¿De la revuelta de las llaves a la huelga de alquileres?  Manifestación en Barcelona 23 noviembre Oscar Blanco

23 N

¿De la revuelta de las llaves a la huelga de alquileres? 

Manifestación en Barcelona 23 noviembre

Oscar Blanco

 

PODER POPULAR 

 

Oscar Blanco | La enorme manifestación por el derecho a la vivienda del 13 de octubre en Madrid abrió una nueva dinámica en esta lucha. De forma sorprendente, irrumpió una masividad que hacía años que no se veía y a partir de entonces la idea de la huelga de alquileres ha tomado una centralidad igual de insólita. De alguna manera, estas protestas son una nueva fase de las grandes movilizaciones contra la turistificación que se iniciaron en Canarias la pasada primavera. Sin embargo, ahora el foco de atención se ha centrado específicamente en la vivienda y empieza a generar un nuevo imaginario: la revuelta de las llaves.

A estas alturas es difícil saber cuanto durará este empujón ni dónde nos llevará. De hecho, podría ser que la crisis humanitaria de la Dana y la oleada de solidaridad que ha desatado ya hayan provocado un cambio de momento político y que este nuevo giro imprevisto haya abortado prematuramente las potencias del acontecimiento.

O, al contrario, podría ser que la autoorganización en l’Horta Sur y la Ribera Alta valencianas para las tareas de limpieza y las iniciativas en todo el Estado para apoyar en las zonas más afectadas se puedan retroalimentar con las protestas contra la especulación inmobiliaria. Este vínculo, si se materializa, incorporaría nuevos ángulos ecosociales a las reivindicaciones. Por ejemplo, la consigna «ni un ladrillo más en zonas inundables» que ya ha situado en el debate el ecologismo social.

Lo único seguro es que, a pesar de la dureza y persistencia de la crisis de la vivienda y la capilaridad y fuerza del movimiento que lucha para defender el derecho a techo de la clase trabajadora, no habíamos visto movilizaciones tan multitudinarias por esta causa antes. Se había convertido en un lugar común preguntarse por qué la vivienda no conseguía provocar protestas tan masivas como la educación, la sanidad, el ecologismo, el feminismo o el soberanismo. Las últimas semanas destacan especialmente las manifestaciones en Madrid (150 mil personas) y en València (50 mil), pero las convocatorias en diferentes ciudades de Andalucía (Sevilla, Málaga y Cádiz) del 9 de noviembre también han movido cifras poco habituales.

Próxima parada: Catalunya

Durante las próximas semanas hay convocatorias en diferentes ciudades que servirán para comprobar si queda gas o no. Dentro de este calendario, destaca la manifestación en Barcelona el 23 de noviembre por diferentes motivos. Primero, porque es la segunda área metropolitana del Estado español. Segundo, porque en Catalunya hay más desahucios y más conflicto con la vivienda que en ningún otro lugar. Y por último, porque el movimiento por la vivienda catalán – es una convocatoria nacional – es el más estructurado y fuerte del Estado.

Hasta el momento parece que el Sindicat de Llogateres de Catalunya y el resto de organizaciones del movimiento por la vivienda han tenido suficiente cintura táctica para oler la gran oportunidad que supone el clima mediático, social y político alrededor de la vivienda y ser capaces de canalizar la rabia y el malestar. Apresuradamente, se han convocado unos sesenta comités abiertos territoriales y sectoriales en ciudades de todo el país, pero con especial densidad en Barcelona y su periferia. Estas asambleas abiertas y el trabajo de agitación para el 23N tienen el reto de ser una puerta de entrada efectiva para conseguir fortalecer las estructuras sindicales estables. De momento han llegado a algunos lugares donde el movimiento no estaba muy presente, cosa que es una primera buena señal.

¿Conseguirá ser más fuerte el movimiento por la vivienda catalán a partir del 24 de noviembre? Ésta es la pregunta clave. Incluso más relevante que cuántas personas tendrá capacidad de movilizar el mismo sábado 23 de noviembre. Es una obviedad que una manifestación no puede solucionar el problema de la vivienda, aunque participen millones de personas. Pero, entonces surgen más preguntas: ¿cómo seguir después de la manifestación si es un éxito? ¿Cómo orientar toda la energía que se está viendo en las semanas previas? ¿Qué le propondremos hacer a toda la gente que se ha activado?

Para cambiar los resultados se tienen que cambiar los medios

Si no tenemos ideas más o menos claras, hay un riesgo evidente, el de caer en la inercia. Es decir, en el esquema político habitual donde hay movilizaciones multitudinarias que reclaman medidas en los gobiernos, las instituciones y, en definitiva, el Estado, pero no tienen ninguna capacidad de rematar el trabajo. De este modo, la gente movilizada queda en manos de la izquierda parlamentaria que gestiona (normalmente bastante mal) la legitimidad que se ha acumulado y la canaliza. El motivo principal que explica esta forma de funcionar, esta división social del trabajo entre movimientos y partidos con representación, no es ninguna conspiración ni siquiera la orientación de los agentes políticos implicados. Es normal que la gente que se politiza por primera vez caiga en una especie de «reformismo primario» y piense que es «trabajo de los políticos» resolver el problema. También es habitual que esta pulsión conviva con la versión opuesta: un «insurreccionalismo antipolítico» que no quiere intervenir en la esfera institucional y que, por la falta de estrategia, se acaba mostrando igual de impotente.

Durante la última legislatura vivimos un gran ejemplo sobre qué pasa cuando el movimiento por la vivienda intenta hacer avanzar su agenda de reformas dentro de las instituciones en una relación de fuerzas desfavorable. La Ley de Vivienda tuvo un camino tortuoso durante toda la legislatura, se aprobó en el último momento por motivos más bien electoralistas y los resultados fueron exiguos, si los ponemos en relación con la profundidad de la crisis de la vivienda y del poder de la patronal inmobiliaria y el rentismo.

De esta experiencia y otras similares ¿se puede derivar que las reformas no sirven de nada o que no son necesarias? Sí, pero sería un error. Es imposible imaginar un proceso de ruptura política protagonizado por una clase trabajadora fragmentada, atemorizada y desorganizada si no se consiguen previamente victorias concretas, avanzar en autoconfianza, acumular poder y cambiar la relación de fuerzas. En consecuencia, la lucha por reformas es imprescindible, pero también hay que tener la capacidad de poder velar para que no sean papel mojado, un cierre en falso de un conflicto o directamente contraproducentes.

La huelga de alquileres y el salto organizativo del movimiento por la vivienda

Es en este cruce de caminos donde la consigna de la huelga de alquileres puede convertirse en un acierto táctico. Puede conseguirlo por diferentes motivos. El más evidente es que ha provocado terror en la patronal inmobiliaria. Todo un Halloween rentista. En los medios de comunicación hemos visto colapsar al portavoz de la asquerosa empresa Alquiler Seguro ante la sencilla pregunta «¿cuántos meses podéis aguantar una huelga de alquileres?» y también hemos visto un cúmulo de muestras de estupor e incredulidad ante la mera idea que el inquilinato deje de pagar. En la cabeza de los rentistas (grandes y pequeños) y de sus representantes no tiene ningún tipo de sentido que se cuestione su legitimidad para succionar los ingresos de la clase trabajadora. La reacción es algo así: «¿Cómo? ¿Que no nos podemos continuar embolsando la mitad del sueldo de las trabajadoras a partir de acaparar un bien que satisface una necesidad básica? ¡Qué locura es esta!». Parece un meme, pero es casi una anécdota.

Sin embargo, la reacción de los enemigos de clase no acostumbra a ser una buena unidad de medida para saber cómo es de potente una propuesta si no la contrastamos con otros elementos. De hecho, la clase dirigente del Estado español está tan acostumbrada a pisar y estrangular a las clases populares que la más ridícula de las medidas les parece «socialcomunismo». Las subidas del Salario Mínimo Profesional son un ejemplo de este estado mental. Así pues, ¿qué otros puntos fuertes tiene la huelga de alquileres? Una de las cuestiones claves es que depende de nuestras propias fuerzas. No se trata de implorar a las instituciones una solución. La huelga de alquileres consiste en golpear contra el poder del rentismo y golpear suficientemente fuerte depende sobre todo de cómo esté de desarrollado el sindicalismo de vivienda.

Ahora bien, hay una lección básica del sindicalismo laboral que no podemos obviar: las huelgas se convocan para ganar. Y ahora mismo estamos muy lejos de las condiciones organizativas y políticas para poder convocar una huelga de alquileres generalizada en todas las ciudades del Estado español o en todas las ciudades de Catalunya y torcerle el brazo al rentismo y al Estado que lo protege. Este hándicap es al mismo tiempo otro punto fuerte de la consigna de construir una huelga de alquileres, si se consigue ser suficientemente claro y pedagógico. Mucha gente recibe con entusiasmo la idea de la huelga, pero las militantes del movimiento por la vivienda tenemos que hacer entender que para poder convocarla (y ganarla) es una condición necesaria fortalecer el movimiento y extender el sindicalismo de vivienda.

Para poder hacer una huelga inquilina general exitosa tendríamos que reforzar muchos aspectos del movimiento. Por ejemplo, las cajas de resistencia. En todo caso, hay uno de los vectores de trabajo que tiene un interés particular en un contexto de efervescencia y por el cambio que supone: la organización de bloques de propiedad vertical, es decir, de comunidades inquilinas que comparten el mismo propietario porque es el dueño de todo el edificio. Incrementar el número de bloques que están organizados es clave porque es el sector de la gente que no tiene una vivienda garantizada que tiene más poder estratégico. Vivir en un mismo bloque facilita organizarse conjuntamente y compartir propietario permite que la acción colectiva de dejar de pagar los recibos sea más contundente y efectiva.
De hecho, ya hay huelgas de este tipo en marcha. En Salou hay un bloque propiedad de CaixaBank, uno de los propietarios más grandes de Catalunya, donde las inquilinas no pagan la parte proporcional a conceptos abusivos y en Madrid están haciendo lo mismo desde inicios de este curso centenares de locatarios de los fondos buitre Nestar/Azora, otro de los principales gigantes del mercado de alquiler del Estado español. Además, hay una metodología clara y efectiva para ir a buscar a las inquilinas y ayudarlas a organizarse. Se trata del organising o sindicalismo de base, que el Sindicato de Inquilinas de Madrid ha trabajado y adaptado al contexto del sindicalismo de vivienda en el Estado español después de decidir que uno de los asuntos centrales para desbordar los límites del movimiento por la vivienda era innovar en la cuestión organizativa y conseguir un sindicalismo de masas y creíble. De esta manera, se trataría de entender la huelga de alquileres no como un día D, sino como un proceso que tiene que empezar en bloques ya organizados, extenderse entre agrupaciones de edificios del mismo propietario y conseguir éxitos que permitan hacer nuevos pasos en firme. Una vez verificada la herramienta nos podremos plantear generalizarla, como ya hicieron los Sindicatos de Inquilinas con la desobediencia contra los desahucios invisibles.

No es una receta mágica ni puede resolver todos los problemas, pero tiene resultados y sobre todo está forzando a los militantes a salir de las burbujas del “rollo” y sus cámaras de eco. Uno de los dilemas estratégicos centrales de nuestro tiempo es si es posible volver a encuadrar, a organizar, a activar políticamente a fracciones considerables de la clase trabajadora en organizaciones de masas. El sindicalismo de base responde que sí e intenta poner herramientas organizativas concretas para hacerlo. Estas herramientas suponen cierto replanteamiento del modelo organizativo actual del movimiento por la vivienda que descansa fundamentalmente en las asambleas de asesoría colectiva de matriz territorial.

Aporías, dudas, tareas pendientes

Hay puntos débiles en toda esta perspectiva. Para empezar, las innovaciones organizativas o las decisiones tácticas (como la construcción de huelgas de alquileres) no pueden resolver problemas de fondo, como la necesidad de desarrollar una alternativa política independiente de la clase trabajadora o establecer como tiene que ser la relación entre las organizaciones políticas revolucionarias y las herramientas de autoorganización de la clase. Hay aspectos programáticos y estratégicos que no se han abordado en estas líneas y que espero poder tratar en futuros artículos. Solo avanzar algunas ideas en forma de esbozo o notas. Uno de los retos del momento es encontrar las vías para combatir «el consenso constructor», es decir, la idea mainstream de que el problema de la vivienda se tiene que resolver con más pisos, más oferta, más construcción. Este mantra tiene todavía mucho recorrido fuera de los sectores convencidos y es una de las bases ideológicas de las propuestas del gobierno de coalición progresista español y del gobierno del PSC en la Generalitat.

En las últimas semanas, estos gobiernos y otros han anunciado (o reciclado, en la mayoría de casos) propuestas que no apuntan en la dirección de la desmercantilización de la vivienda. Al contrario, básicamente proponen «hacerle Bizums» al rentismo de diferentes maneras y hacerle la respiración asistida a los promotores inmobiliarios que nunca se han recuperado del todo de la sacudida del 2008. Algunas de estas medidas, como los avales hipotecarios para «jóvenes» de Pedro Sánchez, apuntan en una dirección estabilizadora: fracturar el bloque histórico que se puede construir en la crisis de la vivienda y que podría permitir acabar con la hegemonía del sentido común propietarista.

¿Por qué? Pues porque son políticas que se dirigen sólo a una fracción de la clase trabajadora (relativamente joven, mayoritariamente blanca, con formación universitaria o trabajos estables, etc.). Es un sector que está actualmente excluido del acceso a la vivienda por los precios desorbitados, pero que con ajustes se podría reintegrar. Las «clases medias» en proceso de depauperación. Estas políticas de reforma pasiva pueden escindir los intereses de estos sectores y de otras fracciones de la clase trabajadora (migrante y racializada, el proletariado del sector servicios de las metrópolis) que son en realidad las más duramente golpeadas por el problema de la vivienda. La obsesión del movimiento por la vivienda tendría que ser exactamente la contraria: articular, soldar, vincular, organizar conjuntamente estas piezas de un puzzle complejo que es la nueva clase trabajadora en formación.

En todo caso, y volviendo a los aspectos más inmediatos, la necesidad de construir una alternativa política y de analizar las dinámicas de fondo de la acumulación capitalista no puede servir de excusa para evitar que las militantes revolucionarias tengamos propuestas concretas para nuestros sindicatos o para los movimientos amplios donde participamos. No se trata de ser únicamente el mejor organizador ni el mejor sindicalista. Está claro. Pero para hacer avanzar las ideas de ruptura necesitamos una orientación concreta para los problemas tácticos. Si no conseguimos ir más allá de los lemas, las nociones generales y la crítica a las actuaciones del reformismo – como acostumbra a pasarnos -, la estrategia queda coja y se convierte en una proclamación de principios tan noble como impotente para la lucha de clases.

 Publicado originalmente en PODER POPULAR

 https://poderpopular.info/2024/11/21/de-la-revuelta-de-las-llaves-a-la-huelga-de-alquileres/