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05:37h. jueves, 20 de enero de 2022

Jonathan Allen, extrainsularización novelesca - por Nicolás Guerra Aguiar

Cuando deposité junto a los cafés El sueño de Praga -narración de mi inmediato interlocutor, Jonathan Allen, y que había leído con minuciosidad desde unos días antes-, intuí que la nuestra sería una charla interesante, de la que iba a aprender, pues su autor se dio cuenta inmediatamente de que la novela había sido manoseada. Y como se nos acercó en ese momento un joven canario a vendernos un trozo de cinta verde con un alfiler “por si queréis colaborar con…”, le recordé la carta que dos personajes canarios de su novela (uno, quizás su álter ego) les escriben a otros dos: siempre en tercera persona del plural.

Jonathan Allen, extrainsularización novelesca - por Nicolás Guerra Aguiar

 

  Cuando deposité junto a los cafés El sueño de Praga -narración de mi inmediato interlocutor, Jonathan Allen, y que había leído con minuciosidad desde unos días antes-, intuí que la nuestra sería una charla interesante, de la que iba a aprender, pues su autor se dio cuenta inmediatamente de que la novela había sido manoseada. Y como se nos acercó en ese momento un joven canario a vendernos un trozo de cinta verde con un alfiler “por si queréis colaborar con…”, le recordé la carta que dos personajes canarios de su novela (uno, quizás su álter ego) les escriben a otros dos: siempre en tercera persona del plural.

Jonathan Allen

 Pero ya no solo se trata de la persona gramatical. En su obra –desde la primera trilogía- los dialectalismos, que no vulgarismos, están muy presentes. Y no adopta una ridícula pose nacionalera (Jonathan se acercó al nacionalismo en su primera juventud) forzada por las circunstancias comerciales o de satisfacción a sus lectores canarios, en absoluto. Si el levantino Gabriel Miró caracterizó su estilo por el uso de palabras de su tierra, ¿por qué el editor le exigía a Jonathan la sustitución de los canarismos? Se negó, claro, pues lo canario le sale espontáneamente, no es nada ajeno a la Cultura, es su naturalidad frente al –para él- imposible español normativo.

  Y en esa primera aproximación a Canarias muestra la serenidad de un filólogo que no se rebela contra la realidad lingüística dominante, pero sí lamenta la pérdida de elementos identificadores en Canarias (el “¡Venga, vamos!”, del guagüero), hoy lenguaje en decadencia, ya el pasado para nuestros jóvenes. Y estos son absorbidos por un léxico urbano tecnificado, traductor de voces que llegan de fuera. Por eso admira a José Luis Correa, a Alexis Ravelo, ambos de exquisita sensibilidad auditiva y que lo han incorporado a sus novelas. Aunque de todas todas, Víctor Ramírez es fundamental en la sintaxis del lenguaje popular canario.

  Y ahora que habla de Canarias reflexiona  sin aspavientos ni folclorismos, y lamenta en alta voz (mas no con voz lastimera) el gran fracaso del nacionalismo canario que ha sido incapaz de recuperar, en su TV y en sus esquemas, a los grandes valores isleños del siglo XIX, desde Estévanez a Lentini, o El último de los canarios. Benartemi (el Werther romántico alemán), obra de Agustín Millares Torres, canto a los indígenas isleños en la época de la conquista. (Impacta en un hombre absolutamente continental, de formación anglo-francesa desde los catorce años, el sentido emocional de lo canario desprovisto, eso sí, de patrioterismos endebles y lagrimosos, de 30 de Mayo y programas oficiales. Muy al contrario, entiende que la literatura es inspiración lingüística de donde se es, y él es canario. Por eso a un personaje suyo se le va el baifo, y los protagonistas en París se definen como canarios, no como españoles…  (Galdós fue nacional en los Episodios Nacionales, “casi godo en la exaltación histórica de aquellas tierras”, aunque el Galdós de Fortunata y Jacinta o Doña Perfecta sea, con Balzac, su referente).    

  Le explico que ahora comparto aquellas consideraciones sobre Canarias que deja caer en El sueño de Praga (“salimos porque la Isla se había convertido en una cárcel”; “¿Cuándo fue la Isla nuestra casa? Era nuestra prisión”; “Madrid borraba la memoria amarga de la ciudad provinciana”). Por eso Pancho, entre canarios barbusanos y matorriscos, sabe que nuestra gente tira a la basura lo que estima antiguo y estropeado. De ahí que no haya un rastro en la Isla, solo venta de cachivaches.  Y lo mismo hace con sus escritores: los hay muy buenos, pero no son leídos. Sin embargo, los libros de moda con tapas duras y a veinte euros se venden hasta en los supermercados (“dos paquetes de arroz, un libro de Brown”…); pero en sus estanterías no se ve a ningún autor canario, ni de ayer ni de hoy.  Y no saben, por ejemplo, que La Umbría de Alonso Quesada es nuestra Casa de Bernarda Alba, Quesada, el canario universal… En Canarias muy pocos leen; algunos, algo; muchos, nada.    

  Sí, Jonathan Allen es riguroso usuario de la palabra, ya no digo de las otras artes (pintura, escultura, música…). Por eso su personaje central se detiene ante el primer impacto de un cuadro, una fachada neoclásica, un templo de techumbres góticas, la escultura de Leone Leoni, y el creador lo hace vibrar impresionado por la obra del hombre. Pero como Gerardo Diego ante el ciprés de Silos (“enhiesto surtidor de sombra y sueño”),  Jonathan se sublima con la palabra, la necesaria para los diálogos,  cuya suma se convierte en Literatura.  

  Cuando el escritor –y retorna a su primera juventud- hace abstracciones, solo se queda en eso, en pura esencia del objeto. Por tanto, no hay comunicación. Pero si consigue hacer revivir los diálogos que han formado parte de su vida –o tal vez su misma vida-, entonces es llegado el momento de empezar a escribir, y en esa parte de la escritura quizás hasta puede aventurar lo que será la ciudad de Las Palmas en 2066, visión sombría y apesadumbrada la suya, compromiso social, transformación ideológica, quizás hasta socialismo utópico a la manera de los revolucionarios Proudhon, Bakunin, Kropotkin, la Revolución Francesa de 1789…

  Porque Jonathan Allen sabe que la burguesía canaria de hoy es incapaz de remedar al sabio doctor Chil, al incorruptible López Botas, al dadivoso Alejandro Hidalgo…, prohombres que devolvieron a la ciudad una gran parte de aquello que recibieron de ella. De ahí el Museo Canario, asfaltados de calles, colegios para necesitados. Si la burguesía canaria entendiera la Cultura, el negativo comportamiento de nuestra tierra podría suavizarse. Pero cual si de una maldición se tratara, Canarias vive en la misma trágica orfandad a la que Oramas fue condenado, la misma en la que vive en Madrid el gomero que ilustra la portada de El sueño de Praga, por ejemplo.

  Sí, Jonatahn Allen ha evolucionado hacia un mayor  compromiso con el hombre. Por eso un día su novela será el canto a la revolución pacífica, desde abajo, la que harán los jóvenes que ya no aceptan vivir en una sociedad moralmente quebrada y corrupta. Él está seguro de que llegarán generaciones que se conformarán con la mitad de todo lo material que hoy tienen. Así tendrán más tiempo para pensar y hacer amigos. Si no, la esclavitud social, presente desde las primeras páginas de este canario profesor-escritor-pensador.  

  Jonathan Allen es palabra, frase, denuncia, novelación, arte, compromiso. Pero no es Quevedo, el del soneto de las murallas derruidas. Muy al contrario, ve cómo Tafira se encerrará en ellas para esconderse del submundo que la sociedad burguesa rechaza. Y eso le duele. Y le apena porque es su tierra, Canarias, y es su gente, aquella misma a la que critica por su incontinencia cultural. Por eso escribe, a ver si lo leen, aunque lo ve difícil: está en Canarias.   

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