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14:53h. martes, 20 de abril de 2021

De cómo Ella rondaba a Miguel Hernández - por Nicolás Guerra Aguiar

Porque la Muerte ya rondaba a Miguel Hernández, lo invitará a su danza al año siguiente...

De cómo Ella rondaba a Miguel Hernández - por Nicolás Guerra Aguiar

  Mi reencuentro con la revista Sansofé (primera época, 1969–1972), publicada en LPGC, resultó impactante. Deduje que la persecución a que fue sometida debió de servirle como  catapulta profesional al delegado provincial de Información y Turismo en aquellos años. Y, a la vez, llenó de satisfacciones al inspector-censor de Prensa porque varios expedientes que acabaron en elevadas multas los abrió él. Realizo un trabajo que acaba de llevarme a la número 59 (27 de marzo de 1971), sección Cultura: Diego Armario  y Félix Piñero entrevistan a Enrique Azcoaga, poeta de la Generación del 36 y amigo personal de Miguel Hernández. Incluyen una carta que es respuesta a la que aquel le había enviado semanas atrás con un paquete de comida y que Hernández recibió el día 1 de junio:

  Ocaña, 3 de junio de 1.941. Querido Alejandro Enrique: Después de estos años pasados […], tus noticas y tu interés amistoso  me ha sorprendido y me han alegrado mucho. Me es materialmente, carcelariamente imposible te digo yo, escribirte directamente por ahora. […] deseo charlar largo y tendido contigo aunque en forma epistolar. Ya que no creo merezca la pena desplazarse a Ocaña para vernos durante cinco minutos y no entendernos ni durante uno, dada las vociferaciones de rigor de los familiares de los reclusos. De todas formas […] Me llegó de un modo oportunísimo tu paquete el día primero de éste. Ha servido para ponerme en franca convalecencia cuando salía de una enfermedad, la cuarta que he sufrido en prisión y, en realidad, la más lamentable de la misma […] contenía un trozo de queso, de chorizo, de mermelada, de pan de higo, un cartucho de almendras y tres barras de pan. […] No dejes de escribirme mientras te sea posible […] Recibe un abrazo apretado de tu amigo. “MIGUEL”.

 Algunos pasajes de la carta me sensibilizaron. Aquel poeta capaz de crear bellísimos poemas vanguardistas con osadas metáforas y revolucionarias imágenes; el mismo que poetizó el lenguaje sencillo y directo de obreros y campesinos, muestra ciertas irregularidades, no sé si productos de la emoción o, posiblemente, de su casi entrada en la barca de Caronte, aquella que transporta las almas de los difuntos de un lado a otro del río. Porque la Muerte ya rondaba a Miguel Hernández, lo invitará a su danza al año siguiente.

  Tal joven alicantino fue para Dámaso Alonso -símbolo del exilio interior- el más brillante epígono de la Generación del 27 (quizás sea más riguroso hablar de Grupo Poético del 27). Murió a los treintaiún años en 1942 (eran las cinco y media de la del alba) en la prisión política de Alicante, eufemísticamente llamada “Reformatorio de adultos”, donde compartió celda con el dramaturgo Buero Vallejo, autor del más conocido retrato del poeta.


 

  Allí cumplían el castigo de treinta años de cárcel, aunque previamente habían sido condenados a muerte por “Delito de Adhesión a la Rebelión previsto en el artículo 238.2º del Código de Justicia Militar de 1890”. O lo que es lo mismo, los defensores de la legalidad vigente (II República) fueron condenados a muerte por “Adhesión a la Rebelión” precisamente por quienes se habían levantado contra el Estado de derecho, ¡qué burla, qué sarcasmo!

  En el caso de Miguel Hernández, las intervenciones de algunos intelectuales amigos (falangistas del bando vencedor) y del vicario general de la Diócesis de Orihuela (compañero de infancia) consiguieron la conmutación de la pena capital. Tres años antes, la Comisión Depuradora franquista  que presidía el filólogo Joaquín de Entrambasaguas (asiduo visitante de Canarias invitado por organismos oficiales, Cabildo Insular) ordenó la quema de El hombre acecha, poemario de Hernández ya preparado para la encuadernación y que había dedicado a Pablo Neruda: Recuerdo, Pablo, a nuestro alrededor aquellas madrugadas, cuando amanecíamos dentro del azul de un topacio de carne universal, en el umbral de la taberna confuso de llanto y escarcha, como viudos y heridos de la luna. (Por suerte, alguien secuestró dos ejemplares, que sirvieron para la reedición del libro en 1981.)

  Un año antes, en 1941, Miguel Hernández está detenido en el Penal de Ocaña, Toledo. En la carta que le escribe a Enrique Azcoaga (Alejandro Enrique) parece como si Ella hubiera permanecido a la espera quinientos treintaisiete años, pues en 1476 la Muerte se llevó  a Rodrigo Manrique (en la su villa de Ocaña / vino la muerte a llamar / a su puerta), padre del poeta Jorge Manrique. Ya Miguel Hernández apunta sobre su lamentable estado físico: la comida que Azcoaga le envió “Ha servido para ponerme en franca convalecencia cuando salía de una enfermedad, la cuarta que he sufrido en prisión y, en realidad, la más lamentable de la misma”.   

  Las condiciones de vida en la cárcel eran las peores para un condenado por actividades políticas y poéticas a favor del bando republicano (Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera: / aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo, / y defiendo tu vientre de pobre que me espera, / y defiendo tu hijo.) Por eso no es de extrañar que allí, entre los republicanos, se compartieran hasta las enfermedades que a todos los presos azotaban: bronquitis, tifus, tuberculosis… las cuales, inexorablemente, harían las veces de verdugos sin necesidad de pelotones de fusilamiento. Sesenta y nueve años después, la Sala de lo Militar del Tribunal Supremo deniega la revisión de la pena impuesta en 1940 por el consejo de guerra que lo condenó a muerte. Argumenta que, "según lo dispuesto en la ley de Memoria Histórica", todas las condenas por motivos políticos e ideológicos son reconocidas como injustas e ilegales.

  Sí, lo murieron con treinta y un años. Miguel Hernández quiso salir con su mujer para Chile en 1939, pero no estaba en la lista de los recomendados por Rafael Alberti. ¿Había influido, acaso, que tras su regreso de Moscú en 1937 llegó a la conclusión de que el comunismo ruso tenía su lado oscuro, inconfesable?



También en:

http://www.canarias7.es/articulo.cfm?Id=317195

http://www.infonortedigital.com/portada/component/content/article/26344-de-como-ella-rondaba-a-miguel-hernandez