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14:24h. Miércoles, 14 de Noviembre de 2018

Aniversario del asesinato de Los Diez del Dómine, Talavera de la Reina, 13 de septiembre de 1936 - por Agustín Millares Cantero y Maximiliano Paiser Medina

 

FRASE MILLARES PAISIER

Nota de Chema Tante: En el empeño de seguir desmontando los bulos e infundios sobre las supuestas bondades del franquismo y en el convencimiento que los pueblos que no asumen su historia caen en la psicosis, creo un deber publicar este nuevo testimonio de Agustín Millares Cantero y Maximiliano Paiser Medina, de la multitud de crímenes perpetrados por los rebeldes contra la República, a sangre fría y no solamente tolerados, sino alentados por sus mandos. En este aniversario de su muerte y todos los días, los diez isleños del Dómine, junto con las muchas más personas asesinadas por el franquismo, reclaman justicia histórica.

Aniversario del asesinato de Los Diez del Dómine, Talavera de la Reina, 13 de septiembre de 1936 - por Agustín Millares Cantero y Maximiliano Paiser Medina​ *

En la alborada del miércoles 9 de septiembre de 1936 fondeó la motonave Dómine en la ría de Vigo, llevando a bordo a la Primera Bandera de Falange de la provincia de Las Palmas, con diez supuestos “rehenes” de la izquierda insular. La travesía, prescindiendo del sobresalto de los teóricos buques leales a la República, discurrió “con un mar tranquilo” y fue “muy agradable”, al decir del corresponsal del diario Hoy. Extremó el teniente de navío Martel sus atenciones hacia los falangistas y su “comandante militar”, el teniente burgalés Alfonso Ruiz Larrea, estuvo pendiente en todo momento de que “lo pasaran lo mejor posible”. Hubo misa y convite por la festividad de la Virgen del Pino, supuestamente a propuesta del empleado municipal palmense Prudencio Doreste Morales, uno de los expedicionarios. Los alborozos generales de la cubierta mostraban un contraste agudo con el ambiente de las bodegas o de cualquier otro subsuelo que guardase a los retenidos.

DÓMINE

Sobre el casco de la motonave atracada se ofició la segunda misa a la que asistieron el comandante de Marina y otras autoridades. El desembarco se produjo a las 13 horas del mismo día 9 con un gentío en el puerto que “aclamaba sin cesar”: el Cara al Sol entonado “por cuantos allí se hallaban”, abrazos y ovaciones. Detrás de los agasajos oficiales al jefe de la expedición, desfile e intervalo de asueto por la ciudad. La rememoración de la escala en Vigo hechizó a muchos de los centuriores al proseguir la ruta, aupada sobre flirteos de apariencia inocentes. Pero “los novios de la guerra” no solo “buscaron entre aquellas simpáticas galleguitas las primeras madrinas que les hicieran distraídos los ratos duros de la campaña”. Otros escrutaron directamente los burdeles y, al menos uno de ellos, contrajo una enfermedad venérea que lo retuvo en el Hospital de Cáceres una temporadita.

FALANGISTAS LAS PALMAS EN TALAVERA

La milicia de los “rapaciños valientes” desfiló otra vez al encaminarse hacia la estación de ferrocarril a las 19 horas, entre vítores y llantos, poseída de un “júbilo inmenso”. Seguramente esposados debieron acceder los “rehenes” a uno de los vagones. El “tren especial de Galicia” no se puso en marcha hasta las 11 de la noche y, “al paso de un burro enfermo”, atravesó varias estaciones sin detenerse. Por fin paró, brevemente, en Astorga y luego en Salamanca, hasta llegar el convoy a Cáceres a las seis horas del día 11. Allí los agasajó el Casino de la Concordia con un lunch, “por ser la primera fuerza que llegaba a la Península después de Regulares y Legionarios”. Durmieron en la escuela de un suburbio y, al toque de diana, el Círculo Mercantil los invitó a un refrigerio. El “comandante” Ruiz Larrea logró, al parecer, cumplimentar en persona a Franco en su cuartel general del palacio de Los Golfines.

Incorporada a la retaguardia de la columna del coronel falangista Juan Yagüe Blanco, la Primera Bandera inició en la mañana del día 12 el recorrido a Talavera de la Reina (Toledo), inicial emplazamiento asignado, tras otra de las exhibiciones marciales. Se detuvieron en Oropesa y alguien les arengó. Desde Navalmoral de la Mata, en la línea ferroviaria Lisboa-Madrid y a 60 kilómetros de Talavera, el “comandante” envió un telegrama a las 20 horas, cursado al capitán médico Emilio Ley Gracia, pidiendo la remisión de “tabaco canario y americano en cantidad” y de un automóvil Buick del voluntario Eufemiano Fuentes Díaz, modelo de lujo de la General Motors estadounidense.

Unas ocho horas tardó el destacamento en cubrir, ante un espacio bélico, la distancia entre Navalmoral y Talavera. Hacia las 4:00 horas del domingo 13 de septiembre hizo, pues, su entrada en esta población. El nuevo cable de Ruiz Larrea a la Comandancia Militar de Las Palmas, dando la novedad, se recibió 45 minutos más tarde. El enviado especial de Hoy, sin embargo, planteó que las centurias de la Falange isleña entraron el día anterior en la localidad y, en cuanto al autor de Ocho meses de campaña, el citado Prudencio Doreste, solo apuntó que llegaron a “las seis de la tarde, ya obscurecido”; opinamos que ambos se equivocan.

La cuestión ofrece interés para nosotros, porque la visión común señala que el magnicidio de los diez del Dómine se materializó al poco de acceder a Talavera y conviene ubicarlo con la mayor exactitud permisible. Sostenemos, en síntesis, que tuvo lugar antes de romper el día 13 de septiembre, una vez afrontados los preparativos del alojamiento de la Bandera. A tal fin le asignaron “un convento convertido provisionalmente en cuartel”. Se trató del Convento de las Hijas de María, apodado por los talaveranos de Las Domingas por hallarse en la calle de Santo Domingo.

Muy próximo está el Puente de Hierro, lugar donde situamos la matanza. Apenas comenzaron a instalarse, algunos falangistas oyeron disparos que provenían del río. El 13 de diciembre de 2013 recorrió la zona Maximiliano Paiser escoltado por el historiador Benito Díaz Díaz, de la Universidad de Castilla-La Mancha, y Emilio Sales Almazán, del Foro de la Memoria Histórica de Toledo. La distancia entre la Estación de tren y el Convento puede andarse en 20 minutos y de aquí al Puente en la mitad del intervalo. Luis del Real comentó en su reportaje del día de marras: “A poco de llegar, me encontraba en uno de los puentes, admirablemente construido, contemplando la ciudad bajo un sol maravilloso”. Todo sugiere que estuvo cercano a los perpetradores de la carnicería poco tiempo atrás, al filo del amanecer y cuando aún la penumbra los ocultaba de cualquier eventual transeúnte.

LOS DIEZ DEL DÓMINE

El convencimiento sobre el asesinato de los “rehenes” del Dómine fue prácticamente absoluto desde la época. Los familiares y conocidos, los viejos militantes de las izquierdas y hasta no pocos falangistas de la expedición o ajenos a la misma, supieron del exterminio y mentaron la terrible ocurrencia a lo largo de la Dictadura. Las exégesis eran divergentes y la mayor parte insinuó un crimen múltiple con los cadáveres arrojados al Tajo. Muchas de las narraciones orales mentaban un puente sobre el río como teatro de la masacre e inclusive la emplazaron en Talavera de la Reina.

En el capítulo de los chismes tomó carta de naturaleza uno que pasó a convertirse en leyenda urbana: el supuesto cable despachado desde allí por uno de los voluntarios con la exclusiva locución “Patos al agua”, contraseña estipulada de antemano para dar a conocer el desenlace previsto a ciertas personalidades y atribuida al joven oligarca Eufemiano Fuentes Díaz por todos los rumores. El poema “Patos al Tajo” del profesor Francisco Tarajano Pérez, en memoria del doctor Manuel Monasterio Mendoza, rindió culto en Años malditos (1980) a esta tradición verbal que tuvo asiento en la prensa clandestina del tardofranquismo y de la Transición democrática.

En cuanto la suerte de los diez del Dómine empezó a ser difundida por los periódicos de curso legal y los historiadores a dejar constancia de sus búsquedas, entraron en liza la patraña y la iniquidad de la mano del conspicuo franquista Miguel Jiménez Marrero, sintetizado al fin en páginas ignominiosas de un nauseabundo volumen. Este chupatintas del régimen dictatorial, hermano de uno de los expedicionarios y amigote de otros, llegó a sugerir la misteriosa fuga de los desaparecidos al acercarse al frente la Primera Bandera y hasta la total ignorancia entre ella relativa a cuáles fueran sus azares.

Algunos camisas viejas se las prometieron muy felices durante lustros, en la convicción de que jamás iba a documentarse con rigor la barbarie de Talavera de la Reina por estas u otras latitudes. No contaban con que uno de ellos dejó por escrito la prueba irrefutable de los asesinatos, descubierta por el investigador Sergio Millares Cantero, especialista en la Memoria Histórica.

El jefe de Falange en San Mateo, José Ignacio Ojeda Martínez de Escobar, empleado al que declaró cesante el Frente Popular en la Junta Administrativa de Obras Públicas, era hijo único del propietario de tierras y aguas José Ignacio Ojeda de Vega y de Felisa Martínez de Escobar y Monzón. Casado con Rosario Suárez Morales, hermana del postrer legislador comunista, y padre de tres hijos menores, desde junio de 1932 había dirigido por un corto margen el semanario Las Vegas de su caserío natal, revista de Turismo y de Bellas Artes con 12 páginas en cuyo editorial se proclamó franca a todas las ideologías. El eclecticismo se resolvió en fascismo proclive a la entronización de Falange en las medianías grancanarias.

A su colega de la Junta y redactor de Hoy, Sebastián Jiménez Sánchez, de largo currículo entre las derechas pese a su juventud, remitió Ojeda desde los frentes del Sur de Madrid varias cartas en el transcurso del primer semestre de la contienda. La que fechó en Rielves, sector de Talavera de la Reina, el 23 de octubre de 1936 fue reproducida en Hoy por su destinatario el 15 de noviembre, con la introducción de algunos cambios formales o de contenido y la supresión de dos fragmentos. El último de los párrafos omitidos decía exactamente:

“De los granujas del F[rente] P[opular] que nos acompañaron los largamos al Tajo con una onza de plomo, pues había que librarse de las malas compañías”. (José Ignacio Ojeda a Sebastián Jiménez, Rielves, 23-X-1936, fols. 5-6, Archivo del Museo Canario, Colección Sebastián Jiménez Sánchez, signatura 58.6.11).

Se acabaron los embustes y los enmascaramientos fascistas en este orden. Ya nadie estará jamás en condiciones de poner en duda que fue la rectoría de la Primera Bandera de Falange de Las Palmas la que liquidó a los diez del Dómine con tiros y arrojó sus cadáveres al Tajo. Estas breves líneas de una carta particular, caligrafiada por uno de los superiores azules, cierran definitivamente la cuestión en sus aspectos fundamentales y destruyen cualquier artimaña encubridora. El entonces “comandante militar” de Rielves daba cuenta de sus andanzas toledanas prematuras y desveló sin tapujos el magnicidio. Mas en la España republicana también se tuvo un elemental conocimiento de la trágica suerte de los deportados y ya de manera pública y notoria.

Un capitán de la Marina Mercante llamado Francisco Miranda Díaz, retoño de un trabajador de los astilleros del Puerto de La Luz con tres hijos marinos, había conseguido huir del Archipiélago el 17 de noviembre de 1936 en el navío frutero Bajamar de la Fred Olsen. Experto en la problemática del sector náutico, fue defensor tempranero de la existencia de una flota autóctona. Habitó en Madrid en contacto frecuente con otros fugitivos y denunció a menudo los atropellos de los nacionales. Entrevistado para la edición del 8 de abril de 1937 de ABC, bajo la batuta del veterano repúblico Augusto Vivero Rodríguez de Tudela, hizo un repaso de las atrocidades cometidas en la retaguardia canaria. Al referirse a nuestros “rehenes” con algunos errores de identidad, anota que “no los fusilaron porque eran generalmente estimados en las islas y se temía que su muerte provocase una grave reacción”. La apostilla siguiente es la que en especial importa transcribir:

“Fueron enviados a Vigo en el vapor Dómine, que condujo la primera expedición de falangistas y fuerzas regulares. Se hizo cargo de ellos un individuo apellidado Larrea, que era uno de los jefecillos de Falange. Desde luego, han muerto todos ellos, cosa que se ha sabido a través de cartas particulares, en las que los falangistas canarios que formaron parte de la expedición lo comunican a sus amigos”. (“El terrorismo fascista ha dejado en situación angustiosa las Islas Canarias”, ABC, Madrid, edición de la mañana, 8-IV-1937, pp. 10-11).

Las declaraciones de Miranda al diario madrileño dan a entender que hubo otras correspondencias privadas que glosaron la escabechina. Y de reducirse a la franqueada entre Ojeda y Jiménez, resulta obvio que irradió el tenor censurado por este último en las columnas de Hoy. De hecho, pudo llegar a oídos del capitán mercante antes de evadirse en la nave rápida noruega. Los responsables directos de la carnicería, silenciados a partir de la impunidad de autores y participantes, debieron ser necesariamente los jerarcas de la Primera Bandera, el teniente Ruiz Larrea y los mandatarios de las seis o siete centurias y de sus respectivas escuadras. Obsérvese que José Ignacio Ojeda utiliza la primera persona del plural en su escueta confesión.

De entre ellos emanaron evidentemente los ejecutores materiales, teniendo al jefe provincial de las Milicias de Falange Española y de las JONS como sujeto principal de manera subjetiva y objetiva, además de otros con autoría directa y de los partícipes mediatos y los cómplices. La propia lógica de los hechos obliga a llegar a estas conclusiones, aunque sometidas a la privación de evidencias irrefutables que tal vez no aparezcan jamás. Nos movemos en el ámbito de las conjeturas y nuevamente hay que acudir a las deposiciones de segunda o de tercera mano para detectar a los mayores culpables. En un manuscrito del poeta Agustín Millares Sall, se determina así la responsabilidad de un par de ellos:

“Larrea. (…) Él personalmente, según versión de Agustín Massieu, falangista desaparecido en accidente aéreo terminada la guerra, fue ejecutor, junto con Domingo del Castillo Cabezas, del vil asesinato.

Domingo del Castillo Cabezas. Llevó a efecto el crimen, con Larrea, en una parada del tren sobre el Tajo. El procedimiento, un tiro en la nuca, lo efectuaba Larrea, después que Del Castillo propinaba (sic) un fuerte golpe en la cabeza, con una porra, a las víctimas”.

Los dos Agustines militaban en Falange al hacerse las revelaciones del uno al otro y Massieu formó en la centuria de José Antonio Ojeda al ser estacionada en Burojón, “pelando mujeres, mareando fulanos y haciendo labor patriótica”. No sabemos si la reiterada asociación del tren con el puente estaba en el relato de los crímenes o fue incorporada por el escuchante.

Entre las confidencias periodísticas que extractó la hija de uno de los asesinados, Angelina Zamora Lloret, de procedencias variadas a todas luces, los sucedidos se desarrollaron tras estacionarse el tren en Talavera y conducirse hasta el río a los “rehenes”. Las acotaciones agregan otro pormenor: la idea macabra de jugarse a los dados quiénes los iban a tirotear y el ofrecimiento espontáneo de uno de los “patriotas”. Del contexto barruntamos que era Domingo del Castillo, quien ingresó en el Cuerpo de Auxiliares de Oficinas de la Subsecretaría de la Marina Civil a finales de 1932, nombrado auxiliar de la Delegación Marítima de Las Palmas en enero de 1933 y destinado a la Capitanía del Puerto de Arrecife a los tres años, restituido en Gran Canaria con el 18 de Julio.

Según la misma recopilación, durante el trayecto hasta el río se le cayeron las gafas al doctor Monasterio y el voluntario “las pisó y le dijo que ya no le harían falta”. Igualmente entraron en ella los tiros en la nuca y los lanzamientos al Tajo, ofreciendo a propósito de su padre un corte de la partida de defunción, rubricada por dos testigos azules: en virtud de carta-orden de la Superioridad, consigna que “falleció a consecuencia de la detención de que fue objeto a raíz de la iniciación de la pasada Lucha Nacional contra el Marxismo”.

 Es muy difícil engarzar los trozos de este enigmático puzzle, donde abundan las narraciones divergentes. A no ser que aparezcan otras apoyaturas sólidas, no hay posibilidad de reconstruir las circunstancias exactas de los asesinatos de los diez del Dómine con meridiana certidumbre. Las únicas verdades concluyentes radican en que los prebostes de la Primera Bandera de Falange cometieron la ofensa criminal descargando onzas de plomo y que echaron los restos al Tajo en Talavera de la Reina. Todo lo demás constituyen meras suposiciones, pese a no ser gratuitas al lucir algunos fundamentos: la perpetración el 13 de septiembre al poco de la recalada y a las primeras luces, la atribución de la autoría sobre todo al teniente Ruiz Larrea como principal apoderado militar y político, o la ejecución en el Puente de Hierro, la estructura desde la que el corresponsal de Hoy contempló el entorno luego de bajar del tren y de instalarse la tropa en el Convento de Las Domingas.

Los contingentes de Yagüe habían fusilado días atrás a republicanos en una playa denominada El Arenal, aguas arriba por las inmediaciones, lanzando al río los despojos. Nuestros asesores locales, Sales y Díaz, sugieren que los propios de los isleños pudieron derivar corriente abajo hasta un molino cercano en desuso, ubicado a unos 500 metros del Puente de Hierro, y quedar atrapados en una especie de sumidero que forman las instalaciones hacia la ribera septentrional. El facineroso Ojeda adujo que la Talavera recién tomada los acogió “triste y silenciosa: la hiena marxista había sembrado el dolor y la muerte”. Apenas hollar este suelo, los fascistas canarios hicieron un plantío equivalente regado a priori con sangre de convecinos.

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Fuente: MILLARES CANTERO, Agustín y PAISER MEDINA, Maximiliano: Doctor Monasterio (1909-1936). Un joven isleño asesinado por falangistas, Barcelona, Llibres de L´Anacrònica, 2016.

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* La casa de mi tía agradece la gentileza de Agustín Millares Cantero y Maximiliano Paiser Medina

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