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viernes, 19 de abril de 2024 06:45h.

De cómo se puede disparatar, señor Martín - por Nicolás Guerra Aguiar

El señor Martín, don Alejandro, director del Servicio Canario de Empleo, es un político con tanta fe en nuestro clima, tanta sencillez en las cosas de los dineros (“¡de tan poca importancia para valorar las condiciones de vida!”), tanta visión positiva de los aires canarios que, como se despisten en el Gobierno, vienen los de fuera y se lo llevan.

De cómo se puede disparatar, señor Martín - por Nicolás Guerra Aguiar

      El señor Martín, don Alejandro, director del Servicio Canario de Empleo, es un político con tanta fe en nuestro clima, tanta sencillez en las cosas de los dineros (“¡de tan poca importancia para valorar las condiciones de vida!”), tanta visión positiva de los aires canarios que, como se despisten en el Gobierno, vienen los de fuera y se lo llevan. Porque estoy seguro de que su ordenada mente y científico análisis -demostrados han sido- pueden convencer a los esquimales de que el frío polar es hasta una bendición de Dios. E incluso palpitarán los corazones de las llamas que viven en el desierto de  Atacama, Chile, cuando él les predique sobre la belleza de la austera soledad, el musical aislamiento, el dulce néctar de aquellas tierras despobladas frente a la vorágine del mundo que llaman civilizado, ruidoso, destructivo, obsesionado por el poder y lo efímero, lo material.  

   Sucedió que yo caminaba el martes en las del alba mientras colocaba los auriculares de la radio en los pabellones auditivos, dicho sea en plan cursi. Al principio la audición fue correcta, nítida, sin interferencias. Sintonicé las emisoras según los minutos que me interesaban por la propia estructura de sus informativos y me dejé ir relajadamente, aunque algún chispi chispi caía y, a veces, en forma de birujilla.  La mañana, pues, salvo inesperado contratiempo, se presentaba placentera, fresca. Pero hete aquí que, de repente, la cadena SER en Canarias empieza a emitir secuencias lingüísticas desordenadas, incoherentes, carentes de elemental sentido común y, por qué no decirlo, preocupantes, como si se transmitieran claves para una invasión, una catástrofe natural. (Luego lo entendí: iba a hablar el señor Martín).

   La verdad es que mi aparato (tan añejo que a veces emite algún que otro “Parte” y las noticias las da en blanco y negro) no ajusta bien, a veces hay interrupciones en los mensajes. Pero aquello me extrañó mucho, y me dejó sorimbado el texto oral que surgió de sus interioridades en boca de un señor que o estaba amaneciendo tras una marcha nocturna precarnavalera o, acaso, tomó un par de nolotil (-es) para el dolor de muelas y se desordenó intelectualmente. “¡La puñetera radio me la está jugando!”, pensé. Aunque también imaginé posibles interferencias de la gente del señor Obama, que quizás espiaba en ese momento las interioridades de la Jefatura Superior de Policía, en plena actividad el martes pasado. Y no sería extraño, supuse, lo del espionaje: son las consecuencias de la irrefrenable locuacidad del señor Rajoy, que ya se considera amigo íntimo del señor presidente USA. Y ya se sabe: cuanto más amigo, más te espío.

   Corrí para mi casa. Busqué el Reglamento de Primeras Actuaciones Ante Invasiones Rojas, libreto algo desfasado en el tiempo pero que en mi etapa de OJE servía para librarse, al menos, de los mosquitos. ¡Horror!: la Transición había borrado las palabras. Pero me acordé de las Tablas de Interpretaciones Lingüísticas, ¡sí las tenía! Con ellas llegué a conclusiones más relajantes: nadie nos espiaba, ninguna fuerza enemiga pretendía invadir. Hoy los desembarcos se hacen a través de bancos, bolsas, primas, tías, sobrinas y demás familia de riesgo.

   La cosa era, pues, más sencilla: hablaba un político. Y como parece que el señor Martín es un clon rigurosamente hecho, de marca garantizada, de comportamientos automatizados –por tanto, no crítico-, concluí que como era incapaz de estarse calladito, que está más mono,  el hombre disparató. Y de la misma manera –al decir de Pepe Monagas-  que de la unión de un ser y otro ser nace un ser que a veces no puede ser, de las palabras del señor Martín surgieron desparrames, despilfarros de ideas, despropósitos, desaciertos e incoherencias. Es decir, lo normal en determinados estamentos políticos. Para eso cobran, que se sepa: para no acertar ni una. Y para eso los ponen: para que desvaríen.

   Y dijo, por ejemplo, que "en las islas tenemos otras ventajas [frente al alto índice de paro, 375.000 personas], tenemos un clima maravilloso. Las condiciones de vida no se miden solamente por el dinero que uno gana o por la tasa de paro". Como deduce usted, estimado lector, ya subido a la rama del árbol a punto de suicidarse, se trata de una exquisita perla de la sinrazón, de la desfachatez más sublime en cuanto que el señor Martín goza de clima y de nómina. Porque lo que es en la responsabilidad como subjefe del Servicio Canario de Empleo,  electroencefalograma plano con tendencia a la perpetuidad. (Pero lo malo, lo trágico, lo terrible, es que figura como director en un cargo de altísima responsabilidad. ¡Señor Rivero, porfa!) 

    Además es un hombre de aplastante lógica, irrebatible, matemática; es decir, con futuro en la política: “El aumento del paro en 2013 se debe al incremento de la población activa”. Hábil deducción, sin duda. Complejo camino el que debió seguir para llegar a ella, pero el mundo es de los iluminados, de quienes paren geniales ideas.  Aumenta el paro porque va llegando gente nueva al mercado que todo un Servicio Canario de Empleo es incapaz de activar. Y se queda tan pletórico –“¡chaaacho, qué sabio soy!”- frente a miles de jóvenes muy preparados que no tienen acceso a un puesto de trabajo, y deben mirar hacia Europa porque con directores generales como el señor Martín las tienen muy jodidas.

   Asombrosa, también, su sentencia final: “En nuestras islas se puede mantener una tasa de desempleo mayor que en otros lugares más inhóspitos". ¡Es que le sobra genio a este señor, lumbrera y adalid visionario! ¿Cómo es que no habíamos caído en su bienaventuranza, oh Señor? ¡En Canarias, gracias al clima, tenemos más alta tasa de desempleo  que en las dunas sajaragüis, jartitas de calor! ¡Claro, toletada la mía: ahora entiendo por qué en el Polo Norte no hay paro!

   ¿Director general? ¡Que lo hagan sabio oficial del Gobierno canario, se lo merece! (Y de nosotros, mientras, ¿qué? ¡Señor, Señor!)