Bulgaria en el euro: Sigue el cerco a Rusia - por Joaquín Rábago
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Bulgaria en el euro: Sigue el cerco a Rusia
Joaquín Rábago
La decisión de admitir a Bulgaria en la zona del euro a pesar de una fuerte oposición popular forma parte de una clara estrategia de Occidente: aislar a Rusia.
La Comisión, que preside la ex ministra de Defensa alemana Ursula von der Leyen, ha hablado, y como dijo en su día el teólogo Agustín de Hipona: “Roma locuta, causa finita”.
Es decir, nada importa que más de la mitad de los búlgaros estén hoy en contra de la adopción por su país del euro y que, por el contrario, sólo un tercio la apoye.
No importa que los críticos de esa decisión hayan participado últimamente en masivas manifestaciones tanto en la capital, Sofía, como en otras ciudades del país.
Y que lo hayan hecho por temor tanto a la pérdida de soberanía como al más que seguro encarecimiento de los alimentos y los servicios, como ocurrió ya en otros países del antiguo bloque comunista y no sólo en ellos.
El hecho de que la renta media de los búlgaros esté muy por debajo de la media europea contribuirá sin duda a una importante pérdida del poder adquisitivo, que afectará sobre todo, como ha ocurrido siempre, al sector más pobre de la población.
Pero nada de eso importa porque de lo que se trata sobre todo, como en el caso de la Ucrania de Volodímir Zelenski, es de alejar de Rusia a un país que ha estado siempre muy íntimamente ligado a ella, tanto en los aspectos cultural, religioso y lingüístico como en la economía y el comercio.
Tanto la presidenta de la Comisión como el economista jefe del Banco Central Europeo, el irlandés Philip Lane, elogian los esfuerzos realizados por Sofía el último año para ingresar en la eurozona.
Y prometen al Gobierno búlgaro que puede aspirar a ocupar el lugar que le corresponde en la toma de decisiones de tan importante espacio monetario.
Ocurre, sin embargo, que, para citar a George Orwell en su alegoría distópica “Rebelión en la Granja”, “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”.
Sucedió con otros países de la Europa del Este, que tuvieron que someterse a los criterios de los veteranos y económicamente más fuertes – Alemania y Francia, sobre todo- y perdieron así soberanía presupuestaria.
En sus esfuerzos por cumplir los criterios para entrar en el euro, Bulgaria ha tenido que renunciar a importantes proyectos sociales y de infraestructuras además de comprometerse a privatizaciones y a crear condiciones favorables para los inversores extranjeros.
Pero no es lo económico lo único que importa a Bruselas -y me refiero así tanto a la Comisión como a la OTAN- sino sobre todo al hecho de que, con su ingreso en la eurozona, Bulgaria quedará más estrechamente ligada en lo político y en lo comercial y económico a la estrategia común frente a Rusia.
Estrategia que consiste, entre otras cosas y a pesar del revés sufrido por la OTAN en Ucrania, en aumentar la influencia de Occidente en unas aguas de tanta importancia geopolítica como las del mar Negro.