Ayuda a Ucrania: como si a nuestros países les sobrara el dinero Joaquín Rábago
Ayuda a Ucrania: como si a nuestros países les sobrara el dinero
Joaquín Rábago
Parece que el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, pasa más tiempo en el extranjero pidiendo dinero a los demás para continuar la guerra por procuración de Occidente contra Rusia, que en su propio país.
Y parece al mismo tiempo que a los Estados que visita y con cuyos dirigentes tan calurosamente se abraza les sobra el dinero para, pese a los problemas presupuestarios de que siempre éstos se quejan para justificar sus recortes, conceder a Ucrania créditos multimillonarios que Kiev nunca va a devolver.
El último benefactor de la causa ucraniana es el primer ministro canadiense, Mark Carney, quien, con motivo de su entrevista, el fin de semana, con Zelenski, anunció un nuevo paquete de “ayuda económica” a Kiev de 2.500 millones de dólares.
Carney no es por supuesto ningún inexperto, sino que conoce perfectamente la situación de Ucrania, pues no en vano ha sido gobernador del Banco de Inglaterra, también del Banco de Canadá y antes, durante muchos años, al igual que el canciller federal alemán, Friedrich Merz, directivo de BlackRock.
El que es el mayor fondo de inversiones del mundo ha tenido y tiene asesores en numerosos gobiernos del mundo, empezando por el de Washington, y la propia Ucrania le contrató para establecer un fondo de reconstrucción para el país. Es importante saber quiénes en realidad nos gobiernan.
Lo más significativo es la coincidencia del anuncio del multimillonario préstamo canadiense con la noticia según la cual la NABU (oficina anticorrupción de Ucrania) y la fiscalía dedicada a la misma tarea (SAPO) investigan actualmente un nuevo caso de corrupción, una compra de votos en la Rada (Parlamento) que afecta a varios diputados.
Entre ellos está un tal Yuriy Kisel, del partido gubernamental Servidor del Pueblo, que preside la Comisión de Transportes y al que se considera próximo al propio Zelenski.
La corrupción en las altas esferas políticas de Ucrania parece que se da por sentada: baste recordar el anterior y reciente escándalo relacionado con la Empresa Estatal de Generación de Energía, que resultó en la huida a Israel, antes de que le detuvieran, del empresario ucraniano-israelí Timur Mindich y la renuncia del poderoso jefe de gabinete de Zelenski, Andriy Yermak.
Hay quien sospecha incluso que el estallido en este momento del nuevo escándalo es una operación de los servicios secretos de EEUU, que no son ajenos a la NABU, para debilitar a Zelenski cuando se disponía a reunirse una vez más con el presidente Donald Trump en Florida.
Reunión, la del fin de semana en Mar-a-Lago, de la que sólo parecen haber salido buenas palabras pero ningún resultado tangible en el tema más candente: la aceptación por Ucrania de que tendrá que ceder territorio a Rusia si quiere la paz.
Ni siquiera en otro tema igualmente espinoso, las garantías de seguridad que reclama Kiev, parece haber claridad. Eso sí, se anuncia una posible nueva reunión ¡una más!, esta vez en Washington, y con Zelenski arropado por algunos líderes europeos, que tratarán de convencer a Trump de que presione más a Vladimir Putin para que acepte la tregua que reclama Kiev. Esto es el cuento de nunca acabar.