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12:05h. domingo, 29 de mayo de 2022

De Bankia, hasta el bigote - por Nicolás Guerra Aguiar

 Acabo de salir de Hacienda, Agencia Tributaria, “Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, 2012”. Como ya pagué el piso (al doce por ciento de interés); no tengo hijos menores de veinticinco años; mis seis asesores financieros cobran en negro de una empresa que está a nombre de mi amigo el saudí Bejlal Al Sahuari; no tengo acciones que desgraven porque las relajo en paraísos fiscales, y encima me ingresan beneficios por los dos milloncejos que tengo a plazo fijo después de treinta y siete años en el aula (tendré que enviarlos a Panamá), mi declaración sale positiva para Hacienda, negativa para mis intereses.

De Bankia, hasta el bigote - por Nicolás Guerra Aguiar

  Acabo de salir de Hacienda, Agencia Tributaria, “Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, 2012”. Como ya pagué el piso (al doce por ciento de interés); no tengo hijos menores de veinticinco años; mis seis asesores financieros cobran en negro de una empresa que está a nombre de mi amigo el saudí Bejlal Al Sahuari; no tengo acciones que desgraven porque las relajo en paraísos fiscales, y encima me ingresan beneficios por los dos milloncejos que tengo a plazo fijo después de treinta y siete años en el aula (tendré que enviarlos a Panamá), mi declaración sale positiva para Hacienda, negativa para mis intereses.

  Pero soy consciente de mi responsabilidad ante la Patria y sus señorías. Si no pagáramos –aunque nuestras nóminas sean de jubilados-, ¿cómo se mantendrían los altos valores que encarnan señores diputados, señores senadores, señores del Gobierno Nacional y de los correspondientes autonómicos, señores parlamentarios, señores alcaldes, señores concejales, señores agentes de guanchancha que rinden honores con bandera, banda y música a sus excelencias plenipotenciarias cuando se dirigen a las autonómicas televisiones para el diario panegírico, para la exaltación del sentimiento nativo? (¡Chaaaaaaaaaacho, quescalofrío, tú; qué garuja emocional; qué fatuto nacionalista mentra por el cuadril parriba con esa palabrota!)

  Porque vamos a vel, nenel: si no pagamos a Hacienda (recuerden que la rescatamos un día y la hicimos nuestra porque solo era de los políticos, ¡el pueblo es hoy Hacienda!), ¿quién le abona a doña PPepa 3.126,55 euros de sueldo base, 1.822,38 por no ser de Madrid y 250 para taxis? (Lo que no sé es cuánto añadiría a la nominilla de 5.200 euros si, además, trabajara… presentando enmiendas, ideas, proyectos, y estos sirvieran para algo, claro, en un impotente Senado que es puro despilfarro, derroche, dilapidación del dinero público.)  Si el pueblo no se sacrifica, ¿cómo podríamos abonar 11.584,33 euros a la señora Díez González del GUPyD o los 9.791,52 al señor Duran i Lleida, de CiU?  

  Así pues, mi sentimiento patriótico se resigna (por suerte, me respetan los tres milloncillos que tengo en Suiza, contrapartida por mi jubilación en la enseñanza) y acepta incluso hasta con cierto masoquista regusto la aportación a las arcas del Estado, institución que sí es suya, de ellos, y que por responsabilidad no la sueltan ni de coña. Porque vamos a vel, nenel: ¿dónde están las más altas inteligencias, los más notables sabios, los más preparados ciudadanos… sino en los cargos públicos de la política? Porque los otros, los más toletes, tollos, sanacas y guanajos trabajan en aulas, despachos, administraciones públicas y privadas cuando no emigran a capitales europeas que son como nuestra segunda Patria, tal dice el honorable señor Pons, que no somos extranjeros en Europa ante idiomas como el checo, el alemán, el húngaro o el rumano, ¡qué va!

  Y como me enardeció mi responsabilidad para con la Patria, héteme aquí, allí y acullá durante dos sesiones  -amplitudes de sus dos mañanas- en un rítmico acompasamiento de arribada a Hacienda y salida posterior para entrar en Bankia y salir hacia Hacienda para retornar con destino fijo a Bankia y regresar a Hacienda para tornar a Bankia y ya, definitivamente, llorar como Boabdil, en Hacienda, mi refugio ante absoluto desajuste, frustrante frustración, malestar, cabreo, emputamiento… cuando uno ya confirma que, supuestamente, le están tomando el pelo desde la sociedad bankaria. Y a todas estas, el exquisito trato de los funcionarios de Hacienda, casi flagelándose por no poder entregarme los documentos finales a causa de razones absolutamente ajenas a ellos. ¿Qué pasó?

  Algunos datos numéricos que Bankia había enviado a Hacienda para mi declaración no coincidían con los que yo llevaba ¡en documento remitido a mi casa por Bankia! Se trataba de cincuenta euros, pero ya se sabe: la informática es rigurosamente precisa, por eso el programa de Hacienda rechazaba la no coincidencia. (En una de las visitas al banko, un comentario de un empleado: “¡Vaya, si solo se trata de cincuenta euros!”. Perplejeme, y vínome a la memoria aquello que siempre se contaba antes de la informática: si al cajero de un banco le faltan dos pesetas no puede ponerlas de su bolsillo, debe repasar toda la documentación hasta averiguar dónde está el fallo.)  

  Una pequeñísima parte del importe de la jubilación (minucia, calderilla, molécula euril frente a los tres millones recibidos) la había invertido en acciones que los jefazos de Bankia convirtieron inmediatamente en mucho menos que la molécula inicial. Y no sé si porque ya no valían más que dos perras o no había tinta en la impresora, lo cierto es que tampoco figuraban en mis documentos las fechas de compra y venta, reclamación que al paso de las horas me atendió una empleada con seriedad, solicitud y entrega (lo digo de verdad). Y como iba a peor la mejoría, hete aquí que la cantidad percibida  por la venta o les dio vergüenza o era tan nimia que no valía su precio en el mercado: la habían enviado a Hacienda, pero tampoco figuraba en mis papeles recibidos desde el banko.

  Y a todas estas idas, venidas, arribadas y reentradas, el impacto cardíaco que produce coger en el banko el número 35  para la mesa y comprobar con perplejidad y desasosiego que la única de atención ¡va por el 18 a las diez y media de la mañana! O lo que es lo mismo, leche cacharro hasta dentro de dos horas, por si querías viento, nenel. Y cuando llego a Hacienda en el segundo intento de otro día, nueva anomalía: la fecha de una operación no figuraba.

  De pena. Lo que fue la Caja Insular, el renombre profesional y la altísima calidad de la Caja de Canarias, en franca retirada. Parece como si alguien hubiera trompeteado el ¡sálvese quien pueda! Los funcionarios de Hacienda, comprensivos, educados, atentos y serviciales. Bankia, como institución, un desastre a pesar de la buena disposición de algunos empleados.

También en:

http://www.teldeactualidad.com/articulo/opinion/2013/06/13/8698.html

 

http://www.canarias7.es/articulo.cfm?id=303583

 

http://www.infonortedigital.com/portada/component/content/article/23149-de-bankia-hasta-el-bigote