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viernes, 12 de agosto de 2022 12:39h.

Volveré y seré millones, dijo Tupac Amaru. Esta vez no se llama José Gabriel, sino Pedro

Perú: hombre rico, hombre pobre, Mario y Pedro - por Antonio Cabrera de León

 

FRASE CABRERA PERÚ

Perú: hombre rico, hombre pobre, Mario y Pedro - por Antonio Cabrera de León *

Mario y Pedro. Patricio uno, plebeyo el otro. No se me ocurre mejor imagen de su Perú natal que la de estos dos hombres. Un país partido en dos, pero no en dos mitades iguales sino en un pequeño vergel que acumula todo el oro y un inmenso desierto para depositar a los que nada tienen. Podría pensar en mujeres que representen al país y encontraría fácilmente la patricia en Keiko. Pero ¿dónde hallar el nombre de la plebeya? Ninguna campesina de los Andes ni de las chabolas de Lima, ha sido aupada a las portadas de los medios que nos pastorean.

Perú es hoy un magnífico ejemplo de lo que produce el capitalismo sin regulación, la libertad sin freno de los que pueden más sobre los que pueden menos, lo ultraliberal profundo. Como es común en ese tipo de sociedades, alrededor de los oligarcas surge una reducida clase media que vive por encima del nivel de vida de las clases medias europeas o norteamericanas. Gentes que habitan magníficas casas rodeadas de altas vallas y a menudo dotadas de vigilantes armados. Una clase privilegiada, con chófer y varias personas en el servicio doméstico. Una élite que jamás pisará la sanidad o la enseñanza públicas porque, cuando existen, son un sucedáneo para pobres. Una estirpe que manda a sus hijos a universidades extranjeras y que viaja por los países ricos con una capacidad de compra que les ha generado el apodo de los “Guinmitú” (deme dos). Son, en definitiva, los residentes de las casitas del barrio alto de la canción de Víctor Jara. Ése es el Perú de los patricios, el de Mario Vargas, el del hombre rico.

A su lado, pero en la sombra, crece sin parar la clase pobre constituida por la amplia mayoría de la población. Se multiplica en la oscuridad porque mientras la oligarquía puede, y puede mucho, los invisibiliza. No existen si no se habla de ellos. Desde los sirvientes de la élite hasta los niños que limpian zapatos en la calle. Desde el chófer, el vigilante o la cocinera que sueñan con una vida como la que lleva quien les paga, hasta el campesinado aterido de frío en los cerros andinos. Pobres de solemnidad, venidos de las montañas al arrabal de Lima en busca de una vida mejor que no existe para ellos. Terminan habitando los inmensos barrios de chabolas, destartaladas, en empinadas calles sin asfaltar, sin alcantarillado ni retretes, con dificultades para acceder al agua potable o a la electricidad. Analfabetos porque para ellos no hubo nunca una escuela. Sólo tienen salud mientras les alcanza la juventud. Entre los de su clase, Perú no es país para viejos. Ellos son quienes habitan bajo los techos de cartón de la canción de Alí Primera. Ése el Perú de los plebeyos, el del sorprendente Pedro Castillo, el del hombre pobre.

Volveré y seré millones, dijo Tupac Amaru. Esta vez no se llama José Gabriel, sino Pedro, pero efectivamente son millones de peruanos los que contra todo el poder oligárquico, contra todos los medios de sofronización y todas las presiones, contra todas las alianzas de Vargasllosas y Fujimoris y contra todas las mentiras, sin nada más que un lápiz y su palabra, han salido de la oscuridad para pedir que en Perú el sol brille para todos.

* La casa de mi tía agradece la gentileza de Antonio Cabrera de León

ANTONIO CABRERA DE LEÓN RESEÑA

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