La construcción histórica de la “superioridad moral” de las mujeres y la exclusión del sujeto político femenino: un análisis desde las raíces - por Antonella Aliotti

 

EL ROTO

La construcción histórica de la “superioridad moral” de las mujeres y la exclusión del sujeto político femenino: un análisis desde las raíces

Antonella Aliotti 

Feminista Radical Antirracista

Defensora de la Casa Común 

Activista de DDHH y Sociales 

 

CAPÍTULO 1

INTRODUCCIÓN

La atribución histórica de una supuesta “superioridad moral” a las mujeres constituye uno de los mecanismos ideológicos más estables y sofisticados del patriarcado. A lo largo de más de dos mil años de pensamiento occidental, los discursos religiosos, filosóficos, científicos y literarios han convergido en una representación de la mujer como ser más pacífico, más empático, más cuidador y más cercano a la naturaleza que el hombre. Esta idealización, lejos de haber servido como reconocimiento, ha funcionado como un instrumento de neutralización política: cuanto más virtuosas se construían simbólicamente a las mujeres, más se justificaba su exclusión de la vida pública, de la ciudadanía plena y del poder.

Este artículo propone analizar en profundidad esta paradoja y demostrar que la asociación entre feminidad y superioridad moral ha constituido un dispositivo central de despolitización femenina. Para ello, se parte de un marco teórico feminista radical, que sostiene que la opresión de las mujeres es estructural, material y basada en el sexo, y no una serie de diferencias culturales o subjetivas. Autoras como Carole Pateman (1988), Catharine A. MacKinnon (1989), Silvia Federici (2004), Andrea Dworkin (1987), Celia Amorós (1991) y Janice Raymond (1979) muestran que la subordinación de las mujeres no se sostiene únicamente por la fuerza física o las diferencias sexuales, sino por un orden simbólico y jurídico construido por y para los hombres.

1.1. Estado de la cuestión y relevancia contemporánea

La pregunta sobre por qué las mujeres no han sido sujeto político, a pesar de la carga simbólica positiva atribuida a ellas, ha sido abordada de distintos modos a lo largo del siglo XX. El feminismo de la igualdad subrayó la construcción cultural de los roles; el feminismo de la diferencia reinterpretó positivamente la ética del cuidado; y el feminismo radical, que guía este trabajo, ha puesto el foco en la relación estructural entre poder, sexualidad y control del cuerpo femenino.

Organismos como ONU Mujeres, Eurostat y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) muestran que, a pesar de los avances jurídicos, persisten brechas materiales que afectan específicamente a las mujeres:

  • las mujeres realizan el 75% del trabajo de cuidados no remunerado en el mundo (ONU Mujeres, 2022),

  • la brecha salarial media en la UE es del 13%, y en España del 15,7% (Eurostat 2023),

  • el 90% de excedencias por cuidados las solicitan mujeres (INE, 2023),

  • la violencia machista sigue siendo la principal causa de muerte violenta para mujeres en España (Delegación del Gobierno, 2023).

Estos datos revelan que la asociación entre mujeres y cuidado sigue operando como estructura de desigualdad.

1.2. Hipótesis central

Partimos de la hipótesis de que la “superioridad moral” femenina no surge como una descripción neutral, sino como una invención patriarcal destinada a mantener a las mujeres fuera del poder político. En este artículo sostengo que:

  1. La “debilidad física” atribuida a las mujeres fue construida culturalmente para justificar su exclusión de la guerra y, por tanto, de la ciudadanía.

  2. La maternidad fue convertida en esencia identitaria con el fin de confinar a las mujeres al espacio doméstico.

  3. La moralidad femenina fue instrumentalizada como prueba de su incapacidad para gobernar y como justificación para relegarlas al cuidado.

  4. En el siglo XXI, el transactivismo identitario constituye una nueva ofensiva contra la autonomía femenina, al desmaterializar el sujeto “mujer” y permitir que varones accedan simbólica y legalmente al espacio de las mujeres.

Estas cuatro dimensiones no aparecen de manera aislada, sino articuladas en un continuum histórico de disciplinamiento del cuerpo y del significado de ser mujer.

1.3. Justificación académica

Este trabajo se inscribe en el campo de los estudios feministas críticos, especialmente en el pensamiento feminista radical materialista. Contribuye a llenar un vacío: aunque existir gran bibliografía sobre roles de género, maternidad, patriarcado y ciudadanía, pocos trabajos analizan integralmente cómo la idea de “superioridad moral” ha sido utilizada políticamente para sostener la subordinación de las mujeres.

Asimismo, aporta un análisis actualizado sobre:

  • la conflictividad del concepto “mujer” en la era del identitarismo,

  • las tensiones entre feminismo radical y transactivismo,

  • el uso político de la moralidad femenina en debates contemporáneos,

  • la persistencia del mandato de cuidados incluso en sociedades avanzadas.

 

1.4. Estructura del artículo

Para analizar estas cuestiones, el artículo se estructura del siguiente modo:

  • El Capítulo 2 examina la construcción histórica de la “debilidad física” femenina como destino social.

  • El Capítulo 3 analiza la maternidad como esencia inventada del ser mujer.

  • El Capítulo 4 profundiza en la moralización del alma femenina y su función despolitizadora.

  • El Capítulo 5 explica por qué las mujeres fueron históricamente excluidas del sujeto político.

  • El Capítulo 6 aborda el transactivismo identitario como reconfiguración contemporánea del patriarcado.

  • Finalmente, el Capítulo 7 ofrece conclusiones y perspectivas.

 

Este primer capítulo deja asentado que la pregunta no es si las mujeres son moralmente superiores, sino cómo y por qué se creó esa idea para sostener su subordinación.

CAPÍTULO 2

El cuerpo como destino político: genealogía de la “debilidad física” femenina

La construcción histórica de la “debilidad física” femenina como destino biológico, social y político ha sido una de las bases más poderosas para la exclusión de las mujeres del espacio público. Esta idea, profundamente arraigada en las culturas occidentales y no occidentales, no responde a una realidad natural y fija, sino a una interpretación ideológica de las diferencias corporales. Así, lo que comenzó como observación parcial sobre características físicas promedio se transformó en un criterio universal para justificar la subordinación femenina.

A lo largo de los siglos, el cuerpo de las mujeres ha sido utilizado como argumento para negarles la razón, la fuerza, la autoridad y la capacidad de gobernar. Este capítulo estudia genealogía de ese dispositivo patriarcal.

2.1. La invención de la debilidad como argumento político

En Política, Aristóteles (siglo IV a. C.) sostenía que la mujer era “por naturaleza” inferior porque su cuerpo no alcanzaba la perfección del cuerpo masculino. La idea no era médica, sino metafísica: la forma más perfecta —el alma racional— habitaba en quienes poseían cuerpos considerados más completos y fuertes.

La tesis aristotélica generó tres efectos:

  1. El cuerpo femenino fue definido como débil por naturaleza.

  2. Esa supuesta debilidad equivalía a incapacidad racional.

  3. La incapacidad racional fundamentaba su incapacidad política.

La dominación masculina quedaba legitimada como orden natural.

Durante el cristianismo medieval, la subordinación femenina se interpretó además como consecuencia del pecado original. La mujer era físicamente más débil no solo por naturaleza, sino por culpa. Tomás de Aquino retomó a Aristóteles y fusionó metafísica griega y moral cristiana para sostener que la mujer debía obediencia al varón porque representaba el “principio pasivo de la creación”.

El cuerpo femenino era, por tanto, frágil moral y físicamente.

2.2. Ciencia, medicina y patriarcado: del siglo XVIII al XIX

La modernidad introdujo un nuevo discurso legitimador: el científico. La medicina del siglo XVIII señaló el útero como órgano central de la identidad femenina. La teoría de la “histeria” —del griego hystera, útero— afirmaba que la inestabilidad emocional de las mujeres se debía a un órgano reproductivo defectuoso. Se justificó entonces:

  • la exclusión de las mujeres de universidades,

  • su prohibición en profesiones liberales,

  • su confinamiento a las tareas domésticas,

  • su incapacidad legal para administrar bienes.

 

La debilidad física se volvió una categoría biopolítica (Foucault, 1976): el Estado regulaba la vida de las mujeres mediante discursos médicos que convertían su cuerpo en un espacio de control.

A finales del siglo XIX, el deporte competitivo se desarrolló como expresión del cuerpo masculino, basado en fuerza, velocidad, resistencia y agresividad. Las mujeres fueron excluidas de muchos deportes hasta bien entrado el siglo XX porque se consideraba que su cuerpo no podía resistir los esfuerzos.

Ejemplo histórico:

  • En los Juegos Olímpicos de 1928, tras la final de 800 metros femeninos, la prensa internacional afirmó —falsamente— que varias corredoras habían colapsado “por debilidad fisiológica”. El resultado: se prohibió la prueba durante 32 años.

 

2.3. La construcción política de la fuerza: guerra, ciudadanía y masculinidad

En la mayoría de las sociedades antiguas y medievales, la ciudadanía estaba vinculada al derecho y deber de portar armas. Quien combatía, gobernaba. Al excluirse a las mujeres de la guerra —no por incapacidad, sino por norma— se justificó:

  • su exclusión de la propiedad,

  • su exclusión de la representación política,

  • su exclusión del voto,

  • su exclusión del salario y sindicatos.

 

El cuerpo masculino se convirtió en condición de ciudadanía.

El Estado moderno consolidó el monopolio masculino de la violencia a través de: ejércitos, fuerzas policiales, milicias y poder judicial.

La asociación entre fuerza física y legitimidad política se reforzó con el tiempo: los hombres no solo controlaban la violencia, sino que definían qué era violencia.

Las mujeres eran cuerpos vulnerables porque las leyes —hechas por hombres— las decretaban vulnerables.

2.4. Evidencia antropológica: ¿realmente son más débiles las mujeres?

La antropología contemporánea desmonta la idea de debilidad como destino:

  • Entre los !Kung san del Kalahari, las mujeres participan en cacerías colectivas.

  • En el Japón medieval, existían mujeres samurái (onna-bugeisha) entrenadas en el combate.

  • En diversas sociedades indígenas americanas, mujeres eran líderes militares.

  • En Escocia medieval, las mujeres entrenaban en arco y lanza para defensa comunitaria.

El supuesto universal de la debilidad femenina no existe: es una construcción cultural occidental.

2.5. Evidencia científica contemporánea

Los estudios biomédicos actuales muestran:

  • Las mujeres tienen menor masa muscular promedio, pero mayor resistencia muscular (Hicks et al., 2001).

  • Las mujeres toleran mejor el dolor físico (Lautenbacher & Rollman, 1997).

  • Las mujeres presentan mayor inmunocompetencia (Klein & Flanagan, 2016).

  • Las mujeres viven más que los hombres en todos los países del mundo (OMS, 2022).

 

Paradójicamente, los sistemas políticos han convertido las fortalezas femeninas en debilidades simbólicas.

La vulnerabilidad femenina se debe principalmente a factores sociales:

  • El 93% de agresores sexuales son hombres (ONU Mujeres, 2022).

  • El 90% de homicidios por pareja en España son cometidos por varones (Ministerio del Interior, 2023).

  • El 98% de compradores de prostitución son hombres (UNODC, 2020).

 

Las mujeres no son débiles por naturaleza: los sistemas están diseñados para que sean vulnerables.

La idea de “debilidad” no describe el cuerpo femenino, sino la estructura patriarcal que distribuye desigualdad. El patriarcado:

  1. define qué es fuerza,

  2. invierte la relación entre fuerza y poder,

  3. naturaliza la subordinación,

  4. despolitiza la violencia masculina.

 

El cuerpo se convierte así en destino: no porque lo sea, sino porque el sistema lo fija como tal.

CAPÍTULO 3

Maternidad, naturaleza y la invención patriarcal de la esencia femenina

La construcción de la maternidad como esencia femenina constituye uno de los mecanismos centrales del patriarcado. Lejos de ser una característica biológica neutra, la capacidad de gestar ha sido utilizada históricamente como argumento para definir la identidad de las mujeres, determinar sus roles sociales y legitimar su subordinación. Este capítulo explora cómo el patriarcado transformó una función corporal en un destino político, y cómo la figura de la “mujer-naturaleza” opera como mito fundacional en la despolitización de las mujeres.

3.1. La maternidad como identidad totalizante: historia de un dispositivo político

En sociedades agrícolas antiguas, la fertilidad tenía un papel central. Si bien existieron deidades femeninas asociadas a la creación (Isis, Deméter, Cibeles), estas figuras no elevaron el estatus social de las mujeres reales. Por el contrario, la maternidad fue instrumentalizada como símbolo religioso de obediencia y sacrificio.

En la Antigua Grecia, la maternidad justificaba el encierro de las mujeres en el oikos: su función era producir futuros ciudadanos. En Roma, la mater familias tenía obligaciones estrictas de fidelidad y reproducción, mientras que el pater familias detentaba el poder absoluto.

Durante la Edad Media, la Iglesia consolidó la idea de maternidad como virtud moral. El modelo mariano —la Virgen María— exaltaba la pureza, la obediencia y el sacrificio: atributos compatibles con la subordinación femenina. De hecho:

  • La maternidad fue considerada “vocación divina”.

  • La sexualidad femenina quedó regulada por la moral cristiana.

  • La falta de maternidad podía interpretarse como desviación moral.

Paradójicamente, incluso en el siglo XVIII —cuna del pensamiento racional— la maternidad siguió siendo destino. Jean-Jacques Rousseau afirmaba en Emilio que la mujer había sido creada “para agradar” y para “educar ciudadanos”. El Estado necesitaba madres sacrificadas: mujeres que, sin voz política, garantizasen la reproducción de la nación.

Este discurso se institucionalizó en los siglos XIX y XX mediante: manuales de educación femenina, políticas públicas dirigidas a reforzar el rol materno, prohibiciones laborales basadas en la maternidad y leyes de protección “especial” a las mujeres (que en realidad las excluían del empleo).

La maternidad ya no era un hecho biológico, sino un argumento jurídico.

3.2. El mito mujer = naturaleza: una operación política

La asociación simbólica entre mujer y naturaleza ha sido recurrente a lo largo de la historia. Este vínculo tiene tres consecuencias fundamentales: si la mujer es naturaleza, entonces pertenece a lo espontáneo, lo orgánico, lo emocional. Mientras tanto, el varón encarna la razón, la cultura y la política.
Esta división legitima una jerarquía:

  • la mujer cuida,

  • el hombre gobierna.

 

La maternidad se presenta como acto de amor absoluto, no como trabajo. Esto tiene consecuencias políticas: invisibiliza el coste físico y emocional del embarazo, oculta la carga económica de la crianza, refuerza la idea de que las mujeres deben sacrificarse.

La identificación mujer = naturaleza elimina la posibilidad de que la maternidad sea una elección. Las mujeres son definidas en función de su biología, pero esa biología es interpretada ideológicamente.

3.3. Datos contemporáneos: la maternidad sigue siendo político

Los datos actuales muestran que la maternidad continúa siendo un factor de desigualdad estructural:

  • En España, la maternidad explica el 80% de la brecha salarial de género (Banco de España, 2022).

  • El 90% de quienes piden excedencias por cuidado de hijos son mujeres (INE, 2023).

  • Las mujeres dedican en promedio 2,5 veces más horas al cuidado que los hombres (Eurostat, 2023).

  • El 70% de las familias monoparentales están encabezadas por mujeres, con mayor riesgo de pobreza (Ministerio de Igualdad, 2022).

  • Las mujeres pierden de media un 30% de ingresos durante los primeros 10 años de maternidad, mientras que los ingresos de los hombres permanecen estables (OCDE, 2021).

 

La maternidad sigue funcionando como un mecanismo de empobrecimiento y dependencia económica.

El discurso de la maternidad como “misión noble” oculta realidades como: la sobrecarga física del embarazo, la violencia obstétrica —documentada por la OMS—, la carga mental que soportan las madres yla precariedad laboral de las mujeres con hijos.

El elogio actúa como máscara ideológica para justificar la desigualdad.

A nivel global:

  • 40% de los embarazos no son deseados (OMS, 2021).

  • Millones de niñas son obligadas a casarse y a ser madres precozmente.

  • La prohibición del aborto en varios países convierte la maternidad en imposición.

 

El control del cuerpo femenino se mantiene a través del control de la reproducción.

El mercado laboral penaliza a las mujeres madres:  discriminación en entrevistas, reducción de jornada involuntaria, asignación de tareas de menor responsabilidad, dificultad de promoción.

La “crisis de cuidados” —como señala Nancy Fraser— demuestra que el capitalismo depende del trabajo gratuito de las mujeres, sostenido por el ideal maternalista.

3.5. El maternalismo político contemporáneo: cuando el Estado dicta cómo debe ser madre una mujer

Los estados modernos utilizan la maternidad para:

  • definir políticas familiares,

  • controlar demografía,

  • reforzar modelos de familia tradicional,

  • culpabilizar a las madres por problemas sociales (fracaso escolar, pobreza infantil, delincuencia juvenil).

 

En España, por ejemplo, el discurso público: ensalza la maternidad, pero recorta servicios públicos de apoyo; mantiene la desigualdad laboral y penaliza a las madres inmigrantes y precarizadas.

La maternidad aparece como virtud, pero también como mecanismo de control estatal y moral.

La maternidad no es solo un hecho biológico: es una construcción ideológica central en la subordinación de las mujeres. El patriarcado la convierte en: identidad, destino, obligación, valor moral, justificación de desigualdades.

La imagen de la mujer como naturaleza, sacrificio y pureza refuerza la idea de superioridad moral femenina, pero a la vez la encierra en roles que niegan su autonomía política y económica.

CAPÍTULO 4

El alma femenina: moralización, cuidado y despolitización

Uno de los mecanismos más persistentes del patriarcado ha sido la moralización del alma femenina: la construcción cultural de la mujer como ser esencialmente compasivo, cuidador, sacrificado y naturalmente orientado al bienestar colectivo. Esta operación simbólica, que atraviesa tradiciones religiosas, filosóficas y literarias, ha servido históricamente para legitimar la división sexual del trabajo y para convertir la virtud femenina en una trampa política.

A diferencia del mito de la debilidad física o de la maternidad como esencia, la moralización del alma femenina opera en el plano espiritual, ético y emocional. Se trata del dispositivo más invisible y naturalizado, porque se presenta como una supuesta constatación psicológica o espiritual: “las mujeres sienten más”, “aman más”, “son más sensibles”, “buscan la paz”, “priorizan a los demás antes que a sí mismas”.
Lo que parece halago es en realidad una forma refinada de subordinación.

4.1. Orígenes culturales y religiosos de la moralización femenina

En tradiciones judeocristianas e islámicas, la mujer aparece como figura moral y pedagógica antes que como sujeto político. La Biblia asocia la feminidad con la entrega sacrificada (Rut), la obediencia (Sara), la maternidad (María) y la virtud doméstica (la mujer del Libro de los Proverbios).

En el cristianismo:

  • La Virgen María se erige en modelo de pureza y sacrificio.

  • Las santas son representadas por su abnegación, no por su autoridad.

  • La iglesia refuerza la mujer cuidadora como ideal de vida comunitaria.

 

Este imaginario produce un patrón histórico: la mujer es moral, el hombre es ciudadano.

El siglo XIX consolidó la idea de mujer emocional y espiritual. Escritores como Goethe, Rousseau o Lamartine la describen como:

  • protectora de armonía social,

  • ser de sentimientos elevados,

  • moralmente superior al hombre brutalizado por la razón.

 

Esta idealización opera como un confinamiento: mientras el hombre ejerce en la esfera pública, la mujer “sostiene el alma” de la sociedad.

4.2. La ética del cuidado: entre el reconocimiento y la trampa

La psicóloga Carol Gilligan (1982), en In a Different Voice, argumentó que las mujeres tienden a resolver dilemas morales desde el cuidado y la responsabilidad relacional. Su teoría fue muy influyente, especialmente en pedagogías y filosofía moral.

Pero Gilligan supuso un arma de doble filo.

Si la moralidad femenina se interpreta como esencia inmutable, se refuerza la idea patriarcal de que las mujeres pertenecen al mundo del cuidado y no al de la política o del poder.

Las feministas radicales materialistas, como Iris Marion Young, Nancy Fraser y Amelia Valcárcel, advierten que la ética del cuidado:

  • invisibiliza el trabajo no remunerado,

  • justifica la desigualdad económica,

  • romantiza la explotación de las mujeres,

  • naturaliza la división sexual del trabajo.

 

La moral no es esencia femenina: es mandato social.

4.3. El trabajo de cuidados: datos que desmienten el mito

A nivel global, los datos son contundentes:

  • Las mujeres realizan el 75% del trabajo de cuidados no remunerado (ONU Mujeres, 2022).

  • El trabajo doméstico y de cuidados equivaldría al 10–13% del PIB mundial si se remunerara (OIT, 2022).

  • En España, las mujeres dedican una media de 26,6 horas semanales al hogar, frente a 14,2 horas de los hombres (INE, 2023).

  • El 90% de personas que piden excedencias por cuidados son mujeres.

 

Estos datos demuestran que la moral del cuidado no es natural:
es estructural, económica y profundamente desigual.

El patriarcado convierte esa desigualdad en virtud femenina para evitar cuestionamientos.

4.4. La moral como dispositivo político: cómo se despolitiza a las mujeres

El patriarcado no solo exige a las mujeres cuidar: exige que entiendan ese cuidado como misión moral, no como trabajo. Esa moralización opera en varios niveles:

El cuidado es presentado como expresión natural del amor materno o de la “tendencia femenina a la empatía”. Sin embargo, estudios de psicología evolutiva muestran que la empatía no es exclusiva de un sexo; es construida y reforzada culturalmente desde la infancia.

Niñas y adolescentes reciben desde pequeñas más refuerzos positivos por comportamientos de escucha, mediación, renuncia, obediencia.

Mientras que a los niños se les refuerza la autonomía, el asertividad y la competencia.

La moralización crea culpa si la mujer no cuida “como debe”, si cuestiona su rol, si antepone su carrera, si no desea maternidad y si exige corresponsabilidad masculina.

El patriarcado hace que la mujer sienta que no cumplir el mandato de cuidado es fallar moralmente, no políticamente.

Mientras los hombres pueden presentarse como “héroes” por realizar tareas básicas de cuidado, se espera que las mujeres las realicen sin reconocimiento.

El altruismo se convierte en mandato de género.

4.5. El alma femenina como forma de control emocional

La moralización del alma femenina opera como control emocional y psicológico:

  • Las mujeres deben ser comprensivas, aunque sufran violencia.

  • Deben perdonar para mantener la familia.

  • Deben contener su ira, considerada “anti-femenina”.

  • La rabia política femenina es patologizada.

 

Ejemplo contemporáneo: los artículos periodísticos que ridiculizan a feministas “enfadadas”, o políticos que las llaman “histéricas” o “locas”, reproducen el dispositivo que convierte la emoción femenina en falta de racionalidad.

4.6. El coste político de la moralización: la mujer como conciencia, no como sujeto

La moralización despolitiza al convertir a la mujer en conciencia de la sociedad, no en agente transformador. Mientras el hombre actúa, la mujer sostiene emocionalmente la estructura social.

Este reparto simbólico tiene consecuencias políticas profundas:

  • El trabajo emocional se vuelve responsabilidad femenina.

  • Las mujeres son consideradas “aptas” para educación y cuidados, pero “incómodas” en espacios de poder.

  • La política exige confrontación, y el patriarcado castiga a las mujeres que confrontan.

  • La figura de la “mujer moral” se enfrenta a la figura de la “mujer política”.

 

Esta oposición ha sido utilizada para desacreditar movimientos feministas a lo largo de la historia.

El alma femenina no existe como esencia. Lo que sí existe es un complejo dispositivo cultural que presenta la moralidad como una cualidad natural de las mujeres para justificar que asuman trabajos sin reconocimiento, soporten cargas emocionales y permanezcan alejadas del poder.

La moralización es, quizá, el dispositivo patriarcal más difícil de desmontar porque se interioriza profundamente y porque opera bajo el disfraz del elogio.

CAPÍTULO 5

Por qué las mujeres no fueron sujeto político: estructura, derecho y ciudadanía

La exclusión de las mujeres del sujeto político no fue un accidente histórico ni un olvido inocente. Fue, por el contrario, el resultado de un diseño estructural que combinó prácticas jurídicas, instituciones, discursos filosóficos y sistemas económicos para garantizar que la mitad de la humanidad actuara como fuerza reproductiva, emocional y de cuidados sin poder acceder a la toma de decisiones. Este capítulo analiza cómo se construyó esa exclusión y por qué perdura incluso después de las conquistas formales de ciudadanía.

5.1. El contrato sexual: la base oculta del contrato social

Carole Pateman (1988) formuló una tesis decisiva: detrás del contrato social moderno —Locke, Hobbes, Rousseau— hay un contrato sexual que garantiza la subordinación de las mujeres. Dicho contrato establece:

  • la autoridad del varón sobre la mujer,

  • la división sexual del trabajo,

  • la autoridad masculina en el ámbito público y privado,

  • la asignación de ciudadanía plena exclusivamente a los hombres.

 

En otras palabras: el contrato social se sostiene sobre el patriarcado.

El derecho romano instituyó principios que sobrevivieron milenios:

  • el pater familias como jefe absoluto,

  • la mujer como menor de edad permanente,

  • la prohibición femenina de ocupar cargos públicos.

 

Estos elementos continuaron en el derecho medieval y moderno europeo.

La democracia moderna —incluso la que derrocó reyes— no incluyó a las mujeres como individuos autónomos.
Durante la Revolución Francesa (1789), las mujeres participaron activamente en las calles, pero la Asamblea les negó la ciudadanía política.
Olympe de Gouges escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana (1791), por la cual fue guillotinada.

Este gesto simboliza el orden patriarcal: cuando una mujer reclama ciudadanía, se convierte en amenaza.

5.2. La división sexual del trabajo como estructura de dominación

El trabajo doméstico y de cuidados —históricamente realizado por mujeres— no ha sido reconocido como trabajo productivo, a pesar de ser indispensable para la supervivencia de la sociedad.

Datos actuales muestran:

  • En España, el 90% de excedencias por cuidados son tomadas por mujeres (INE 2023).

  • El trabajo doméstico equivale al 15% del PIB si se contabilizara (OIT 2022).

  • Las mujeres dedican el doble de tiempo diario al cuidado de personas dependientes que los hombres.

 

El patriarcado oculta la labor imprescindible que sostiene el sistema económico para justificar la falta de derechos de quienes lo realizan.

Contrariamente a la idea liberal de que “lo privado no es político”, el hogar es una institución política central porque, organiza la reproducción de la fuerza de trabajo, distribuye roles según el sexo, regula la sexualidad femenina y mantiene la dependencia económica del varón.

El hogar es la primera escuela de desigualdad.

5.3. Ciudadanía moderna: inclusión masculina, exclusión femenina

La teoría política moderna describió la ciudadanía en términos de: racionalidad, autonomía, universalidad y neutralidad.

 

Sin embargo, estas categorías reflejaban la experiencia masculina.
La mujer era vista como emocional, dependiente y particular, por lo que se excluyó de los derechos civiles y políticos durante siglos.

En España las mujeres no pudieron votar hasta 1931. Las mujeres casadas no pudieron abrir cuentas bancarias sin permiso del marido hasta 1975. El delito de adulterio femenino estuvo vigente hasta 1978. La tutela del marido sobre la esposa solo desapareció con la Constitución de 1978.

 

La ciudadanía femenina es un logro reciente, y su ejercicio sigue siendo desigual.

 

5.4. Violencia machista y orden político: una exclusión sostenida por la fuerza

La violencia contra las mujeres no es un fenómeno privado: es un pilar del control político patriarcal. Su función histórica ha sido disciplinar comportamientos femeninos, castigar desobediencias, limitar el acceso de las mujeres a la esfera pública.

Datos actuales:

  • En España, 1 de cada 2 mujeres ha sufrido violencia machista en algún momento de su vida (Macroencuesta 2019).

  • En América Latina, 4.500 mujeres son asesinadas cada año por violencia de género (CEPAL 2022).

  • El 93% de agresores sexuales en el mundo son hombres (ONU Mujeres 2022).

 

Esta violencia no es accidental: es estructural. Es el recordatorio brutal de que la ciudadanía femenina sigue siendo precaria.

 

5.5. Las mujeres siempre actuaron políticamente, pero el relato las borró

Aunque el patriarcado negó a las mujeres la ciudadanía formal, las mujeres siempre actuaron políticamente:

  • lideraron motines del pan en la Edad Moderna,

  • gestionaron redes de supervivencia durante crisis,

  • sostuvieron huelgas mediante cuidados comunitarios,

  • organizaron movimientos clandestinos bajo dictaduras,

  • encabezaron revoluciones sociales en América Latina y Europa.

Pero la historia fue escrita por hombres que consideraban política solo lo que ellos hacían.

El feminismo, desde el siglo XIX, ha sido el primer movimiento que reivindica sistemáticamente la acción política de las mujeres como sujeto colectivo.

Las mujeres no fueron sujeto político porque las instituciones —jurídicas, económicas, culturales y simbólicas— se diseñaron para excluirlas. El patriarcado convirtió la diferencia sexual en desigualdad jurídica, económica y política. Y cuando las mujeres reclamaron sus derechos, el mismo sistema respondió con violencia o con neutralización simbólica.

La ciudadanía femenina, aunque conquistada, sigue estando amenazada por dispositivos antiguos y nuevos: entre ellos, el transactivismo identitario, que se analiza en el capítulo siguiente.

CAPÍTULO 6

Transactivismo identitario: nueva ofensiva patriarcal sobre la feminidad

La redefinición contemporánea de la categoría “mujer” constituye uno de los debates políticos más relevantes del siglo XXI. Bajo la etiqueta de transactivismo identitario se agrupan discursos y prácticas que sostienen que el sexo biológico es irrelevante para definir quién es mujer, y que la autoidentificación (“ser mujer porque lo siento”) debe tener fuerza legal. Desde una perspectiva feminista radical, este fenómeno constituye una reconfiguración del patriarcado, pues permite que hombres —a través de la identidad de género— accedan a espacios, categorías jurídicas y recursos diseñados específicamente para proteger a las mujeres por razón de sexo.

Este capítulo desarrolla la tesis central: el transactivismo identitario es una nueva forma de apropiación patriarcal, que ataca tanto el significado de “mujer” como las condiciones materiales que sostienen los derechos de las mujeres.

 

6.1. Origen del transactivismo contemporáneo: del activismo LGT a la industria farmacéutica

Durante la segunda mitad del siglo XX, el movimiento feminista y el movimiento LGTB compartieron luchas comunes: fin de la patologización, derechos civiles, lucha contra la violencia, reconocimiento jurídico. Sin embargo, a partir de los años 2000, una parte del activismo trans promovió un marco político nuevo:

  • el reemplazo del sexo por el género,

  • el derecho a la autoidentificación sin criterios objetivos,

  • la idea de que las categorías “hombre/mujer” son opresivas per se,

  • la concepción de que cualquier límite material es “violencia”.

Este enfoque generó tensiones con el feminismo radical, que sostiene que la opresión de las mujeres se basa en el sexo, no en la identidad.

6.1.2. La industrialización de la identidad de género

En paralelo, la expansión de tratamientos hormonales y cirugías de afirmación ha implicado intereses económicos crecientes. En 2022, el mercado global de tratamientos hormonales para transición superó los 2.100 millones de dólares, con proyecciones al alza (Global Market Insights, 2022).

Las clínicas privadas en Estados Unidos y Reino Unido han duplicado ingresos en una década, especialmente en menores.
En 2021, la clínica Tavistock —la mayor de Europa— fue cerrada tras denuncias por mala praxis, presión hacia menores y falta de evaluaciones clínicas adecuadas.

La identidad se convirtió en un mercado.

 

6.2. La Ley Trans en España: autoidentificación legal y borrado del sexo

España aprobó en 2023 la Ley 4/2023, conocida como “Ley Trans”, que establece:

  • autodeterminación registral del sexo desde los 14 años,

  • sin exámenes médicos,

  • sin informes psicológicos,

  • sin período de reflexión obligatorio,

  • con reversibilidad ilimitada.

Consecuencias jurídicas:

  • El sexo registrado deja de tener relación con la realidad corporal.

  • Los espacios separados por sexo pueden ser ocupados por varones autoidentificados.

  • Los datos estadísticos dejan de reflejar con precisión la desigualdad sexual.

  • Menores pueden iniciar tratamientos irreversibles sin análisis clínico profundo.

España se convirtió así en uno de los países con legislación más desmaterializada del sexo del mundo.

 

6.3. Impactos en el deporte femenino: los cuerpos importan

El deporte es el espacio donde la diferencia sexual es más evidente y medible. Según el Comité Olímpico Internacional:

  • los hombres tienen un 10–12% más de masa muscular,

  • un 30% más de fuerza en tren superior,

  • una VO2 max un 20–30% superior.

 

Incluso con hormonación, las diferencias no desaparecen: la masa ósea no se reduce, el tamaño del corazón y pulmones no cambia y la densidad muscular permanece superior.

Casos reales:

  • La nadadora Lia Thomas ganó en 2022 un campeonato universitario femenino en EE.UU. con tiempos masculinos previos muy inferiores.

  • En ciclismo, Austin Killips ha ganado competiciones internacionales femeninas con ventajas físicas evidentes.

  • En rugby, federaciones de varios países prohíben ya la participación de varones en ligas femeninas para evitar lesiones graves.

 

El deporte muestra claramente que sexo y género no son intercambiables.

 

6.4. Impactos en espacios seguros: prisiones, refugios y baños

En Reino Unido, la transferencia de varones autoidentificados a cárceles femeninas provocó: agresiones sexuales, embarazos, denuncias de reclusas e investigaciones oficiales (caso Karen White, 2018).

En Escocia, en 2023, un violador condenado como Adam Graham se autoidentificó como mujer (Isla Bryson) tras la sentencia y fue inicialmente enviado a prisión femenina.

Estos casos evidencian que la autoidentificación vulnera la seguridad de mujeres presas.

En Canadá, EE.UU. y Reino Unido, varios refugios han sido denunciados por obligar a mujeres maltratadas a dormir en habitaciones con varones que se autoidentifican como mujeres. Algunas organizaciones feministas han sido acusadas de “transfobia” por negarse a admitir varones en refugios basados en traumas sexuales.

Esto constituye violencia institucional.

Numerosas denuncias reportan exhibicionismo y agresiones en vestuarios femeninos donde entran varones autoidentificados.

En 2021, en un gimnasio de Los Ángeles, una niña de 17 años denunció a un varón desnudo en duchas femeninas bajo la política “gender-affirming”.

El caso tuvo cobertura mediática internacional.

 

6.5. Impactos en estadísticas, políticas públicas y derechos basados en el sexo

Cuando “mujer” deja de referirse al sexo femenino:

  • Las estadísticas de violencia machista pierden fiabilidad.

  • Los datos de pobreza, trabajo de cuidados y brechas dejan de reflejar desigualdades reales.

  • Los presupuestos orientados a mujeres pueden ser captados por varones autoidentificados.

  • El análisis de desigualdades estructurales se vuelve imposible.

 

Por ejemplo:

  • En Argentina, después de incorporar identidades autoidentificadas en estadísticas, los datos de violencia se volvieron inconsistentes.

  • En España, la Ley Trans permite que varones registrados como mujeres computen en estadísticas de empleo femenino.

 

Esto supone un retroceso analítico de décadas.

 

6.6. Violencia contra feministas críticas: una continuidad del odio patriarcal

El odio contra mujeres feministas críticas del transactivismo reproduce patrones patriarcales:

  • insultos misóginos (“TERF”, “bruja”, “perra”),

  • amenazas de violación y muerte,

  • acoso organizado en redes,

  • boicot académico,

  • expulsión de espacios políticos,

  • cancelación de conferencias,

  • difamación mediática.

Ejemplos:

  • La filósofa Kathleen Stock fue forzada a abandonar su universidad en 2021 por acoso transactivista.

  • La escritora J.K. Rowling recibe amenazas constantes por defender el sexo como realidad material.

  • En España, feministas como Lidia Falcón, Amelia Valcárcel o Silvia Carrasco han sido atacadas públicamente.

 

La violencia no es accidental: es una reacción patriarcal contra mujeres que defienden límites al poder masculino.

 

6.7. El núcleo político del conflicto: ¿quién define “mujer”?

El debate no es identitario: es estructural.

Para el feminismo radical:

  • “Mujer” es categoría política basada en el sexo.

  • El género es el sistema de opresión que asigna roles a ese sexo.

  • El patriarcado existe porque existe la diferencia sexual.

  • No se puede desmantelar el patriarcado borrando la base sobre la que se ejerce.

 

Para el transactivismo identitario:

  • “Mujer” es identidad interior.

  • El sexo es irrelevante.

  • Nombrar el sexo es “violencia”.

  • Los límites materiales son opresión.

 

Este conflicto define buena parte de la política contemporánea.

El transactivismo identitario representa una ofensiva patriarcal renovada que:

  • borra la categoría mujer,

  • desprotege a las mujeres en espacios segregados,

  • distorsiona estadísticas esenciales,

  • abre la puerta a abusos institucionales,

  • y legitima violencia misógina contra feministas.

 

Se trata, en última instancia, de un intento de apropiación del único campo que históricamente los hombres no podían ocupar: la feminidad, y de un movimiento que despolitiza la lucha de las mujeres al diluirlas como sujeto material.

CAPÍTULO 7

Conclusión: la superioridad moral como dispositivo de neutralización política y los nuevos desafíos del sujeto mujer

La historia de la desigualdad entre mujeres y hombres está atravesada por una paradoja fundamental: el patriarcado ha sostenido, durante milenios, que las mujeres son moralmente superiores —más buenas, más sensibles, más cuidadoras, más empáticas— al mismo tiempo que las excluía sistemáticamente del poder, de la ciudadanía y de la esfera pública. Esta ecuación aparentemente contradictoria se revela, al analizarla en profundidad, como un mecanismo de dominación perfectamente articulado: la “superioridad moral” femenina no fue un elogio, sino un dispositivo ideológico diseñado para neutralizar la agencia política de las mujeres.

Este artículo ha demostrado que dicha construcción se edificó sobre tres pilares históricos:

  1. La debilidad física convertida en destino político.

  2. La maternidad transformada en esencia identitaria.

  3. La moralización del alma femenina como trampa espiritual.

 

Y que estos tres elementos se reforzaron mutuamente para justificar la subordinación de las mujeres al ámbito doméstico, emocional y reproductivo, mientras se reservaba a los varones el ejercicio del poder, la violencia legítima y la representación política.

 

7.1. Lo que revelan los datos contemporáneos

Lejos de ser una realidad del pasado, los mecanismos patriarcales siguen operando de forma estructural. Los datos analizados en capítulos anteriores lo muestran claramente:

  • Las mujeres realizan casi tres cuartas partes del trabajo de cuidados no remunerado en el mundo.

  • La maternidad sigue siendo el principal factor de empobrecimiento femenino.

  • La violencia machista continúa siendo la principal causa de muerte violenta de mujeres en muchos países.

  • El deporte, las estadísticas económicas y los sistemas laborales siguen mostrando desigualdades basadas en el sexo.

La desigualdad no es consecuencia de elecciones individuales, sino de estructuras que asignan roles y limitan derechos en función del sexo.

 

7.2. El patriarcado del siglo XXI: continuidad y mutación

El análisis demuestra que el patriarcado no ha desaparecido; se ha transformado. Sus mecanismos clásicos conviven hoy con nuevas estrategias de neutralización del sujeto político mujer.

La moralización femenina persiste en discursos contemporáneos:

  • las mujeres “son mejores líderes porque son más empáticas”,

  • las mujeres “cuidan mejor porque aman más”,

  • las mujeres “tienen una sabiduría emocional especial”.

 

Estas frases, aparentemente positivas, reproducen la misma lógica de despolitización: convertir a las mujeres en cuidadoras naturales, no en agentes de poder.

El capitalismo contemporáneo explota la desigualdad de cuidados para mantener la fuerza de trabajo. Las mujeres sostienen emocional y físicamente un sistema que no las reconoce ni las protege. Los estados elogian la maternidad, pero recortan políticas públicas de cuidados, externalizando la carga a los hogares.

 

7.3. El impacto del transactivismo identitario: un desafío político de primer orden

El capítulo 6 ha mostrado que el transactivismo identitario representa una ofensiva patriarcal renovada que:

  • desmaterializa el sujeto “mujer”,

  • permite la entrada de varones en espacios protegidos,

  • distorsiona estadísticas esenciales para diseñar políticas públicas,

  • silencia a las feministas mediante violencia, amenazas y campañas de difamación.

 

El corazón del problema es político: ¿Quién tiene el poder de definir qué es una mujer?

Para el feminismo radical, la respuesta es clara: las mujeres, como clase sexual oprimida, cuyo cuerpo es el fundamento de su posición social.

Para el transactivismo identitario, sin embargo, las mujeres dejan de ser una clase política para convertirse en un conjunto de identidades subjetivas intercambiables, lo que implica un borrado del sujeto histórico de los derechos conquistados.

Esto constituye un retroceso político de magnitud histórica.

 

7.4. Implicaciones políticas y teóricas

Los análisis desarrollados en este artículo permiten extraer cuatro conclusiones fundamentales:

1. La superioridad moral femenina no es natural, sino construida.

No describe a las mujeres, sino que las disciplina.

2. La despolitización de las mujeres es un efecto buscado, no accidental.

Ha sido reproducida por la filosofía, la religión, el derecho y la ciencia.

3. Las mujeres sí han sido agentes políticos, pero el patriarcado ha ocultado su acción.

El feminismo recupera esa historia y la convierte en fuerza colectiva.

4. El transactivismo identitario amenaza con deshacer los cimientos materiales del feminismo.

El borrado del sexo destruye las bases para analizar, medir y combatir la desigualdad estructural.

 

7.5. Defensa del sujeto mujer: un imperativo político

Frente a estas amenazas, la defensa del sujeto mujer —como realidad material, política y colectiva— no es una cuestión doctrinal: es una necesidad histórica.

Sin mujeres como clase política:

  • no hay análisis de opresión,

  • no hay estadísticas fiables,

  • no hay políticas públicas efectivas,

  • no hay protección jurídica,

  • no hay feminismo.

 

En este sentido, la resistencia feminista radical es hoy una resistencia por la verdad material, por los límites al patriarcado y por la continuidad de los derechos conquistados.

La superioridad moral femenina fue una trampa. La despolitización fue un diseño. El patriarcado continúa reinventándose. Y las mujeres continúan resistiendo.

El feminismo radical ofrece un marco sólido para comprender este proceso histórico y contemporáneo, y para defender el futuro político de las mujeres frente a viejas y nuevas formas de subordinación.

La lucha sigue siendo la misma: nombrar la realidad, defender el cuerpo, proteger a las mujeres como sujeto político.

 

 

ANTONELLA  ALIOTTI