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08:29h. viernes, 04 de diciembre de 2020

Tendilla, de la memoria y la dignidad - por Francí Xavier Muñoz, diplomado en Humanidades y en Gestión Empresarial

El sábado pasado tuve la oportunidad de acudir a la presentación de un libro que, ahora, a muchos nos resulta imprescindible, a pesar de desconocer durante décadas las terribles historias que cuenta. El libro narra la represión franquista en el pueblo de mi familia materna, un pueblo de Guadalajara, y su autora ha recopilado durante años los testimonios de los familiares de las víctimas directas de aquella barbarie,

Tendilla, de la memoria y la dignidad - por Francí Xavier Muñoz, diplomado en Humanidades y en Gestión Empresarial

    El sábado pasado tuve la oportunidad de acudir a la presentación de un libro que, ahora, a muchos nos resulta imprescindible, a pesar de desconocer durante décadas las terribles historias que cuenta. El libro narra la represión franquista en el pueblo de mi familia materna, un pueblo de Guadalajara, y su autora ha recopilado durante años los testimonios de los familiares de las víctimas directas de aquella barbarie, cometida con la vil excusa de desterrar para siempre de España la democracia como forma de organización política. Contra lo que muchos piensan, el franquismo no solo fue un régimen fascista que intentó erradicar el sindicalismo, el socialismo, el comunismo o el anarquismo; también fue un régimen que persiguió a demócratas y liberales de derechas, tan republicanos como los progresistas y liberales de izquierda.

    “Tendilla. De la Guerra Civil y la represión franquista”, que así se llama el libro, documenta unos setenta casos de fusilados, desaparecidos o represaliados en un pueblo que, actualmente, no sobrepasa los cuatrocientos habitantes en invierno. Un pueblo con mucha Historia, así con mayúscula, pues sus condes fueron durante siglos personajes influyentes en las cortes de los reyes y en sus gobiernos. El más importante, el segundo Conde de Tendilla, que por encargo de los Reyes Católicos terminó en 1492 la conquista del Reino Nazarí de Granada y fue después Capitán General de dicho territorio y Alcaide de La Alhambra, títulos que heredarían algunos de sus sucesores.

    Como decía la autora del libro, Conchi de Luz, ha habido unos cuantos libros que han hablado de Tendilla, pero todos han pasado de puntillas sobre uno de los aspectos más tristes e injustos de su Historia, como ha ocurrido lamentablemente en tantísimos lugares de España hasta que la Ley de la Memoria Histórica ha ido facilitando la búsqueda de la verdad y la investigación de unos hechos que permanecieron silenciados y ocultos durante décadas. Una Ley que, por otro lado, se queda corta.

    Conchi de Luz ha puesto la primera piedra para que la verdad de un pueblo no se olvide, para que perdure la memoria de quienes arriesgaron su vida por la libertad y para que algún día se repare el daño cometido, pues ninguna discrepancia política puede justificar el terror y la represión de una parte de un pueblo sobre otro. Pasarán muchos años todavía para esa reparación. Quizá ni la autora del libro ni yo lo veamos, pero con su investigación, Conchi de Luz ha devuelto la dignidad a quienes nos legaron la inquebrantable firmeza de los valores democráticos, sepultados por cuarenta años de ignominia e ignorancia.

    Yo no sabía que Tendilla, el pueblo de mi familia materna, había sufrido la barbarie fascista. Me ha sobrecogido la cifra de asesinados y represaliados. A partir del sábado pasado mi percepción de ese pueblo ha cambiado radicalmente. Crecí de niño y adolescente pensando que los desastres de la Guerra Civil solo llegaron al pueblo en forma de heridos o muertos en el frente. Ahora, gracias a este impagable trabajo de investigación, he sabido que los desastres de esa guerra llegaron también en forma de odio personal y venganzas injustificables. Todavía falta que los responsables de crímenes y represiones tan execrables en todo el país ocupen un memorial de culpabilidad moral con nombres y apellidos, aunque para esto harán falta otras generaciones.

    Me emocionó la presentación de este libro porque yo conversaba mucho con mi abuela y le pedía especialmente que me contara aquella época de la República y la Guerra Civil. Y me contaba historias, pero nunca me habló de estos hechos represivos, no sé si por desconocimiento, por temor o por incomprensión hacia lo que fue una barbarie injustificable. Me acordaba de ella el sábado pasado, y me lamentaba de que no siguiera entre nosotros porque no sé qué cara habría puesto al conocer tantos casos de represión franquista en su pueblo. Yo no tengo mucho vínculo ya con Tendilla pero recuerdo en mi adolescencia y juventud ciertas conversaciones políticas que ahora, inevitablemente, me conducen a un hilo pasado, de décadas, donde se aprecia el odio transmitido y heredado. Y siento repulsa porque ahora entiendo el por qué de algunas de esas ideas en ciertas personas, ideas no amparadas en discrepancias políticas sino en odio visceral al adversario.

    Conchi de Luz ha recopilado una de las historias de Tendilla, la más trágica, que se ha mantenido oculta al público, en la intimidad de algunos hogares, y a veces ni tan siquiera eso. Su libro, además de despertar la memoria, rescatar el olvido y dignificar a las víctimas, será un referente acreditado en la recuperación de la Memoria Histórica de Guadalajara y, creo, que también será un precedente de futuros actos y textos reivindicativos de esa Memoria Histórica de Tendilla, a la que todavía le falta mucho recorrido y que la autora, con su libro, ha iniciado. Desde aquí mi enhorabuena por su esfuerzo, tesón y valentía. En realidad, el motivo de este artículo sobre su libro fue ver el sábado cómo mi madre y mis tías, sin tener familiares directos represaliados,  lloraban al conocer la brutal represión ejercida contra familias de las que fueron amigas en su infancia. Y ahí me di cuenta del cambio de percepción sobre el pueblo que ahora tendremos muchos, una percepción más triste pero, indudablemente, mucho más justa. Todo gracias a la recuperación de la memoria de unos hechos que, intencionadamente, se han mantenido ocultos durante demasiadas décadas.

    Desde hace once años no puedo ya disfrutar de aquellas conversaciones con mi abuela en las que yo intentaba sonsacarle historias de aquel período tan trágico de la Historia de España. Eran ratos dispersos, aprovechando algún despiste en las tareas cotidianas, tanto en el pueblo como en Madrid, en las temporadas que pasaba en casa. El sábado pasado recordé cómo se perdía su vista y se ralentizaba su voz cuando su relato, por mi insistencia, bajaba de lo general a lo particular e intentaba, siempre sin éxito, conocer casos concretos de represión que yo ya iba conociendo de otros lugares. Mi abuela nunca se refirió a otros casos que no fueran el de familias que perdieron a algunos de sus miembros en los frentes de la guerra, como soldados. De lo demás, o no sabía o, sabiendo, guardó un silencio absoluto, como así han hecho cientos de miles de familias en este país. El sábado pasado mi sorpresa fue comprobar que yo no era el único que desconocía tantos casos de represión; personas de sesenta, setenta u ochenta años, también los ignoraban. Por eso, libros como éste, al igual que los muchos que han ido escribiéndose a lo largo de los últimos años, tienen un valor incalculable pues la mayoría se han escrito por el esfuerzo particular de sus autores y de los testigos herederos de aquella barbarie, sin mucha colaboración o ayuda por parte de administraciones e instituciones públicas.

    No habrá reconciliación posible ni cicatrización de heridas hasta que las víctimas de la represión franquista tengan el reconocimiento y homenaje debido por parte del Estado democrático de Derecho, algo que lamentablemente ningún Gobierno se ha atrevido a hacer todavía. La Ley de la Memoria Histórica es un paso, sin duda, pero no el que hay que dar para alcanzar la verdad, justicia y reparación que cientos de miles de familias tienen derecho a recibir de un Estado democrático que ha superado los oscuros tiempos de la dictadura, como así se ha hecho en otros países con experiencias similares. La lucha de estas familias seguirá siendo la lucha de muchos de nosotros que, sin rencor pero sin olvido, sin odio pero con dignidad, no cejaremos en el empeño de ver reconocido públicamente el sacrificio de una generación de españoles que intentó construir el primer Estado social y democrático de Derecho de nuestra Historia. Mientras tanto, como decía mi abuela, “que no se repita aquel odio”.