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21:21h. sábado, 31 de octubre de 2020

La reconstrucción económica que nos espera - por Lidia Falcón

 

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Nota de Chema Tante:  Lo que dice Lidia Falcón en este magnífico artículo, tiene una superlativa proyección al caso de Canarias.  Como el resto de los pueblos del estado, el canario perdió significativas actividades económicas que, aunque solamente beneficiaban a las clases altas, en algún momento ese abuso podría eliminarse. En el caso canario, la pérdida de los Puertos Francos, de gran importancia comercial, que permitían a Canarias una interlocución con otros países, que ha perdido, a manos de las operadoras turísticas multinacionales. Pero cuando hablamos del efecto contra el ambiente del turismo, en Canarias se multiplica. Con nuestra lejanía, los vuelos son mucho más prolongados; con la devastación del sector primario, los alimentos que consume la masa turística son transportados por largas distancias, quemando combustibles fósiles, largando CO2 a la atmósfera. Y, a pesar de la escasez de agua, la derrochamos llenando piscinas, evacuando excrementos, regando césped, no cultivos de alimentos, y duchando a 16 millones de personas cada año.

La reconstrucción económica que nos espera - por Lidia Falcón, abogada, escritora, presidenta del Partido Feminista *

Las fábricas de automóviles Nissan de Barcelona cierran. Tres mil trabajadores se quedan sin empleo y veinte mil más de las industrias complementarias. Veinte mil familias, siendo muy prudentes podemos contar sesenta mil personas que hoy no saben cómo ganarse la vida. Alcoa de fabricación de aluminio en Galicia también liquida su producción, mil trabajadores más en la calle. Y sus familias.

Era de esperar. Antes de que se tomaran las medidas de confinamiento por la pandemia el paro se había situado en el 14%, el doble de la media de UE, que es el suelo del paro estructural de España, y hemos vivido periodos del 18 y hasta del 23%. El Capital en España cuenta con ello. Son el ejército de trabajadores de reserva de que habla Carlos Marx. Ellos, situados en los estratos más bajos de la escala productiva, en un buen porcentaje emigrantes de países subdesarrollados, azotados por las guerras que ha organizado ese mismo capital para arrebatarles las materias primas, son muy útiles para mantener los salarios bajos, la ausencia de garantías laborales y lo que llama la patronal "movilidad laboral". Es decir, la disposición de los trabajadores para ser trasladados a otros centros, incluso ciudades, sin fijar horarios, contratos por días y por horas, el despido libre incluso de enfermos y embarazadas, los falsos autónomos, y toda la panoplia de métodos de explotación y de esclavitud que logró implantar la patronal en España a partir de la crisis de 2008. Y que ningún gobierno, incluyendo el benéfico PSOE, ha derogado ni piensa hacerlo, aterrado ante la ofensiva del Capital, las advertencias de la Comisión Europea, la presión de los lobbies empresariales y la campaña mediática contra la derogación de la reforma laboral que, con toda desvergüenza, han desencadenado los voceros de la derecha en los medios de comunicación que dominan.

Era de esperar, repito. Esta crisis la hemos vivido a partir de 2008, pero en otros ciclos anteriores ya la habíamos padecido. Nuestro tratado de adhesión al Mercado Común nos situó como país turístico y nos impuso liquidar el tejido industrial que se mantenía desde el siglo XIX, reducir la ganadería de altura y ciertos cultivos que tienen que competir con Marruecos, y dedicarnos al turismo. Turismo, palabra mágica que nos ha salvado de situarnos al nivel económico de los países llamados "en vías de desarrollo". La desaparición de nuestra producción industrial, que nos ha llevado al ridículo de no poder fabricar ni mascarillas, nos entrega inermes a intentar recuperar desesperadamente los ochenta millones de turistas anuales que nos dan de comer, a cambio de destrozar el medio ambiente: playas, mares, lagos, ríos, montañas, deteriorar los edificios históricos milenarios; que convierten nuestras ciudades en lugares infernales, y cuyos usuarios se dedican a las borracheras, los balconing, las peleas y agresiones, mientras nos llenan de basuras y contaminan acústicamente las noches de verano.

La mayoría de la población española ignora que la II República realizó un estudio por parte de ingenieros, constructores y ambientalistas para proteger la Costa Brava del deterioro que podía ocasionar el aumento de viajeros, como se les llamaba entonces. ¡En 1932! Ese estudio, que deseo se encuentre guardado en algún archivo, nunca pudo ser aplicado. Para impedirlo se ocuparon la Guerra Civil y la dictadura. En vez de aquella belleza inigualable de las montañas boscosas del Ampurdán, que se eleva sobre las pequeñas calas y las hermosas playas de la Costa Brava, hoy las construcciones crecidas en el último medio siglo han fagocitado bosques, colinas, playas y calas, y vertido todos los desagües al antiguo Mare Nostrum antes azul prístino, de suave oleaje y temperatura ideal para el ser humano. Cuna de la civilización occidental.

No será secreto para nadie el estado en que se encuentran nuestras costas desde Portbou a Algeciras. Causa espanto ver las urbanizaciones construidas con ladrillo sobre ladrillo en la Costa Brava, en la Costa Dorada, en Levante, en el Mar Menor –hoy desaparecido- en Marbella, en Cádiz, en Mallorca, en Ibiza, en Gran Canaria, en Tenerife.

La industria turística es además la escuela de la zafiedad, del mal gusto, de la incultura, del alcoholismo. Resulta insoportable unirse a un grupo y seguir la manada de alegres, maleducados y borrachos turistas para escuchar de un guía turístico mal informado el relato estúpido de las bellezas y costumbres locales. No sólo no se ofrecen explicaciones precisas y veraces sobre la historia del territorio sino que se modifican a tenor de lo que la empresa supone que ha de gustar a la clientela, contando anécdotas banales y muchas veces falsas.

La Barcelona industrial, que era puntera en la industria textil, química, farmacéutica y pequeña metalurgia, la monumental que la burguesía mimó en sus edificios emblemáticos, y la medieval que es la ciudadela conservada más grande de Europa después de París, se ha convertido en una urbe a donde arriban varios cruceros diarios con cuatro y cinco mil personas que desde el puerto hasta la Diagonal se convierten en hordas de gentes gritonas y maleducadas que dejan su rastro de basuras malolientes indeleble en los centros históricos, edificios y ramblas. Pero ese turismo no ha traído la riqueza necesaria para que los barrios pobres como El Raval no sigan mostrando el rostro de la miseria y el abandono, amén del tráfico de drogas y de la prostitución.

Tantos elogios como nos prodigamos por nuestra gastronomía y no escucho las voces que deberían denunciar la bazofia que se come en los viajes turísticos y en todos los tugurios: tabernas, cafeterías, restaurantes, chiringuitos callejeros, montados al calor de la llegada de turistas; la estafa de los precios, la insalubridad de los alimentos y la falta de higiene.

A este destrozo estético de nuestras costas y la aglomeración de gentes en las partes más emblemáticas e históricas de nuestras ciudades, hay que añadir, y no es menos preocupante y peligrosa, la contaminación medio ambiental.  El informe del 29 de mayo de 2020, emitido por Tendencias Científicas, afirma que "El turismo ya es una de las industrias más contaminantes". Representa el 8% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.

El turismo mundial se ha consolidado como una de las industrias más contaminantes: representa el 8% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, de las que el 12% corresponden a los viajes aéreos. El impacto del turismo crecerá hasta el 40 por ciento en 2025 si no se cambian las políticas y los hábitos.

Según la OMT, las llegadas de turistas internacionales registraron un notable aumento del 7% en 2017 hasta alcanzar un total de 1.322 millones. El sector mueve 1,4 billones de dólares cada año y supone el 7% de todas las exportaciones de bienes y servicios del mundo. A estos datos hay que unir los de un estudio de la Universidad de Sídney, según el cual la huella ecológica del sector ha superado los 4.500 millones de toneladas métricas en 2013, cuatro veces más de lo previsto, representando el 8% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero.

Si esta tendencia se mantiene, la huella de carbono del turismo mundial aumentará hasta un 40 por ciento antes de 2025, cuando alcanzará los 6.500 millones de toneladas métricas de CO2, si no se cambian las políticas y los hábitos, según la misma investigación.

 La investigación, publicada en Nature Climate Change,  ha reunido datos de 160 países y descubierto también que los viajes en avión representan el 12 por ciento del total de la contaminación que genera el turismo.

Además de las emisiones de dióxido de carbono, las emisiones de otros gases de efecto invernadero relacionadas también con la actividad turística, como los que se generan con el mantenimiento de las infraestructuras (de hoteles y aeropuertos), así como las emisiones vinculadas a la compra de alimentos, bebidas y recuerdos para los turistas, ha elevado el porcentaje de la implicación del turismo en las emisiones contaminantes hasta el 8 por ciento.

A la vista de los nuevos datos, la investigación ha determinado que el turismo es responsable de casi una décima parte de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, y que los vuelos son un componente importante de esta contaminación, algo que según los investigadores fue obviado por el Acuerdo de París para contener el calentamiento global.

La investigación destaca también que la huella ecológica del turismo aumenta a medida que aumenta el tráfico de viajeros de un lado al otro del mundo y que los ingresos que obtiene esta actividad no tienen impacto en la reducción de la contaminación que genera el sector. Este estudio, resultado de año y medio de trabajo, es el primero en cuantificar la  huella turística mundial en toda la cadena de suministro, desde vuelos hasta recuerdos turísticos, y pone de manifiesto que el turismo se ha revelado como un importante y creciente contribuyente a las emisiones de gases de efecto invernadero.
 Hay que volar menos y pagar más, es la consigna de la autora principal de esta investigación, Arunima Malik.

Pero esta consigna significa arruinar el turismo de masas en el que se basa la riqueza de España. Y es a él, como única solución defendida incluso por economistas de fuste, al que tenemos que fiar nuestro futuro. Que va a ser bastante más triste que el que predecía Alvin Toffler en El shock del futuro de los años 70, y que nos aseguraba un mundo feliz, basado en las nuevas tecnologías. Esa transformación de la economía que defienden los burgueses de hoy cuando aseguran que la clase obrera ha desaparecido. O en todo caso queda arrinconada en el sudeste asiático donde nos fabrican los coches y los neumáticos y las camisas una legión de esclavos que no importan a nadie.

* La casa de mi tía agradece la gentileza de Lidia Falcón

Artículo recomendado por el coherente veterano militante socialista Antonio Aguado

LIDIA FALCÓN RESEÑA

MANCHETA 21