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03:57h. sábado, 29 de enero de 2022

Aquel “tito” apendicítico en Urgencias - por Nicolás Guerra Aguiar

Por aquello de los contrastes climáticos y las inflamaciones amigdalíticas acudí una fría mañana granaína a Urgencias. Eran las 10 de un día laborable. Mas la presencia de tanta gente parlanchina en la sala de espera me hizo dudar de mi ubicación semanal. Pero sí, se trataba de un miércoles obreril.

Aquel “tito” apendicítico en Urgencias - por Nicolás Guerra Aguiar *

   Por aquello de los contrastes climáticos y las inflamaciones amigdalíticas acudí una fría mañana granaína a Urgencias. Eran las 10 de un día laborable. Mas la presencia de tanta gente parlanchina en la sala de espera me hizo dudar de mi ubicación semanal. Pero sí, se trataba de un miércoles obreril.

   Al oír tal atronamiento lingüístico no relacioné urgencias con altísimo cacareo, pues si aquellas once personas necesitaban de un médico, una de dos: o yo estaba ya en el limbo o habían ido a pasar el rato con la excusa de un supuesto dolor, a fin de cuentas el lugar era asocadito frente a los tres grados del exterior. Por tanto, me hice a la idea de que allí pasaría varias horas.

   Y como no era prudente releer la guía sobre rutas taperiles que siempre llevo en el bolsillo como práctica de memorización (tampoco quedaba bonito que un enfermo de urgencias tuviera ánimos para tales exquisiteces), me resigné: que sea lo que Dios me tiene preparado. Y acomodé mi grácil cuerpo en una silla algo dura para el trasero, aunque la culpa es mía por no tenerlo rellenito de las pertinentes esencias glúteas.

   Pero tal como se plantea Pepe Monagas en torno a qué puede pasar tras la unión de un ser y otro ser de sexos distintos, ¿qué puede uno hacer en tales circunstancias hospitalarias? Pues eso: recibir las avalanchas de mensajes sonoros allí dominantes y de cuyos contenidos me tenía que enterar, tales eran las intensidades ya estudiadas por Tomás Navarro Tomás en “Cualidades físicas del sonido”. 

   Pero al paso de los minutos la cosa se fue poniendo interesante. Al principio cada persona contaba sus experiencias médicas con exquisita minuciosidad. Todas asentían como si ya conocieran al detalle las historias clínicas ajenas, cosa curiosa. Lo cual me llevó a la conclusión de que no solo se conocían sino que, además, sus relaciones eran estrechas. Y en efecto, así fue: había lazos familiares e, incluso, algunos eran de hermandad.

   Tras siete minutos convergen en los dolores muy fuertes que se dan con la “apendesiti”. Pero hete aquí que todas ellas se estaban refiriendo al tito Manué que “anoche durmió mu mal, ¡pobrecico, lo que tuvo que aguantá! ¡Qué hombre es el tito; por no molestá, ni se quejaba! Menos mal que yo sabía de qué venían los dolores, y llamé a lambulancia, que se lo trajo enseguida. Por cierto, Eduardico, ¿quién está en la tienda? El dinero de ayer tiene que estar en la casa, pues él siempre ingresa en el banco al día siguiente”.

   Con lo cual concluí que el tito es soltero y que maneja dinero. Además estaba cargado de sobrinos y otros que lo entrañaban mucho, lo querían más, lo adoraban sobremanera: ocho de las once personas sentadas velaban desde urgencias la hospitalización del amado tito, y ya empezaron a insinuar que no se le podía dejar solo ni un minuto, lo bueno que el tito había sido con todos ellos. Y cuando alguien comentó que si lo llevan a planta yo me quedo con él esta noche, seis voces más gritaron al unísono que ni hablar, que tú tienes a tu Jose en cama y que tienes que atenderlo. Pero o su Jose no estaba tan mal o, acaso, su costilla amada le imponía la soledad. Otra sobrina, más comedida, propuso que esperaran a ver qué pasaba y, después, harían turnos, pero ella sería la primera porque los niños estaban ya con la otra abuela, que así se vería obligada a cuidarlos: ¡desde que enviudó se pasa el día en la calle con las amigas, tiene un rostro…!

      Pero el tito había dejado otras preocupaciones a sus sobrinos del alma. Así, uno preguntó que quién se haría cargo de la caja ese día. Otro dijo que, por supuesto, el Sebastianico, que lleva treinta años con él en la tienda. Pero la Maruja añadió sabiamente que no, porque quien evita la tentación evita el pecado: “Lo haré yo”, dejó caer.  Y cuando el Antonio comentó que mucho ojo con la Manolica, aquella lagarta que lo tiene hasta abobado al tito, ya supe que el hombre tenía sus querencias.

   Otra fue contundente: “La Manolica (lleva treinta años con él) tiene llave de los cajones, así que alguien ha de quedarse todo el día en la casa por si ella se dedica a revolver, que hay cosas de mucho valor; y de los documentos de los cortijos que el tito pasó por el registrador, nadie sabe nada. (Por cierto: ¿le entregó a alguien copia del testamento? Porque si le  deja las tres casas a aquella lagarta y al hijo que no es de él, me dijo mi hija que estudia Derecho que se puede echar abajo si lo internamos en un manicomio. Porque no es justo que aquella bruja se quede con todo”.) 

   Siempre he respetado a los médicos, por supuesto. Pero a aquel puñetero que me llamó en el momento más interesante no le pago ni una caña si me lo encuentro en una taberna, juraíto por Dios. Por tanto, más nada pude saber del amadísimo tito solterón, del queridísimo tito, del recargadísimo propietario tito. Pero cuando el hombre salga del  hospital –si sus sobrinos no lo secuestran antes-, juro que lo buscaré por Granada para contárselo todo.  Porque bien es cierto, le diré: “Hay amores sobriniles que matan”. 

* Publicado con autorización del autor