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04:49h. sábado, 29 de enero de 2022

Mujeres canarias, empaquetadoras y aparceras - por Nicolás Guerra Aguiar

 

empaquetado

nicolás guerra aguiarEl Cabildo de Gran Canaria homenajeó la tarde del viernes 20 a las mujeres que, desde la infancia y primera juventud, debieron dedicarse a la dura tarea del trabajo “por cuenta ajena”, en este caso el empaquetado de tomates (almacenes y empresas de exportación) cuya actividad durante muchas zafras no me pasó desapercibida. 

Mujeres canarias, empaquetadoras y aparceras - por Nicolás Guerra Aguiar *

cabildo gc igualdadEl Cabildo de Gran Canaria homenajeó la tarde del viernes 20 a las mujeres que, desde la infancia y primera juventud, debieron dedicarse a la dura tarea del trabajo “por cuenta ajena”, en este caso el empaquetado de tomates (almacenes y empresas de exportación) cuya actividad durante muchas zafras no me pasó desapercibida.   

EMPAQUETADO TOMATES 

    Tuve la suerte de nacer en un pueblo y vivirlo ininterrumpidamente hasta los 18 años. Observaba con grandísimo interés y curiosidad todo lo que a mi alrededor sucedía (razón por la cual, estimado lector, tengo conocimiento directo de ciertas realidades sociales). Gáldar era por tales decenios de los cincuenta y sesenta (siglo y milenio anteriores) un pueblo anclado en supersticiones y analfabetismos (su geografía alcanza casi hasta el centro de la Isla). En él la regulación social estaba perfectamente definida: unas pocas familias eran dueñas del poder económico casi exclusivamente ligado a plataneras, tomateros (explotación y empaquetado) y controlaban la propiedad de las aguas, la gran riqueza del Norte.

   Los aguatenientes, así, imponían duras condiciones y tenían en sus manos la posibilidad de hundir fincas, fanegadas o celemines pues las tierras exigían riegos inmediatos, las posetas se secaban… (La única actividad industrial por tales tiempos de infancia la ejercía Maño, chatarrero de la calle Toscas a quien vendíamos lecheras rajadas, foniles, plomo, estaño o cocinas de petróleo ya inservibles.)

seretos tomates   Muy cerca de mi casa, en el lateral del Teatro Municipal (anteayer “Cine Pepito Molina”), hubo durante años un almacén de empaquetado. Yo no las veía entrar, tan en la del alba “pegaban” las mujeres. Pero sí las oía cantar cuando me iba a la escuela, La Graduada, o al colegio. Al regreso, más de lo mismo sin variación alguna. Su sonora permanencia continuaba incluso hasta después del toque de ánimas, campanadas eclesiales que ordenaban mi retirada. Durante perennes jornadas la monotonía de sus vidas y sus cuerpos las encadenaron a los mostradores desde los cuales cogían la fruta, la envolvían mimosamente en papel “fino” y luego la depositaban en seretos de tablillas también muy finas, como las usadas para los envases de  pasta de guayaba cubana, Conchita…

   De cuando en cuando el ronco ritmo de los martillos sobre las tachas acompañaba a las voces de quienes habían iniciado una canción, un estribillo, acaso un lamento o una estrofa picona elevados a los cielos desde inexistentes pentagramas… Hoy en las festivas romerías se estiman como vestimenta típica de Canarias las faldas largas multicolores de las empaquetadoras, pañuelos en la cabeza, manos y brazos envueltos en trapos… ¡Cuántos sudores, tragedias, padecimientos, abusos, despotismos, crueldades físicas y psicológicas padecieron quienes cincuenta, sesenta años atrás cubrían sus jóvenes cuerpos -a veces marchitos- con telas de verde chillón, acaso encarnado encendido o chirriante lila en desordenadas mezclas cromáticas, pues la estética combinatoria no era asignatura de aquellas mujeres alejadas durante jornadas completas de sus hijos para ganar cuatro duros! (¿Qué pensarán las supervivientes cuando ven desfilar a las “típicas” entre risas y jolgorios?)

campesina canaria   Pero si injusta y dura fue su vida imaginemos a las mujeres aparceras recluidas en prisiones llamadas cuarterías con única habitación para la pareja, hijos, gallinas y perro, carentes de un espacio íntimo, poyo de cocina, fregadero, agua de abasto, electricidad, retrete o pileta. Y, por supuesto, de alquiler.  ¿Qué pasaba por sus cabezas cuando los hijos –mocosos, desarrapados, a veces con jilorio y sin un cacho de pan que llevarse a la boca- ni tan siquiera podían soñar con un maestro que les enseñara a leer y escribir, acaso marchitas esperanzas para que un día muy lejano pudieran alzar voces y palabras contra tratos despectivos, miserias, humillaciones, estafas y robos a su trabajo? (Algunas, incluso, renunciaron a la maternidad: para la vida que les esperaba… mejor es que no nacieran.)   

   La mujer (sobre todo la del campo) se subordinaba al hombre, le pertenecía. La estructura jerárquica familiar está rigurosamente dirigida por el marido – padre cuya autoridad ni se discute: es el gran protector de la familia y a él, por impuesto derecho, le corresponde el dominio de la nave y la toma de decisiones.  

SANSOFÉ   Sin embargo algunas mujeres aparceras abandonaron la postura pasiva del acatamiento y, por decisión propia, reclaman la igualdad: a fin de cuentas realizan el mismo trabajo que sus maridos. Además cuidan de los hijos, compran fiao en las tiendas y casi no duermen para dejar preparados el desayuno (¡siempre gofio!), el almuerzo (¡nunca carne, pescado..!). Y cuando el hombre y los críos descansan la mañana del domingo ellas siguen de pie, lavan la ropa, la tienden en la liña y esperan con la plancha de carbón para estirarla… o acaso dan forma a los cuatro retales de tela que hacen de camisa, por ejemplo. (Pero esa compartida autoridad solo se ejerce de puertas adentro, sin vecinos ni testigos: permanecen en su memoria rigores de un pensamiento impuesto y mamado desde el mismo nacimiento. De tal realidad deja constancia escrita el número 19 de la revista Sansofé, 13 de junio de 1970.) 

APARCERAS

Aparceras Arguineguin

   Merecido reconocimiento el del Cabildo pues, en esencia, se trata de cientos de mujeres maltratadas por injusticias sociales, explotadas al máximo en un sistema de trabajo de corte esclavista sin horarios regulados ni, por supuesto, Seguridad Social; forzadas, incluso, a jornadas interminables (la salida del barco con destino a Londres, Rotterdam, Ámsterdam… imponía el ritmo del trabajo, celeridad, más horas extras sin reconocimiento, nocturnidades o acelerados madrugones...). Su continuidad en alguna empresa a veces dependía de caprichos y querencias, obligados silencios de algunas ante pretensiones y miserables ofertas, deseos de encargados, quienes amenazaban con echarlas a la calle si no sucumbían a sus encantos…

EMPAQUETADO TOMATES 2

   Sí, en efecto: mujeres empaquetadoras y aparceras (Gáldar, Telde, La Aldea, Ingenio, Agüimes, Santa Lucía –nada sabía de Firgas-) fueron avasalladas por obscenas mentes y miserias humanas dueñas de trabajos e, incluso, usurpadoras del sudor ajeno. (¿Por qué solo ellas realizaban las actividades de empaquetado en los almacenes? La respuesta es sencilla: cobraban miserias… por su condición femenina.)

* En La csa de mi tía por gentileza de Nicolás Guerra Aguiar

NICOLÁS GUERRA AGUIAR RESEÑA