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17:56h. sábado, 15 de agosto de 2020

Un gobierno en rebeldía, un sistema intolerable, una constitución inaguantable - por Chema Tante

Ya la rebeldía la empezó Soraya S.S. con su singular teoría de que un gobierno en funciones no puede ser controlado por un Parlamento al que no debe confianza. Ahora, asunto de la asistencia del presidente de ese gobierno en funciones a una cumbre europea, los partidos mayoritarios en el Congreso han expresado su voluntad de que el presidente comparezca en la Cámara para encargarle se oponga al abyecto acuerdo con Turquía, con el que la Comisión pretende rehuir ilegalmente su deber de asilo a personas refugiadas. Y el presidente de un gobierno, no ya en funciones, sino en rebeldía, se niega a respetar la voluntad parlamentaria mayoritaria. Y yo digo que la culpa de todo esto la tiene un sistema y una constitución que, contra lo que piensa tanta mente beata, son una calamidad. Razón tenía Franco, con lo de "atado y bien atado".

Un gobierno en rebeldía, un sistema intolerable, una constitución inaguantable - por Chema Tante

Ya la rebeldía la empezó Soraya S.S. con su singular teoría de que un gobierno en funciones no puede ser controlado por un Parlamento al que no debe confianza. Ahora, asunto de la asistencia del presidente de ese gobierno en funciones a una cumbre europea, los partidos mayoritarios en el Congreso han expresado su voluntad de que el presidente comparezca en la Cámara para encargarle se oponga al abyecto acuerdo con Turquía, con el que la Comisión pretende rehuir ilegalmente su deber de asilo a personas refugiadas. Y el presidente de un gobierno, no ya en funciones, sino en rebeldía, se niega a respetar la voluntad parlamentaria mayoritaria. Y yo digo que la culpa de todo esto la tiene un sistema y una constitución que, contra lo que piensa tanta mente beata, son una calamidad. Razón tenía Franco, con lo de "atado y bien atado".

Todo el mundo se queja de las complicaciones, en especial administrativas, que se derivan de esta situación de gobierno en funciones, en tanto las distintas fuerzas con presencia parlamentaria se ponen de acuerdo -o no- para formar gobierno. Un fenómeno político que no tendría que trastornar el funcionamiento normal de la maquinaria del estado ni de la economía.

Pero lo hace. Se oyen voces que indican que no llegan las inversiones estatales, que las perspectivas económicas derivan al pesimismo, por estar el gobierno en funciones. Algo que no ocurre en otros países, en los que es frecuente que se dilaten las negocicaciones para formar alianzas gubernamentales. 

Yo digo que la complicación que estamos viviendo, que está angustiando a las sociedades del estado español es fruto de la malignidad del sistema heredado del franquismo, que otorga excesivo poder a uno de los pilares del estado de derecho, el poder ejecutivo, que puede mangonear todo, desde la administración hasta los otros dos poderes. Un sistema que, para mayor calvario democrático, favorece injustamente a los partidos hegemónicos que han mantenido hasta ahora esa preponderancia en su mismo poder, en un círculo vicioso que le ha costado mucho romper a la voluntad popular. Es lo que ha conseguido ahora, pero la misma indefinición de la Constitución conturba el cambio de gobierno.

Porque la Constitución, que hay quien dice "que todos nos hemos dado", es en realidad una chapuza inasumible. Una Constitución que sirvió, y muy bien, para superar las dificultades presentadas por el abandono de un poder dictatorial absoluto que se resistía a seguir a la tumba al déspota difunto. Un texto contradictorio que hubo que aceptar en aquel momento, para evitar el forcejeo de quienes no digerían la democracia. Una Constitución parcheada que quienes sí entendían la democracía aceptaron, como mal menor, pero que los partidos que obtuvieron entonces la supremacía se guardaron mucho de cambiar. Con ello, cambiaron una dictadura feroz, pero siempre obediente a los dictados del poder económico, por otra, más suave, con fachada de democracia, pero igualmente sumisa a quienes tienen el dinero.

Ahora es el momento, no de cambiar la Constitución, que ese momento hace mucho que llegó, sino de poder hacerlo. Todavía queda la barrera de un partido de derecha cerril que se negará a todo cambio. Pero murallas más altas han caído. Ha llegado el tiempo de empezar por fin el proceso constituyente que produzca un texto que consagre la división de poderes, que establezca las potestades supremas de las cámaras legislativas y que proteja la autonomía absoluta del poder judicial. Una Constitución que elimine la exagerada preponderancia de los órganos de dirección de los partidos y que consiga el acercamiento de la gente a las personas que la represente.

Mientras tanto, ahora lo más urgente es doblegar a este gobierno rebelde, para obligarlo a acudir al Parlamento y a obedecer sus instrucciones.