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lunes, 04 de julio de 2022 08:01h.

De Tánger a Algeciras, con dolor - por Manuel Marrero Morales

Ningún ser humano es ilegal.

De Tánger  a Algeciras, con dolor - por Manuel Marrero Morales

En los últimos meses casi todos los días es notica la alambrada que separa a Ceuta o a Melilla del territorio marroquí. Unas veces, las concertinas, o los disparos "disuasorios" de la guardia civil a personas que, a duras penas flotan en el mar, otras, una avalancha humana desesperada que busca un lugar mejor donde vivir. En definitiva, nos lo quieren presentar como el asedio continuado a la fortaleza europea de las personas que huyen del hambre, de las guerras, de la represión o de la pura miseria. De personas, cuyo único delito es haber nacido en la parte pobre de la Tierra y aspirar a vivir con dignidad, si logran traspasar con éxito la cancela fronteriza.

Hace un par de semanas tuve ocasión de visitar Marruecos, entrando por el puerto de Tánger, procedente de Algeciras. Un país rico en culturas y en contrastes. Ostentación de riqueza en palacios reales y edificios públicos, en Mezquitas como la de Casablanca, construida en los años 90 con un coste de más de 600 millones de dólares, mientras, a menos de un kilómetro chabolas e indigencia.

Campos fértiles, bosques de cedro y pinos, inmensos palmerales, ganadería abundante y también una pobreza lacerante, claro indicador del desigual reparto de la riqueza, como ocurre entre nosotros. El marroquí es un pueblo acogedor, fraternal, entrañable, con un gran poso de sabiduría. Comerciantes hasta el tuétano, con un altísimo nivel de producción artesanal: alfombras, maderas, marroquinería, especias, telas, plantas medicinales, cerámicas, cobre, tintoreros,... Y en todos los lugares, públicos y privados, la omnipresente figura del Rey, jefe político y religioso. En las inmediaciones de los pueblos, en grandes caracteres, el lema de "Dios, patria y rey".

Y, a lo largo y ancho de todas las carreteras del país, bolsas de plástico abandonadas y policía, mucha policía. Me resultaba curioso, en contraste con el vecino Portugal, donde uno puede entrar por la frontera gallega y salir por Huelva sin encontrar ni un sólo policía en todo el recorrido, a no ser que haya una protesta que se reprime.

Atravesar el Atlas con restos de nieve, pasear por las numerosas y coloridas callejuelas del zoco de Fez, circular por las grandes llanuras que son preámbulo del desierto, dormir en las estribaciones de la Gran Duna, admirar el zoco de Marrakech una vez pasado frente a la Koutoubia (que sirvió de modelo para la Giralda de Sevilla) y, en mitad de un caos circulatorio, llegar a la Plaza Jemaa el Fna (Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad por su espacio, su multitud y su ambiente), visitar Ouarzazate, la ruta de las Kasbahs y los inmensos estudios cinematográficos de la Atlas Corporation, admirar los enormes cañones que atraviesan sus ríos, disfrutar de la costa y del pescado en la colonial ciudad de Essaouira (antigua Mogador, fundada por los portugueses), visitar Casablanca y admirar la Mezquita de Hassan II (con lámparas de cristal de Murano, mármoles de Carrara, madera de cedros del Atlas, y en la que trabajaron más de tres mil artesanos durante 6 años) dotada de alta tecnología para mover sus pesadísimas puertas y desplazar una gran parte de su techumbre para contemplar el cielo raso desde su interior, desplazarte en el moderno tranvía que une los extremos de la ciudad, pasar por Rabat, y hacer un alto en el camino en las proximidades de Larache. Exhaustos, con la retina y la tarjeta de la cámara repleta de emociones y sensaciones.

En los últimos años, las mujeres marroquies han avanzado en la conquista de alcanzar cierta igualdad legal de derechos frente a los hombres. Parece que, en este caso, el reconocimiento legal vaya por delante de las ancestrales prácticas y costumbres sociales. Los bares y lugares públicos en los pueblos a lo largo de las carreteras se ven llenos de hombres ociosos, que conversan en torno a un vaso de té (la bebida nacional por excelencia) o esperan a que el peculiar mecánico les arregle la bicicleta o el desvencijado automóvil "Mercedes", mientras las mujeres cubiertas o semicubiertas caminan con sus hijos y sus bolsas sin pararse. Y en el fondo del paisaje, cuelgan los corderos por fuera de las casas de comida y se suceden los puestos de frutas y hortalizas, junto a los fósiles del Atlas y las variadas ofertas artesanales de cada zona. Y siempre la dialéctica del regateo, a la que no logré adaptarme.

Alguna persona con la que hablé sobre Ceuta, Melilla, Canarias y la República Árabe Saharaui Democrática, me dejaba claro la reivindicación marroquí sobre las plazas de soberanía española, su clara posición de la no reclamación sobre Canarias y su férrea defensa de la pertenencia a Marruecos del antiguo Sahara español, un lugar -me decían- en el que tanto han invertido en infraestructuras diversas.

Los guías turísticos, controlados por el Estado (plaza a la que opositan), ganan su sueldo extra conduciéndote a que consumas en las pequeñas tiendas donde obtienen su porcentaje. Los que hacen el papel de "extras" en las zonas cinematográficas reciben entre 40 y 60 euros diarios por participar en una película. Los que cavan zanjas en las orillas de las carreteras apenas ganan 3 euros al día. Los bereberes que se dedican a guiar en 4x4 a los turistas pueden ganar unos 300 euros al mes y los que los montan a camello para subir a la Gran Duna, al parecer viven de los fósiles que logran ofrecer, que no vender, al caer de la tarde a sus clientes para que les ayuden. 

Desde pequeño, en el Sur de Tenerife, uno estaba acostumbrado a que los camellos formaran parte del paisaje. O a que pasaran por allí los "marchantes" saharauis, comprando y vendiendo animales: burros, cabras, camellos,... que ataban unos a otros en una larga fila. Los camellos, para descansar, siempre han obedecido a la voz de "fuche", que utilizaban los camelleros de mi pueblo y que volví a escuchar a los bereberes del desierto marroquí.

A pesar de estar advertido por algunos amigos, me sobrecogieron sobremanera las escenas de la ingente cantidad de niños, adolescentes y jóvenes, que desde Larache hasta Tánger intentaban ocultarse en los fondos de la guagua que nos transportaba. Lo hacían cuando estaba estacionada, mientras almorzábamos, pero lo hacían también, con sorprendente pericia, en cualquier semáforo donde tuviéramos que esperar medio minuto a proseguir nuestra marcha: llegaban corriendo, y desaparecían bajo los hierros de la guagua, hasta llegar al Puerto de Tánger, donde la policía marroquí, de forma violenta y expeditiva, los sacaba y los castigaba. Era un auténtico hervidero de chiquillos, todos varones, que a la desesperada buscaban engancharse a los bajos de una guagua, para poder acceder a un barco -para ellos prohibido y cuyo pasaje apenas cuesta 40 euros-, que los traslade hacia el mundo con el que sueñan.

Una tragedia diaria e incesante, que alguno logra superar, tras centenares de kilómetros, a pesar de los escáneres y los minuciosos registros policiales a ambos lados del Estrecho de Gibraltar.

Ningún ser humano es ilegal.