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13:53h. sábado, 27 de noviembre de 2021

Una Cabalgata de Reyes poco mimada - por Nicolás Guerra Aguiar

Según me cuentan, la Casa de Galicia de Las Palmas –quizás la primera en Canarias- viene saliendo a la calle como organizadora de la Cabalgata de Reyes desde 1952, sin interrupción.

Una Cabalgata de Reyes poco mimada - por Nicolás Guerra Aguiar

 

   Según me cuentan, la Casa de Galicia de Las Palmas –quizás la primera en Canarias- viene saliendo a la calle como organizadora de la Cabalgata de Reyes desde 1952, sin interrupción. Cada 5 de enero (como pasó la tarde-noche del domingo) la inmensa caravana recorre los kilómetros desde los primeros escalones de La Isleta hasta las orillas del Guiniguada. Los tres Reyes (Magos, claro) con sus cortes. Pero también otras decenas de jóvenes visten ropajes de la época o uniformes de las legiones romanas porque es preciso ambientar tal teatralización ante la convulsionada prole infantil, alucinada por aquellos personajes montados en camellos, ilusión de una noche, la noche de los niños hasta que dejan de serlo, angelitos de Dios.

   Jóvenes participantes  que hace la tira de años fueron los alumnos del IB Pérez Galdós, hoy casi cuarentones, si no ya cumplidos. Colaboraron con la Casa de Galicia porque ellos mismos un día niñearon y esperaron la llegada de aquellas ilusiones ancladas, por suerte, solo en edades infantiles. Y fue que se estableció un especial vínculo entre la institución gallega y el Pérez porque los institutos enseñaban, sí, pero también formaban y miraban más allá de sus aulas y paredes. Fueron tiempos de pensamientos, ideologías, reflexiones… en que lo importante no eran los papeleos, los informes, las monótonas e inservibles sesiones de competencias básicas: los alumnos aprendían sobre conciencias ciudadanas y compromisos sociales.

   Es, en efecto, un gran espectáculo para los miles de niños que les hacen el seguimiento a los Reyes (Magos, claro) desde que llegan al muelle. Pero se convierten también en maravillosa realidad para otros cientos que, sin saberlo, tendrán paquetes que abrir a lo largo del día 6: hombres y mujeres de aquella institución gallega -tan entrañable para mí- ya se encargaron de conseguirlos. Y también, por supuesto, Reyes (Magos, claro) para familias cuyas necesidades elementales no solo no están cubiertas sino que ni tan siquiera son pasajeras. Y la Casa de Galicia cumple sin beneficio alguno con aquellas en increíble sustitución de los organismos oficiales, a quienes corresponde la obligación de atender a los ciudadanos que hoy las están pasando jodidas, muy jodidas. Resulta impactante que si una entidad privada no se ocupara, ellos no tendrían ni un elemental paquete de arroz que echar al caldero. Y eso refleja que en los elementos humanos de organismos institucionales no palpita el más elemental sentimiento de apoyo y ayuda a gentes de las que no se olvidarán cuando necesiten sus votos; entonces sí les ofrecerán soluciones a todos sus problemas.

   Pues algo así pasa con la Cabalgata de Reyes en LPGC. No es que el Ayuntamiento deje a la Casa de Galicia de la mano de Dios, no. Bien es cierto que colabora, e incluso hasta aporta una carroza. Pero en esa colaboración radica, precisamente, la perplejidad de un hecho que viene repitiéndose desde 1952: es la Casa de Galicia quien organiza, estructura, prepara la Cabalgata. O lo que es lo mismo, una institución privada sustituye al organismo municipal correspondiente en la ordenación de un acto entrañable para la ciudadanía, en este caso los miles de niños que acuden a él. Pero hay más: durante treinta y cuatro años seguidos (1952 a 1986) el Ayuntamiento capitalino hizo mutis por el foro, nada supo ni quiso saber de tal acontecimiento en cuanto que fueron los gallegos quienes se hicieron cargo de todo, incluso hasta de los gastos casi en su totalidad. Hoy sí; el Ayuntamiento presta su ayuda, absolutamente necesaria, claro. Aunque a partir de ahí parece que su misión ya está cumplida. Sin embargo, de cuánto mimo, de cuánto interés, de cuánta organización interna -¿de cuánto presupuesto?- hace gala cuando se entrega en cuerpo y alma a los Carnavales. Que son otra cosa, claro; que nada tienen que ver con la Cabalgata, por supuesto; que su duración en el tiempo es casi infinitamente mayor, sin duda. Pero tras esas fiestas se esconden –o se ocultan- algunos subterfugios, a fin de cuentas son los votantes quienes van a participar en ellas, mayoritariamente. Y ya se sabe: los pollillos no votan; la masa compara con la otra Isla.

   Y como no votan, se les atiende en lo más elemental. De ahí que este año, por ejemplo, la Cabalgata estuvo sosa, monótona, aburrida. Salvo la música de equipos técnicos instalados en las carrozas –a veces terriblemente estridente-; de una banda y de los gaiteros de la Casa de Galicia, el acompañamiento musical brilló por su ausencia. Pero en Carnavales se derrocharán ritmos, melodías,  cantos y cánticos, que para eso están los presupuestos, faltaría plus.  Y como las carnestolendas exigen cada vez más, es preciso afinar y regatear en lo que se refiere a la cosa infantil pues, en el fondo, con los Reyes (Magos, claro), media docena de pajes y tres camellos es más que suficiente. Perplejante.

   Sí. Gracias a la Casa de Galicia y a media docena de empresas (hay tres cuyas carrozas nunca faltan) e instituciones privadas, la cosa va tirando. Pero, ¿es incapaz el Ayuntamiento capitalino de mover, por ejemplo, a emporios comerciales como Triana, Siete Palmas, Las Arenas… para que participen directamente con carrozas, bandas de música, personal que reparta a mano media docena de caramelos o cuatro sopladeras mientras los niños esperan?  ¿Resulta tan difícil convencerlos o, acaso, se reservan para festines de mayores proyecciones, de más sonoridades, de más réditos políticos?

   A veces tengo la impresión de que poco o muy poco le interesa la Cabalgata de Reyes al Ayuntamiento si la comparamos con la de Carnaval, también necesaria, claro, por supuesto. Pero el derroche de la segunda es flagelante frente a la austeridad impuesta para la primera. Con lo cual se concluye que si la Casa de Galicia se negara un día a su organización, los cientos de miles de asistentes tendrían que conformarse con la Cabalgata santacrucera. Eso sí, por televisión.