Enterremos la ola reaccionaria, enterremos las violencias machistas ANTICAPITALISTAS
Enterremos la ola reaccionaria,
enterremos las violencias machistas
ANTICAPITALISTAS
Este 25 de Noviembre los datos de violencias machistas vuelven a ser escalofriantes y vienen acompañados de una ola reaccionaria que, por un lado, ha señalado al feminismo como uno de sus principales enemigos y que parece cobrar más fuerza a nivel internacional y, por el otro, profundamente racista, que necesita seguir jerarquizando qué vidas valen más y quiénes merecen derechos, usando el miedo y la criminalización para dividirnos.
Hace unos años nos enfrentábamos a la avanzadilla de las denuncias falsas y la negación de las violencias machistas de un sector que se sentía amenazado por los avances del feminismo. Hoy nos enfrentamos al auge de los discursos que refuerzan roles de género tradicionales, donde se dibuja una feminidad y una masculinidad llena de estereotipos, siempre cis y hetero, que legitiman la desigualdad y sostienen las violencias machistas. Nos encontramos también con un feminismo de derechas que se construye desde el privilegio, que ignora lo estructural que está tras la pretendida libertad y mérito individual, que no reconoce el cómo para que unas rompan el techo de cristal otras barren los trozos al hacerse cargo de los cuidados y tareas domésticas.
Tratan de imponer un modelo de feminidad domesticada y maternidad idealizada, que conectan con la necesidad de seguridad económica y afectiva, ofreciendo una salida a la explotación capitalista a través de la familia y los valores tradicionales cayendo en los mismos errores que nos han llevado hasta la crisis actual. Así, se confunde una sana nostalgia por formas de vida comunitarias que el neoliberalismo ha arrasado con una vuelta atrás en la que resuenan los ecos de un pasado al que no queremos volver (por ejemplo, en el caso de las tradwives y el ideal del ama de casa de los 50 o de la Sección Femenina de La Falange en nuestro caso). Un discurso que, además, se nutre de una retórica racista e islamófoba que instrumentaliza los “derechos de las mujeres” para atacar a mujeres musulmanas, reduciéndolas solo a su forma de vestir, negándolas como sujetos políticos y usándolas como excusa para reforzar políticas racistas y represivas.
Esta ola reaccionaria continúa y profundiza con la políticas de privatización, mención aparte merece el caso de los cribados de Andalucía, que no solo evidencia las consecuencias de esa privatización sino que también deja ver cómo funciona el sistema sanitario de acuerdo a un modelo masculino como norma. Que los recortes y la privatización haya afectado a áreas como el diagnóstico precoz del cáncer de mama no es casualidad sino que es fruto de una lógica que históricamente ha desatendido las particularidades del cuerpo de las mujeres, menospreciando síntomas, necesidades y patologías propias.
El sistema trata de hacernos creer que esa desigualdad es natural e inmutable para que permanezcamos tal y como estamos, de ahí esa necesidad de perpetuar esos roles, esos discursos, la transfobia, etc. y que se traduce no sólo en agresiones sexuales o asesinatos sino en una mayor precariedad en los sectores ligados a los cuidados, además de colocar a las mujeres en una posición secundaria en el mercado laboral pues se entiende que su rol/tarea principal es el del trabajo reproductivo y no el de proveer (de ahí los % de contratos parciales y más precarios entre las mujeres). A esto se suma el uso del racismo como herramienta política para justificar esa precariedad en sectores concretos y dividir a las trabajadoras, dificultando la solidaridad entre ellas.
La tendencia al punitivismo es un elemento clave de esta ola reaccionaria. El punitivismo aparece como la respuesta fácil, prometiendo seguridad y orden que se traduce en más castigos, más control y más cárcel sin cambiar las condiciones materiales que hacen que la violencia exista. Siendo además que golpea con más dureza a las personas racializadas y precarias, alimentando la represión y legitimando el papel del Estado que castiga pero no protege. La prevención, las políticas que vayan a lo estructural así como una transformación radical del aparato judicial que rompa con el régimen del 78 supondría poner en el centro las vidas así como una apuesta por la justicia reparadora.
La salida a esto no es perpetuar esos roles, estigmatizar a las “malas” mujeres, perseguir a quienes no encajan en la norma, o endurecer el código penal, sino organizarnos, desde nuestra diversidad, apostando por la unidad, para enterrar juntas la ola reaccionaria.
Si es necesario mirar atrás es para ver el futuro y aprender de quienes ya lucharon por romper con el sistema que nos roba el tiempo y la vida, y que nos impone normas de género que nos encorsetan y de las que saca rentabilidad. Son esos aprendizajes, esas luchas, por las que el 25 de Noviembre es una fecha simbólica para nosotras, por las que lucharon contra dictaduras, y por las que tomaron el testigo año tras año. Este 25 de Noviembre reivindicamos ese feminismo que fue capaz de hacer de la noche y la fiesta un campo de batalla donde la autodefensa era una propuesta de cambio comunitario basado en la prevención, en crear conciencia social; el que proponía mucho más que una reforma del código penal para hacer frente a la violencia sexual; el que ha peleado codo a codo con las trans, ayer y hoy; el que se reconoce en la lucha contra el racismo y las políticas migratorias así como contra la islamofobia, que entiende llevar o no velo como derecho a decidir sobre cómo vestir o expresar tu identidad cultural/religiosa; el que hace suya la lucha de las trabajadoras sexuales y la de los sectores más precarizados e invisibles; el que se ha movilizado por los servicios públicos y por la vivienda; el que se ha solidarizado con la lucha del pueblo palestino; el que se define como antipunitivista, transfeminista, antirracista e internacionalista, porque ese es el feminismo que es capaz de hacer frente a la ola reaccionaria, de romper con un sistema que nos explota.