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14:49h. jueves, 27 de enero de 2022

Bicicletas, aceras y silencios municipales - por Nicolás Guerra Aguiar

   Doña Muriel Casals era diputada catalana de Junts pel Sí (coalición electoral que en 2015 llegó al Parlamento) y expresidenta de Ómnium Cultural, entidad que desde 1961 trabaja por la promoción del catalán, difusión cultural y consecución de la independencia.

Bicicletas, aceras y silencios municipales - por Nicolás Guerra Aguiar *  

   Doña Muriel Casals era diputada catalana de Junts pel Sí (coalición electoral que en 2015 llegó al Parlamento) y expresidenta de Ómnium Cultural, entidad que desde 1961 trabaja por la promoción del catalán, difusión cultural y consecución de la independencia.

   Y digo “era” porque falleció el pasado 14 a los quince días de haber sido atropellada por un ciclista: “Traumatismo craneoencefálico con un hematoma subdural, que requirió drenaje quirúrgico, y fractura de pelvis” fue el dictamen clínico. Mucho estropicio, desde luego, no solo para una mujer de 70 años. La policía municipal de Barcelona quiso tomarle declaración, pero había sido sedada desde el primer momento. El joven conductor salió ileso.

   Según testigos presenciales y el atestado, la señora Casals cruzó indebidamente el paso de cebra, pues el semáforo estaba “en rojo para ella y en verde para el ciclista”. Lo cual es novedoso para mí: no conozco en Las Palmas ningún semáforo de tales características, aunque puede ser que como peatón busco siempre el muñeco verde que me autoriza. Pero también miro para ambos lados, pues algunos biciclistas entran por la derecha o por la izquierda tal si todo el camino fuera suyo, y no precisamente como peatones sino a la manera de conductores motorizados.

   El atropello y la muerte de la señora Casals me llevan a dos consideraciones. Una, relacionada con la valoración de la noticia; la otra, con las bicicletas en las aceras. Por lo que se refiere a la primera, desde el día del accidente varios periódicos (con Internet ya no vale la secuencia “de tirada nacional”) la reflejaron en sus páginas. No cito, por casi interminable, a los ubicados en Cataluña. Ni, por supuesto, entro en las exaltaciones independentistas que algunos añaden cuando la definieron políticamente, todo un símbolo de respeto y admiración para los nacionalistas catalanes. Y por lo que escuché en la radio el mismo domingo, se trata de una mujer que defendió siempre la palabra –a veces contundente y vibrante- como única arma de combate en las cuestiones políticas. Amó la libertad por encima de todo y luchó por ella: a fin de cuentas había nacido en el exilio.

  Entre aquellos periódicos digitales con fecha 31 de enero estuvieron La Vanguardia, El Mundo, Público, economíadigital e, incluso, ABC, ideológicamente en las antípodas de la señora Casals. Lo cual significa, sospecho, que se trataba de una persona importante cuya presencia en la actividad política no pasó desapercibida para quienes tienen la altísima responsabilidad de informar a los lectores. Traduce, pues, que en nuestra sociedad un atropello es noticia en primera según la persona que la protagoniza y, acaso, la filiación política.

   Su muerte ocupó, desde la del alba, portadas de casi todos los medios informativos. Ahora bien: ¿hubieran hecho la misma cobertura con otro político atropellado en las mismas circunstancias pero que no se llama señora Casals, acérrima defensora de la independencia catalana y persona muy destacada en las negociaciones para la candidatura unitaria del soberanismo en las elecciones autonómicas de 2015? Por supuesto que no. Lo cual significa que, desde siempre, Cataluña y todo lo que a ella se refiere desde el lado independentista son importantes para los periódicos y sus lectores. Estoy convencido, además, de que la cobertura tampoco hubiera sido equiparable si se tratara de otro político catalán no acérrimo nacionalista.

   Lo mismo afecta a los lectores que opinan en periódicos. Así, uno de ellos escribe con cierta ironía: “Ya es casualidad que haya sido atropellada la presidenta de la comisión parlamentaria por el proceso constituyente”. Otro añade: “A mí esta señora no me da ninguna pena, después de haber hecho declaraciones tan clasistas”. Una señora muestra su tremendo cabreo, pues a ella la atropellaron y ni caso le hicieron cuando fue a presentar la denuncia en la misma policía urbana de Barcelona. Y se sintió maltratada por la Administración en cuanto que, a pesar de haberlo denunciado por escrito, nadie tomó medida alguna. La conclusión es, pues, irrefutable: hay ciudadanos de primera y, después, están los otros. Pero así es la propia sociedad, y movilizaciones o pasotismos de quienes gobiernan dependen, inexorablemente, de la persona afectada. Más, claro, en Cataluña: la señora Casals ocupó en la lista electoral un puesto anterior al del señor Mas quien, digan lo que digan, era el honorable en aquellos momentos.

   La segunda consideración (bicicletas en las aceras) la limito geográficamente a Las Palmas de Gran Canaria. Porque ya no se trata de niños sino, lo peor, de puretas y jóvenes robustos y osados para los cuales la acera es propiedad privada en la que se entrometen los viandantes. Y como palpan el peligro en la calle, y saben que se la juegan frente a coches, guaguas, camiones, a cambio imponen su poder físico y arrollador allí por donde caminan los peatones. Y hete aquí cómo saltan ancianos, personas con carros de la compra, padres con bebés o simples personas y abandonan la acera ante un imprevisto ataque bicicletil… pero bajan a la calle por instinto de conservación, angelitos míos. (Ni se le ocurra, estimado lector, llamarles la atención: podrían mandarlo al carajo o echarle la bicicleta encima, créame.)

   No me imagino a los policías municipales de la sección biciclitera rodando por la zona reservada a la gente de a pie. Sin embargo, nada les dicen a quienes la usurpan. Hay, claro, conductores que circulan con exquisita precaución… aunque la acera es peatonal. Y de los otros, ante quienes siempre echo de menos una mirada que les convierta en humo y polvo su tanque destructivo. Un mal aire debería darles y quedarse con transitorio “paralís”... porque asustan, atropellan, huyen inmediatamente. Y ante tal avasallamiento las autoridades municipales callan, consienten: el silencio las solidariza con el más fuerte. Están, acaso, a la espera de un accidente mortal para después actuar. Como en la parada guagüera del Náutico, zona de altísimo peligro: los usuarios están absolutamente desprotegidos.

 

* En La casa de mi tía por gentileza de Nicolás Guerra Aguiar