La CIA se sienta a la mesa y todos van a visitar a Xi - por Vera Gutiérrez Calvo

La CIA se sienta a la mesa y todos van a visitar a Xi

Vera Gutiérrez Calvo

EL PAÍS

 

El director de la CIA, John Ratcliffe, frente al director de inteligencia cubano, Ramón Romero Curbelo (primero por la derecha), el ministro del Interior, Lázaro Alberto Casas, y otros funcionarios el 14 de mayo en La Habana. / CIA

Queridos lectores:

Durante décadas, durante generaciones, los cubanos convivieron con una amenaza existencial: un día, agentes de la CIA entrarían a sangre y fuego en la isla para apropiarse de lo que no era suyo y aplastar la revolución triunfante de 1959. Cualquier niño cubano aprendía desde la escuela a aborrecer ese escenario y prepararse para defender la patria del imperialismo yanqui.

‌La CIA entró en La Habana la semana pasada, el 14 de mayo. Pero no fue a sangre y fuego, fue a mesa puesta. El director de los servicios de espionaje de Estados Unidos, John Ratcliffe, estrechó manos y se sentó a hablar con algunos de los mandamases del castrismo. Una conversación insólita, jamás imaginada, sobre la transición que aparentemente está en marcha en Cuba, y que se desarrolla en estos términos: ¿qué puede hacer o conceder el Gobierno cubano para evitar que Estados Unidos, que ya ha impuesto una asfixia económica y energética prácticamente total a la isla, pase a una fase definitiva de la operación y tome Cuba por la fuerza? 

‌Hubo fotos y un reconocimiento oficial del encuentro por parte de ambos gobiernos. El fantasma de la invasión, tantas veces invocado, se había hecho carne de la manera más inesperada. “Lo que se sirve en esa mesa es el pueblo de Cuba”, escribió este martes el escritor y periodista cubano Carlos Manuel Álvarez en nuestras páginas.

Pedí a nuestra compañera Carla Gloria Colomé, cubana que vive y trabaja en Nueva York, que me contara sus impresiones tras varios días hablando con hombres y mujeres de la isla, y este es el mensaje que me envió: 

“Hablo a diario con gente de Cuba y muchos me dicen esto: que andan como zombis, que se sienten zombis. Van sin rumbo, cansados. Se levantan de la cama cada día después de haber pasado noches larguísimas sin luz eléctrica. Buscan agua abriendo pozos en la tierra. Piensan en cuál será la comida no ya de la semana ni del mes sino del día, porque no la pueden refrigerar, no hay luz y la comida se pudre. Ya la gente no sabe qué palabra usar para el estado de embotamiento en el que vive. Por eso creo que usan esa palabra: zombis. Son un pueblo de zombis caminando por la isla. En Cuba hubo crisis antes, pero esto va más allá de vivir en una crisis”. 

 

Raúl Castro, en Santiago de Cuba en 2024. / ISMAEL FRANCISCO (AP)

Acusar a Castro, negociar con su nieto

 

Si Cuba cae, será la segunda pieza que se cobre en Latinoamérica el presidente estadounidense, Donald Trump, que ya ha impuesto un pseudoprotectorado sobre Venezuela y ahora repite guion: si en Caracas fue capturado el presidente, Nicolás Maduro, en La Habana se busca quitar de la circulación a quien encarna todavía el poder del régimen: el expresidente Raúl Castro, de 94 años. Todo un símbolo de la revolución y de la resistencia cubana, pero también de la cruel represión castrista.

Este miércoles, el Departamento de Justicia del Gobierno de Estados Unidos presentó una acusación formal contra Castro por ordenar el derribo, en 1996, de dos avionetas de una organización humanitaria anticastrista, un ataque en el que murieron cuatro personas.

La corresponsal en Washington Macarena Vidal Liy nos explicó en esta crónica que el planteamiento es el mismo que con la operación en Caracas: o el Gobierno —venezolano antes, cubano ahora— hace lo que EE UU exija, o se retomará la amenaza de ataque militar. Y la prueba de fuerza, en ambos casos, es el derrocamiento previo de los referentes de ambos regímenes.

La paradoja es que, mientras pone a Raúl Castro en su punto de mira, Washington negocia con su nieto. No cualquier nieto sino su nieto favorito, su escolta fiel y cada vez más su representante en foros importantes: Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo. Muchos se preguntan en Cuba si será él el nuevo hombre fuerte de una hipotética continuación del castrismo pasada por el filtro estadounidense. 

A la hora en la que escribo este boletín, todo son conjeturas sobre si EE UU lanzará finalmente una intervención militar en la isla. Lo haga o no, ¿quién pilotará el futuro de Cuba? Nuestro corresponsal jefe en Washington, Iker Seisdedos, entrevistó la semana pasada al multimillonario Jorge Mas, líder anticastrista en el exilio y por lo general huidizo a la prensa. Les animo a leer esta conversación transparente en la que Mas vaticina que el régimen caerá “antes del verano”, asegura que, gracias a los cubanos exiliados, “no faltará el capital” para la “reconstrucción” de la isla y asume con naturalidad tanto la hipótesis de una invasión militar como la posibilidad de que Cuba se convierta en el Estado número 51 de EE UU. 

 

Xi Jinping y Vladímir Putin, el miércoles en Pekín. / MAXIM SHERMETOV (POOL/AP

Todos van a ver a Xi

 

Jueves y viernes, Donald Trump; miércoles siguiente, Vladímir Putin. Una semana completa para Xi Jinping, el líder chino, que ha recibido en Pekín en ese lapso de seis días al presidente de Estados Unidos y al de Rusia en sendas visitas de Estado. Con idéntica escenografía. 

Xi consigue retratarse una vez más como el vértice emergente de ese triángulo geopolítico; el “punto de referencia del tablero”, nos dice Guillermo Abril, corresponsal en Pekín, en esta crónica. El dirigente comunista mejora su imagen internacional —garante de la estabilidad, defensor del multilateralismo— ante un Trump imprevisible y ajeno a las reglas y un Putin inmerso en una guerra de invasión. 

Ninguno de los tres habló en Pekín de derechos humanos. Pero los misterios insondables de la geopolítica sí nos han dejado la imagen (no vista, sino recogida en las crónicas) del gélido líder ruso mostrando sus respetos a su anfitrión con este proverbio chino: “Un día sin vernos parece tres otoños”.

 

Gracias a Vera Gutiérrez Calvo y EL PAÍS y a la colaboración de Luis Portillo Pasqual del Riquelme

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