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03:28h. sábado, 29 de enero de 2022

Sobre las africanadas pelotas de goma - por Nicolás Guerra Aguiar

   Si no fuera porque quince vidas de quince jóvenes ilusiones murieron en el intento de entrar a Europa (aunque se trate de tierras africanas, las melillenses), sería para echar a coña las declaraciones del señor Martínez, todo él secretario de Estado de Seguridad del ministerio del Interior y, por tanto, segunda autoridad en el mismo.

Sobre las africanadas pelotas de goma - por Nicolás Guerra Aguiar

   Si no fuera porque quince vidas de quince jóvenes ilusiones murieron en el intento de entrar a Europa (aunque se trate de tierras africanas, las melillenses), sería para echar a coña las declaraciones del señor Martínez, todo él secretario de Estado de Seguridad del ministerio del Interior y, por tanto, segunda autoridad en el mismo. Porque este señor declaró el miércoles en el Congreso de los Diputados que los disparados cinco botes de humo y ciento cuarenta y cinco pelotas de goma en torno a los negros que pretendieron la entrada no produjeron “episodios de pánico en los subsaharianos que estaban en el agua”. O lo que es lo mismo, que todos ellos –incluidos los supuestos impactados- permanecieron impasibles, serenos y relajados mientras volaban a su alrededor aquellos elementos de noventa gramos (caucho y resinas especiales) contenidos en cartuchos, impulsados estos por “muy potente pólvora” (explicó un perito ante la muerte del joven Íñigo Cabañas a causa de una pelota que impactó en su cabeza tras disparos de la Ertzaintza en 2012).

   Descartadas las escalas de ansiedad, miedo y terror, el señor secretario de Estado usa la voz “pánico” (en este caso, ausencia de) o, lo que es lo mismo, miedo extremado que con frecuencia es colectivo y contagioso. Es decir, que aquellos negros metidos en el agua (quizás no medallas olímpicas de natación) dominaron con tal control sus mentes que nada les afectó: ni disparos, pelotas, frío, la profundidad de la mar, la absoluta inseguridad de qué iba a ser de ellos… Ni tan siquiera se impresionaron porque tres de las tres únicas salidas estaban bloqueadas: alta mar era la muerte segura;  y las costas marroquí y española estaban controladas por fuerzas policiales.

    Serenidad, estoicismo o imperturbabilidad, pues,  son las palabras que definen sus estados de ánimo según el señor secretario de Estado. Y que alguno de ellos sufriera el impacto de una pelota no fue causa suficiente para que gritara o pidiera auxilio ante el dolor. El brujo de la tribu habría conseguido lo que, en principio, estaba reservado a la psiquiatría oriental: el perfecto y absoluto dominio de la mente.

   Porque no emitieron ni tan siquiera susurros quienes estaban viendo cómo Ella los rondaba entre sonoridades de los disparos; muy al contrario, serenaron sonidos guturales, articulaciones lingüísticas y cadenas fónicas en cuanto que eran conscientes de que si no toda África, sí al menos los miraban paisanos en lo negro. Y por eso aconsejaron –dentro de sus capacidades- que hicieran el cristo, que flotaran sus cuerpos, que dejaran actuar a las leyes físicas, las cuales permiten mantener a flote los cuerpos de los humanos si estos no manotean, si no pierden el control de la psique, del alma humana que nos diferencia del resto de los animales.

      No, en absoluto. Nada “panicó” a aquellos negros que intentaron entrar en España por tierras melillenses, Tarajal. Porque ellos -hábiles oteadores desde lontananzas (vivieron la sabana africana)- habían captado a través de sus pupilas comités de recepción, algarabías europeas, cortejos armoniosos que cantaban a los dioses y les elevaban sus plegarias rogatorias para que todos los negros, todos, fueran empujados por las corrientes y sin mayores esfuerzos depositaran sus cuerpos en la costa euroafricana, es Europa, es el Edén, es el Paraíso. Al fin, por fin, habían encontrado la mano del blanco, aquella especie cuyos padres y abuelos odiaban porque los habían esclavizado, o les habían robado a sus hijos; e, incluso, hasta se quedaron con sus tierras, diamantes, petróleo, bosques y riquezas naturales…

   No, no, en absoluto: eran otros blancos distintos. Aquellos jóvenes negros que nunca sintieron pánico mientras estaban en el agua y movían sus brazos y sus años jóvenes para llegar a tierra antes de que las fuerzas se agotaran, quizás evocaron a Rubén Darío cuando cantó la entrada triunfal de la legión romana. Por eso no sintieron pánico, en absoluto. Los fusiles que disparan pelotas de goma para marcar límites con “criterios de proporcionalidad, congruencia y oportunidad que establece la Ley de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado con carácter disuasorio” en ningún momento se dirigieron contra los inmigrantes, en absoluto. Muy al contrario, eran claros clarines, trompas guerreras, largas trompetas que anunciaban la buena nueva de su llegada. Y lo que tronaban cual disparos solo eran voladores que se lanzaban a los aires como muestras de alegrías, cual las procesiones. Y las gentes preparaban ungüentos por si alguno aparecía herido tras un roce con salientes rocosos, gigantescos mejillones o clacas marinas. Tales bálsamos recordaban porque, como en El Quijote,  a la manera de Alonso Quijano, guardaban en sus memorias las recetas, y con ellos “no hay que tener temor a la muerte, ni hay que pensar morir de ferida alguna”, el bálsamo de Fierabás es milagroso.

   Sin embargo, señor secretario de Estado, no hubo serenidades, sosiegos, placideces. No se trataba de espacios campestres renacentistas como los de nuestro paisano Cairasco de Figueroa en que los pintados pájaros hinchan el aire de varias músicas. Allí, señor secretario de Estado, hubo disparos de pelotas de goma, aunque ustedes tardaron en reconocerlo. Y hubo botes de humo. Y hubo guardias civiles a los que alguien dio la orden de disparar para persuadir o quizás para impedir, eso queda pendiente.

   Por tanto, no es rigurosa (más: no es seria) su afirmación de que no se produjeron escenas de pánico. Aquellos desgraciados no llegan, precisamente, de países con regímenes democráticos. Tales gobiernos corrompidos usan las armas (que les venden, entre otros, España) para matar. Así, cuando los negros vieron uniformes, localizaron fusiles, escucharon estallidos de armas de fuego, sintieron las pelotas de goma, fueron oscurecidos por los humos de los botes…, sí recorrieron sus cuerpos no ya el miedo, sino el pánico, el terror. Y eso, quizás, coadyuvó directamente a que se ahogaran. No era la intención, por supuesto. Pero estoy seguro de que así pasó. 

 

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