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22:11h. lunes, 24 de enero de 2022

Entre el PSOE de anteayer  y Podemos - por Nicolás Guerra Aguiar

La soberbia y displicente reacción del señor Iglesias (Podemos) ante la idea de una liga de izquierdas para las próximas elecciones generales acaba de confirmarme lo que sospecho desde meses atrás, tragodía o tragedia griega, fatalidad romántica: entre el PSOE de 1982 y Podemos hay pocas diferencias.

Entre el PSOE de anteayer  y Podemos - por Nicolás Guerra Aguiar *

   La soberbia y displicente reacción del señor Iglesias (Podemos) ante la idea de una liga de izquierdas para las próximas elecciones generales acaba de confirmarme lo que sospecho desde meses atrás, tragodía o tragedia griega, fatalidad romántica: entre el PSOE de 1982 y Podemos hay pocas diferencias. No el Podemos de 2014, sino aquel que acaso desde las más altas cumbres centralistas se va dejando en el fondo del ensueño aquello que lo definió como esperanza de serena revolución.  Porque tal los psocialistas de 33 años atrás, los nuevos ungidos por los dioses de 2015 están convencidos de que serán el nuevo Gobierno nacional. Por tanto, todo para ellos y rechazo absoluto a quienes intentan crear la unidad popular o confluencia que defienden IU, Ahora en Común, plataformas sociales y decenas de miles de gentes de bien ajenas a siglas políticas y a humanas altanerías.

   Cierto es que IU no está en sus mejores momentos e, incluso, que el señor Iglesias tiene sólidas razones cuando invita a meditar sobre acontecimientos pasados. Pero tampoco se le esconde a nadie que la derecha española obtuvo más votos aunque sin mayorías absolutas frente a la dispersión de la izquierda. Lo cual significa que o la izquierda se une o el PP –con todo su derecho y su derecha- ganará con legitimidad las elecciones de noviembre y será Gobierno porque lo acompañarán los diputados del PNV, los de Convergencia, los de Unió, los unionistas del Pueblo Navarro e, incluso, hasta los llamados nacionalistas de CoATIción Canaria, perdedores en las urnas pero astutos vencedores a la hora de la verdad, que es la de presidir gobiernos. (¿Con quién fue la primera entrevista oficial del nuevo presidente canario?)

   Cuando en 1982 la cantada aplastante victoria del PSOE en las urnas solo esperaba a que se convocaran las elecciones generales, los señores González Márquez y Guerra González coincidieron en la táctica de, si no era posible aplastar, sí al menos restar votos al PCE (“El Partido”). Partido en aquellos momentos aún tambaleante y fuertemente impactado por desavenencias internas sobre su papel en la Transición y la renuncia a principios hasta el momento tabúes como, por ejemplo, la reinstauración de la monarquía borbónica.

    Aquí comenzó el declive de los comunistas, aunque también es cierto que la feroz propaganda contra el PCE a lo largo de cuarenta años había impactado en la mente de millones de españoles de tal manera que, tras la muerte de Franco, nombrar al señor Carrillo en tertulias de discusión política podía ser peligroso. Más: recordemos que el presidente del Gobierno, señor Suárez, tuvo que aprovechar la tarde de un Viernes Santo para su legalización. Aunque estuvo a punto de ser llevado al paredón, como el coronel garcíamarquista.

   Treinta y tantos años después, IU se fracturó aún más en vísperas electorales. Y mucho tuvieron que ver en tal descalabro no solo la burocratización del sistema sino el empecinamiento de viejos militantes, acostumbrados a las prebendas del poder. Como en la antigua URSS, las desfasadas añejas glorias se aferraban a caducadas estructuras que impedían naturales renovaciones y sustituciones. Por esas y otras causas llegaron muy tarde con el cambio que podría significar el joven Garzón a quien, desde mi punto de vista, lo caracterizan preparación, seriedad y sentido ético.

   Por tanto, me duele que el señor Iglesias de estos días identifique la propuesta de una coalición de izquierdas con el desesperado grito para la supervivencia personal o de partidos como IU. Porque el candidato de Podemos fue taxativo y radical cuando afirmó que la unidad popular no es la unidad de los partidos, sino de la sociedad civil. Mas, pregunto: ¿acaso no es sociedad civil la que forma los partidos, en este caso IU? ¿No es sociedad civil Ahora en Común, aquella manifestación radicalmente popular que pide –no exige- la unidad de la izquierda? Pero quizás en esa voz, izquierda, radica la pura esencia de la cuestión: podría ser que en su legítimo derecho el señor Iglesias y sus órganos de poder desdeñen, rechacen o no tengan en cuenta que solo desde la izquierda –ahí está la historia- se puede avanzar en la consecución de eso que él llama “logro de una sociedad más justa”.

   Por tanto, quienes con todo su derecho coinciden con el señor Iglesias pueden, claro, no estar abanderados bajo un denominador común o comprometidos con una bandera (acaso un anagrama) que va mucho más allá de siglas y apetencias políticas. Porque hay banderas y banderas. Y hay solo trozos de tela que solo son eso, trozos de tela que solo ondean en los mástiles. Pero hay banderas que representan ideas sociales, compromisos con los necesitados, justicias y libertades, poderes populares; es decir, hay banderas que son pensamientos de izquierdas tan respetables como los de centro o de derechas. Lo que ocurre es que entre los extremos las diferencias ideológicas son insalvables.

   El señor Iglesias tiene derecho a su ambición presidencial, como lo tuvo el señor González en las proximidades de 1982. Pero Podemos no ganará las elecciones con la aplastante mayoría del PSOE aquel año. Entre otras razones porque no estamos en 1982, entramado de utopías, nobles esperanzas, inmediatas experiencias de coacciones, cárceles, fusilamientos… Pero, además, porque la voz “izquierda” ya no es hoy monopolio de siglas políticas y de burócratas trasnochados. La izquierda es canto a la libertad, a la justicia social, a la sanidad pública de alta calidad, a la serena revolución, a las aulas públicas cargadas de pensamientos y enseñanzas, a la consecución de mundos en que las únicas armas posibles sean las palabras y las razones. Y ese mundo de utopías solo puede soñarse desde la izquierda que, por cierto, no necesita de salvadores, condición con la que se identifica el señor Iglesias, qué desliz.

* En La casa de mi tñia por gentileza del autor