Cuando el récord no es un logro - por Javier Marrero

Cuando el récord no es un logro - por Javier Marrero



Por estos días asistimos a una curiosa inflación de récords, el más turrón grande, el más numeroso espectáculo de bombones, el más iluminado, el más ruidoso, el más largo roscón, etc. Da igual el qué, lo importante es el cuánto. Los récords mercantiles se han convertido en una excusa perfecta para el espectáculo vacío, el marketing institucional y la foto aérea que legitima cualquier despropósito.

No se trata de una anécdota simpática ni de una extravagancia inocente. Muchos de estos “logros históricos” esconden una realidad menos amable, consumo desmedido, impacto ambiental, banalización del territorio y utilización de espacios rurales o naturales como simples decorados para la promoción. Miles de luces encendidas durante horas, infraestructuras temporales, tráfico, residuos… todo en nombre de una supuesta hazaña que no deja nada salvo contaminación y titulares efímeros.

El problema no es el récord en sí, sino la lógica que lo sostiene. Una lógica competitiva, infantil y profundamente patriarcal, que recuerda demasiado a esa vieja frase de “a ver quién la tiene más grande”, trasladado ahora al ámbito cultural, turístico o institucional. No importa el sentido, ni la utilidad social, ni el cuidado del entorno. Importa ganar, figurar, salir en la lista.

Mientras tanto, quedan fuera del foco las preguntas verdaderamente importantes:
¿Quién ha generado mayor cohesión social?
¿Quién ha fortalecido el tejido comunitario de un barrio o un pueblo?
¿Quién ha reducido su impacto ambiental de forma sostenida?
¿Quién ha trabajado con honestidad, transparencia y compromiso colectivo?

Eso no da récord. No se puede medir en metros, vatios ni asistentes. No se certifica con un diploma ni atrae patrocinadores. Pero es, precisamente, lo que más necesitamos.

La paradoja es evidente, vivimos una crisis climática, social y democrática sin precedentes, y respondemos a ella con fuegos artificiales, muchas veces literalmente. En lugar de apostar por procesos lentos, comunitarios y transformadores, se prioriza el evento puntual, espectacular y olvidable. Se confunde visibilidad con valor, ruido con relevancia.

Quizás haya llegado el momento de replantear qué consideramos un logro colectivo. Tal vez el verdadero récord sea hacer más comunidad con menos consumo, cuidar el territorio sin convertirlo en escenario, trabajar para el bien común sin necesidad de aplausos ni certificados.

Eso sí sería extraordinario. Aunque no salga en libros de récords.


 

JAVIER MARRERO