho a la vivienda digna, al trabajo, etc.? Inversamente, la aplicabilidad de libertades civiles y derechos cívicos amplificados puede ser prácticamente inmediata.

Involucrar a los afectados en las decisiones, además de razones de principios, debería tener en el FA un objetivo de supervivencia. Es indisimulable la deserción de sus comités de base, la desmovilización, el envejecimiento de su militancia, el leve aunque sostenido declive electoral como para correr el riesgo de parecerse, aunque sea un poco, a las actuales socialdemocracias y socialcristianismos europeos (completamente integrados y asimilados acríticamente a la lógica ciega de la acumulación de capital) sino además a la democracia liberal-fiduciaria que desalienta toda forma de participación y realimenta la burocratización de la gestión política.

No existe una fórmula mágica que combata esta posible tendencia. Se requiere para ello una batería de institutos claramente delimitados que se combinen entre sí para impulsar el involucramiento ciudadano. Debería contemplar la rotación en todo de tipo de cargos políticos, electivos o de designación directa, la introducción del mandato imperativo basado en programas explícitos y la revocabilidad de tales mandatos ante su eventual incumplimiento. Además, propender a la sustitución de buena parte de los cargos unipersonales por cuerpos colegiados, restringir y controlar el beneficio pecuniario en el ejercicio cargos políticos, garantizar la distribución equitativa de los mensajes, entre tantos otros.

Pero fundamentalmente, facilitar al máximo de las posibilidades la adopción de institutos de democracia directa como el referéndum y el plebiscito para todos aquellos aspectos no contemplados en los programas o debidos a modificaciones coyunturales. Las tecnologías actuales hacen que esta herramienta resulte cada vez más dinámica y sencilla de implementar, cosa que requerirá un artículo específico, pero que a modo de ejemplo puede representar, aún con sus limitaciones, el software DemocraciaOS que viene desarrollando el Partido de la Red en Argentina y que utilizó Podemos para su organización en España.

Una “devolución” aún parcial de las potencias decisionales a la ciudanía, hoy totalmente concentrada en las representaciones políticas en un régimen de democracia liberal-fiduciaria, no haría más que reconstruir los debilitados puentes con las demandas insatisfechas y estimular a los actores sociales en sus luchas. No encuentro contradicción entre una emancipación permanente y continua (apenas enunciada aquí) y el empoderamiento ciudadano.    

Permítaseme una última alegoría: la emancipación permanente de la ciudadanía, será obra de la ciudadanía misma. Tal vez el congreso pueda estimularla.

CONGRESO RODNEY ARISMENDI

* En La casa de mi tía por gentileza de Emilio Cafassi

EMILIO CAFASSI RESEÑA