ALEMANIA, ÓPERA, VERDI: Una Aida memorable por su revolucionaria puesta en escena - por Joaquín Rábago
ALEMANIA, ÓPERA, VERDI:
Una Aida memorable por su revolucionaria puesta en escena
Joaquín Rábago
Cuando uno piensa en la ópera “Aida”, de Giuseppe Verdi, suele asociarla a paisajes exóticos con elefantes y guerreros egipcios junto a resonantes marchas triunfales.
Nada de eso hay en la memorable puesta en escena del alemán Benedikt von Peter en la Deutsche Oper, de Berlín, que recomiendo muy vivamente a quien visite esta capital.
La acción se desarrolla sobre el foso de la orquesta, cubierto para la ocasión, como si se tratara de una obra de teatro con una mesa sobre la que, como único atrezo, hay una taza de café, incluso en algún momento unas salchichas, además de libros de viajes.
La orquesta se ha trasladado al fondo del escenario tras una especie de telón de gasa transparente, con lo que el público puede seguir en todo momento los movimientos de los músicos y el director.
Y, aún más sorprendente, todos los miembros del coro, hombres y mujeres, como algunos de los intérpretes – Amonasro, rey de Etiopia y padre de Aida, el rey de Egipto y a su vez padre de su rival, Amneris, o el sumo sacerdote Ramfis - están mezclados entre el público, convertidos, cuando no cantan, en otros tantos espectadores.
Sólo el capitán egipcio Radamés y las dos rivales amorosas, Aida, la esclava etíope, y la princesa egipcia, Amneris, se mueven de un lado para otro, se agitan, movidos por sus pasiones, sobre el escenario, nunca tan cerca del público en una ópera.
A ambos lados del escenario se han colocado dos grandes pantallas que muestran en todo momento lo que ocurre al mismo tiempo en el escenario.
Radamés, vestido con un grueso jersey, da la impresión de un tímido intelectual que mientras idolatra a la esclava etíope tiene que soportar a su celosa y temperamental esposa.
La protagonista es a su vez una especie de “fata morgana” soñada por Radamés, quien, en su ausencia, se aferra y acaricia continuamente su vestido blanco como si tuviera entre las manos a la propia princesa y esclava etíope.
Desde el punto de vista acústico, el espectáculo es impactante: cánticos del coro y las voces de los padres de las dos rivales o del sumo sacerdote rodean en la oscuridad de la sala a los espectadores.
Benedikt von Peter ha sabido convertir un espectáculo exótico, que es como suele montarse la popularísima ópera de Verdi, en una especie de estudio psicológico, de drama íntimo sobre un matrimonio que no se entiende y el amor ideal.
Y hay que decir que funciona perfectamente en las tres horas que dura la función gracias no sólo a la excelente interpretación de la orquesta bajo la batuta del joven italiano Andrea Battistoni y del coro, sino también a las voces de las rusas Tatiana Serjan (Aida) y Anna Smirnova (Amneris) y del tenor coreano Alfred Kim (Radamés).