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viernes, 30 de septiembre de 2022 00:00h.

Caperucita roja en canario - por Wawi Santana


Erase una vez un guayabillo de niña llamada Caperucita Roja, zafada, más ensayada que una escopeta y con mucho tino para hablar, que nunca se metía en rebotallos ni rifirrafes, que no era faltona e iba arregladita como un tollo compuesto pues no le gustaba afrentar a su madre vistiendo desaliñada.

Caperucita roja en canario - por Wawi Santana

Erase una vez un guayabillo de niña llamada Caperucita Roja, zafada, más ensayada que una escopeta y con mucho tino para hablar, que nunca se metía en rebotallos ni rifirrafes, que no era faltona e iba arregladita como un tollo compuesto pues no le gustaba afrentar a su madre vistiendo desaliñada.

Deseaba visitar a su abuela que estaba viejita, que vivía en el bosque y a quien ya se le estaba yendo el baifo, y antes de que la espichara quería llevarle una cereta con unos pocos de tunos indios, una lecherita de beletén y una taleguita de gofio misturado, o sea, de trigo y millo que tanto le agradaba a la anciana señora.

Así es que arrancando la penca, la niña se adentró en el bosque con el ombligo encogío, pues sabía que el totorota del lobo, confianzudo y de mal tabefe, la acechaba para trincarla y comérsela de enyesque acompañado de una pella de gofio y plátano, dos jareas de vieja, un lebrillo de carajacas, papitas arrugadas con mojo encarnado y una botella de agua de San Roque con gas.

El lobo era un palanquín de aspecto revejío, flaco como una verguilla y un pejiguera siempre dispuesto a jeringar.

Así es que en cuando vio a Caperucita se puso a dar esperrios como un mataperro para asustarla, pero Caperucita, enroñada y con su pachorra de siempre, ante aquel cloquío lo miró de refilón y sin levantarle el gallo le dijo que el que iba a cobrar iba a ser él, que a ella nadie le cogía la camella, haciéndole fos y continuando su camino sin atorrarse, lo que dejó al laja del lobo margullando en saliva y rezongando de amulamiento por no poder comérsela y empajarse.

El lobo, rascado y de mala tiempla, se acercó al barranco a refrescarse el totiso y el gaznate por no tener cerca un cafetín para echarse un pizco ron, y allí, sentado sobre una piedra, pegó la hebra consigo mismo mientras se comía las uñas hasta las raspas y con el pensamiento trataba a Caperucita de risquera, echona, cocorioco, erizo cachero, trasmallo, rabo de perinquén y no sé cuántos adjetivos a cual más peyorativo.

Caía un chipi-chipi y el lobo emborregado, agoniado y con la matraquilla de querer comérsela, corrió desesperado a casa de la abuelita a donde llegó todo entripado y renqueando de tanto correr.

Como era un poco tabaiba, aunque farol y malo como un aguaviva, estornudó cerca de la ventana, con lo cual al oírlo, abuela y nieta, que le escarmenaba el pelo a aquella, cogieron sendos teniques para darle un macanazo y acabar con el guineo ya que no podían verlo ni en pintura y que así se fuera escaldado de una vez por todas.

Los teniques salieron como voladores rabúos por la ventana yendo a caer con geito sobre el zarandajo del lobo que, escarranchado en el suelo, se comía una embozada de fresas para matar el hambre.

Como un sanaca, enchapado de vergüenza y doblado como una alcayata salió de allí con pronta retirada, mientras Caperucita y su abuelita, (quien se había olvidado que estaba con la quilla en el marisco y ya para la gueldera) se comieron un cucurucho de helado y roscas de azúcar mientras llenaban la habitación de sopladeras de colores con belingo incluido.