Por una economía integrada en el mundo que la rodea - Federico Aguilera Klink y Jordi Roca Jusmet, entrevista de Isidro Lòpez (2008) / La irresponsabilidad  organizada - Ulrich Beck (2020)


Federico Aguilera Klink y Chema Tante recuperan esta entrevista de 2008 y el libro de 2020, como muestras del calmor científico que viene advirtiendo de los riesgos catastróficos del cambio climático, idetificando causas y responsables. Un clamor que refuta que las calamidades que se repiten y se repetirán sean "desastres naturales".  Aguilera Kink, Roca Jusmet, Beck y tantos otros, como Turiel, Prieto, Bordera... llevan décadas gritando en el desierto. Como dice Aguliera, sobre lo más reciente, por el momento, de la Dana: "en el fondo les da igual...Dentro de unos días harán un funeral de Estado con el rey, diputados y obispos...y a otra cosa... Primero ignoran el cambio climático y sus causas económicas y empresariales...y después desprecian la posible prevención de los impactos sobre los trabajadores...es la pura irresponsabilidad organizada y habitual de unos criminales..." 

 

Por una economía integrada en el mundo que la rodea - Federico Aguilera Klink y Jordi Roca Jusmet, entrevista de Isidro Lòpez (2008)

REBELIÓN 

FEDERICO AGUILERA KLINK JORDI ROCA JUSMET

ISIDRO LÓPEZ La ruptura de la economía ecológica con la economía ortodoxa implica una nueva concepción teórica de la actividad económica, que pasa a considerarse integrada en los sistemas naturales y sociales más amplios, a los que se denomina metabolismo económico. Asimismo, esa ruptura conlleva unas nuevas prioridades empíricas para la investigación económica. Para vosotros, […]

ISIDRO LÓPEZ

La ruptura de la economía ecológica con la economía ortodoxa implica una nueva concepción teórica de la actividad económica, que pasa a considerarse integrada en los sistemas naturales y sociales más amplios, a los que se denomina metabolismo económico. Asimismo, esa ruptura conlleva unas nuevas prioridades empíricas para la investigación económica. Para vosotros, ¿cuáles son los principales elementos de esta ruptura entre la economía ecológica y la economía ortodoxa?

FEDERICO AGUILERA KLINK

Siguiendo a Manfred Max Neef, yo diría que hay tres grandes cuestiones que orientan la economía ecológica. En primer lugar, tenemos la idea de una economía coherente, es decir, integrada en el medio ambiente. En segundo lugar, la economía ecológica defiende una economía que está al servicio de la sociedad y no al revés. Estos dos puntos remiten a la idea de que un conjunto incluido -lo económico- no puede sino aceptar las reglas del conjunto incluyente -la naturaleza-. Un tercer aspecto sería la decidibilidad, es decir, la capacidad de habilitar una democracia que se tome más en serio contar con los ciudadanos y en la que los procesos de toma de decisiones permitan la participación real.

JORDI ROCA JUSMET

En los últimos tiempos la economía se ha empobrecido muchísimo: ha tendido a centrarse en unas cuestiones muy específicas y ha olvidado no sólo su relación con el medio ambiente, sino también las relaciones sociales en las que se enmarca. La economía ecológica es en buena parte una reacción a este olvido del marco social de la economía más ortodoxa: se trata de recuperar las relaciones sociales, las motivaciones, el origen de las necesidades… es decir, todas las cuestiones que se han ido olvidando en favor de una economía abstracta y desligada de los conocimientos que aportan otras disciplinas.

FEDERICO AGUILERA KLINK

La economía ortodoxa se ha centrado en el crecimiento medido por unos indicadores muy cuestionados desde hace ya tiempo, como el Producto Interior Bruto (PIB). El PIB es un indicador de velocidad, pero no de dirección, que olvida los daños o costes sociales, físicos y biológicos no expresables en términos monetarios que permiten el crecimiento de las variables monetarias, de manera que cuando se dice que el PIB está creciendo se está ignorando los costes que conlleva ese crecimiento. Si estos costes se pudieran cuantificar monetariamente, lo más probable es que la evolución del PIB resultante fuera negativa. Ahora bien, tratar de medir en una dimensión única lo que es multidimensional es una idea disparatada que lleva a que lo que no puede medirse en términos monetarios sea sencillamente ignorado. De ahí que la economía ecológica piense esta multiplicidad de facetas económicas a partir de la idea del metabolismo económico, y desarrolle indicadores que miden en magnitudes físicas los procesos que tienen lugar en este metabolismo, a la vez que incorpora indicadores sociales.

JORDI ROCA JUSMET

El problema es que para evaluar si las cosas van bien o mal estamos utilizando un indicador que no nos proporciona esa información. No es raro que el PIB crezca más cuando las cosas van a peor. Si se produce un grave deterioro ambiental que implica un gran gasto, la contabilidad nacional lo recoge como activo, es decir, contabiliza ese gasto como generación de riqueza. Si la gente está insatisfecha y consume más y más, esto también aparece como un dato positivo, cuando en realidad es un síntoma de que las cosas no funcionan.

ISIDRO LÓPEZ

Además de esta escuela del metabolismo económico y de los flujos físicos, hay otra corriente más ligada a la economía ortodoxa, la economía ambiental, que parece disfrutar de mayor éxito en la gestión ambiental. Esta corriente interpreta las relaciones entre economía y medioambiente bajo la óptica de las externalidades o de los fallos del mercado. Entre estas dos visiones, ¿hay posibilidad de síntesis o hay un cambio de problemática que impide el diálogo?

JORDI ROCA JUSMET

La economía ambiental aborda los problemas ambientales como excepciones. Para esta corriente, la economía es un sistema que como norma se explica por sí mismo, sin necesidad de hacer referencia al contexto en que se mueve; pero a veces se producen problemas, a los que llaman externalidades negativas. Con este término se refieren a los efectos dañinos para el conjunto de la sociedad que genera alguna actividad concreta. Una vez identificada la externalidad, se plantea cómo solucionar este efecto económico negativo en términos de un análisis coste-beneficio. En resumen, la economía ambiental se ocupa de los instrumentos con los que intentar solucionar estos problemas concretos. La economía ecológica, por su parte, no se opone a la utilización de esos instrumentos, como pueden ser los impuestos que gravan la contaminación, pero sí busca situarlos dentro de un marco de cuestionamiento global del funcionamiento del sistema económico. La perspectiva ambiental es mucho más parcial y, en algunos casos, se equivoca por completo, como cuando pretende que el coste de los impactos medioambientales y el valor de los activos naturales se pueden medir siempre en dinero.

FEDERICO AGUILERA KLINK

El problema es el punto de partida: reducir una gran variedad de dimensiones a términos monetarios e insistir en el crecimiento. Si se considera que todo lo que no se puede monetarizar no existe, aparece el problema de las llamadas externalidades que, tanto la economía ambiental como la convencional interpretan como ocasionales. Diría que esas perspectivas y la economía ecológica son irreconciliables. Considerar las relaciones entre economía y medio ambiente como algo ocasional es un despropósito. Todos lo hemos estudiado en el bachillerato: la primera ley de la termodinámica, la de la conservación, dice que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Esto significa, entre otras cosas, que todo recurso se transforma en residuo, por más que en las facultades se estudie una economía que no consume recursos ni genera residuos. Se habla de materias primas, pero no se habla de las implicaciones físicas o biofísicas del proceso metabólico que delimita claramente la primera ley. Todo recurso se transforma en residuo, y vivimos en un planeta finito, lo que significa que los recursos son finitos y que la capacidad de asimilación de residuos también es finita. El otro día oí en la radio al patrón de la cofradía de pescadores de Sanlúcar de Barrameda; el locutor le preguntaba: «hay escasez de langostinos, ¿verdad?», y él contestaba: «no, no, los langostinos son siempre los mismos. Lo que pasa es que cada vez hay más gente que quiere comprarlos y entonces sube el precio». Es decir, es nuestro estilo de vida el que está generando la escasez, una escasez socialmente construida más que física. Lo mismo sucede con el petróleo o con la capacidad de asimilación de CO2. Los modelos de producción y consumo occidentales han roto los equilibrios de los ecosistemas y han provocado que la capacidad de absorción de CO2 sea, en este momento, el recurso más escaso del mundo y que esta escasez esté provocando el cambio climático. Tenemos que poner los pies en el suelo y pensar con conceptos de economía ecológica. Así veremos que el estilo de vida occidental es un auténtico disparate, ya que no hay fuentes externas de materiales, y nos daremos cuenta de que la solución pasa por pensar en estas relaciones sistémicas de forma integrada.

JORDI ROCA JUSMET

Sí, es cierto que la economía ambiental tiende a tratar los problemas ambientales y la gestión de los recursos como dos problemas completamente separados cuando, desde el punto de vista de la economía ecológica, es evidente que una mayor tasa de extracción de recursos tiende a generar mayor cantidad de problemas ambientales.

ISIDRO LÓPEZ

Esto nos lleva a otra cuestión clásica de la economía ecológica, la de la escala, es decir, la idea de que por encima de cierta escala de consumo o de producción ninguna actividad económica es sostenible. Este enfoque difiere diametralmente del llamado enfoque de la ecoeficiencia, que aspira a reducir el impacto ambiental o el consumo energético por unidad de producto a través del cambio tecnológico.

JORDI ROCA JUSMET

Sí, desde luego, las soluciones tecnológicas son importantes, pero mucho más importante es la escala de la producción. En el fondo, el problema es que se tiende a considerar que los niveles sin precedentes de crecimiento de la producción y de la población del siglo pasado se pueden proyectar indefinidamente en el futuro, cuando son irrepetibles. Como dice John McNeill en su historia ambiental del siglo XX, Algo nuevo bajo el sol, las tasas de aumento del uso de energía, de ocupación de suelo, de población humana, de consumo de materiales y de generación de contaminantes del siglo XX no pueden repetirse. La economía ortodoxa parte de un análisis ahistórico que lleva a dar por sentado que los niveles desorbitados de estas variables son normales. En los modelos de crecimiento, la economía puede crecer cada año un 3%, da igual que sea durante diez, veinte o cien años, pero hay que tener en cuenta que estas extrapolaciones suponen aceptar que la economía va a ser dos veces mayor cada veinticinco años.

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El análisis de la economía ortodoxa, además de ser ahistórico, está completamente descontextualizado. Continuamente extraemos energía y recursos de los países que no se encuentran en nuestros niveles de consumo y que, paradójicamente, no pueden ponerse a nuestro nivel porque en ese caso nosotros ya no podríamos estar como estamos… El informe Brundlandt, de 1987, ya señalaba que el saqueo del capital ecológico del planeta y la imposición de decisiones autoritarias a los países del sur es el principal problema ambiental del mundo. Si se contextualiza adecuadamente, como hace Edgar Morin, y se plantean las preguntas adecuadas, como «¿es esto repetible?»; «¿cuánta gente puede vivir así?», etc., el carácter necesariamente minoritario del desarrollo occidental aparece claramente. Es decir, estamos ante un modelo que funciona siempre y cuando no se generalice. Por otro lado, no hay que olvidar que cada país o cada contexto cultural tiene su propia noción de desarrollo, que la economía ortodoxa ha quebrado con una visión torpe y errónea, declarando que todo el que no vive como nosotros está subdesarrollado. Yo he estado en Bolivia, trabajando sobre agroecología con gente del Altiplano, que tiene una vinculación muy diferente con su medio. Saben perfectamente en qué contexto viven y saben que si se salen de sus patrones tradicionales de producción y consumo, su civilización se colapsa. Y es que, como dice Diamond en su libro Colapso, el desarrollo consiste en aprender a adaptarse, en saber en qué contexto vivimos y cuáles son los valores e instituciones que nos permiten hacerlo sin colapsar.

ISIDRO LÓPEZ

Esto nos lleva a la cuestión de la sostenibilidad, que es, ahora mismo, un auténtico campo de batalla, un término en el que parece caber todo y que figura en los contextos más diversos: desde documentos de trabajo de la Unión Europea en los que coexiste tranquilamente con nociones y objetivos propios de la economía ortodoxa, hasta concepciones más cercanas a la economía ecológica que se apoyan en un conocimiento más sólido. ¿Cómo evitar, en este contexto, las mistificaciones? ¿Se puede hacer de la sostenibilidad una noción políticamente operativa?

JORDI ROCA JUSMET

El concepto más difundido es el de desarrollo sostenible, un término muy abierto que ha tendido a identificarse con crecimiento sostenible. De hecho, muchas veces se utilizan ambos términos como sinónimos, cuando crecimiento sostenible es un concepto absolutamente inadecuado, ya que asume que el objetivo sigue siendo el crecimiento y que tan sólo hacen falta algunas mejoras para que sea sostenible. Una reacción provocadora frente a esta identificación de sostenibilidad y crecimiento sostenible es la propuesta reciente del decrecimiento en los países ricos.

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Para evitar confusión, yo diría que el desarrollo sostenible es el corolario de la economía ecológica. Pero, claro, los políticos se apropian del lenguaje y lo vacían de contenido; así, concepciones que son excluyentes entre sí se vuelven compatibles porque nunca se van a llevar a la práctica. Por otro lado, hay documentos de la Unión Europea que son conceptualmente interesantes, pero que tampoco se aplican. Un buen ejemplo es la Directiva Marco Europea del Agua, cuya elaboración llevó doce años, y otros diez la puesta en marcha de sus primeras y tímidas aplicaciones; al final nos encontramos con una directiva muy ambigua y que no va a ser fácil de llevar a la práctica.

Si hablamos de los cambios de lógica económica, hay otro punto fundamental que no sé muy bien cómo formular para que no parezca que me refiero a cuestiones inevitables dentro de un marco capitalista. Vivimos en un tipo de capitalismo en el que resulta imposible plantear la gestión del ahorro desde un punto de vista social o colectivo; el resultado es que todo ahorro va a parar a la destrucción del territorio por la vía de la compra de segundas residencias y de inmuebles en general que se quedan vacíos pero que son más rentables que tener el dinero en el banco. Sería interesante explorar lógicas económicas en las que el ahorro privado sea menor, y las ciudades tiendan a ser espacios convivenciales de los que no haga falta salir corriendo…

ISIDRO LÓPEZ

Buena parte de los análisis de la economía ecológica implican una noción de propiedad co-mún o de espacio social compartido. ¿Creéis que el hecho de volver a las magnitudes físicas y biofísicas, unas dimensiones cuya identificación con la propiedad privada es mucho menos inmediata que la del dinero, remite de algún modo a una defensa de lo común?

FEDERICO AGUILERA KLINK

Si se piensa en términos de sistema, que es lo que trata de hacer la economía ecológica, se ve que no nos apropiamos de recursos aislados, sino de ecosistemas con impactos e implicaciones que generalmente desconocemos. Según los manuales de economía ortodoxa, la propiedad común debe desaparecer porque es ineficiente -lo que es de todos no es de nadie, nadie lo cuida…- pero históricamente se demuestra que esto no es así. La concepción de lo común como una ineficiencia destinada a desaparecer surge del artículo clásico de Harding «La tragedia de los comunes»; hace años, escribí un artículo en la revista Ecología Política en el que me preguntaba «¿La tragedia de los comunes o la tragedia de la malinterpretación en economía?». Desarrollar ese espacio colectivo de propiedad común es algo parecido a lo que Ivan Illich denominaba la convivencialidad. Ahora bien, creo que va a ser muy complicado que nos dejen desarrollar la inteligencia necesaria para desplegar este espacio convivencial. Salvo algunos casos concretos, no veo que nadie defienda lo público y sí veo otras cosas, como la guerra de Irak, que apuntan en la dirección opuesta.

ISIDRO LÓPEZ

Hablando de futuro, hay ciertas tendencias del pensamiento ecologista que consideran que la crisis, de por sí, puede solucionar los problemas ecológicos: por ejemplo, que los problemas relacionados con los flujos de energía se pueden resolver por vía del aumento de los precios del petróleo, o que los problemas derivados de la invasión del territorio que provocan los ciclos alcistas del sector inmobiliario se van a solucionar con el pinchazo de la burbuja y la crisis del sector de la construcción. Pero, si analizamos lo que ha sucedido históricamente, vemos que, en muchos casos, estas crisis funcionan como momentos de reorganización que favorecen la reaparición de los mismos fenómenos sólo que a una escala mayor, apoyada en una mayor concentración de capital, etc. ¿No sería bueno decir claramente que la crisis no puede ser un sustituto de la acción política?

JORDI ROCA JUSMET

Por supuesto, es algo clave. Es un error garrafal esperar a que las cosas vayan fatal para que se solucionen; nada nos asegura que después de una crisis, si no hay una gestión adecuada, las cosas vayan a ir mejor. Si esperamos a que se dispare el precio del petróleo para que se reestructuren los consumos energéticos, estamos renunciando explícitamente a la posibilidad de construir una transición más o menos ordenada. Incluso aunque consideremos que ya es demasiado tarde para un cambio ordenado, es importante tener en cuenta que el cambio necesario no es sólo de fuentes energéticas sino, sobre todo, de estilos de vida. Por ejemplo, en los últimos años se ha producido una importantísima toma de conciencia pública en torno al problema del cambio climático. Pero, por un lado, los gobiernos son muy tímidos en sus políticas y, por otro, aunque cada vez más gente exige medidas drásticas, en el momento en que éstas van encaminadas a poner trabas al uso del automóvil privado, por ejemplo, se desencadena una gran oposición.

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Como ha apuntado muy bien Jorge Riechmann, hasta que no haya una redistribución duradera de la riqueza monetaria y no monetaria no va detenerse la voracidad depredadora del capitalismo. Seguiremos aplicando lo que José Manuel Naredo ha llamado la regla del notario, es decir, la desvalorización del coste de extracción -en términos de recursos consumidos y también de residuos generados- de los minerales, mientras se revalorizan los trabajos de menor contenido energético, dominantes en los países occidentales. Como consecuencia de la persistencia de esta situación, la crisis ecológica podría provocar una lucha por los recursos a nivel global que rayaría en el ecofascismo. De hecho, la guerra de Irak o la invasión de Afganistán son un buen ejemplo de esta deriva. Hay un componente geoestratégico brutal, obviado erróneamente por muchos análisis académicos, que está determinando lo que puede suceder mañana, y no lo digo en sentido metafórico.

FEDERICO AGUILERA KLINK

La nueva economía del agua, Madrid, Libros de la catarata, 2008
La protección de los bienes comunes de la humanidad: un desafío para la política y el derecho del siglo XXI, Madrid, Trotta, 2006 [et al.]
Calidad de la democracia y protección ambiental de Canarias, Lanzarote, Fundación César Manrique, 2006
El agua en España, propuestas de futuro, Guadarrama, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2004 [et al.]
Los mercados de agua en Tenerife, Bilbao, Bakeaz, 2002
Economía del agua, Madrid, Centro de Publicaciones del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, 1996
Economía y medio ambiente: un estado de la cuestión, Madrid, Fundación Argentaria, 1996
Economía, ecología y medio ambiente en Canarias, Santa Cruz de Tenerife, Francisco Lemus Editor, 1992

JORDI ROCA JUSMET

«Cambio climático: el protocolo de Kioto, la directiva europea de comercio de derechos de emisión y la situación española», en J. Sempere y E. Tello (coord.) El final de la era del petróleo barato, Barcelona, Icaria, 2008
«La crítica al crecimiento económico desde la economía ecológica y las propuestas de decrecimiento», Ecología Política, n. 33, 2007.
«El debate sobre el crecimiento económico desde la perspectiva de la sostenibilidad y la equidad» en A. Dubois, J. L. Millán y J. Roca (coord.), Capitalismo, desigualdades y degradación ambiental, Barcelona, Icaria, 2001
Economía ecológica y política ambiental, México, Fondo de Cultura Económica, 2000 [con Joan Martínez Alier]
«Instrumentos para una economía más sostenible: mercados y política ambiental» en R. Bermejo y A. García Espuche (ed), Hacia una economía sostenible, Barcelona, Centre de Cultura Contemporània de Barcelona/Bakeaz, 2000
«Las emisiones de CO2: un ejemplo de la desigualdad en la ocupación del ‘espacio ambiental'», mientras tanto, n. 77, 2000 [en colaboración con V. Alcántara]

https://cbamadrid.es/revistaminerva/articulo.php?id=259

https://rebelion.org/por-una-economia-integrada-en-el-mundo-que-la-rodea/

 En La casa de mi tía con licencia CREATIVE COMMONS

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ULRICH BECK

La irresponsabilidad  organizada - Ulrich Beck (2020)

La actual etapa del industrialismo se puede caracterizar  como «sociedad de riesgo», una sociedad que no está  asegurada, ni puede estarlo porque los peligros que ace chan son incuantificables, incontrolables, indeterminables  e inatribuibles. Al hundirse los fundamentos sociales del  cálculo de riesgos, y dado que los sistemas de seguro y  previsión son inoperantes ante los peligros del presente,  se produce una situación de irresponsabilidad organizada.  Frente a ella, nuevos sujetos sociales proponen un nuevo  proyecto ilustrado, alternativo.  

Casi un 30% de las noticias que aparecen en los diarios  de gran tirada de la República Federal son noticias rela cionadas con «situaciones de riesgo» o con el «veneno de  la semana»: escándalo de la carne de ternera, extinción  de focas, desaparición de especies enteras, smog, conta minación de petróleo en el Antártico, agujero de ozono,  conferencias internacionales, valores límite permisibles,  sentencias judiciales, declaraciones de inocencia —todo  ello aparece en las primeras planas, en las páginas de di vulgación científica, en las secciones de información eco nómica, en las informaciones locales, en «varios». ¿Qué 

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se esconde tras una sociedad como la nuestra que se de bate vertiginosamente de una noticia terrible y de un peli gro de envenenamiento a otro?  

Erhard Eppler ha manifestado recientemente que la coali ción que gobierna en la República Federal ha acabado por  ser arrastrada por la vorágine porque no ha sido capaz de  comprender cuáles son los miedos y las realidades que  encierran todas esas noticias cotidianas sobre los riesgos  que nos amenazan. 

Es como un jeroglífico; signos de una época que ya nadie  comprende. Podemos citar como ejemplo el caso de la  atracina que aparece cada vez en mayor cantidad tanto  en las aguas subterráneas, como en el agua potable.  Prácticamente nadie sabe qué es la atracina. Muchos téc 

nicos afirman que es totalmente inocua. Tiempo atrás se  establecieron —bastante alegremente— unos valores lí mite de 0’05 porque se pensaba que ni éste ni otros pro ductos químicos llegarían jamás a contaminar las aguas  subterráneas.  

Según se dice, carece de efectos nocivos y no se ha de mostrado que produzca dolencia alguna; por lo tanto,  basta con que multipliquemos por 500 sus valores límite  para que el problema quede resuelto. Por otra parte, los  ciudadanos normales no están en condiciones de hacer  ningún cursillo acelerado de química. En cualquier caso,  ya han encajado otras mentiras.  

Ahora le ha llegado el turno al agua potable. El agua es el  símbolo de la vida y, a fin de cuentas, nosotros percibimos  la realidad a través de los símbolos. Aquel que envenena  el agua es un «envenenador de fuentes», elevar los valo 

res considerados como límite no es más que una sucia  trampa. ¿Cómo salvar la vida de mis seres queridos, mi  vida y la vida de las generaciones futuras?

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Estamos en la «sociedad del riesgo», es decir, rodeados  de efectos destructivos de la industria que se abaten so bre nosotros hiriendo de muerte a muchos de nuestros  símbolos culturales más importantes (árboles que mueren  poco a poco, focas que se extinguen, agua potable conta minada).  

La esfera de lo privado salta hecha pedazos, ante noso tros se abren las tinieblas de una vuelta atrás, todo ello  adornado y justificado por decisiones de alto nivel, por es trategias de mercado mundial, por experimentos de labo ratorio, y justificado también desde los medios de comuni cación.  

El gobierno utiliza la violencia policial para barrer Wa ckersdorf y grita a su vez: «¡Abril, Abril!», cuando otras  personas mejor enteradas muestran su rechazo. La polí tica oficial oscila entre la utilización de su poder y la impo tencia; cada catástrofe ocultada a la opinión pública sirve  para poner en evidencia y en ridículo a los propios políti cos. 

Dicho de un modo más sistemático. la «sociedad del  riesgo» es la época del industrialismo en la que los hom bres han de enfrentarse al desafío que plantea la capaci dad de la industria para destruir todo tipo de vida sobre la  tierra y su dependencia de ciertas decisiones. 

Esto es lo que distingue a la civilización del riesgo en la  que vivimos, no sólo de la primera fase de la industrializa ción, sino también de todas las civilizaciones anteriores.  Por diferentes que hayan sido. 

Este es precisamente el punto de vista recogido amplia mente en Beck, Risikogesellschaft - Auf den Weg in eine  andere Moderne, Frankfurt 1986 e id., Gegengrifte - Die  organisierte Unverantwortlichkeit, Frankfurt 1988.

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La omnipotencia del peligro  

Hasta hace aproximadamente dos décadas, nuestra so ciedad estaba absorbida por la cuestión del bienestar y de  su reparto; sin embargo, en los últimos tiempos son las  amenazas que acabamos de mencionar y los conflictos  sociales que se derivan de éstas lo que constituye de  forma creciente nuestro principal centro de interés.  

La mayoría de estas amenazas se caracterizan —a dife rencia de otras, como caerse del caballo o morir de tu berculosis— por la dificultad que presenta su delimitación  tanto desde el punto de vista espacio-temporal como  desde el punto de vista social.  

Por explicarlo mediante una fórmula sencilla —aunque un  tanto grosera—: el hambre es jerárquica (tampoco en la  última guerra pasaron todos hambre); la contaminación  atómica es igualitaria y, por tanto, «democrática». Los ni 

tratos del agua potable no retroceden ante el grifo de un  director general. 

Todo el daño, la miseria y la violencia que los hombres  han infligido a otros hombres se han concentrado sobre  «los otros» —obreros, judíos, negros, refugiados políticos,  disidentes, mujeres, etc.—, lo cual dejaba a salvo, al me 

nos en apariencia, al resto. Ahora, sin embargo, nos en contramos ante la «desaparición de los otros», ante la  desaparición de todas nuestras muy preciadas posibilida des de distanciamiento: la distancia se ha esfumado ante  la contaminación atómica y química.  

La miseria puede ser marginada, pero los peligros que se  derivan de la era atómica y química, no —en ello justa mente radica su nuevo poder político y cultural. 

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En eso consiste la omnipotencia del peligro que ha aca bado por eliminar las zonas protegidas y las diferencias de  la sociedad moderna. 

Contiendas nacionales»  

en la sociedad del riesgo  

«Reunámonos todos juntos en el mismo bote», por expre sarlo con una bonita metáfora. Pero, como siempre ocu rre, también habrá capitanes, pasajeros, pilotos, maqui nistas y ahogados. Dicho en otras palabras, siempre ha brá países, sectores y empresas que se beneficien de  

esta situación de riesgo y otros, en cambio, que se sientan  amenazados no sólo en su integridad física, sino también  en su existencia económica.  

Si, por ejemplo, el Mar del Norte acaba por morir o por ser  considerado como un «peligro para la salud» desde el  punto de vista social —en este caso tampoco habría de masiadas diferencias en las repercusiones económicas— entonces morirá no sólo el Mar del Norte, con toda la vida  que alberga y que posibilita, sino que también se extingui rán las actividades económicas en todos los lugares, sec tores, costas y países que dependen directa o indirecta mente de la explotación comercial del Mar del Norte.  

Cuando estamos a punto de comenzar un futuro cuyas  cumbres se divisan ya desde aquí, la civilización industrial  empieza a transformarse en una especie de «contiendas  nacionales» en el seno de esta sociedad mundial del  riesgo. Nos hallamos en una coyuntura en la que los  desastres naturales se juntan con desastres comerciales.  

Ya no es lo que cada cual posee o lo que cada cual es  capaz de hacer lo que determina su posición social y su  futuro; en la actualidad, ello viene condicionado mucho 

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más por el lugar en el que vive y por aquello de lo que vive  y también por la capacidad de los demás para contaminar  su entorno. 

Las mentiras institucionales que, por lo demás, gozan de  todo tipo de apoyos oficiales, tienen también sus límites.  La venganza contra ese debate abstracto de los expertos  sobre los peligros que nos amenazan viene dada por la  evidencia de la concreción geográfica. Podemos discutirlo  todo, y también podemos escuchar impasibles las histo 

rias cada vez más fantásticas fabricadas por las institucio nes oficiales. Pero eso no evitará, sino que acelerará, la  destrucción. Atravesando fronteras nacionales y líneas de  conflictividad política-industrial, acabarán por surgir ámbi tos geográficos —«Regiones-contaminadas»—, cuyo «destino» quedará marcado por la destrucción de la natu raleza perpetrada por las sociedades industriales. 

El sector turístico suizo, sus amenazados pueblos de  montaña y campesinos se han visto obligados a pagar la  cuenta de la superindustrialización europea.  

Puede citarse también como ejemplo la cuestión de las  consecuencias del «agujero de ozono»: el «efecto inver nadero» hará que la temperatura ambiente y que el nivel  del mar se eleven en todo el mundo como consecuencia  del deshielo.  

El inicio de esta era cálida acabará por anegar zonas cos teras enteras, provocará la desertización de zonas agríco las, introducirá modificaciones de consecuencias incalcu lables en la distribución de las bandas climáticas y acele rará de modo dramático el proceso de extinción de espe cies enteras. Las zonas más pobres del mundo serán las  

más afectadas porque son las que poseen menor capaci dad de adaptación ante cualquier modificación del en torno. 

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Quienes sientan amenazadas las bases de su existencia,  escaparán de las zonas más miserables. Se producirán  auténticas migraciones de fugitivos del desastre ecológico  y climatológico en busca de refugio que inundarán los ri 

cos países del Norte; las crisis que se desaten en el Tercer  y Cuarto Mundo pueden derivar fácilmente en guerras.  También el clima político internacional se transformará  mucho más rápidamente de lo que nos imaginamos hoy.  Todo esto no son sino hipótesis de futuro, pero es impor 

tante que las tomemos en serio, pues cuando lleguen a  convertirse en realidad será demasiado tarde para contra rrestarlas.  

Las cosas podrían ser mucho más sencillas si se consi guiera evitar que los países del Tercer y Cuarto Mundo  cometieran los mismos errores que han cometido los paí ses altamente industrializados en su proceso de industria lización. Sin embargo, la construcción descontrolada de  sociedades industriales sigue siendo considerada como la  mejor de las vías posibles para superar muchos proble mas —no sólo la pobreza— de modo que la necesidad  evidente de combatir la miseria provoca la marginación de  la cuestión de la destrucción del medio ambiente. 

La moral ecológica no es a menudo tan inocente como  puede parecer, pues la protección de la naturaleza, como  es sabido, acaba siempre por convertirse en una mera  cuestión de mercados y de competencia internacional.  Así, por ejemplo, la lucha por la conservación de los bos 

ques se valora en Francia como una hábil estratagema de  la industria automovilística germanoccidental contra sus  competidores en el mercado europeo.  

Las antiguas colonias corren en este momento el riesgo  de una nueva «recolonización ecológica», si tenemos en  cuenta las «cruzadas ecologistas» que se han desatado  en los mercados internacionales. Como diría un cínico, 

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gracias a su pobreza estos países pueden llegar a conver tirse «voluntariamente» en depósitos baratos, provisiona les o definitivos, de los residuos nucleares tóxicos que ge neran los «países productores de basura» altamente in dustrializados. Más allá de eso, las barreras comerciales  

de los países industrializados, endurecidas ahora por ra zones ecológicas, son murallas que los condenan a la mi seria.  

Los peligros que nos amenazan y las políticas nacionales  agudizan las contradicciones que enfrentan a los países  ricos y pobres y les confieren unas dimensiones interna cionales; grupos enteros de países acabarán por pertene cer al gueto de los países más pobres del mundo bajo la  dependencia humillante de la ayuda social internacional. 

Elementos comunes  

en las situaciones de riesgo  

Los conflictos entre aquellos que están soportando todos  los riesgos y aquellos que se benefician de tales riesgos  están provocando profundas divisiones en los continen tes, entre las naciones, entre las clases sociales y los par tidos. A pesar de todo, es evidente que, al aumentar los  riesgos, aumentan también aquellos elementos que tie nen en común todas las situaciones de riesgo por encima  de cualquier trinchera o frontera. Hasta dónde podría lle gar a extenderse el riesgo es algo que se evidencia parti cularmente cuando se produce una catástrofe: El peligro  nos convierte repentinamente a todos en vecinos de Cher nobyl, en ciudadanos de la Unión Soviética. Sus medidas  de seguridad son nuestras medidas de seguridad, sus  errores son los nuestros —tal vez mañana las cosas su cedan al revés.

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Las decisiones en torno a la utilización o no de tecnología  son decisiones propias de las empresas y de los Estados.  Sin embargo, las amenazadoras consecuencias que po drían derivarse de tales decisiones podrían convertirnos a  todos nosotros en miembros de una comunidad interna cional amenazada. La cuestión de si sería posible que se  produjeran accidentes similares en las centrales nuclea res alemanas es ciertamente importante, pero cada vez  menos. La tarea de garantizar la seguridad y la integridad  de los ciudadanos ya no es tarea de un Estado aislado — esta es una de las principales enseñanzas que nos han  proporcionado las grandes catástrofes que se han produ cido recientemente. Con ellas se ha producido también el  fin de la política «exterior», el fin de los «asuntos internos  de otro país», el fin de los Estados nacionales. 

Ello significa también que los errores de los demás pue den suponer para nosotros el mismo peligro que nuestros  propios errores. Si no estamos dispuestos a extirpar radi calmente cualquier posibilidad de error —tan humano— no nos queda sino una posibilidad: eliminar la energía nu clear de todo el mundo. Ello nos permitiría acercarnos un  poco más a esa utópica sociedad mundial.  

Del mismo modo que en el siglo xix los hombres se vieron  forzados a aprender, amenazados por la ruina económica,  que no tenían más remedio que someterse a las condicio nes determinadas por la sociedad industrial y por el tra bajo asalariado, nosotros no tenemos tampoco otra op ción, ni ahora ni en el futuro, que someternos a la dura  evidencia del apocalipsis y practicar una política interior  mundial, es decir, habremos de hallar y de imponer solu ciones para las amenazas que hemos provocado, ha ciendo caso omiso de las fronteras y de las enemistades  tradicionales.

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A pesar de que este tipo de planteamiento no cuenta con  el apoyo de ninguna institución política, es evidente que la  transición de las sociedades industriales hacia sociedades  sometidas a todo tipo de riesgos empieza a cambiar nues 

tro concepto de comunidad. Por expresarlo de un modo  esquemático, en estas dos clases de sociedades moder nas se evidencia la quiebra de sistemas de valores total mente diferentes:  

Las sociedades industriales de clases continúan atadas,  en su dinámica evolutiva, al ideal igualitario (e incluimos  aquí sus diferentes manifestaciones, desde la idea de la  igualdad de oportunidades, hasta las variantes que repre 

sentan los modelos sociales de carácter socialista). No es  eso lo que ocurre en la sociedad del riesgo: el principio  normativo que constituye su fundamento y que le da cohe rencia es la seguridad. La fuerza que impulsa a la socie dad industrial de clases puede resumirse en una sola  frase: ¡Tengo hambre! Por el contrario, el impulso motor  de la sociedad de riesgo se reflejaría más bien en esta  otra frase: ¡Tengo miedo!  

En este sentido, la sociedad del riesgo corresponde a una  época en la que la solidaridad se produce como conse cuencia del miedo y se convierte en una fuerza política en  la que, de todos modos, resulta muy difícil entrever la  forma en la que actúa el miedo como vehículo de unión:  ¿tal vez el miedo —al contrario que la miseria material— 

constituye un fundamento demasiado inestable para los  movimientos políticos? ¿Pueden las campañas informati vas contrarias acabar con esa comunidad basada en el  miedo?

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Miedo e inseguridad, nuevas claves 

La capacidad de supervivencia en las sociedades indus triales viene determinada por la capacidad de los hombres  para combatir la miseria y evitar la degradación social. En  la sociedad del riesgo se necesitan, además, otras aptitu des para sobrevivir. El miedo a descender en la escala  social, la conciencia de clase o el deseo de ascenso social  pasan a un segundo plano ante cuestiones como ésta:  ¿cómo vencer el miedo, si no podemos combatir directa mente las causas de nuestro miedo? ¿cómo continuar vi viendo en el volcán que es esta civilización sin intentar ol vidarlo conscientemente y sin morir asfixiados por el  miedo —y no sólo por los gases que despide?  

Tanto las formas tradicionales e institucionales del miedo,  como la superación de la inseguridad en la familia, tanto  la conciencia de clase, como los partidos políticos y las  instituciones que se relacionan con ésta han perdido rele 

vancia. Al mismo tiempo que se exige a los individuos que  lo supere, crecen las presiones para que asimilemos indi vidualmente nuestra inseguridad. Este hecho podría con ducir, a corto o largo plazo, a que se planteen nuevas exi gencias a las instituciones sociales, empezando por las  instituciones educativas y pasando por la Iglesia y la polí tica.  

Así pues, en la sociedad del riesgo, la convivencia coti diana con el miedo y la inseguridad se convierte, tanto bio gráfica como políticamente, en una clave de la civilización.  

Del mismo modo, las reivindicaciones de «mano dura» y  la aparición del «movimiento por un mundo sano» que  acaban de reaparecer en la República Federal bajo nue vas formas organizativas comienzan a atraer a un número  cada vez mayor de personas. Desde este punto de vista, 

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el auge experimentado por los partidos de extrema dere cha en la República Federal tal vez obedezca menos a un  rebrote del fascismo alemán que a la necesidad que la  gente tiene de recurrir a una especie de «pararrayos» para  superar toda la inseguridad y las incertidumbres que nues tras sociedades ocultan tras su fachada de bienestar y to dos los desafíos que le aguardan. 

Y, sin embargo, seguimos estando ciegos para discernir  muchos de los peligros que nos amenazan: así, mientras  que nuestra percepción de la realidad no registra otra cosa  que normalidad, las fuentes de la vida —en estrecha co 

rrespondencia con los debates de los expertos y con las  divergencias existentes sobre los valores límite— se  transforman en fuentes de peligro y viceversa. Ello hace  que los hombres se vean obligados a desechar aquello  que hasta ahora parecía lógico, fiarse de lo que ven los  propios ojos, y por el contrario que se vean obligados a  aceptar cosas que hasta ahora parecían absurdas, como  por ejemplo, desconfiar de sus sentidos para sobrevivir. 

Las amenazas que plantea nuestra civilización han contri buido a crear una especie de nuevo «reino de las som bras» comparable a los dioses y a los demonios que po blaban las épocas más remotas, oculto tras el mundo de  

lo visible y que amenaza con poner en peligro toda la vida  humana sobre la Tierra. Hoy en día ya no nos sentimos  amedrentados por los «espíritus» que se esconden en los  objetos, sino por las «radiaciones», ingerimos «sustancias  tóxicas» y vivimos acorralados, incluso en sueños, por el  miedo al «holocausto atómico».  

Por todas partes se escuchan las risas solapadas y la pre sencia infecta de las sustancias dañinas y tóxicas, como  si de demonios medievales se tratara. La mirada de nues tros contemporáneos, tan maltratados por las sustancias  tóxicas, como la mirada de un exorcista, contempla lo que 

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se halla fuera del alcance de la vista y del oído. Todo  aquello que no somos capaces de percibir —la radioacti vidad, las sustancias tóxicas, las amenazas del futuro— se torna inverosímil y discutible. De igual modo, los deba tes parecen derivar cada vez más hacia una especie de  exorcismo moderno que utiliza los medios que le brinda el  análisis científico. 

La «sociedad del riesgo residual»:  

una sociedad no asegurada  

Hace ya tiempo que nos encontramos con un pie en esa  sociedad del riesgo y, sin embargo, nuestro sistema polí tico, nuestro sistema jurídico, la economía, la ciencia y  también la mayoría de los protagonistas de la vida política  están todavía imbuidos de la idea de la sociedad del bie nestar y de la sociedad distributiva, dicho de modo más  exacto, de la idea de una sociedad de bienestar distribu tivo. Los sindicatos, las organizaciones empresariales, las  asociaciones campesinas, todas estas instituciones son  auténticos expertos en la distribución del bienestar. Pero,  ¿a quién o a qué puede recurrir una joven mujer cuyo hijo  se está asfixiando por culpa de un acceso de laringitis  aguda? ¿A qué tribunales podría exponer sus quejas?  ¿Quién la ayudará si sus hijos enferman de alergia, más  aun cuando ni siquiera la medicina considera esta afec ción como una enfermedad?  

Es evidente que las instituciones derivadas del análisis es tadístico de la previsión social, de los principios de respon sabilidad causal y jurídica, de la seguridad social (a pesar  de todas sus deficiencias) siguen obedeciendo a los ries gos que se derivaban de las sociedades industriales tem pranas, riesgos que, en lo fundamental, afectaban al  puesto de trabajo y a la salud de los trabajadores. 

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Los afectados ajenos al ámbito laboral —vecinos, consu midores y otros— han quedado arbitrariamente excluidos  de las normas legales que protegen contra los efectos de  la destrucción. En un sentido metafórico podría decirse  que vivimos en una especie de «economía de guerra» que  descarga en las gentes las consecuencias destructivas de  su forma de actuar encubriéndolas con las bendiciones  que nos depara el derecho, la ciencia y la política. 

Cuando se produce un incendio, acuden los bomberos,  cuando ocurre un accidente de tráfico, las compañías ase guradoras cubren los gastos. Esta combinación del antes  y el después, esa previsión instantánea que se derivaba  de las precauciones que se tomaban incluso para las hi pótesis más pesimistas ya no existe en esta era atómica  y de experimentación genética y química.  

Las centrales nucleares, cegadas por su propia perfec ción, han eliminado el principio de protección y previsión  no sólo en un sentido económico, sino también en el sen tido médico, psicológico, cultural y religioso. Esta «socie dad de riesgo residual» es, pues, una «sociedad no ase gurada» en la que la cobertura y la protección, paradójica mente, disminuyen al mismo ritmo en que aumenta el  grado de peligrosidad.  

No existe ninguna institución, ni real ni imaginaria, prepa rada para abordar la peligrosa amenaza atómica, ni tam poco ningún orden social que disponga de instrumentos  culturales y políticos para hacer frente a esa situación lí mite. Por el contrario, existen numerosas instancias espe cializadas en negar que existen tales peligros; en lugar de  esa previsión que garantiza también cierta seguridad  cuando se produce una situación de peligro, se recurre al  dogma de la infalibilidad técnica para refutar las hipótesis  de una catástrofe.

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Supresión de los cuatro pilares fundamentales  del cálculo de riesgos y de su cobertura  

La ciencia, la reina del error, se convierte, pues, en pro tectora del tabú. Las «centrales nucleares comunistas»,  las alemanas, desde luego, no, son los únicos frutos em píricos de la acción humana capaces de desmentir todas  las teorías científicas. Incluso esa sencilla pregunta, «y si  algo se pueda hacer, ¿qué hacer?», se pierde en el vacío  de una renuncia a cualquier posibilidad de cobertura.  

En justa correspondencia, la estabilidad política que ca racteriza a esta sociedad del riesgo es la que se deriva de  la determinación de no pensar en ello. Dicho de forma más  exacta, los inmensos riesgos de catástrofe atómica, eco lógica, genética y química han acabado por socavar los  cuatro pilares fundamentales del cálculo de riesgos y de  su cobertura.  

En primer lugar, nos hallamos ante unos daños imposibles  de cuantificar, globales y a menudo irreparables; conse cuentemente, la posibilidad de una compensación mone taria queda descartada.  

En segundo lugar, la previsión de una cobertura que pro teja frente a la peor de las catástrofes queda excluida  cuando de lo que se trata es del riesgo de destrucción: es  decir, la idea, propia de cualquier sistema de seguros, de  establecer por anticipado algún tipo de control frente a las  posibles consecuencias, queda fuera de lugar.  

En tercer lugar, la «desgracia» pierde toda determinación  (espacio-temporal) y, por tanto, también todo sentido y se  convierte en un «acontecimiento» con principio, pero sin  fin, en una especie de «festival interminable» de destruc 

ciones crónicas, galopantes y superpuestas; eso significa,  sin embargo, que se produce una especie de normalidad  y que, por tanto, cualquier cuantificación, cualquier cálculo 

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en torno al grado de peligrosidad carece de sentido, se  coteja lo imposible y el cálculo deriva en encubrimiento.  

En cuarto lugar, y sobre todo, los inmensos riesgos con temporáneos no pueden ser atribuidos a nadie en particu lar. El reconocimiento y la atribución de culpabilidad exi gen en nuestra cultura, desde una perspectiva científica y  

jurídica, la existencia de un principio causal, de un origen.  Tales principios evidentes y éticamente necesarios en los  ambientes científicos y jurídicos tienen, sin embargo, efec tos extremadamente problemáticos y paradójicos. 

Un ejemplo de lo que acabamos de decir lo constituye el  proceso judicial lanzado contra una fábrica de vidrio por el  municipio de Altenstadt, en el Alto Palatinado: motas de  polvo en suspensión del tamaño de un céntimo, de plomo  y arsénico, cayeron sobre el pueblo, nubes de flúor tiñeron  de marrón las ramas de los árboles, corroyeron ventanas  y ladrillos, los habitantes se vieron afectados por erupcio 

nes cutáneas, náuseas y dolores de cabeza. No era ne cesario preguntar cuál era el origen de todo aquello: el  polvo blanco que salía de la chimenea de la fábrica. ¡Éste  sí que era un caso claro! —¿Un caso claro? Al décimo día  de la vista oral, el juez que presidía la sesión propuso sus pender el juicio a cambio de una multa de 10.000 marcos.  Así fue como acabó este asunto. De forma muy parecida  suelen acabar todos los procesos por delitos ecológicos  en la República Federal (en 1985: de 13.000 investigacio nes, hubo 27 condenas con privación de libertad, 24 de  ellas en libertad condicional, y el resto fueron sobreseí das). 

Es lógico que nos preguntemos cómo puede ser: el vacío  legislativo (y no sólo eso), la ausencia de voluntad ejecu tiva (y no sólo ella) protegen a los que cometen esos deli-

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tos. Las raíces son más profundas y no pueden ser elimi nadas por el simple recurso, por enérgico que sea, a la  policía y a los legisladores, recurso cada vez más fre cuente en las filas de los ecologistas.  

En lo que concierne a la ausencia de castigos penales — la razón estribaría en la aplicación estricta del principio de  culpabilidad (en sentido individual). En el caso que hemos  mencionado, el de la fábrica de vidrio, la autoría quedaba  fuera de toda duda y tampoco hubo nadie que la negara.  

El único elemento atenuante que podía esgrimirse residía  en el hecho de que en la misma zona existían otras tres  fábricas de vidrio, que producían el mismo tipo de conta minación. Conviene tomar nota: cuanto más se conta mina, tanto menos se contamina.  

Dicho de otro modo, más exacto: Cuanto más flexibles  son los valores límite fijados, cuanto mayor es el número  de chimeneas y de desagües que emiten productos perni ciosos y tóxicos, tanto menor es la «posibilidad real» de  que uno de esos delincuentes sea responsabilizado del  envenenamiento colectivo, es decir, tanto menor es el ni 

vel de envenenamiento. En consecuencia —pues lo uno  lleva a lo otro— el nivel de envenenamiento y de asfixia  aumenta. ¡Bienvenidos al cabaret de la tecnología agre siva! 

La irresponsabilidad organizada  

La irresponsabilidad organizada descansa, en lo funda mental, en una confusión respecto al siglo en el que nos  hallamos (G. Anders). Los peligros a que nos enfrentamos  tienen su origen en un siglo diferente al de los sistemas de  seguro y previsión que trataban de amortiguarlos. Ello es  lo que explica ambos fenómenos: el estallido periódico de 

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las contradicciones propias de unas burocracias asegura doras altamente organizadas y la posibilidad simultánea  de normalizar esos «shocks». En otras palabras, las exi gencias que plantea la era atómica, química y genética en  el paso al siglo xxi son abordadas a partir de unos princi pios y con unas soluciones que responden mucho más a  las necesidades de la sociedad industrial incipiente del si glo diecinueve y de comienzos del veinte. 

Eso tiene una consecuencia doble: En primer lugar, signi fica el hundimiento de los fundamentos sociales del  cálculo sobre riesgos; la seguridad se transforma en una  seguridad puramente técnica. Sin embargo, uno de los  mayores misterios de ese cálculo consiste en que los com ponentes técnicos y sociales actúan de forma conjunta:  cuantificación, responsabilidad, compensación, previsión.  No son más que conceptos vacíos; en última instancia, la  seguridad política y social acaba descansando en una so brevaloración de las posibilidades de la técnica. 

Para comprender la actitud de los sistemas políticos  frente a los inmensos riesgos contemporáneos es nece sario, en segundo lugar, reparar en la contradicción social  existente entre burocracias altamente desarrolladas y en cargadas de la seguridad y la previsión, por una parte, y  la legalización abierta y despreocupada de riesgos de  magnitud hasta ahora desconocida, por otra. De este  modo, esta sociedad nuestra, imbuida de la cabeza a los  pies de necesidades como la seguridad y la salud, se en cuentra enfrentada en este momento al enorme shock que  representa justamente lo contrario —unos riesgos que de jan fuera de juego cualquier precaución. 

Las instituciones propias de las sociedades industriales  desarrolladas —política, derecho, ciencia y técnica, em presas industriales— disponen de un amplio arsenal que  les permite normalizar esos riesgos no calculados; así, por 

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ejemplo, pueden infravalorar estos riesgos, ignorarlos, so brevalorarlos desde el punto de vista penal y jurídico, cen tralizar la información, etcétera. Los instrumentos de que  se sirve esa política simbólica de descontaminación gozan  hoy en día de gran fama y predilección.  

Sin embargo, puede llegarse a una situación en la que  poco a poco, catástrofe a catástrofe, esta lógica de la re nuncia a superar el riesgo llegue a producir justamente el  efecto contrario: ¿qué nivel de seguridad nos proporciona  el cálculo de probabilidades —y con él, el resto de los aná 

lisis científicos— sobre las posibilidades que tenemos de  superar los riesgos derivados de una catástrofe nuclear  que, de producirse, no afectaría a las teorías científicas,  pero sí destruiría la vida?  

Alguna vez habrá que preguntarse para qué sirve un «sis tema jurídico» que se dedica a controlar hasta en sus más  mínimos detalles los pequeños accidentes técnicamente  superables pero que, sin embargo, legaliza, haciendo uso  de su autoridad, los grandes peligros de nuestra era  cuando la técnica no se muestra capaz de minimizarlos, y  que considera como transgresores a todos aquellos, muy  numerosos, que tratan de protegerse de ellos. 

¿Cómo puede sostenerse una autoridad política que trata  de salir al paso de la conciencia del peligro con enérgicas  afirmaciones de que no existe ningún riesgo pero que, a  la vez, opta por limitarse a acusar y que, con cada acci 

dente o indicios de accidente pone en juego toda su cre dibilidad?

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Inesperado resurgimiento de  

una «subjetividad inmensa»  

A pesar de todo, hay indicios, que hasta ahora habían pa sado prácticamente desapercibidos, de que existen zonas  de resistencia: el fenómeno social más asombroso, sor prendente y peor comprendido de los años ochenta es el  representado por el inesperado resurgimiento de una «in mensa subjetividad». En nuestra sociedad, son los grupos  marginales quienes han tomado la iniciativa desde un  punto de vista reivindicativo; ellos fueron quienes incluye ron en el orden del día del debate social los asuntos rela cionados con las amenazas que pesan sobre nuestro  mundo, pese a la oposición de los partidos tradicionales.  

En ningún lugar se revela tan claramente este hecho  como en esa fantasmagoría de la «nueva unidad» que re corre Europa: existe una sensación universal de que es  necesario reconocer, al menos formalmente, la existencia  de problemas ecológicos —sensación que es compartida  por la CSU[1] y los comunistas, por la industria química y  por sus detractores, los verdes. Todos, absolutamente to 

dos los productos son —como mínimo— «inocuos para el  medio ambiente»: existen rumores de que los grandes  trusts de la industria química tienen la intención de consti tuirse en asociación de protección de la naturaleza. 

Hay que admitirlo: no se trata sino de una campaña co mercial, de simple oportunismo, si bien tal vez, ocasional mente, también de un auténtico cambio en los puntos de  vista. Sin embargo, los hechos y los lugares que han ori ginado estos acontecimientos son completamente ajenos  a tales cambios. Y sigue siendo cierto que esos temas,  que en estos momentos se han convertido ya en temas  

  

1 Christlich-Soziale-Union, Unión Cristiano-Social, partido  alemán muy conservador.

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habituates de conversación, no han sido planteados ni por  la capacidad de previsión de los gobernantes, ni por los  debates parlamentarios —ni tan siquiera por las catedra les del Poder en la Economía, la Ciencia o el Estado. Muy  al contrario, estos problemas se han convertido en cues tiones sociales de primera fila gracias a la presión de gru pos y de grupúsculos que han tenido que enfrentarse a una oposición crispada, a la ignorancia institucionalizada,  a su propia confusión, a sus actitudes moralizantes, a sus  propias divergencias y dudas en torno al camino a seguir.  

Esta subversión democrática ha logrado alcanzar una vic toria casi increíble en torno a cuestiones programáticas— y eso, además, ha ocurrido en Alemania, quebrando una  cultura cotidiana basada en el respeto a la autoridad y que  ha hecho posible, con su sumisión, todo tipo de desatinos  y locuras institucionales. 

La Ilustración ecológica: un nuevo  

proyecto social para Europa  

Este cambio en las prioridades de los programas políticos  no se limita sólo, según aseguran los defensores del viejo  orden para darse mutuamente ánimos, al ámbito del «irra cionalismo alemán» de la próspera República Federal,  como lo demuestra recientemente la aparición de fenóme nos similares en los Países Bajos, en los países escandi navos, en Inglaterra, en algunos países de la Europa  Oriental, en la Unión Soviética, y también en algunos paí ses latinoamericanos. La importancia económica de la  protección del medio ambiente, su importancia para el  mantenimiento de puestos de trabajo ha sido reconocida  desde hace ya tiempo y tal vez sea eso lo que ha determi nado el reconocimiento de su importancia en el ámbito de 

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la política exterior y también de su importancia en relación  con la conciencia democrática de la sociedad. 

Europa tiene ahora la oportunidad de desarrollar y de  abrirse a un nuevo proyecto social. La oposición Este Oeste, reflejo de ideologías y mentalidades encastilladas,  se está debilitando tanto aquí como allí. Las cuestiones  supranacionales suscitadas por la aparición de las socie dades del riesgo pueden llenar el vacío que aquellas de jan; a ello contribuiría la necesidad, propiciada por la téc nica, la ciencia y la economía, de llegar a acuerdos de  rango mundial. A ello contribuiría, asimismo, la prolifera ción generalizada de los peligros grandes y pequeños,  lentos y galopantes, que amenazan con destruir la Tierra;  a ello deberían contribuir también, en fin, las grandes exi gencias que el capitalismo desarrollado y la sociedad del  bienestar pretenden tener en cuestiones de racionalidad y  seguridad.  

Éstas son las oportunidades que brinda el miedo de cara  a la construcción de una política europea de alcance mun dial que no debería limitarse simplemente a la creación y  puesta en marcha de la «casa común europea», sino tam bién a la aceptación por parte de los países industriales  desarrollados de que gran parte de la responsabilidad es  suya y de que deben correr con los gastos derivados de  un cambio de rumbo. Precisamente allí donde se originó  y desarrolló esa lógica basada en el progreso industrial,  es decir, en Europa, es donde debería comenzar también  esa Ilustración en torno y en contra de la sociedad indus trial.  

Ese proyecto de construir una Ilustración ecológica habría  de servir tanto para lo pequeño como para lo grande —y  también para lo cotidiano, dado que los peligros se ciernen  también sobre la rutina diaria y exigen una enérgica lla-

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mada a la movilización ciudadana— en el puesto de tra bajo de las industrias, en la práctica médica que trata con  los hombres, con sus interrogantes y sus miedos, en la  investigación, que dispone de la posibilidad de encubrir o  de desvelar, en los tribunales, en la administración y tam bién, y especialmente, en las redacciones de los medios  de comunicación en los que hallan plasmación cultural  muchas cosas que no vemos.  

Las relaciones de la casa común europea con sus vecinos  del mundo han de girar en torno a cuestiones bien concre tas. Se trata también de que renunciemos a seguir asu miendo la certeza de que somos países ricos y generosos  y de que, por el contrario, reconozcamos nuestro papel  como países industriales y destructores y extraigamos las  oportunas consecuencias. Ello constituiría un paso con creto en nuestra contribución a esa «Ilustración ecoló gica». 

Una Edad Media Industrial  

El proyecto tecnocrático, ese dogmatismo tecnológico de  la ideología industrial no debe proseguir en su camino  hasta el límite de la crisis ecológica, pues, en tal caso aca baríamos por consolidar una tecnocracia cada vez más  perfecta. La sociedad industrial ha traído como conse cuencia una democracia limitada en la medida en que to das las cuestiones relacionadas con la transformación de  la sociedad tecnológica quedan fuera del ámbito de las  decisiones políticas y parlamentarias.  

A este respecto podemos citar, como ejemplo, el caso de  la genética humana y de las nuevas técnicas médicas de  reproducción que acabarán por transformar mucho más  profundamente el futuro de nuestra maternidad y paterni 

dad —y lo que quede de todo ello, si es que queda algo—

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que todas las leyes sobre la familia que se han promul gado durante las dos últimas décadas. Tal como están las  cosas, igual da que discutamos o que estemos o no de  acuerdo. Aunque rechacemos el progreso, no podemos  evitar que se produzca. Estamos ante un cheque en  blanco, más allá de cualquier aprobación o rechazo para  el desarrollo de ese progreso.  

Estamos en una Edad Media Industrial que hemos de su perar. Sin embargo, ello requiere formas de organización  diferentes de los binomios ciencia-producción, ciencia opinión pública, ciencia-política, técnica y derecho. 

Y, para terminar, una pregunta: ¿Qué pasaría si la radio actividad produjera eczemas? Algunas personas realis tas, que también podemos definir como cínicas, respon derían: ya encontraremos algo, por ejemplo, alguna po mada, para desactivar el eczema —o sea, el negocio es  

redondo. Con toda seguridad, no tardarían en producirse  declaraciones oficiales, que producirían un gran efecto en  la opinión pública, en el sentido de que este prurito cutá neo carece de importancia, de que tal vez tenga alguna  relación con fenómenos como la radioactividad, pero que,  en cualquier caso, no es nocivo para la salud.  

Es posible que tales declaraciones no lograran ser convin centes si todo el mundo anduviera, de aquí para allá, ras cándose la piel enrojecida y si las sesiones fotográficas de  las modelos o las convenciones de altos cargos de todas  las instituciones que sirven para engañar a la gente se ce lebraran bajo el ruido continuo que los participantes en las  mismas harían al rascarse.  

Si la realidad fuera esa, la política nuclear, al igual que  todo lo que gira en torno a los grandes riesgos que ame nazan al mundo contemporáneo, habría de enfrentarse a  una situación completamente distinta: la gente recibiría in-

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formación de aquellas cuestiones que constituyen el nú cleo de los debates y de los pactos políticos; las conse cuencias del progreso tecnológico seguirían perjudicando  a los hombres, pero este perjuicio sería conocido y pade cido por todo el mundo. 

De ese mismo modo se plantea en este momento el futuro  de la democracia: ¿seguiremos dependiendo de los ex pertos de una u otra tendencia y de sus diagnósticos a la  hora de enfrentarnos a los problemas concretos que plan tea nuestra supervivencia, o, por el contrario, lograremos  recuperar, con la ayuda de nuevas formas de percepción  de la realidad, el control sobre nuestro propio destino?  ¿Acaso la única alternativa que subsiste es la de elegir  entre una tecnocracia autoritaria y una tecnocracia crítica?  ¿O existe, tal vez, algún otro camino que nos permita ha cer frente a nuestra pérdida de control y de decisión sobre  nuestra vida cotidiana en estas sociedades del riesgo?  

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