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09:56h. sábado, 24 de julio de 2021

La brecha económica se endureció con la brecha digital.  Adiós a la Escuela como igualador social

El curso en que enseñamos peligrosamente - por Ana Gloria Sánchez Ruano

 

FRASE ANA GLORIA

El curso en que enseñamos peligrosamente - por Ana Gloria Sánchez Ruano *

Las situaciones inesperadas que llegan sobrevenidas obligan de entrada a adaptarse,  luego van pasando y es entonces cuando tomamos conciencia de lo vivido y de los  cambios que han supuesto, esto pasa más aún en esas situaciones en las que la  dinámica del día a día no deja un resquicio por el que poder escapar y analizar. 

Vamos a trasladarnos mentalmente, esperamos que solo tenga que ser mentalmente,  al inicio del confinamiento. En esos días andaba yo en otros asuntos personales, también complicados, no lo viví como docente en primera persona, pero eso no me  impidió observar y sobre todo empatizar. Me pareció una situación tan dura que llegué  a alegrarme de que, aunque por mal, esa ausencia me hubiese venido tan bien. 

De un día para otro el aula se trasladó a la pantalla. Para el profesorado supuso, familiarizarnos con herramientas y programas, algunos conocidos, otros un  aprendizaje en tiempo récord, no había horario, no había timbres, cualquier día, cualquier hora eran buenos para resolver una duda o recibir una tarea. Nuestro alumnado, nativos digitales genios del TikTok y de otras app, en muchos casos descubrieron que también existían otras aplicaciones, alguno hubo que hasta tuvo que  aprender a mandar correctamente un mail. 

Las familias, con la preocupación de su teletrabajo, su ERTE, su paro o su riesgo al ir a  trabajar, con la carga sicológica de la incertidumbre, con la preocupación por los  contagios y los seres queridos, tuvieron que ayudar en casa con “los deberes” sin  horario, sin descanso. 

La brecha económica se endureció con la brecha digital. 

Adiós a la Escuela como igualador social.  

A la vez en nuestras vidas lo cotidiano se volvió excepcional, visitarnos, acercarnos,  vernos las caras, tocarnos al saludar, abrazarnos, compartir… se convirtieron en lujos  que, por comunes, no habíamos valorado suficientemente, pero añorábamos ¡cuánto  los añoramos!. 

Y como añadido la incertidumbre del futuro, cuánto durará, parece que ya está, pero  no, cuándo acabará, cómo acabará, nos tocará… 

Mucho por vivir y ver y leer, me temo, sobre el efecto sicológico antes, durante y  después del confinamiento: las carencias y temores, depresiones, ataques de ansiedad,  miedo a la gente, miedo a salir. 

Poco a poco empezamos a salir a las calles. Llegó y pasó el verano. Y empezó el curso. La situación volvía a ser nueva, es la primera vez que vivimos algo  así y el primer curso en que en esta situación se abrían las aulas. 

Las normativas iban cambiando, un día nos daban unas instrucciones, a la semana otra,  a los tres días otra, y los equipos directivos, el personal, docente o no, que colaboraba  en la preparación de los centros durante julio y agosto estuvieron adaptando, readaptando y volviendo a adaptar. No es lo mismo escribir en un despacho que  diseñar vías de entrada, elementos separadores o marcar en el suelo espacios, no.  Pero se hizo, deshizo y rehízo. De esta saldremos más fuertes, de esta saldremos entre  todos y todas, las ganas de recuperar normalidad eran muchas, la certeza de que era  necesario pasar de las pantallas a la presencialidad también. 

Y por fin, llegó la esperada fecha, la vuelta a las aulas del alumnado. Fue emocionante, entraban tras meses sin pisar el centro, las mascarillas dejaban ver  los ojos, unos ojos que mostraban esa mezcla, que compartíamos, entre temor, dudas y alegría. 

Empezábamos, por fin volvíamos y hasta de quienes menos lo esperábamos llegaba un  “eché de menos las clases”. También ellos y ellas se debatían entre el temor a un  contagio a un ser querido y una vuelta al confinamiento. 

Nuevas normas, mascarillas, geles, señaléticas… no solo utilizarlas, velar por su uso,  cambiar las dinámicas aprendidas, explicar, repetir y repetir que eran importantes,  poner pie en tierra, en tierra con pandemia, a infantes y adolescentes que junto a sus  ganas de vivir todo y su mezcla de cambios y hormonas tenían que aprender a vivir de  esa manera, para nosotras no era fácil, quizás para ellos y ellas menos. Y a la vez, cómo no, papeleo, programaciones que contemplasen tres situaciones  presencialidad, semipresencialidad, confinamiento. 

Cuando empezamos muchas temíamos que en menos de un mes tendríamos que  volver a confinarnos, que todo volvería a parar y que el segundo confinamiento sería  aún más descorazonador y duro, con sabor a derrota y vuelta atrás, sin saber cuándo  llegaría el final. 

Pero el curso se fue desarrollando, ahí estuvimos, en primera línea con la dosis extra  de tensión, de responsabilidad. Lo que era cotidiano ya no podía ser, nada de  prestarnos cosas, utilizar materiales compartidos, nada de clases prácticas, separación,  distancia de seguridad, algunas clases con una distancia que no permitía casi oírnos,  “no se ve seño” “más grande por favor” recreos, que son el espacio para el recreo  imposibles de controlar, no te bajes la mascarilla, recuerden separarse… 

El temor cuando faltaba alguien, será, me habré contagiado, el temor con una tos, el  temor cuando veíamos que algo no se hacía bien, el temor. 

Sí, lo sabemos todo el mundo tuvo que adaptarse, pero no todo el mundo tuvo que  hacerlo con grupos de niños, niñas o adolescentes que muchas veces olvidaban la  importancia de las normas sanitarias 

Todo el personal de los centros pusimos de nuestra parte, el alumnado también. Un aplauso, infinito, al personal de limpieza de los centros, controlando en cada  momento los posibles cambios de aula, de grupos. Creo que ellas han sido el principal  pilar de que no tuviésemos que volver atrás.

Y llegó el final de curso ¿llegó? Pues no, no para todos y todas. Convocatoria de  oposiciones, tribunales y opositores tuvieron que seguir, sabiendo que en ello podía ir  la posibilidad de su futuro o el de quienes se examinaban. Pues igual habría estado  bien que la Consejería hubiese aplicado una moratoria de no expulsión de las listas a  quienes no se presentasen. Enhorabuena a quienes lo han conseguido. Ánimo a  quienes no, habrá más años, seguro que menos estresantes que este. 

Es la Educación en quienes deposita la sociedad la posibilidad de mejora, la solución a  muchos de los problemas que tenemos, y así es, trabajamos con quienes son el  presente y el futuro, el potencial es infinito, aunque no puede ser solo responsabilidad nuestra. 

Valgan estas reflexiones compartidas para pedir, para pedir que esas ratios que  durante este curso bajaron, demostrando que sí se podía, no vuelvan a subirse, para  que el reconocimiento de imprescindibles para la Comunidad se mantenga, para que  no disminuyan los cuidados a nuestro alumnado, que ahora está en el rango de  población con mayor contagio, para que nuestras condiciones de trabajo se cuiden, se  respeten. Para que no tengamos que ajustarnos, con una burocracia absurda y con una  condiciones impuestas y sin suficientes materiales a unos sordos diseños de despacho  en los que no podemos participar pero sí debemos acatar. 

Felices Vacaciones, estas vacaciones en la que nos recuperaremos y como siempre nos  reinventaremos. Nos volvemos a encontrar en septiembre, porque la Escuela, esta  escuela nuestra siempre va a estar ahí.

* En La casa de mi tía por gentileza de Ana Gloria Sánchez Ruano

ANA GLORIA SÁNCHEZ RUANO RESEÑA

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