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20:21h. martes, 25 de enero de 2022

El mito de la taberna, imagen distópica de una realidad cruelmente asquerosa - por: Julián Ayala

 

FRASE AYALA

 

El mito de la taberna, imagen distópica de una realidad cruelmente asquerosa - por: Julián Ayala Armas, escritor y periodista 

Hoy les voy  a hablar –seguro que a muchas y muchos de ustedes les sonará– del mito de la taberna, intento de ensayo filosófico para dipsómanos contumaces (a falta de mejor cosa):

Un montón de borrachos impenitentes pasan los días y las noches anclados frente al mostrador de un bar, trasegando con fruición vasos de vino y licores diversos. Ante ellos, un anaquel repleto de bebidas de todas clases y debajo, ocupando gran parte de la pared frontal, un espejo oxidado, lleno de manchas mohosas y empañado por el polvo de los días, el vaho de las respiraciones y el humo del tabaco, que conforman una atmósfera espesa y casi irrespirable. Naturalmente, en este imaginario set las mascarillas brillan por su ausencia, no son necesarias. La platónica taberna habita en un mundo paralelo al margen de los avatares de estos tiempos de miseria.

Los parroquianos –hombres y mujeres– dan la espalda a la puerta abierta de la calle. La imagen de esta les llega a través del espejo, adobada en ruidos confusos que algunos creen reconocer, aunque no tienen ninguna referencia que les brinde seguridades al respecto: frenazos, bocinazos estridentes de automóviles, gritos de niños que juegan, alguien que llama a otro, ladridos de perros, sirenas de ambulancia y, de vez en cuando, la explosión de un coche bomba, el ruido de un edificio que se desploma, el zumbido de un dron confundido con el del misil que dispara, o el tableteo disonante de una metralleta.

Los borrachos y borrachas siguen bebiendo, indiferentes a todo lo que no sea el paladeo de sus copas. En un rincón, ajena e inalterablemente iluminada, hay una pantalla de televisión. En ella aparecen sin solución de continuidad hombres y mujeres hablando de cuestiones que apenas se oyen en medio del run-rún espeso y casi frenético de las conversaciones. Entre busto y busto, imágenes de otras gentes que hacen cosas: corren por las calles, izan pancartas, salen de la cárcel, caminan a sus trabajos o partidos de fútbol. Muchos matan a otros a tiros, a machetazos o a mordiscos. Muchísimos mueren más barato, sin necesidad de que ningún sicario los ultime, de hambre, enfermedad, carencia de vacunas o simplemente de asco… Monótono y rutinario.

Cuando terminan sus copas, los borrachos y borrachas piden otras. A veces comentan con los que tienen más cerca alguna incidencia de lo que ven u oyen: “El locutor ese de la corbata de lunares está más demacrado que de costumbre, habrá tenido una mala noche; los muertos que acaban de salir son negros y algunos llevan turbante, no como los de hace un rato, que era blancos aunque también llevaban turbante; ¿qué son esas torres que arden envueltas en humo?, ¿has oído ese ruido de ahí fuera? Parece que el de la moto no respetó un cedaelpaso y se ha pegado contra la furgoneta. Esa que grita es la mujer que iba de paquete, el nosequé amarillo-rojizo que hay en el suelo es algo de su cabeza, sus sesos, que sé yo…”

Y así, día tras día, los borrachos van interpretando la realidad a través de las imágenes desvaídas que les muestran el espejo y la tele que raramente está apagada. Puede que alguna vez les pase por la cabeza la idea de dejar su copa sobre el mostrador y salir a la calle. Entre los más ancianos se comenta  la leyenda de dos parroquianos que se arriesgaron a ello. Un golpe repentino de sol transfiguró sus rostros y los hizo brillar en el espejo unos segundos, los que duraron ante la puerta antes de ser aventados a los aires por un coche. Inflado de anfetaminas, un niñato no pudo controlar el Jaguar que cabalgaba, que invadió la acera y se llevó por delante a los dos curiosos infelices. Desde entonces nadie más ha salido.

De vez en cuando alguna o alguno cae redondo al pie del mostrador. Si no se mueve y sus ojos quedan fijos y rechinchinados, los empleados del bar lo arrastran por los pies y lo apilan en un rincón, cerca de la puerta, donde los recoge el furgón que diariamente lleva los fiambres al cementerio. Otros y otras, entre gritos, empujones, codazos y risotadas se apresuran a ocupar el hueco que ha quedado libre. La vida sigue. En una realidad cruel, asquerosa y soezmente tabernaria, pequeño saltamontes, la taberna pura y dura puede ser un último refugio ideal, uno de los pocos lugares donde morir de asco no se vendería como espectáculo, para dar pienso a la multitud de almas moralmente anestesiadas que habita este puto mundo.

¡Vivan los mostradores!

* Gracias a Julián Ayala y a LA CLAVE CUENCA

https://www.laclavecuenca.com/2022/01/06/el-mito-de-la-taberna-imagen-distopica-de-una-realidad-asquerosa/

JULIÁN AYALA

 

la clave cuenca

 

mancheta 40