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04:20h. sábado, 29 de enero de 2022

Disparates de Exteriores, anonadamiento - por Nicolás Guerra Aguiar

  Desde “tiempos inmemoriales” -argumentan en el ministerio de Exteriores español- está prohibido que algunos barcos atraquen en puertos españoles si, previamente, hicieron escala en Gibraltar. Esta delirante disposición se puso en práctica hace unos días para que el buque científico noruego Viking Vanquish no pudiera abarloar en el Puerto de la Luz con la intención de avituallarse y cambiar la tripulación, pues continuaba rumbo al Golfo de Guinea.

Disparates de Exteriores, anonadamiento - por Nicolás Guerra Aguiar

  Desde “tiempos inmemoriales” -argumentan en el ministerio de Exteriores español- está prohibido que algunos barcos atraquen en puertos españoles si, previamente, hicieron escala en Gibraltar. Esta delirante disposición se puso en práctica hace unos días para que el buque científico noruego Viking Vanquish no pudiera abarloar en el Puerto de la Luz con la intención de avituallarse y cambiar la tripulación, pues continuaba rumbo al Golfo de Guinea.

  Obviamente, aquella fallida estratagema gubernamental que fue azuzar hasta la saciedad el espíritu patrio, patriótico y a veces patriotero por la presencia en Gibraltar de la “Britania preclara” (así llamó Tomás Morales a Inglaterra) nada tuvo que ver con la decisión de Exteriores, devoto cumplidor de normas perdidas en el tiempo. Pero de un tiempo tan lejano en el tiempo, tan antiguo, tal inmemorial, que nadie sabe cuándo fue dictada tal disposición. Y aunque se duda, parece que hay indicios de que fue un pacto entre tartesos e iberos, allá en siglos anteriores al nacimiento de Cristo, civilizaciones ambas que previeron con prudente y sabia antelación las malévolas intenciones del inglés para herir la sensibilidad española, jodelones que son los eso de Su Graciosa Majestad (“El catarro es pérfido como la onda y la rubia Albión”, escribió Alonso Quesada sobre Reino Unido).

  Y si bien es cierto que historiadores y geógrafos griegos ya hablan dos mil quinientos años atrás de aquellos pueblos -entre los que incluyen a los cilbicenos-, no hay documentación escrita, en efecto. Pero como se trataba de un pacto que redundaría en beneficio de la Patria, los primitivos ciudadanos dejaron a un lado sus diferencias (como cuando nuestros políticos dialogan serenamente sobre nóminas y subnóminas). Después, transmitieron por expresión oral y en versos octosilábicos las condiciones del Tratado en cuanto que este sobrepasaba las naturales divergencias políticas: eran razones de Estado. Lo cual demuestra, para revolución y subversión de las teorías sobre los orígenes del romance literario, que no fue en la Edad Media cuando este nació, sino mucho antes. Y que me perdone don Menéndez Pidal, espíritu patrio.

  Que haya sido “la primera vez que nos ocurre una cosa de este tipo”, según la consignataria, no se contradice con la vocación europea de España: no hay más que dar serenos repasos a la Historia para descubrir que la Patria fue imperial, dominadora de media Europa, y de ahí arrancan las envidias extranjeras. Ya escribió Lope de Vega algo parecido: “Si os odian en Europa no lo tengáis en cuenta, ¡es que sois españoles!”.

  Pero hay más. Por aquel mismo Tratado entre tartesos e iberos, los infantes de marina de la Gran Bretaña fueron rechazados en Tenerife cuando el futuro vicealmirante de la  Royal Navy, almirante Nelson, quiso entrar en aquella Isla tras desayunar en el Peñón, chulesco comportamiento el suyo. Mas la fuerza de las armas y la ayuda de la Virgen de Candelaria le impidieron el desembarco, vano intento el suyo del que salió malherido y con la pérdida de la mitad inferior del brazo. (Aunque algunos malvados canariones dicen que ese fue el primer error de Tenerife: no dejar entrar a los ingleses. El segundo, dejar salir a Franco el 16 de julio de 1936 para asistir en Gran Canaria al entierro del general Balmes, sospechosamente asesinado en nombre del Movimiento).

  Y ahora, como si no nos contemplaran dos mil quinientos años y nos avalaran esencias del ser español, viene el Foreign Office inglés con la intención de abrir una investigueision para “evaluar el veto” de entrada al barco, como si los noruegos no contaran, pues a fin de cuentas el buque es suyo, o al menos su bandera. Entrometidos, imperialistas, colonizadores, que acaso siguen creyendo en el poder de las razones y las lógicas sobre tratados de “tiempos inmemoriales”, más sacros cuanto más añejos.

  Pero hay más: porque los ingleses les dan alas, también los llanitos del Peñón reclaman acciones legales, como si no solo se jactaran de habernos robado aquella tierra. Reclaman, ahora, chorradas del derecho internacional y afirman ostentosamente que Gibraltar no es España, y que jamás será español porque Inglaterra no los traicionará. ¿Habrase visto tamaña desfachatez? Alegan que la escala del barco en el Puerto de la Luz no hubiera producido un impacto negativo, tan ancha es la mar. ¿Qué se creen? ¿Qué solo Tenerife puede tener el honor de impedir la entrada de una nave enemiga que llega de tierras robadas, de tierras que son sentimientos patrios desde siempre? ¡Qué poco saben los gibraltareños! Si el barco hubiera osado acercarse, Gran Canaria habría pedido a Tenerife el todopoderoso Cañón Tigre que en julio de 1797 dejó manco al almirante inglés. ¡No nos íbamos a recochinear del fatuo inglés: el transporte se hubiera realizado en un barco de la Fred Olsen, empresa de origen noruego, como el mismo Viking Vanquish!

  Sin embargo, esta mañana confié en que el disparate se controlará y     que serenidades, razones y prudencias retomarán la situación para un civilizado control. Un político del Partido Popular, sin aspavientos ni patrioterismos trasnochados, reclamaba seso, madurez, cordura ante una situación que se había escapado de las manos.

  Estoy seguro de que así será si dejan que personas inteligentes, moderadas, desapasionadas, se encarguen de las cosas serias. Porque impulsivos sentimientos que desestabilizan el equilibrio de la razón y de la sensatez no son, en absoluto, recomendables para dirigir la política exterior, aunque no debemos olvidar que el Ministerio no es autónomo, depende de La Moncloa. Pero ministra en él un personaje con supuestos méritos para su dirección, aquel mismo que en una de las primeras visitas a Europa como tal ministro de Exteriores alzó a los aires en diálogos previos a la reunión aquello de “¡Gibraltar español!”, y miró guasón para el correspondiente de Gran Bretaña.  Yo no sé qué sintió el exteriorizado señor García-Margallo, pero a mí me pareció un comportamiento infantil.

También en:

http://www.infonortedigital.com/portada/component/content/article/25375-disparates-de-exteriores-anonadamiento

http://www.canarias7.es/articulo.cfm?id=313350