La lotería del petróleo - por Rafa Dorta


Rafa Dorta argumenta su posición en contra de quienes piensan que el petróleo sería un premio de lotería para Canarias





 

La lotería del petróleo

El petróleo se acaba. La fuente de energía, auténtico motor económico de nuestra historia reciente, llegará pronto a su cénit, si es que no lo ha hecho ya. A partir de ese momento y una vez alcanzado el pico máximo, comenzará el descenso y al tiempo, el precio del barril sufrirá un considerable aumento convirtiendo al preciado "oro negro" en una materia prima obsoleta por los enormes costes que acarreará su extracción, cuando las perforadoras pinchen en lugares cuya profundidad solo será comparable a los elevados riesgos medioambientales que conllevará semejante acción. La tecnología avanza muy rápido y continuará permitiendo la obtención de este recurso fósil, mientras que los países dueños de reservas estratégicas verán disminuir su competitividad ante el necesario avance de otras energías, ahora llamadas alternativas, generadoras de indudables ventajas como son la utilización de factores inagotables como el viento o la luz solar. Las energías limpias configurarán un modelo energético basado en un desarrollo económico menos agresivo y más acorde con cualquier idea de sostenibilidad.

El debate suscitado por la hipotética creación de una industria de explotación petrolera junto a nuestras costas, esconde otro de mucho mayor calado. La posición contraria a identificar la marca turística Canarias con la imagen de un yacimiento petrolífero, frente a las decisiones geopolíticas tomadas entre España y Marruecos, debe ir más allá para conformar una elección vital, pues de la forma en que queremos vivir trata todo este asunto. Hay que reflexionar sobre el futuro inmediato y preguntarse como de felices podrán ser nuestros nietos; si lo serán respetando su entorno natural habituados a convivir de una manera sencilla y articulando una sociedad mucho menos consumista que la nuestra, la de sus abuelos, haciendo valer ese teórico supuesto de que “menos es más”, o lo serán habiendo heredado nuestra actual ansiedad crónica, muy propia de los países altamente desarrollados a causa de la probable imposibilidad del mantenimiento de un ritmo de vida en el que los estándares del éxito social se establecen bajo la obligación de poseer muchas cosas, derivadas del petróleo por cierto, dejando de lado otras prioridades, como por ejemplo, cultivar las relaciones humanas, en su sentido más amplio.

El argumento de que ahora, si existen grandes cantidades de gas y petróleo hay que aprovechar porque no podemos dejar pasar ésta oportunidad de obtener quien sabe cuantos beneficios, nace viciado. La perversidad de este discurso radica en que los que enarbolan la bandera de la salvación económica de Canarias mediante los efectos millonarios de este maná del subsuelo, no es que no hayan aprendido nada de las lecciones de nuestra historia económica contemporánea, véase el boom del ladrillo y la burbuja inmobiliaria, sino que además, continúan anclados en el siglo pasado, en el mismo becerro de oro del primer y último capitalismo, en lo absurdo de imitar lo que ya hicieron otros, con desastrosas e impredecibles consecuencias, en muchos casos. Si Canarias es una región pobre e inculta, no deberíamos aspirar a hacerla más inculta todavía, persistiendo en la cultura del pelotazo y del dinero fácil gracias a la especulación, y al sueño de un millón de barriles de crudo que, en realidad, solo beneficiaría al interés exclusivo de algún genuino representante de la estupidez solemne.

A los defensores de la lotería del petróleo, les recomendaría que viesen la película “The Artist” y que al salir del cine alguien les explicase de qué iba esta historia sobre las tensiones entre un mundo que agoniza y otro nuevo apenas naciente. Quizás caerían en la cuenta de que es inútil seguir agarrándose con uñas y dientes a aquello que, si bien ha funcionado hasta ahora, ya muestra claros síntomas de haber entrado en una vía muerta. Tal vez descubrirían que el empeño en rechazar de forma visceral la incomodidad de lo desconocido, es uno de los rasgos más comunes del salvaje animal de costumbres que todos llevamos dentro.