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sábado, 02 de marzo de 2024 09:51h.

Ladridos en el Ayuntamiento de Mogán - por Nicolás Guerra Aguiar

Doña Onalia Bueno y don Mencey Navarro son concejales del ayuntamiento de Mogán. Hubo un tiempo –por suerte, desaparecido- en que aquellas tierras solo eran eriales y propiedad casi única de feudalismos. Hoy es un emporio turístico en el que, según el señor alcalde, algunos concejales actúan como el bulldog, anglicismo que no recoge el DRAE...

Ladridos en el Ayuntamiento de Mogán - por Nicolás Guerra Aguiar

 

   Doña Onalia Bueno y don Mencey Navarro son concejales del ayuntamiento de Mogán. Hubo un tiempo –por suerte, desaparecido- en que aquellas tierras solo eran eriales y propiedad casi única de feudalismos. Hoy es un emporio turístico en el que, según el señor alcalde, algunos concejales actúan como el bulldog, anglicismo que no recoge el DRAE. Y aunque no sé a qué comportamiento bulldogsiano se refiere la autoridad municipal con tal símil, se trata de un perro de apariencia feroz aunque, dicen los especialistas, no es más que eso, fachada, pues es un animal cariñoso, inteligente y noble. (Creo lo de cariñoso y noble; a fin de cuentas, tal afirman los criadores. Pero lo de inteligente, no sé, no sé: es más amigo de las personas que de otros perros. Y sobre amistades entre humanos, ya se sabe: cuando los partidos políticos hacen oficiales las listas de candidatos, aquellas amistades para toda la vida se rompen por un “Me dejó fuera para poner a su pariente. ¡Y eso que nos conocemos desde el aula!”, (cuando no del pupitre). “¡Tenga uno amigos para esto!”.

   Y como aquellos señores concejales moganeros no se sienten reencarnados en la figura del bulldog, hete aquí que denunciaron al señor alcalde don Francisco González por supuestas injurias en un pleno municipal. Pero el ilustrísimo dijo en el juzgado que cuando nombró la voz “bulldog”, a quien realmente se estaba refiriendo era a “los medios de comunicación” (canariasahora dicit), es decir, todos, pues no especificó nombres: radios, televisiones, periódicos de papel y digitales; locales, insulares, provinciales e, incluso, nacionales, pues Mogán no solo es noticia por su exquisitez turística sino –y también- como fuente casi continua de información que afecta a los bolsillos de los contribuyentes. (Aunque, así como quien no quiere la cosa, tengo curiosidad por saber –quizás confirmar- el porqué de tal consideración perruna a “los medios de comunicación” cuya función fue, en aquellos tiempos también, la de comunicar, es decir, hacer saber a los demás algo que había sucedido. Y siempre, claro, en tercera persona, como informantes que son.)

   Pero el señor juez del Número 2 de San Bartolomé de Tirajana dicta sentencia condenatoria contra el alcalde, excedido en su pretendida animalización de los señores concejales. Los cuales, a la vista queda, no se manifiestan en sus andares cual animalito bulldogsiano (variantes inglesa o francesa); ni en su cadena fónica a través de ladridos; ni están dispuestos a aceptar el dominio absoluto de la autoridad como así le sucede al bulldog, sumiso ante el amo aunque a veces es reacio porque su inteligencia en momentos sobrepasa a la del humano dueño, tal dicen los sabios que en la cosa canina son.

   Aparte del aspecto jurídico (denuncia y posterior condena, con multa), hay una serie de cuestiones que surgen íntimamente identificadas con ciertos procederes o, como en este caso, con impropias voces que menosprecian el decurso natural de todo proceso democrático. Como punto de partida, cuando un mandatario público –llegó a la alcaldía a través de la voluntad popular- echa mano al insulto como en este caso, puede ser por tres razones. Una: que su concepción ideológica lo abstraiga del racional diálogo que significa el contraste de opiniones y el derecho de sus contrincantes a manifestarlas y a exigir máximo respeto a sus ideas. Dos: que perdiera absolutamente el control de la situación y de su serenidad como persona pública en un órgano de poder democrático, un ayuntamiento. O tres, que le faltaran argumentos racionales, justos y equitativos para intentar rebatir los planteamientos de la oposición, en caso de que así se hubiera producido. Porque –y aunque desconozco los detalles- sí sé que se celebraba un pleno ordinario (el pleno, claro) en el cual los señores concejales tienen derechos y deberes para con la autoridad que preside; y esta, a la vez, para con los señores ediles y a quienes representan.

   Para expresar Ideas, pensamientos,  reflexiones, conceptos, máximas y juicios, las sociedades civilizadas usan las palabras. Pero han de ser voces respetuosas, cargadas de razonamientos y razones; cadenas lingüísticas sosegadas aunque se utilicen con absoluta contundencia y, a veces, se eleven las intensidades para darles mayor impacto. Porque aquello es, exactamente, lo que se espera de una persona pública, y en tal categoría entran también los profesores, por ejemplo, autoridades dentro del aula. ¿Qué pensaría usted, estimado lector, de un docente que llame en público “machango” -no ya bulldog- a un alumno, por más que la impertinencia de este cabree la interioridad del profesor? ¿Es lícito, en el uso de su autoridad, que lo ridiculice? Si así hiciera, será un comportamiento improcedente, impertinente, desacertado. Y ese profesor, por supuesto, en caso de que no se disculpara inmediatamente –y en público- no merece continuar en el aula ni un minuto más. Cuestión de formas y, sobre todo, de respeto.

   Hay profesores que deben controlar al máximo su estabilidad emocional cuando se enfrentan al límite de su resistencia porque malcriadeces, insolencias e incluso agresividades y chulerías definen comportamientos de algunos alumnos. Es la autoridad, claro, pero esta no le confiere el derecho a reaccionar ni tan siquiera con un insulto; muchísimo menos con la acción física sobre el discente. Deberá poner en conocimiento de la jefatura de estudios la situación para que aquella intervenga de oficio.  Por mucha razón que lleve, la perderá si se le ocurre llamar “idiota”, por ejemplo, al agresor. ¿Por qué? Elemental: está investido de autoridad.

   No tengo noticias de que tales señores concejales se comportaran como el alumno chulesco del ejemplo anterior, sospecha ratificada por la sentencia. Por tanto, que el alcalde de Mogán se refiriera a uno de ellos como “bulldog” traduce ausencia de la elemental educación y, de paso, desconsideración hacia los imprescindibles respetos interpersonales. Pero que a ese mismo alcalde lo condene un señor juez por insultos en acto público refleja, sin duda, carencia de algo más primordial en un Estado democrático. 

También en:

http://www.canarias7.es/articulo.cfm?Id=329356

http://www.infonortedigital.com/portada/component/content/article/29039-ladridos-en-el-ayuntamiento-de-mogan