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martes, 05 de julio de 2022 09:55h.

Me llamo Ajó Tedote y soy viejo – por Ajó Tedote, desde la Residencia de Mayores La Dehesa en Santa Cruz de La Palma

 

FRASE TEDOTE

Me llamo Ajó Tedote y soy viejo – por Ajó Tedote, desde la Residencia de Mayores La Dehesa en Santa Cruz de La Palma *

 

Esta es la historia de un encuentro, en cuatro partes, en vivo y a distancia, con estudiantes de Enfermería en la Facultad de Ciencias de la Salud de la ULL, en sus centros de La Palma y Tenerife.

Un magnífico grupo de chicas y chicos, con sus profesoras, María Mercedes Arias Hernández y Elisa Díaz Navarro, que mostraron interés por mi experiencia de la vida que me ha conducido a lo que soy ahora. Un viejo.

Un viejo que, de momento, no ha dejado de ser persona.

Un viejo que, por fortuna, mantiene sus funciones físicas en un nivel de calidad aceptable y su capacidad intelectual a pleno rendimiento. No seré yo, por supuesto, quién aventure un autodiagnóstico sobre mi estado mental.

Como se produjeron cuatro sesiones, con grupos distintos, reuniré aquí lo que me parece más importante, dispuesto en función de las preguntas que me formularon.

¿Cuándo te diste cuenta de que empezabas a envejecer? ¿Cómo te veías hace veinte años?

En ningún momento. Creo que nadie percibe “que envejece”. Todas las personas sabemos que nos vamos a morir. Y también que llegaremos a la vejez. Por suerte, claro, porque la alternativa es haberse muerto.

Todo el mundo sabe eso. Es normal tener un seguro de vida o defender las pensiones públicas. Pero pensamos que morirse o llegar a la vejez es cosa de “mañana”, no de “hoy”.

Es como cuando se pasa de la niñez a la adolescencia, y de ahí a la edad adulta. Nadie nota que “crece”. Van llegando cambios en tu organismo. Y un buen día descubres que eres adulto, adulta.

Con la vejez pasa lo mismo, tu cuerpo va dejando de ser el que era, notas que no puedes hacer lo que hacías unos años atrás. Te preocupan dolores que antes te tenían sin cuidado. Pero no sientes que seas viejo por ello.

Hasta que un día, o en un tiempo determinado, pero corto, te miras en el espejo y descubres que te pareces a tu padre o a tu madre. Nadie se acuerda de ella o de él como eran de jóvenes, sino de cuando los conocieron, ya de mayores. Y una mañana, te das cuenta de que eres como él o ella. Viejo. O te ocurre que una chica te cede en el asiento en la guagua, o que empiezan a dejarte pasar en las puertas, a ofrecerte ayuda para cuestiones elementales… Comprendes, de pronto, que la etapa de tu vida en que eras tú quien cedía el asiento y ayudaba, terminó. Y que has pasado a la etapa en que todo eso lo hacen contigo. La sociedad, con mucha solidaridad, pero también claramente, te dice que eres un pureta. Más vale que lo asumas, te dices.

Sin embargo, esto demuestra que, al menos en mi caso y creo que no es excepción, esto de la vejez tiene más de apariencia y percepción ajena, que de convencimiento propio. Quién ha envejecido es mi cuerpo, no yo. Te sientes abandonado, traicionado, por tu cuerpo.

Por supuesto, hay personas, también muchas, en las que, lamentablemente, el deterioro de la mente acompaña al físico. Es una desgracia que, de momento, no me ha ocurrido. Veremos a ver que pasa, cuando transcurra el tiempo.

Y por esto, nos estamos ocupando de mi caso y del de quienes me acompañan en esta fortuna de que el cerebro siga funcionando a plena capacidad. Para ver qué es lo que hace que nos libremos del infortunio de perder  el tino. De momento.

No tengo ninguna autoridad científica para sostener algo que, sin embargo, me indica la simple observación. Qué, quienes mantenemos nuestras condiciones mentales, también disfrutamos de mejores condiciones físicas.

Mi cuerpo, como digo, no me da las prestaciones de antes, pero me conservo ágil y con movilidad razonablemente buena. Aquello de la mens y el corpore, que dice el topicazo.

¿A qué atribuyes esto? ¿Cómo has mantenido tu agilidad y condiciones? ¿Lo hiciste pensando en la vejez?

Esa creo que es la cuestión esencial. Desde siempre, he intentado hacer ejercicio físico. De joven, deporte. Cuando empecé a trabajar y ya no disponía del tiempo necesario, caminar. Caminar todo lo posible. “No coger el coche, si puedes ir en guagua. No tomar la guagua, si puedes caminar”. Y la actividad intelectual, me venia por el trabajo y por mis aficiones.

Sin embargo, nunca hice ejercicio ni utilizaba el cerebro pensando en la vejez. Lo hacía para sentirme bien, para no engordar, para cuidar la salud. Y para ganarme la vida y disfrutar de momentos gratos.

Incluso cuando llegué a la residencia donde vivo, que ocurrió al principio de la pandemia, siendo ya viejo y sabiendo que lo era, me esforcé por hacer ejercicio, caminando cuanto me permitían los reducidos límites del establecimiento. Porque sentía y sabía que me hace bien. El personal de fisioterapia, viendo mi empeño, me instaló una bicicleta estática en mi cuarto.

Y ahora, que ya puedo salir y tengo libertad de movimiento, continúo caminando mucho, pero también con mis dos horas de pedaleo estático. Eso sí. Delante de un televisor.

Porque creo que es importante ese detalle. Que el esfuerzo sea lo más placentero posible. Toda mi vida he intentado darle un sentido hedonista a lo que hago. Procurar que lo hago me guste o me entretenga. Por ejemplo, nadar o correr en un estadio, creo que es muy aburrido, igual que pedalear si más en una habitación.

Diré de nuevo que nunca he sentido la necesidad de hacer ejercicio físico “para la vejez”, incluso ahora, que ya ha llegado, como no deja de recordarme la sociedad.

En cambio, hace unos quince años, cuando tomé conciencia o, mejor dicho, me lo hicieron ver desde fuera, de lo viejo que soy, sufrí una etapa de desánimo, de dejadez. Se me hacía difícil iniciar cualquier trabajo o mantener la atención fija. Entonces sí que me obligue a mantenerme activo intelectualmente. Fue una corta temporada y pronto me sentí igual o mejor que antes. Yo, ahora, siento que mi cabeza funciona mejor que cuando era joven. Es más. Me siento tan capaz, como nunca, para ejercer cualquiera de las actividades profesionales que haya desarrollado en mi vida.

Tengo que puntualizar algo sobre el término “intelectual”, que utilizo, no en el elitista sentido de “culto” que se le otorga normalmente, sino referido a cualquier ejercicio de la mente. Creo que lo que se necesita, para mantener el cerebro en condiciones, es hacerlo funcionar, a cualquier nivel. Huir de la rutina, de las acciones automáticas. Si el cerebro trabaja, da lo mismo que lo haga interpretando un ensayo de Ortega, resolviendo una ecuación o memorizando una alineación y analizando un partido de fútbol, Creo que al cerebro no le importa en qué se le ocupe, siempre que se le ocupe. Y aquí viene a cuento otra vez lo de hacer las cosas a gusto.

Por supuesto, parece demostrado que mantener la actividad física y mental ayuda a prevenir enfermedades seniles. Pero también parece que la garantía no es absoluta. Nunca olvido los tristes casos de Suárez o Maragall. Personas con mucha actividad cerebral, que han sufrido Alzheimer.

¿Le tienes miedo a la muerte?

En absoluto. No temo la muerte física. Pero sí temo la desaparición como persona,  mantener la vida sin ser una persona. Quizá, en la medida en que pienso yo que soy útil a alguien, la idea de dejar de ser persona o de morir que para mí es lo mismo, resulta triste. Pero no me da miedo. Por encima de todo, le tengo pánico al dolor. Eso sí. Soy un partidario total de la eutanasia y del derecho a la muerte digna.

¿Qué facilidades da la Residencia para mantener o mejorar las funciones físicas o mentales?

No dejaré de recordar que me refiero solamente a la Residencia de La Dehesa, en la que tengo la fortuna de encontrarme  y que ha sido la única que he conocido en mi vida. Ignoro si es excepción o no. Por lo que leo y escucho, hay residencias que no están en las mismas condiciones. Pero supongo y deseo que otras sí.

Por eso, yo hablo de ésta, donde las facilidades para mantener y mejorar las funciones físicas son muchas. La preservación, el mantenimiento y la recuperación, dentro de lo posible, de la salud física, están más que cubiertas. Presencia y atención de personal facultativo todos los días laborables y comunicación constante. Permanencia de personal profesional y auxiliar de Enfermería 24 horas todos los días del año, con un control permanente y riguroso de las medicaciones correspondientes. Además, servicio de rehabilitación y fisioterapia, con personal profesional y recursos materiales adecuados.

En cuanto al aspecto mental, un esforzado equipo de animación, con constante apoyo y supervisión profesional de Psicología, mantienen talleres y actividades.

Todo esto, en un ambiente muy cordial y humano, tanto las personas directamente implicadas en ello, como las que se ocupan de otras funciones, todo el personal dispensa un trato y una atención a las y los residentes, que va más allá del cumplimento del deber ético o laboral, para alcanzar el ámbito de la solidaridad. No tengo ningún recato en decir que benditas sean todas estas personas que trabajan aquí, en mi nombre. y en el de la gente que vive en esta Residencia que por eso deseo mucho que no sea excepción.

Sin embargo, debo decir que la residencia, no por ausencia de voluntad, tiene camino por recorrer, en el campo de la animación cultural. A pesar de la estructural penuria de recursos, la Residencia y el Cabildo de quien depende, ofrecen actividades de extensión cultural, como el actual “Taller Seroja”, que se celebra semanalmente, monitorizado por Pablo Díaz Cobiella. También la gente de la Residencia disfruta a menudo de recitales de música popular, con la participación de voluntarios como “Mandy”.

Pero, como digo, la estrechez presupuestaria impide a la Residencia mantener un personal estable para el aliento cultural. Sin  embargo el entusiasmo y preocupación del equipo directivo, formado por la directora Catalina Casimiro y la gerente de gestión, Elena Álvarez, proporciona toda la ayuda material que le es posible. Y de esta manera, un grupito de residentes hemos reestructurado la biblioteca y se nos ha dotado de equipo informático conectado a internet, con proyector, altavoz y pantalla. Así que estas personas residentes que sabemos que la cultura es salud, mantenemos talleres de lectura compartida y comentada, de escucha y comentarios de audiovisuales y de correspondencia con residentes de oros centros sociosanitarios y también, en el marco del Proyecto “No están solas” (traduzco al español hablado en Canarias), de la Concejalía de Cultura y la Biblioteca Municipal, con niñas y niños de las escuelas locales.

Este grupito mantenemos un espacio cultural vivo en la Biblioteca, pero eso no sería posible sin la ayuda de todo el personal de la Residencia, que ojalá pudiera nombrar al completo, pero son cerca de cien mujeres y hombres. Ahora nuestro próximo objetivo es atraer a más compañeras y compañeros residentes a nuestros talleres, porque tenemos el convencimiento de que, lo digo de nuevo, la cultura es salud.

Porque el material humano que llega a estas residencias de mayores es muy variado, en algunas ocasiones está en condiciones irrecuperables, por desgracia. Pero garantizo que la Residencia La Dehesa hace todo lo que puede, en todos los órdenes, para mantener y rescatar a quienes tenemos la fortuna de estar aquí. Ojalá, como ya he dicho, que esta Residencia no sea una excepción y, en todo caso, que su ejemplo cunda entre todas las demás.

Desde que estás en la residencia ¿qué es lo que echas en falta, de tu vida anterior? ¿querrías tener un hogar?

Lo único que echo de menos de verdad es a mi perra. La imposibilidad, lógica, de tener un hermano animal en la residencia, sería lo único que quizá me pueda inducir a dejarla. Claro que la idea de tener un hogar es tentadora, si dispusiera de los medios para ello. Pero, por otra parte, las comodidades y ventajas que ofrece la Residencia también son considerables. La paz y silencio; la convivencia entre residentes y personal, las buenas condiciones de alojamiento dentro de cierta frugalidad que no impide comodidades, mucho más allá de lo mínimo. Y con una limpieza rigurosa, tanto en los espacios comunes como en las habitaciones. Otra cosa muy importante, para una persona temerosa del dolor, como yo, es la tranquilidad de saber que tienes a una enfermera o enfermero en el piso de abajo, 24 horas al día, en disposición de atenderte en una emergencia de salud con dolor. No me refiero a que me pueda llegar un infarto, que también, sino a un simple dolor de muelas. De hecho, le tengo más miedo al dolor de muelas.

Recuperando el tema de las cosas que puedo añorar, para mi sorpresa, han sido muy pocas o ninguna. Desde luego, mucho menos de lo que yo podía imaginar. Si me hubieran dicho hace unos años que iba a vivir en las actuales condiciones, no lo habría creído. O habría entrado en pánico. Claro, en el año y medio que permanecimos en encierro, me resultaba algo incómodo estar sometido al régimen de comidas de la residencia que, siendo aceptable, suficiente y equilibrado, no deja de ser el de un establecimiento de esta naturaleza y, como está concebido para gente mayor, con un uso mínimo de sal. Circunstancia que, inevitablemente, conduce al desabrimiento, la ausencia de sabor. Cuando por fin se aliviaron las medidas de precaución resultó muy gratificante recuperar ciertas comidas. Pero ni este asunto ni los demás han provocado un sufrimiento insoportable. Y ni siquiera lo vivo como un ejercicio de resignación, sino a que parece ser que valoramos ciertas cosas en una medida que no la merecen.

En cuanto a si desearía recuperar un hogar, la respuesta en principio, sería que sí, claro. Pero por la posibilidad de tener un perro y, quizá, por poder cocinar. Pero por poco más. Es evidente que en la inmensa mayoría de los casos, la gente debería poder estar en su casa. Con sus familias. Lamentablemente, sabemos que eso no es posible, por las obligaciones de toda suerte de esas familias. Pero también hay que decir que, tanto por las personas cuyas condiciones son tan extremadamente complicadas que no pueden ser atendidas en una casa, como por las personas como yo, que valoramos muchas de los beneficios de esta Residencia, no es tan grave la carencia de hogar.

Quizá lo deseable, en mi caso, sería una fórmula de casas compartidas, en la línea de los “cohousing” que se están introduciendo en ciertos territorios, incluso en Canarias. Y, como desideratum, que estuvieran en cercanía y conexión de una Residencia como ésta, para poder disfrutar de sus ventajas. Pero si algo he aprendido en mi vida es el sentido del escepticismo. Dudo mucho de que pueda ver semejante maravilla.

Es muy frecuente que se trate a las personas mayores “como tontas”, que se les ofrezca ayuda incluso antes de que la necesiten. ¿Cómo sientes eso?

Tienes mucha razón y describes muy bien una situación muy repetida, en la vida cotidiana social. Yo me siento vejado por eso. Pero tampoco pierdo de vista que cuando alguien te ayuda, porque te toma por bobo, por incapaz, porque eres viejo, lo está haciendo por humanidad, por solidaridad. Y eso lo tengo que agradecer, por más que me sienta humillado.

¿Cómo han cambiado tus relaciones sociales, desde que estás en una Residencia?

Han variado mucho, pero no necesariamente para mal. Es cierto que he perdido muchas amistades, a las que he ocultado mi situación, por un pudor estúpido, por no “dar lástima”. He dicho “estúpido” sabiendo lo que digo, porque cuando le hago conocer a la gente dónde estoy, lo asumen con toda naturalidad.

Pero no es menos cierto que esta mi condición de residente me ha deparado un montón de nuevas relaciones, empezando por esta familia de ya residentes que me acogió con cariño. En una comunidad que practica la máxima del “vive y deja vivir”. Y continuando con esta gente que nos cuida, nos atiende, se preocupa por nuestra salud, nuestra seguridad,  nuestro bienestar y demuestra querernos, una gente a la que nunca se le reconocerá lo suficiente lo que hacen por las personas mayores. No soy capaz de expresar a cabalidad cuánto deseo que en otras residencias ocurra lo mismo.

Y no olvidemos que internet permite la relación social. Yo no dispongo de  wifi, pero me las arreglo con los datos móviles que me permiten una conexión desde mi cuarto. Resulta caro pero es necesario.

¿Qué consejo nos darías, para nuestra vida?

Es difícil, pero yo lo tengo claro: No hagan nada que no les guste. Si tienen que hacerlo, busquen la manera de que sea grato. Escapen a la maldición de nuestra sociedad judeogrecolatina que ha enaltecido históricamente el sufrimiento, el sacrificio, por sí mismos. Esa concepción masoquista es equivocada y malsana. Lo sano es la felicidad. Claro que en su profesión ustedes se encontrarán con situaciones hasta desagradables, pero las superarán, porque serán conscientes de que se hacen por un objetivo mejor. Y eso les hará felices.

Terminaré este largo pero sincero texto, con lo mismo que dije, al final de cada una de las cuatro sesiones que mantuve con las chicas y chicos del segundo curso de Enfermería de la ULL:

Todas las profesiones, todos los oficios, ocupaciones, son dignas, necesarias y merecen respeto. Pero hay cuatro que son especialmente encomiables y que yo, personalmente, venero:

La profesión de las Ciencias de la Salud, porque se forman y dedican su vida laboral a cuidar, sanar y a prevenir la salud de las personas.

La profesión del Trabajo Social, porque se forman y dedican su vida laboral a ayudar a las personas con problemas.

La profesión de docente, las Maestras y los Maestros, porque se dedican a enseñar a las personas.

La profesión de Veterinaria, porque se forman y dedican su vida laboral a cuidar de los animales, nuestros hermanos.

En esta vida, no hay mejor honor ni mayor satisfacción que hacer el bien. Algunas profesiones, como la de ustedes, la Enfermería, garantizan a quien la practique con honestidad, tal honor, el de hacer el bien.

Un capitán de barco, por ejemplo, puede ser un excelente marino, llevar su buque con eficacia, pero transportar armas. Una abogada puede ser una jurista de primera línea, pero conseguir que un narco o un corrupto escape a la Justicia.

Ustedes no. A ustedes les basta con cumplir con su deber, para, cuando lleguen a mi edad, poder mirar atrás y decir “Hice el bien”.

Y por eso yo les felicito por la profesión que han elegido y les agradezco por haberlo hecho.

* La casa de mi tía agradece la gentileza de Ajó Tedote

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