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07:14h. Domingo, 26 de Mayo de 2019

Despedida del curso 1997-98 del Instituto de Canarias - por Francisco Javier González

Estimados amigos. Uno se va haciendo cada vez más viejo y afloran recuerdos. Este es uno de ellos que quiero compartir con ustedes por considerar que aún contiene pensamientos e ideas útiles

Despedida del curso 1997-98 del Instituto de Canarias - por Francisco Javier González *

Estimados amigos. Uno se va haciendo cada vez más viejo y afloran recuerdos. Este es uno de ellos que quiero compartir con ustedes por considerar que aún contiene pensamientos e ideas útiles

En junio de 1998, el entonces director del “Instituto de Canarias-Cabrera Pinto” tuvo la humorada de solicitarme que diera la lección final de despedida de esa promoción de alumnos, cosa curiosa dados mis “antecedentes político-sociales” sobradamente conocidos por todo el Claustro.(Recuerdo que perdí por un par de votos la propuesta que se votó en Claustro de sustituir la bandera española por la nuestra heptaestrellada, como acababa de hacer por esos día Pedro González en el Ayuntamiento de Aguere) Como es lógico acepté encantado y agradecido y les espeté lo que adjunto a continuación.

Si tuviera que volver a hacerlo sería parecido pero más duro ahora que conozco lo que en aquellos días solo barruntaba de las influencias que hoy llegan, insidiosas y goebbelianas, a través de los móviles que cualquier pibe sin aún uso ponderado de razón tiene en sus manos.

DESPEDIDA DEL CURSO 1997-98 del INSTITUTO DE CANARIAS

 

Buenas tardes a todos

En una intervención de este tipo la tradición marca comenzar con el consabido “Señoras, señores, señor  Director, señores Profesores, dignísimas autoridades….”  y toda una parafernalia por el estilo. Denlo por dicho ya que estas palabras (en las que, en contra de mis más conspicuas y arraigadas costumbres quiero ponerme serio, y empezar y terminar puntual) las dirijo exclusivamente a los ya antiguos alumnos, verdaderos protagonistas de este día agridulce, alegre por la terminación de un ciclo y algo melancólico al ver reemprender el camino como adultos a los que hemos visto entrar como niños.

Cuando nuestro director, José Luis Mederos, me comunicó que me habían designado para pronunciar este año unas palabras de despedida, aparte de agradecer el honor que para mi representa, le pregunté si estaba seguro de la oportunidad de esa designación ya que, a mi propio criterio, no considero ser, ni mucho menos, el más ortodoxo dentro del Claustro para ser el último recuerdo académico de los que hemos sido profesores de esta promoción que hoy nos deja. Al insistir, a pesar de esa leal advertencia, considero como el Don Juan de Zorrilla cuando clamó al cielo y no lo oyó, que “de mis culpas en la tierra, o de mis palabras en este día, responda el Claustro y no yo”.

Creo que el acto de entrega de orlas y despedida de los alumnos es, fundamentalmente, diferente del de Apertura de Curso. Este de hoy es mucho más íntimo, más para nosotros, profesores, personal no docente y alumnos, con la compañía, eso si, de muchos padres, de los que nos separa más la Consejería y sus circulares que nuestro trabajo o las ya famosas “tutorías de tarde”. En cambio, la solemnidad de la apertura de curso y su lección inaugural, se dirige más hacia la sociedad, tal vez en un intento de que entienda la importancia de la formación de la juventud, aprovechando nosotros mismos, los profesores, para que al menos un ápice de esa solemnidad, se traduzca en aprecio social a nuestra labor y se refleje en nuestra propia autoestima. Teniendo en cuenta estas diferencias quiero trocar solemnidad por sinceridad, esa sinceridad que debemos tener con los que hoy dejan de ser alumnos y pasan a ser, simple y maravillosamente, amigos y, dentro de unos pocos años, algunos serán los nuevos compañeros de profesión, colocados a este lado de la tarima.

Como este año, por condicionamientos fisiológicos, han visto mis alumnos recortado el gran placer que, como esforzados estudiantes, estoy seguro que les causaban mis clases (aunque, a veces, sospechosamente, se tomaban algún San Diego extemporáneo para mitigar ese placer) quiero aprovechar la ocasión para impartirles una última clase de química, asignatura por la que sé que sienten verdadera debilidad, por lo que una clase extra les colmará de gozo espiritual y físico, dándoles además, a los que no han elegido la química como optativa, la feliz oportunidad de penetrar en los arcanos de esta ciencia, básica para entender la naturaleza, lo que, estoy seguro, llenará sus ojos de amargas lágrimas ante el desatino cometido al no haberse matriculado en química.

Heisemberg nos sumió a todos en la incertidumbre más absoluta. Con él y su Principio adquirimos la certeza del error, pero también entendimos la belleza del error. La certidumbre de la ausencia de posibilidad –imposibilidad- del conocimiento absoluto no conduce, ni muchísimo menos, a un páramo intelectual inhóspito e inhabitable. Todo lo contrario. Aunque sabemos que no es aprendible ni aprehendible, la verdad, que está ahí fuera, nos incita permanentemente a dar pasos en su dirección, pero siempre reconociendo que nuestra construcción intelectual del átomo como ladrillo básico de la materia es, como el de Dalton,  el de Bohr o el de Schrödinger, apenas un modelo más entre los muchos posibles, una faceta parcial de una realidad que es mucho más rica y compleja. Por ello, cualquier idea, por cuidada y elaborada que la creamos, será siempre manifiestamente mejorable.

Sentada la base firme de la incertidumbre, tenemos que incidir en la búsqueda de las posibles fuentes de error. En nuestra vida de estudiantes –y hombres y mujeres somos, consustancialmente, perennes estudiantes- tres son las principales fuentes de error: Los libros, los profesores y nosotros mismos. Descubrir el error debe ser el objetivo de cualquier espíritu que permanezca alerta, conscientes de que la superación de esos errores concretos tampoco entraña la certidumbre, no es la verdad absoluta, que seguirá ahí fuera igual que antes, inaprendible e inaprehendible, pero cada vez más cerca.

Cuando hablo de error e incertidumbre le doy el sentido que nos enseña la química-física cuántica, extensible hasta cualquier modelo, científico, político, cultural o social, que podamos construir. Todos estarán basados en premisas que, siempre y forzosamente, son solo hipotéticamente ciertas. Quedan aparte (y ahí nuestro sentido crítico tiene que ser mucho más agudo e intenso, más exigente, y por supuesto más personal) las manipulaciones y las interpretaciones ideológicamente interesadas que nos acechan desde cualquier medio de comunicación –valga el anglicismo de “mass media”- desde el Boletín Oficial –sea el BOE o el BOCAC- a la prensa, radio o televisión a los más modernos, poderosos y sofisticados que, vía ordenador, nos llegan desde la poderosa mano de Microsoft, incluyendo, por supuesto, los que de seguro nos van a llegar en el próximo futuro y que ahora solo barruntamos.

Si alguno de nosotros, o el conjunto de todos como profesores, sujetos y objetos de error, hemos logrado, sea por acción o por omisión, algo más que el intento de impartir conocimientos, si hemos logrado influir en ustedes para despertar ese espíritu crítico, la curiosidad permanente, la necesidad de la utopía transformadora y la seguridad de que el futuro, por muy incierto que se presente –por eso mismo es futuro- es algo que les pertenece y que son ustedes los llamados a construirlo a su imagen y semejanza, entonces, habrán merecido la pena los años de instituto.

A mí, que he de confesar que, cuando estaba sentado en los bancos de ese lado, tenía mucho más interés vital que el puramente académico y que, hoy por hoy, sigo manteniendo la misma relación de intereses, puedo decirles que sí, que mereció la pena y que, borrando la de algunos de reptilesco origen, conservo en la memoria el nombre y la imagen de profesores, varios ya en otra dimensión, que en unos tiempos de signo duramente dictatorial, oscuros y difíciles, en que la curiosidad intelectual era un pecado de cara penitencia, me enseñaron el valor de la rebeldía y del pensamiento libre, valores que ahora desearía que ustedes asumieran pero, eso si, siempre bajo su propio riesgo y responsabilidad.

Nosotros, profesores, alumnos y personal del instituto, somos solo una etapa en un largo camino intelectual y docente, más antiguo que estas venerables piedras que nos rodean y que han sido testigos de múltiples episodios de un aprendizaje que no siempre es fácil. Estoy seguro, que ustedes, desmintiendo esa falsa imputación de aplatanados que a los canarios se nos hace y con el tesón inquebrantable con que nuestros verdinos traban su presa, le darán un fuerte y provechoso bocado a ese futuro que será el que ustedes construyan. Para garantizar la continuidad de estos años juntos quiero invitarles a seguir siendo parte integrante del alma de este viejo Centro nuestro a través de la Asociación de Amigos del Instituto de Canarias, aunque supongo que mi compañero de Seminario, Leandro Trujillo, con la constancia y el amor que le caracteriza en lo que se refiere a esta Casa y esta profesión nuestra, ya les habrá embullado a integrarse en ella.

En nombre de todos mis compañeros y después de haberles, como decimos en el país, molido lo suficiente la batata con esta última lección de la alquimia de la vida, vista por supuesto a través de mi particular cristal que no tiene porqué ser compartido por el que no lo desee, solo me resta desearles un mar en calma y un viento propicio en esta nueva singladura, fuera ya de las amarras y los norays a los que, consciente o inconscientemente, los hemos sujetado. Para todos, salud, alegría, inquietud, curiosidad y larga travesía. De todo corazón, de todos nostros y para todos ustedes, un fuerte abrazo.

La Laguna a 6 de junio de 1998.

* En La casa de mi tía por gentileza de Francisco Javier González