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15:39h. Jueves, 23 de enero de 2020

Tiempos violentos: del discurso del miedo al discurso del odio - por Marco Lojo

MARCO LOJODecir hoy en día que estamos entrando en “tiempos violentos”, parece o un mal chiste o un ejercicio de puro cinismo.

Tiempos violentos: del discurso del miedo al discurso del odio - por Marco Lojo Jiménez *

Decir hoy en día que estamos entrando en “tiempos violentos”, parece o un mal chiste o un ejercicio de puro cinismo. No sólo porque alrededor nuestro, centenares de personas son víctimas del desempleo o de los desahucios, de unos recortes y de una pobreza material –incluso cuando se trabaja -, sin que el Estado haga poco o nada por paliar su situación –cuando no es directamente el causante de la misma. Es imposible olvidar, en ese sentido, aquel cartel del 15M que decía aquello de “violencia es cobrar 600 euros”. Sino también, sobre todo, porque, como bien afirma el profesor Ciro Mesa, en el capitalismo, su propia normalidad sería la catástrofe[1]. Parece no recordarse la cifra de trabajadores fallecidos en los mal llamados “años de bonanza” previos a la crisis –1352 en el 2006-, las muertes en las costas atlánticas y mediterráneas de miles de refugiados económicos -23.000 hasta 2014-, o el hecho de que el desempleo, sin llegar a cifras tan escandalosas, nunca ha estado por debajo del 8%. El tiempo del capital es tiempo de violencia, de saqueo indiscriminado de la naturaleza y los seres humanos, de opulencia a costa de la miseria generalizada, de ingentes recursos económicos para la industria de la guerra y de la muerte.

Sin embargo, no se trataría de la violencia estructural inherente a este sistema, sino a la actualidad de un cambio de ciclo especialmente violento, unos “tiempos violentos” en los que, a nivel europeo y norteamericano, crece el racismo, la xenofobia y la ultraderecha; en los que la reacción gana posiciones en Latinoamérica contra el reparto de la riqueza con golpes de Estado blandos, y en los que las guerras se afianzan y las fronteras se repliegan así misma con más vehemencia, con más miedo, pero sobre todo, con más odio.

El discurso del odio gana adeptos: odio al emigrante, al extranjero, odio al musulmán, odio al diferente, pero, sobre todo, odio de clase. Las tertulias televisivas y telediarios mediáticos, culpan en sus comentarios de estilo socioliberal y neoliberal al surgimiento de “populismos de derechas y de izquierdas”, que “ambos extremos se tocan” y que, la “democracia” queda atrapada en el medio. Que frente a Boris Johnson y Donald Trump, frente a Jeremy Corbyn y Bernie Sanders, existiría un espacio democrático encarnado por por Hollande y Angela Merkel, por Tony Blair y Felipe González, o por la bélica Hillary Clinton.  Nada más lejos de la realidad, fueron Ángela Merkel y Francois Hollande los que decretaron el “fin del multiculturalismo”, los que han apretado las tuercas a emigrantes y trabajadores -con la última vuelta criminal que representa el acuerdo con Turquía para abandonar a los refugiados a su suerte-, y los que han aplaudido y participado en las últimas intervenciones imperiales –organizadas por Hillary Clinton precisamente- para desestabilizar un mundo cada vez más amenazado por una crisis humanitaria y ecológica sin parangón. Por no hablar de Blair y González, que no han dudado en utilizar la “diplomacia” para afianzar ese negocio abyecto de “sangre por petróleo”.  

Pero mientras apuntan a los “populismos”, los medios de comunicación disparan a sus propios chivos expiatorios de la crisis de régimen que vivimos en este Reino, que no son los que precisamente están siendo enjuiciados por malversación de caudales públicos y tráfico de influencias en los tribunales. No son esas personas corruptas que, según un reciente informe, serían los causantes de la pérdida en recaudación 87.000 millones de euros al año[2], con lo que se habría podido recuperar recortes en sanidad, educación o dependencia, ocasionando un auténtico drama para miles de familias.

Serían, según esos medios de comunicación, los que precisamente encarnan las alternativas para los damnificados de este sistema y de este régimen, cada vez más decadente y corrupto.

Del discurso del miedo, se ha pasado a un agresivo discurso del odio, que se venía gestando en periodistas de la caverna (Federico Jiménez Losantos, o aquí en Canarias el inefable Pepe López), para ahora llegar a programas de máxima audiencia como es “Espejo Público”. Ha sido impresionante ver el ensañamiento con Diego Cañamero, de unos periodistas decididos a señalar al sindicalista y ahora diputado por Jaén como un vulgar criminal. 

Al jornalero andaluz, defensor de los trabajadores y trabajadoras del campo, había que marcarlo a hierro como se marca al ganado: se destila el odio de clase en cada intervención de los periodistas, en lo que la entrevista se tornó ya no en juicio –como pasaba en otras entrevistas con otros componentes de la formación morada-, sino en un auténtico escarnio. Un espectáculo lamentable en que, lejos del respeto a cualquier código deontológico, se procura su ridiculización por llevar la defensa de un trabajador al Parlamento, se le acusa de tramposo por su honestidad en servir a los jornaleros también en el Congreso de los Diputados, y se trata de criminal por la defensa de un compañero, Andrés Bódalo, al que se le ha sido juzgado injustamente.

Tal vez les duela a ese “Tribunal de Orden Público”, que a sus increpaciones e insinuaciones –que no preguntas- les respondiese Cañamero sin perderla calma ni la dignidad. Tal vez les revolviese el hecho de que un jornalero fuera capaz de dialogar con más pericia e inteligencia que unos profesionales de la tertulia.

Pero esta entrevista anecdótica, puntual, aislada, no deja de expresar lo que va a constituir un síntoma de estos tiempos: del miedo previo a las elecciones, ha de fabricarse un nuevo chivo expiatorio ante los nuevos recortes que el próximo gobierno no va a dudar en ejecutar y las reformas que vendrán, en un contexto en que el TTIP o TiSA marcan los hitos contra los pueblos y los trabajadores. De Argentina a Turquía, de Reino Unido a Brasil, el odio ha de ser inoculado en buena parte de la población, para que la ruleta rusa de los poderosos siga apuntando a nuestras cabezas.

La entrevista de Diego Cañamero no es sino muestra de hacia dónde quieren llevarnos. Lo que debe quedarnos claro, es adónde queremos ir nosotros y nosotras: y de ahí, la actualidad de la disyuntiva que Rosa Luxemburgo señaló hace casi cien años, mientras el mundo salía de un enorme charco de sangre. Si queremos continuar  con un modelo contra el planeta, contra las mujeres y los hombres, o si queremos preservar lo mejor de nuestra cultura, de nuestra civilización, entendida como aquellos lazos y recursos creados entre hombres y mujeres durante siglos, avanzando hacia la solidaridad y la igualdad real como modelo de vida colectiva. En su síntesis genial: Socialismo o barbarie.

 

[1] ““catástrofe” no señala el derrumbe del vigente sistema social, sino la maldición que el poder del capital, a través de su propia perpetuación, proyecta por la naturaleza externa e interna, la vida dañada de tantas maneras, la desposesión y aniquilación de etnias y culturas. No el desastre del capitalismo que colapsa, sino del mundo desolado por la valorización del valor.” Ciro Mesa Moreno, “Capitalismo y catástrofe”, accesible enhttps://haciaelcapital.wordpress.com/2011/03/18/capitalismo-y-catastrofe/

[2] http://www.lasexta.com/noticias/nacional/corrupcion-cuesta-87000-millones-euros-ano-espanoles_201602205723c4df6584a81fd8820c76.html

 

* En La casa de mi tía por gentileza de Marco Lojo