CANARIAS: El engaño hiperbárico: la sanidad canaria al servicio de la guerra (II) - por José Manuel Rivero
Anterior:
CANARIAS:
El engaño hiperbárico: la sanidad canaria al servicio de la guerra (II)
José Manuel Rivero
Abogado y analista político
En mi anterior artículo, definí la visita de la delegación de la NASA a Canarias como un «espejismo científico» destinado a ocultar la militarización del archipiélago y la urgencia de un Estatuto de Neutralidad. Sostuve que el programa Artemis actúa como un caballo de Troya para integrar las islas en la arquitectura logística del bloque euroatlántico, siguiendo un guion de ocupación encubierta ya ensayado en territorios como Azores, Guam o Vieques. Ante esta ofensiva, que nos convierte en un objetivo estratégico de primer orden, resulta imperativo desenmascarar los intereses de clase que subyacen al discurso oficial de «progreso tecnológico».
La NASA elige Tenerife: el HUC podría ser clave para rescatar astronautas que vuelvan de la Luna DIARIO DE AVISOS
Para que esta maniobra de distracción sea efectiva, el bloque de poder necesita manufacturar el consentimiento social a través de lo que denominamos guerra psicológica. Un ejemplo palmario es la cobertura que la prensa oligárquica local ha dado a la auditoría por la NASA de la cámara hiperbárica del Hospital Universitario de Canarias, así como las instalaciones sanitarias de La Candelaria - Hospitales públicos-, en Tenerife, presentándola como una pieza clave para futuras misiones espaciales civiles. Se nos induce a creer que esta tecnología tiene como fin primordial la salvaguarda de astronautas, cuando en realidad lo que se está evaluando es nuestra capacidad sanitaria para servir como retaguardia médica en guerras de agresión y ocupación en regiones como el Sahel o el Golfo de Guinea.
Frente al relato aséptico de la innovación, la realidad material de la medicina operativa militar es demoledora. La cámara hiperbárica no es una herramienta de lujo para la exploración del cosmos, sino un elemento esencial para la supervivencia de tropas en escenarios de combate. Su aplicación militar primordial —documentada en manuales de referencia como el Manual de Medicina Aeroespacial Militar y los protocolos del Hospital Central de la Defensa «Gómez Ulla» en España— es el tratamiento del síndrome de descompresión derivado de la eyección de pilotos de combate a gran altitud tras ataques destructivos a sus aeronaves. La despresurización rápida genera burbujas de nitrógeno en los tejidos, y su tratamiento exige oxígeno al 100 % bajo presión elevada para restaurar la circulación. Esta es una necesidad táctica que nada tiene que ver con la supuesta neutralidad del programa Artemis.
Asimismo, estas instalaciones son críticas para el despliegue de unidades de operaciones especiales. Según los estándares recogidos en el U.S. Navy Diving Manual, las tablas de recompresión son obligatorias en misiones de buceo de combate profundo, fuerzas especiales como los Navy SEALs y operaciones de salvamento submarino. De igual modo, los protocolos HALO/HAHO (High Altitude Low Opening / High Altitude High Opening) —utilizados por fuerzas aerotransportadas para infiltraciones silenciosas— documentan la necesidad de oxigenoterapia hiperbárica ante episodios de descompresión en paracaidismo de gran altitud. La auditoría de la NASA no busca proteger a científicos civiles, sino garantizar que Canarias actúe como el escalón logístico necesario para «recomprimir» y sanar a combatientes tras operaciones de infiltración, eyecciones de emergencia o incendios en buques de guerra. La Undersea and Hyperbaric Medical Society (UHMS), organismo rector que establece las indicaciones clínicas internacionales para la medicina hiperbárica, confirma que el grueso de la evidencia en este campo procede de aplicaciones militares, no de la carrera espacial. Lo que se nos vende como cooperación científica es, en rigor, la adecuación de nuestra infraestructura civil para funcionar como hospital de campaña del complejo militar-industrial estadounidense y sionista.
La estrategia de ocupación silenciosa que estamos presenciando no necesita blindados ni sobrevuelos intimidatorios. Su vehículo de penetración es la bata blanca; su munición, los convenios de colaboración técnica; y su campo de batalla, nuestras salas de hospital. Mientras la opinión pública contempla embelesada el prestigio de una agencia espacial, se fragua la integración de nuestra red sanitaria en la cadena logística de la OTAN. Lo que está en juego no es la posibilidad remota de atender a un astronauta accidentado, sino la certeza inmediata de que nuestros quirófanos y cámaras hiperbáricas queden a disposición de una maquinaria de guerra cuya brújula no apunta al bienestar de los canarios, sino a los intereses estratégicos de Washington, Tel Aviv y Bruselas.
Por eso, desenmascarado el doble uso de estas tecnologías —avalado por los manuales de la UHMS, el U.S. Navy Diving Manual y los protocolos castrenses del Hospital Gómez Ulla—, la exigencia política se vuelve inaplazable. No se trata de rechazar la ciencia ni de oponerse a la innovación. Se trata de establecer límites infranqueables al poder militar extranjero e imperialista sobre nuestro territorio. Por ello proponemos la articulación de un Estatuto de Neutralidad de Canarias que, tomando como referentes verificados a Malta y las Islas Åland, prohíba de manera explícita que nuestras infraestructuras civiles —incluidas las sanitarias— sean utilizadas como soporte logístico o retaguardia médica de operaciones bélicas de terceros. Neutralidad activa no es aislamiento, sino la firme decisión de no poner nuestros recursos al servicio de ninguna guerra de agresión o de ocupación. Solo así lograremos que la ciencia en Canarias, su Sanidad, fundamentalmente la Pública, incluyendo a la privada: abandone su actual función de coartada y recupere su verdadera vocación social: curar cuerpos, no engrasar máquinas de muerte.