Buscar
19:45h. Lunes, 18 de Febrero de 2019

La redención por el estudio. Un hecho real - por Erasmo Quintana

 

FRASE ERASMO

La redención por el estudio. Un hecho real - por Erasmo Quintana *

 

Ignacio el de Tomasita tiene que irse pronto a la cama porque al día siguiente, y muy de madrigada, se le pone de parto una de las mejores vacas del establo. Cenó como siempre en compañía de su enjuta y callada esposa junto a una abundante chiquillería, que cabía toda bajo una cesta. Como de costumbre, también, frugal fue lo que cenaron: caldo de papas con cilantro que sobró del mediodía, y gofio o mendrugo de pan duro -a elección- y derechitos al catre. Así, como respondiendo a un hábito por repetición, sin hacer el menor ruido, aquella prole famélica, encabezada por el mayor, que portaba un quinqué, salía uno tras otro en número de ocho de la mugrienta cocina, si es que se le podía dar ese nombre.

plataneros

Iplataneros empaquetadognacio es desde no se sabe cuánto el mayordomo de la finca de plataneras que don Anselmo Avellaneda posee en una de las zonas más fértiles y llanas junto a la costa orientada al poniente de Gran Canaria, y es fama la calidad de racimos y su envergadura, que vende a la Cooperativa, siendo en extremo motivo de orgullo de su dueño y consiguiente envidia de todos. Este es el escenario donde se desarrolla su vida, austera y aburridamente cotidiana, donde el mucho, interminable trabajo, es el pan nuestro de cada día. Allí todas las manos son pocas y con los hijos no contaba, ya que algo sí tiene claro: que mientras él pudiera sus hijos estudiarían todos, para que no pasaran por las penalidades que él estaba padeciendo, y haciendo de ellos hombres y mujeres de provecho, honrados y de bien. Es por esto que nunca los dejaba sin colegio.

Un buen día, el mayor de los hijos, Juan José, que terminaba el bachillerato, trajo un recado de su tutor donde citaba al padre para hablar algo sobre el joven. Preocupado por la cita, esa noche no durmió, y despuntando el día señalado, dejando la mitad de las cosas sin hacer, acudió tal como estaba: alpargatas, camisa y pantalón manchados de platanera y, gorra en mano, pidió permiso para entrar. Después del saludo el tutor, en tono solemne y creyéndose que cumplía un deber sagrado, fue directo al grano: “Sr. Ignacio, lo he mandado llamar porque creo una obligación hacerle saber que su hijo es uno de los alumnos más aventajados y con mayores posibilidades de todos los que tengo en clase. Brilla con luz propia en todo: es aplicado, inteligente y muy trabajador; estas son sus notas, sobresalientes y Resultado de imagen de universidad la laguna  fotos antiguasmatrículas de honor, por lo que me creo en el deber de decirle que sería de todo punto imperdonable que este hijo suyo no hiciera carrera universitaria. Yo he cumplido con decirlo. Vaya en buena hora y cumpla usted, que es su padre”. Partió Ignacio, mascullando para sus adentros, “¿qué puedo hacer, pobre de mí, con el sueldo de miseria que gano?” Imposible que su hijo fuera a la Universidad, la más cercana en La Laguna, Tenerife. No obstante, hablaría con don Anselmo, por si algo se pudiera solucionar. Aprovechando que éste giraba visita semanal a la finca, y después de darle novedades de las reses, pasó a contarle su problema: “Don Anselmo, son muchos los años que estoy a su servicio, y creo que no tiene queja de mi trabajo; nada le descubro que mi situación no es boyante. Me he cargado de hijos, esa en parte es la razón. El profesor del mayor de ellos me dijo que es muy bueno con los libros y que debía darle estudios superiores en la Universidad. Lo digo por si usted puede echar una mano.” El amo, que había cogido una tosca y corta butaca de alpendre para refrescar y escucharlo, saltando cual resorte de la misma, voz en grito contestó:

-“¡Qué dices, Ignacio, tú estás loco!¡Cómo se te ocurre mandar al mayor de tus hijos a la Universidad! ¿Quién limpia cuando tú no puedas, la florilla? ¿Quién arregla los camellones, quién riega y deshija -dímelo tú- y quién atiende los animales? Además la Universidad, por si no lo sabías, es una fábrica de nihilistas, ácratas y comunistas. ¿Cómo se te ha ocurrido pensar en semejante disparate?” A lo que Ignacio, temeroso contestó: “Tranquilo, don Anselmo, no se preocupe, que le puede dar algo; retiro lo dicho, y haga como si nada ha salido de esta boca.” Cambiando el mayordomo la conversación, dio por zanjado el tema.

La adversidad no mermó en Ignacio un ápice su deseo de que Juan José hiciera estudios superiores, por lo que se puso en contacto con un probo comerciante hindú, quien le dio toda suerte de facilidades pecuniarias, con la única condición de presentarle resultados con las mejores notas, y reembolso de parte de los gastos cuando estuviera ejerciendo la carrera. Andando el tiempo -había escogido medicina- pronto se convirtió en un reputado cardiólogo y jefe de su especialidad en el principal hospital de la provincia. Un día, camino del hospital, creyó reconocer a don Anselmo en una persona mayor que se tambaleaba y caía en la acera, con señal de estar sufriendo un fortísimo dolor en el pecho.  El cardiólogo, don Juan José, acudió en su ayuda y desde la primera auscultación confirmó el diagnóstico, ordenando el ingreso hospitalario.

A un paciente ya consciente y lúcido, el doctor Juan José, hijo de Ignacio el de Tomasita, quiso darse por conocido, a lo contestó:

-”¿Usted, doctor, es hijo de Ignacio, mi antiguo mayordomo?”, inquirió incrédulo. -”Sí, soy su hijo mayor”, contestó el galeno, creyendo con ello agradarlo.

-”¡Qué hombre bruto y cabezota es su padre, ese mayordomo que tuve en la finca!” -obtuvo como única respuesta. Pero no quedó ahí la cosa, continuando: -”El muy cretino se empeñó en dar estudios a todos sus hijos, ¡incluso superiores a uno de ellos!, y ahora anda como un desgraciado, solos él y su pobre mujer, sin que nadie le eche una mano en los quehaceres de su pedacito de tierra. El muy estúpido va a morir como un perro, convertido en el  más infeliz de los mayordomos. Se lo tiene merecido por ignorante y cabezota”. El doctor don José Juan le traía el parte de alta médica, después de una lucha ímproba de éste para salvarle la vida a don Anselmo Avellaneda.  

 

* La casa de mi tía agradece la gentileza de Erasmo Quintana

ERASMO QUINTANA RESEÑA

 

MANCHETA 9