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19:35h. Martes, 18 de Septiembre de 2018

Con el colchón y la soledad a cuestas - por Nicolás Guerra Aguiar

 

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Con el colchón y la soledad a cuestas - por Nicolás Guerra Aguiar *

Casi con monótona monotonía, aquel hombre de tupido pelo negro cuyo nombre desconozco –ignoro, incluso, su procedencia- comienza a desperezarse a eso de las cinco cuarenta. Solo lo he visto tres veces, y en las tres su comportamiento se repite.  

   El hombre abre los ojos para su reencuentro con el mismo ayer y el idéntico mañana, rigurosas réplicas de los sempiternos componentes de todas las semanas. A diferencia de quienes caminan sin ver, su mirada recién puesta en funcionamiento descubrirá la madrugada de un inmediato amanecer capitalino, aunque fuera de la estancia el barómetro marca 82% de humedad: estamos en los primeros pálpitos de un año nuevo, 2018. Inmediatamente abandona el lecho con felina agilidad, sus cuarenta y tantos años se lo permiten todavía.

      Descorre imaginarias cortinas de tupida tela persa llamada tafetán, lingüística relación con el mágico Oriente -de allí llegaron los Reyes Magos a Las Palmas dos días después-. A fin de cuentas el rico producto hecho con hilos en telares de antiguas culturas cerraba el paso a reverberaciones y luminosidades proyectadas por las estrellas, muchas de ellas ya desaparecidas pero aun permanentes, la infinitud del interminable espacio exterior…

   Hace como que cambia el pijama (piyama en el español de América) por un sencillo, nada estridente y práctico chándal. Calza los pies con zapatillas deportivas de alto standing (cualquier analfabeto del español sustituiría el anglicismo por voces como categoría, nivel). Y debe hacerlo ya no solo por razones de forzada distinción o cursiladas sociales, sino por indicaciones médicas: su traumatólogo le impuso el uso de las mejores existentes en el mercado pues aún le faltan por hacer machadianos caminos, vías, rutas y senderos hasta la definitiva llegada a la mar…

   El hombre del tupido pelo negro abandona su residencia. No se trata de palacete, mansión o regia estancia decimonónica. Si bien es cierto que los techos son acaso excesivamente altos, los pasillos desmesuradamente anchos e interminables y los aposentos más parecen espacios infinitos que habitaciones, la serenidad del lugar se contagia. La razón es obvia: cuenta con zonas ajardinadas en las cuales dominan el césped y el flamboyán,  voz americana esta (Cuba, Guatemala, México, República Dominicana y Canarias) para el hindú árbol recubierto de rojianaranjados colores en verano mientras de sus ramas penden vainas cargadas de vidas para la continuidad de la especie… Y allí, desde las copas interiores, el despertador de nuestro hombre se vuelve trino, canto de jilgueros y mirlos de intenso o prudente color negro y picos anaranjados ya con tonos sonoros de alarma o de harmonías renacentistas. Mientras, al fondo, perros de recias razas corretean, el mundo es ancho y ajeno (Ciro Alegría)…

   Inmediatamente comienza los ejercicios físicos que lo ayudan a mantener su vida ante la no vida, su esperanza frente al dominante desaliento, su continuada invariabilidad del diario programa repetido minuto a minuto, día a día, durante los 365 correspondientes a un año y otro y otro… Es su condición romántica como ser humano: destinos, hados o sinos trágicos le impiden alcanzar la felicidad.

   El hombre de tupido pelo negro quiere pasar desapercibido cuando llega a la zona de relajación física. Tal vez por timidez ni tan siquiera responde al “buenos días”. O quizás su divino origen lo haya aislado de los mortales y sea uno más de quienes pierden la razón de la prudencia y se sienten próximos a la inmortalidad, engreída subespecie tan manifiesta en la cosa pública, así le va a la Política. Así nos va.

 Ahora flexiona las piernas; lleva los brazos casi hasta el mismo cielo; hace cortas carreras como empujado por huracanados vientos; gira el torso hacia uno y otro lados con velocidad de atleta... Sin embargo en algunos movimientos parece como si a su través pretendiera manifestar algo, quizás disposición negativa hacia su entorno, tal vez hacia la propia vida.  Sospecho –es apreciación muy personal, pura intuición- que se rebela incluso contra todo y todos, tal si quisiera descargar en bruscos movimientos su animadversión…

   No obstante es visible, desde cualquier perspectiva, el exquisito cuidado que el hombre de tupido pelo negro presta a su cuidado físico: debe mantenerse en rigurosa forma para seguir luchando por la supervivencia. Ya se sabe: la vida es dura, no está hecha para pusilánimes. O muestras carácter bien marcado, rasgos y características de fortaleza física (la cultural y la racional no cotizan en el mercado) o el Sistema te cae encima y te convierte en su más sumiso dependiente. Con derechos constitucionales, bien es cierto. Pero muchos de ellos solo son palabras escritas, etéreas volatilidades, utopías. Y para acallar a quienes se quejan, pues de todo hay en la viña del Señor. ¡Con lo jodido que es gobernar! ¡Y encima esta gente reclama dignas condiciones de vida…!  Échale cara a la cosa!

   Al paso de quince minutos el hombre retorna a sus aposentos. Dobla el colchón -gomaespuma- y lo ata con soga, hilo carreto, liña o una simple guita. Y tal como vestía se lo echa al hombro -pierde su figura de humano y se metamorfosea como caracol- mientras ase una bolsa pequeña, demasiado pequeña, casi molecular: es la caja fuerte para sus esperanzas. Da la espalda y emprende el camino, ahora con paso lento de cansino chuchango (Fuerteventura y Gran Canaria) como si no tuviera la ruta definida, dudara sobre cuál tomar o ninguna le importara.

   El banco del Parque Romano en el cual había pasado la noche luce el cartel de “libre” para su nocturnal retorno. Si durmiera nuevamente sobre aquella durísima cama con barandal lateral volverá a tiritar de frío (catorce grados marca el termómetro cercano a la Jefatura Superior de Policía de Canarias y un índice de humedad del 82% muestra el programa del móvil). Nada extraño sería que su organismo se estremeciera, incluso, por estertores, convulsiones del cuerpo y del alma, aunque son más dolorosas las segundas. Sobre todo si su existencia se convierte en tragedia o peripecia dolorosa abandonado por los falsos dioses de la política…

 

VAGABUNDO PARQUE ROMANO

 

  * La casa de mi tía agradece la gentileza de Nicolás Guerra Aguiar

NICOLÁS GUERRA AGUIAR RESEÑA