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10:18h. Miércoles, 19 de Diciembre de 2018

Letras y versos en Gáldar - por Nicolás Guerra Aguiar

Letras y versos en Gáldar - por Nicolás Guerra Aguiar *

encuentro elva gáldar

 

No pudo idearse más acertada empresa: bajo el título “I Encuentro de Letras y Versos Atlánticos (ELVA) Gáldar 2018”, el municipio norteño –en compaña de narradores, poetas, ensayistas, filólogos…- detiene tiempos y espacios para pregonar a los vientos de Los Altos y a revolucionadas serenidades costeras cuatro hechos relacionados con las edades del ser galdense: tricentenario del drago ubicado en el edificio consistorial; centenario de la rama de Juncalillo; cincuenta aniversario de la muerte de Antonio Padrón y primer cuarto de siglo del conjunto histórico Barranco Hondo de Abajo.    

antonio padrónBARRANCO HONDO DE ABAJO

   Desde trecientos años atrás hasta los púberes veinticinco, la Comisión Ejecutiva de ELVA y el Aula de Humanidades y Sociales Celso Martín de Guzmán recrean estos cuatro acontecimientos que van, digo, desde el drago galdense –la sangre de otros fue usada por aborígenes para momificaciones, medicina, tintes- hasta Barranco Hondo de Abajo, Bien de Interés Cultural (BOC).

   Y todo en espacios marcadamente significativos para quienes arraigamos desde los primeros nacimientos a la vida y ya, ahora, hacemos los últimos caminos aun ensalitrados por tarosadas sardineras, caleteras o del Agujero. Caminos que también fueron y siguen siendo vías, sendas y senderos por Juncalillo, Barranco Hondo, Casa – Museo Antonio Padrón o Sala Sábor del Ayuntamiento, justo al lado de su centenario drago -“Amigo mío” lo llama Sebastián Monzón cuando a él se dirige en rebeldes mansedumbres: “Me duele tu sangre en cada herida, / tu carne por la injuria mutilada, / tu vieja soledad de incomprendido, / tanto olvido del cielo y de la tierra”-.

   Sí, es el mismo drago –algo más crecido- al cual subía a mis nueve, diez añitos para otear la simbólica llegada de barcos piratas comandados por Sandokán, “el tigre de Malasia”, enemigo del colonialismo británico. Tal planta arbórea, infinitamente gigante para ojos infantiles, guarda en las entrañas la sangre de su propia esencia junto a mis iniciales, maldad infantil acaso con la vana idea de conseguir su perpetuidad… Desde arriba yo me sentía seguro: a fin de cuentas Solita García, Padilla (“el camarada”), Antonio Guerra, Juan Aguiar, don Teodoro Suárez, Martín González, Juan Miguel y tantos otros velaban por mi seguridad...

   Es el mismo drago al que también cantó Carlos Sahagún, Premio Adonáis, Premio Boscán, Premio Nacional de Poesía (también lo recibió póstumamente nuestro paisano José María Millares Sall). El poema – “ARBOL EN GALDAR” (en otras fuentes, “Arbol en galdar”) pertenece a Primer y último oficio (1981): “Inútil experiencia / de libertad, el drago / irrumpe sometido / al cemento. […] hoy no pide otra cosa / sino silencio, y palpa / la piedra ya, los muros / y hacia los cielos libres / renace extraño, insomne, / proponiendo la vida / desde sus propias ruinas”.

   En medio un fenómeno popular sociológicamente interesante, la centenaria rama. Otro, la muerte de Antonio Padrón, cuyo tercer aniversario celebramos los treinta universitarios galdenses que en diciembre de 1971 andábamos por las aulas laguneras con cuarenta y siete años menos (era el decano, por edad, don Juan Quesada López). El Instituto de Estudios Canarios y el departamento universitario de Historia del Arte atendieron a nuestra idea e hicieron suyo el homenaje. Así, le dieron rango de clase magistral -“La pintura de Antonio Padrón”- a la intervención de don Jesús Hernández Perera, titular de la cátedra y rector. (Por vez primera oí hablar del indigenismo canario, de una escuela canaria más que de un pintor también influenciado por los colores de las tierras volcánicas.) 

   A partir de su conferencia –algo ronquecida por la infección laríngea de dos Jesús-, los paisanos de Antonio Padrón y decenas de universitarios matriculados en el Curso de Estudios Canarios (1971 / 72) descubrimos al pintor en cuya última obra inacabada –La Piedad- y proyectada en pantalla se recreó con magistrales encantamientos. (La condición de cebolleros como paisanos de Antonio Padrón satisfizo la nada arrogante vanidad de todos, y empezó a marcarme la ficción de la vida: a fin de cuentas yo estudiaba literatura y Antonio moría de repente en plena juventud, pues a los 48 años erupciona como volcanes la efervescencia vital.)

   Pero hay dos actos del programa que destaco sobremanera no por más importantes, sino por el acierto de hacer memoria pública de dos personas íntimamente relacionadas con la palabra: Rosa María Martinón Corominas y Sebastián Monzón Suárez pues, a fin de cuentas, se trata del primer Encuentro de Letras y Versos en cuya confección resulta absolutamente imprescindible aquella unidad lingüística dotada de significado. (En su nombre, a veces, la humanidad disparata.)

sebastián Monzón y Rosa María Martinón

   Estoy seguro: el profesor Juan Sebastián López García, cronista oficial de Gáldar y, a la vez, persona de sensibilidad, los incluyó. Pero su rigor en los tratamientos deja de lado afectos, amistades, sentimientos o devociones personales: si figuran como protagonistas en dos actos, podemos estar seguros de que lo merecen. Y como sé de los tres, se lo agradezco.

   Así pues, ELVA rinde homenaje en vida a dos muy cercanos profesores maestros de la palabra –escrita, oral, ensayística, narrativa y poética- para establecer con las aulas, el ya cerrado Colegio Cardenal Cisneros (también musicalidad, teatralizaciones) y la cultura en Gáldar su vocación universal: doña Rosa María Martinón Corominas (“la Señorita Martinón”) y don Sebastián Monzón Suárez recibirán el reconocimiento institucional y el de I ELVA Gáldar, respectivamente.

   A ambos no solo les profeso eterno agradecimiento por sus clases. Les reconozco, además, bonhomía, calidad humana, sencillez y sensatez. De Rosa María me quedan, además, sus inteligentes silencios y su condición de mujer serena, reflexiva, estoica, de compromiso social y estético. De Sebastián Monzón me seducen las “cárceles de cristal” (los charcos). Y me liga a él su serena sensación ante la mar tal “eterno vagabundo sin fronteras”. Mar como activación vital, impacto emocional con vida… frente a la manriqueña, “qu’es el morir”. La mar de Machado (“¡No puedo cantar, ni quiero / a ese Jesús del madero / sino al que anduvo en el mar!”) se identifica, pues, con la de Monzón.

   Aplaudibles aciertos. Entrañables, emocionantes.

* La casa de mi tía agradece la gentileza de Nicolás Guerra Aguiar

nicolás guerra reseña