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domingo, 25 de septiembre de 2022 11:06h.

¿De que hablamos, cuando hablamos de mercado? - por Federico Aguilera Klink, (1993) con un comentario de actualización del autor

 

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¿De que hablamos, cuando hablamos de mercado? - por Federico Aguilera Klink, (1993) Comentario de actualización

Se ha puesto de moda aumentar la confusión e insistir en que los gobiernos van a "intervenir" frente a los mercados, rompiendo la ortodoxia o el dogmatismo económico.

En realidad no se está rompiendo nada, pues esa supuesta ortodoxia no es nada más que propaganda enlatada en los Manuales (Catecismos) de Economía que se siguen "enseñando" en las Facultades para que los estudiantes no sean capaces de pensar por cuenta propia ni ver lo que tienen delante.

La realidad, al contrario de lo anterior, como cualquiera puede ver, si su mente funciona todavía y puede abrir mínimamente las entendederas, es que lo que llaman eufemisticamente "mercados" no es nada más que un poder corporativo que ha privatizado los gobiernos, los ha puesto a su servicio y les impone las decisiones. Esas decisiones, insisto, establecidas por las corporaciones y bancos, que están llevando a la UE al desastre porque esta gente solo piensa en seguir saqueando lo público todo lo que puedan.

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Y como no se atreven a reconocer su codicia y su control sobre los gobiernos, pero quieren seguir haciendo caja, recurren al cuento de que el "Estado o los gobiernos intervengan" para cambiar las reglas (que ellos han impuesto) y "meter en cintura a los mercados" , supuestamente para beneficiar a la gente, al interés público.

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Es una farsa tan burda y tan torpe que casi todo el mundo se la está creyendo, incluídos los economistas y politicos de izquierda.

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Así nos va

FAK 0

 

 

¿De qué hablamos cuando hablamos de mercado? - por Federico Aguilera Klink (1993)

La economía, en el sentido de ciencia econó­mica, ha venido sufriendo en los último años un doble proceso que ha conseguido crear una enorme confusión en su entorno. Este doble proceso se refiere a que mientras la economía es considerada, de manera muy exagerada y políti­camente inleresada, como una ciencia milificada ya que (aparentemente)  se acude para que ofrezca el último consejo o solución (ambos de carácter científico) antes de tomar una decisión (de carácter político y normalmente decidida previamente), es decir. mientras los profesionales de la economía aparecemos como una espe­cie de magos que somos capaces de expresar en forma de precios y de resultados monetarios  (ambos científicos) los términos de cualquier problema, al mismo tiempo asistimos a una divulgación interesada e incluso tergiversada de esta economía.

Asistimos, en suma, tanto a una mitificación como  a  una  completa  desvalorización   de  la econonía, ya que todo el mundo habla y opina de economía y sobre todo del mercado (término que se usa alegremente como sinónimo de economía) con una familiaridad que en el fondo revela un completo desconocimiento de lo que es el mercado a la vez que representa un gran triunfo de la ideología de mercado. Es decir, se consigue divulgar y hacer creer a la opinión pública que el mercado es el eje fundamental de la economía, todo esto mientras, paradójica mente, la CE no es nada más que una montaña de leyes reguladoras que sepultan el mercado, mien­tras los empresarios negocian con todo tipo de gobiernos los incentivos más adecuados para llevar a cabo sus actividades o se pactan los salarios correctos para asegurar unos determinados beneficios.

ECONOMÍA Y MERCADO

En la actualidad, la economía ha sido prácticamente reducida a la ciencia que estudia la producción e intercambio de mercancías de manera que se obtenga el beneficio monetario más elevado para cada una de las partes implicadas en ambos procesos, siendo el ámbito de lo económico el conjunto de elementos que son productibles, apropiables y valorables en términos monetarios (Naredo). Se supone al mismo tiempo que el mecanismo que va a facilitar la producción e intercambio de mercancías es el mercado, mecanismo que. si­guiendo con las suposiciones, presentaría las características de funcionar adecuadamente sin intervención de ningún tipo; de ser un mecanismo  creador  de  precios;  y  de autorregularse solo.

Lo anterior ha configurado un mundo de ficción al que no habría que prestarle más atención que a otras tantas ficciones que existen hoy, si no fuera porque constituye el núcleo funda mental sobre el que se asienta la economía con la que se deforma sistemáticamente a generaciones de estudiantes.

La realidad es bien distinta. Para empezar, la economía no se limita a cuestiones de produc­ción e intercambio de mercancías, sino que se preocupa, como los antropólogos tienen muy claro, por la dependencia que tiene el ser humano de la naturaleza y de sus semejantes para poder subsistir. Dicho de otra manera, la econo mía estudia el intercambio con el medio ambiente natural y social, en la medida en la que este intercambio tiene como resultado proporcionarle medos para la satisfacción de las necesidades materiales (Polanyi) y no para crear continua­ mente necesidades tal y como ocurre en la actualidad. Pero además, el mercado no es nada más que uno de los mecanismos utilizados para satisfacer esas necesidades, siendo otros posi­ bles la reciprocidad y la redistribución.

Más aún, el mercado no ha sido históricamente ni un mecanismo creador de precios, ni un mecanismo autorregulado. Muy al contrarío, los mercados eran lugares donde tenía lugar el in tercambio de mercancías a precios que habían sido fijados previamente, de acuerdo con las normas existentes y/o con la costumbre, por los gobernantes que se encargaban de controlarlos. Así pues, se puede afirmar que había intercam­bios en un espacio físico denominado mercado, pero no sería correcto hablar de la existencia de mercados en el sentido en el que emplea este término la economía académica, como señalé más arriba. En suma, había intercambios sin que hubiera mercados.

Se puede decir, paradójicamente, que algo parecido, en mi opinión, es lo que está ocurrien do en la actualidad, en el sentido de que hay intercambios pero no hay mercados. La diferencia consiste en que la mayoría de los precios de las mercancías que compramos son fijados di­rectamente por los propios empresarios de acuerdo con el margen de beneficios que desean obtener, es decir, los precios no son creados por el mercado sino que son fijados directamente, mediante una decisión administrativa, por los empresarios. De ahí que sea más correcto hablar de intercambios pero no de mercado, y de pre­cios administrados pero no de precios de merca­ do, ya que, en definitiva, los consumidores no tenemos capacidad de influir sobre los precios, los aceptamos (consumimos) o no (renuncia­mos al consumo), pero los precios muy rara mente descienden cuando decidimos no consu mir, aunque sí suelen subir con independencia de nuestra decisión de consumir o no.

 

MERCADO VERSUS INTERVENCIÓN

Hernos vis­to que el mercado se suele utilizar como algo que, por definición, es totalmente opuesto a la idea de cualquier clase de intervención. Sin embargo, y como Karl Polanyi demostró rotundamente en La Gran Transformación, la enorme paradoja que tenemos que asumir es que la historia económica muestra que los mercados nacionales no surgieron en absoluto porque se emancipase la esfera económica progresiva y espontáneamente del control gubernamental, sino que, más bien al contrario, el mercado fue la consecuencia de una intervención consciente y muchas veces violenta del Estado, que impuso la organización del mercado en la sociedad para fines no económicos. Es decir, el mercado como sistema es impuesto por la fuerza dela interven­ción estatal. Pero además, esta imposición no llevó a que el mercado funcionase finalmente de manera autónoma gracias a la mano invisible. Al contrarío, el control fue esta vez más sutil, y se consiguió indirectamente a través del marco institucional o legal que se aprobaba en el Par­lamento pero que no quedaba fuera del alcance de los intereses de los más poderosos.

Así, Pigou, un economista considerado como conservador, escribía lúcidamente hace cincuenta años: "...los móviles económicos no operan en el vacío; discurren sobre carriles cuidadosamente dispuestos por la ley; la mano invisible de Adam Smith no es un deus ex machina con precedencia sobre las instituciones políticas; al contrario, funciona -para bien o para mal- sólo gracias a que esas instituciones han sido creadas -quizás para defender los intereses de una clase o grupo dominante, quizá para el bien general­ con objeto de controlar y dirigir sus movimien­tos".

Difícilmente se puede expresar con mayor claridad la profunda e indisociable interrelación que existe entre la economía, la política y las leyes. Y es que intentar separar esas tres esferas de la vida es sencillamente imposible. Se sigue manteniendo, no obstante, la ideología de mercado, es decir, la ficción de la separación entre el mercado como mecanismo perfectamente cien­tífico y objetivo, y el marco legal en el que se desenvuelve la economía que, en realidad, no es nada más que la expresión de una lucha de intereses. Tal y como decía Roscoe Pound, antiguo decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard, no puede examinarse la legislación sin percibir que la presión organi­zada de los grupos con un interés económico común es la única explicación que puede darse a muchas disposiciones de la colección legisla tiva.

EMPRESA VERSUS MERCADO .

Una últirna cuestión me queda por comentar y se refiere a la noción de empresa, tan importante en este repaso sobre el mercado. Los empresarios suelen aparecer como firmes defensores del (hipotético) mercado libre en el que están (supuestamente) dispuestos a competir.  Acabamos  de ver, sin embargo, que pueden influir poderosamente sobre la elaboración de las leyes de manera que les beneficien. Pero no acaba aquí todo pues, en realidad, los empresarios crean las empresas para evitar que funcione el merca­do en la fabricación de sus mercancías con la consiguiente elevación de los costes que esto supondría.

Más concretamente, y de acuerdo con Coase, premio Nobel de Economía en 1991, la empre­sa representa una alternativa frente a la organi­zación de la producción a través de las transac­ciones de mercado. Esto es así porque dentro de la empresa se eliminan las negociaciones indi­viduales entre los diferentes factores de producción que cooperan en el proceso y una decisión administrativa viene a sustituir a la transacción en el mercado. En otras palabras, que los empresarios prefieren las decisiones administrativas, es decir, la planificación dentro de la empresa como método más adecuado que el mercado. Si además resulta que tienen capacidad para influir de manera decisiva sobre las leyes que van a regular, cómo se va a competir, qué ayudas y subvenciones van a recibir, qué impuestos van a pagar, qué va a considerarse un coste y qué no, etcétera, podemos empezar a entender mejor de qué hablamos cuando hablamos de mercado .Por todo lo anterior, considero poco acertado hablar de mercado (libre), por mucho que los manuales de economía insistan en ese tipo de mercado. Sería más correcto reconocer, siguiendo a Joan Robinson, que el capitalismo moder­no está gestionado por los gobiernos naciona­les. Así, recientemente, Noam Chomsky ha señalado cómo en los Estados Unidos los sectores de la economía que siguen siendo competi­tivos son aquellos que se nutren del sector público o bien donde la planificación es coordi­nada por instituciones estatales y grupos industriales y financieros. En cualquier caso, dice Chomsky, los ricos y poderosos de nuestro país han apreciado durante mucho tiempo la necesi­dad de protegerse a sí mismos de las fuerzas destructivas del capitalismo de libre mercado, el cual puede facilitar temas deseables para una oratoria entusiasta, pero sólo siempre y cuando la distribución pública y el aparato regulador y proteccionista sean seguros y el poder estatal esté disponible cuando sea necesario.

En conclusión, me parece que seguir insistiendo en la visión economicista o pecuniaria de la economía, asociada al supuesto funciona­miento de mercados que son autorregulados e independientes de presiones políticas y empresariales, y que además son creadores de precios, sólo contribuye a agrandar ese mundo de ficción tan cómodo y al mismo tiempo tan irrelevante en el que nos movemos los economistas a la vez que permite seguir legitimando la ideología de mercado. Por eso termino citando de nuevo a Ronald Coase, calificado de ultraliberal por aquellos que no lo han leído nunca, cuando en su discurso de aceptación del premio Nobel mos­traba su esperanza de que los economistas disminuyeran su elegante pero estéril teorización tal y como se muestra en la literatura sobre organización industrial y que prestaran más atención a la comprensión del funcionamiento real del sistema económico. A estas alturas del curso no parece que sea pedir demasiado.



 

 

* En La casa de mi tía por gentileza de Federico Aguilera Klink

FEDERICO AGUILERA KLINK RESEÑA

 

MANCHETA AGOSTO 22