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14:41h. martes, 20 de abril de 2021

Ella - por Julián Ayala (2003)

 

ella julián ayala

julián ayalaEstos días he vuelto a verla. La llevaba en brazos un hombre mayor con un turbante, su pequeño rostro, desfigurado por la sangre, inclinado a un lado y sus pies cercenados por la metralla. Es ella. La españolita del gorro frigio, la niña de la Puerta del Sol, la de la Plaza de La Concordia, la nena portuguesa del clavel, la miliciana de Kabul, la pequeña cantora de Rodas, la niña de la libertad de Asia, de África, de Latinoamérica... Es la misma, y otra vez la han asesinado. En Basora

Nota de Chema Tante, Jukián Ayala recupera este emocionado texto aparecido en DISENSO hace 13 años, que no ha perdido vigencia en darnos una cachetada moral, porque nada ha cambiado, salvo a peor, en este mundo.

 

Ella - por Julián Ayala (2003)

La vi gritando y corriendo, desnuda y con el pelo quemado, en Vietnam; es la muchachita española que salió a la calle disfrazada de República un 14 de abril de hace muchos años; recuerdo haberla visto también en una vieja fotografía cuando el triunfo del Frente Popular, destacando sobre las cabezas de la muchedumbre congregada en la Puerta del Sol de Madrid, a horcajadas sobre los hombros de un joven, su padre seguramente, que gritaba con el puño levantado; volví a reconocerla en otra manifestación, años más tarde, en la Plaza de la Concordia de París, agitando una banderola negra; es la niña descalza, rubia y rizada, que se alzaba de puntillas para poner una flor en la boca de un fusil, en un poster de la revolución portuguesa de los claveles; tenía una mirada profundamente desvalida en la foto de las primeras páginas de algunos diarios, en las que aparecía empuñando un kaláshnikov más grande que ella en Kabul, cuando la retirada soviética dejó inerme al gobierno socialista de Najibulá; la he visto en multitud de fotografías de prensa en cualquier país del llamado Tercer Mundo: Latinoamérica, África, Oriente Medio,  Bangla Desh, Pakistán, India,  Sahara Occidental..., también en Bosnia y en Chechenia; es la niña judía, alta y desgarbada, que aparece en una foto del Museo Sefardí de Rodas, formando parte del coro de la sinagoga; lloraba sobre las ruinas de lo que había sido su hogar en Palestina; caminaba con una muleta entre un grupo de refugiados españoles que huía a Francia por la frontera de Cataluña; formaba parte de una muchedumbre que escapaba de los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia; vi su cabecita tronchada, asomando entre los hierros retorcidos de un coche alcanzado por un misil israelí, en Líbano; la he visto llorando en medio de sus desgracias o sonriendo a pesar de ellas, cuidando a sus hermanitos más pequeños, aferrada a la mano de sus mayores, con el terror y la sorpresa reflejados en sus grandes ojos, negros, marrones, azules o verdes, ojos profundos y extrañamente bellos, como los de la chica afgana del National Geographic, ojos de todos los colores pero con el mismo miedo, la misma incomprensión ante el mundo que les tocaba contemplar...

Estos días he vuelto a verla. La llevaba en brazos un hombre mayor con un turbante, su pequeño rostro, desfigurado por la sangre, inclinado a un lado y sus pies cercenados por la metralla. Es ella. La españolita del gorro frigio, la niña de la Puerta del Sol, la de la Plaza de La Concordia, la nena portuguesa del clavel, la miliciana de Kabul, la pequeña cantora de Rodas, la niña de la libertad de Asia, de África, de Latinoamérica... Es la misma, y otra vez la han asesinado. En Basora.

 

                                                                                     (Disenso, nº 40. Junio de 2003)