Un tema le lleva a Enrique al otro. Uno es el fuerte potencial que tiene, lamentablemente, la red para propagar bulos, informaciones segadas, documentos de titularidad apócrifa. Cita Enrique al Gabo, a Borges o a Neruda, como firmas víctimas de estas manipulaciones; y yo añado, sin pretensión de colmar la lista, a Sampedro o a Pérez Reverte, a cuyos teclados se ha llegado a atribuir tacos y groserías.
Pero de ahí, Enrique se pasa al segundo sensible problema: la estrategia sistemática de descalificación de lo público y del noble ejercicio de la política. En internet se ha propalado una absurda cifra a que ascendería el estamento político en el estado español, que se fijaría en un orden cercano al medio millón. Me niego a citar siquiera la cifra exacta, para solidarizarme de esta manera con Enrique, a quien escuché hace poco enzarzado en una absurda polémica a que le arrastró un obtuso oyente de EL ESPEJO CANARIO de 7.7 RADIO.
Pero, a lo que voy. Que es a lo que va Enrique. El hecho incuestionable y lamentable de que haya una multitud de sinverguenzas que han hecho de la política y la gestión pública herramientas para sus fechorías, no quiere decir que, ni la política, ni la gestión pública, ni tampoco todas las personas que se dedican al servicio de los y las demás, puedan ser anatemizados de la manera brutal que se está haciendo. Y, desde luego muchos menos se puede hacer con datos falsos. Esa cantidad de gente dedicada a la política que se ha hecho correr por la red como dedicados a la política es falsa, tal como se ha tomado el trabajo de demostrar Enrique, con unos sencillos cálculos.
Los incondicionales -como yo- de Leonard Cohen, alabarán -como hago yo- el gusto de Enrique recomendando tomar el vals del canadiense:


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